Viaje alrededor de un punto: Sobre Conrado Asselborn, el último buscador de oro.

Por Marcela Castro Dassen.

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Conrado Asselborn

 

NI UN ALMA, CHE. SALVO PINGÜINOS

Desierto patagónico, inhóspito, una región del mundo enamorada del viento, el acantilado de Cabo Vírgenes.
Miles de pingüinos dominan el Estrecho, se protegen en la mata negra donde alumbran sus crías, caminan incansables en largas hileras ordenadas hacia el mar – ida y vuelta – en busca de alimentos. Los cormoranes y las gaviotas vuelan al acecho, esperan la distracción de los adultos.
La playa es pedregosa, la inmensidad asusta. Grises y pardos dominan, algún árbol deforme resiste la desventura de haber nacido justo allí.
Muy pegadas a la tierra, algunas flores lilas y moradas se animan a asomarse apenas, desafiantes del clima, tironeadas por los cielos teñidos de nubes multicolores
El faro y los restos de un rancho de chapa morada, del último buscador de oro, Conrado Asselborn.

SOLO, SOLO, SOLITO Y SOLO

¿Qué hace decidir al ser humano a elegir la más extrema de las soledades? Tal vez, las más hostiles circunstancias naturales le resultan más llevaderas que la humanidad; tal vez.
En mi memoria de niña, siempre fue viejo. La piel ajada por el viento; la mirada azul profundo, en contraste con la voz clara.
Algunas tardes de verano recorríamos los más de 100 km de ripio – en un auto medio desvencijado- con mi padre y mi hermano, armados del equipo de pesca. Y allí estaba el viejo, con una lata y una tanza.
Frente al mar, en silencio, esperaba al róbalo, su futura cena. Mi padre le entregaba un paquete de yerba. Al atardecer, sin golpear la puerta, los tres nos sentábamos – sobre el único banco- a disfrutar de unos “cimarrones”.

EEEEEEEEN GUARDIA. EEEEEEEN CANA

Supe que el “viejo loco de Cabo Vírgenes” era hijo de un ruso, de las orillas del Volga, de algún pueblo de la interminable cuenca.Y que había nacido en Diamante, Entre Ríos.
Solo supe lo que él quería contar y lo que dejaba ver. Una piel de zorro tendida, algunos víveres canjeados por aquellas pepitas de oro. Jamás nos atrevimos a preguntarle.
Lejos estaba Don Conrado de parecerse a un abuelito tierno. Hosco, mal arriado, respetuoso sólo de quien lo respetaba.
Cuenta la historia que vino del litoral a los 20 años, enrolado en el ejército, con la esperanza de que su destino fuera Tierra del Fuego. Terminó en el paraje “El zurdo”, cerca de la cordillera. Se batió a duelo vaya a saber por qué y luego pasó unos años en el penal de Ushuaia, por homicidio.
Más dudas que certezas. Simplemente eligió la soledad.

PEPITAS BURLONAS

El oro nos trasciende, dura siglos. Con su vitalidad oculta, permanece, se burla de nuestra ilusa existencia. Cada pepa encontrada es un hito, una señal del absurdo.
La suma de los días entre un encuentro y otro es mero pretexto para ese instante de plenitud. Tozudez de aceptar el desafío de la vida, la búsqueda de la riqueza sin objeto alguno.
Cada hallazgo es anotado prolijamente en un viejo cuaderno, como una sucesión de partidas de nacimiento de hijos jamás nacidos. Al igual que una carta de amor, un regalo, como si cada pepita de oro tuviera una significancia trascendente.
Desprenderse de todo y de todos, desafiante. Y atesorando.

A OSCURAS Y SIN LINTERNA

Cuentan que, al principio, venía al pueblo de tanto en tanto, a cambiar alguna pepa por comida en el almacén de Adrover. Y después, no sé.
Intento imaginar el transcurso de sus días junto al faro, en un rancho sin casi nada, con esa única luz sobre el rumbo a los navegantes. Despertó cada mañana contra el viento gélido del sur más sur. Eso, por más de 40 años, con escasas 7 horas de luz en invierno y sobradas cinco horas de oscuridad en verano. Con la arena cernida del amanecer, en busca del brillo, pescaba al atardecer. Una sucesión de momentos todos iguales, interrumpidos por algún luminoso instante.

PEPITO PISTOLERO

Mostraba, crudo e irreverente, el oro del ser, lo que nos iguala.
Yo me volví adulta y el viejo seguía igual de viejo a mis ojos.
La colonia de pingüinos, seguía allí. También el faro, el rancho, la inmensidad del Estrecho.
Las preguntas me venían desde lejos, de otros tiempos, de la remota infancia: el mar borroso, los ojos húmedos.
42 años con todos sus días y sus noches de soledad. Conrado eligió la vida ysu muerte. Con la misma arma que cazaba zorros, una tarde cualquiera se disparó.
Y vaya a saber por qué, una calle de mi ciudad lleva su nombre.

Links sugeridos:

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2003/10/19/culturadiario/CULT-03.html

http://lomasysugente.com.ar/2008/enero5/lindahisto.html

http://www.eldiariodelfindelmundo.com/noticias/leer/36171/esto-paso-en-nuestra-region-un-ermitano-cazador-de-zorros-se-suicida-en-cabo-virgenes.html

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