El paraguas de Mondrian, Nancy Almazan

Viaje alrededor de un punto: sobre el cuerpo.

Por Ricardo Varela

LEJANOS RINCONES DE MI CUERPO.

Como todos días, a las siete de la mañana, se meten en la ducha. Él y su cuerpo.
De eso voy a hablar, del dolor del cuerpo. De un cuerpo que a veces no parece mío. O, tal vez, hable de otra cosa y tome como excusa al cuerpo. Hace mucho tiempo lo llevo conmigo, en algún rincón estático dentro de mis contornos. Me habita. Los rincones de mi cuerpo siempre fueron espacios vedados a mí mismo.
¿Por qué enferma y duele con una independencia que yo jamás pude tener?
Si bien el futuro se enturbia en el cuerpo que duele, algo resulta paradójico: después se siente nostalgia de ese cuerpo. Claro, el dolor, al menos, permitía viajar alrededor de un punto.

“Arból gris”, Mondrian

 

ES MÍO, MÍO, MÍO.

El viento, sin tregua. La lluvia impide escucharnos. Caminamos bajo la tormenta hasta llegar a casa. Una ducha caliente nos reanimó; a mi cuerpo y a mí. El agua nos restituye esa noción de alivio que vuelve a amanecer la fantasía.
La lluvia descongela, nos regresa de ese mundo de la noche… de los sueños. Reintegra la conciencia del cuerpo para enfrentar al mundo exterior, a la rutina, al hastío.
Hay encuentros como duchas, emparentan con la tibieza. Otros, también paralizan, son agua helada. Y existen los desencuentros, sin ninguna temperatura: como si uno estuviera seco y ya no pudiera mojarse.
El cuerpo nos pertenece. ¿Sí? Y si nos pertenece, ¿por qué se orienta hacia los otros sin nuestra autorización?
¿Por qué nos induce a la mentira con el propio cuerpo? Sin embargo, es la única acción posible en este momento. Lo prefiere a no hacer nada. Más lo avergüenza el hastío, estar paralizado, someterse a la intrascendencia absoluta. Por eso va a mentir.

FLOR DE VIDA.

¿Cómo formar cuerpo con ella? He abrigado su cuerpo. Estaba distante. Sus brazos extendidos, parece dormida.
Ella tiene tantas bailarinas a su lado. Pero andar a pura amenaza, con esa danza que advierte la inminencia de la muerte sin darla, es demasiado. Pobrecita. ¡Y encima vivir de eso!
Nada envidiable esa vida abyecta. Sin fronteras, ella baila alrededor de sí misma.

“Shibbolet”, Doris Salcedo.

 

ES DE ELLA, DE ELLA, DE ELLA.

¿Cuál es el cuerpo del amor? Como en un grupo de ballet en las sombras, esa sensación de corrimiento anticipa la aparición de los cuerpos. Ellos dejan una huella y se marchan.
Un recorrido azaroso, imágenes inconexas se hilan con espontaneidad y rondan. Nos rondan con belleza. Aunque también, con espasmos en el abdomen. Se instalan al modo de una memoria dentro del cansancio de los brazos.
A un cuerpo privado de amor, expuesto a la soledad, solo le queda la ilusión. Roza el corazón a distancia y se aparta de la ligereza de la carne.
Ha dejado de ducharse, no se quiere despertar. Y así va. No es que esté sucio, ni siquiera huele mal, simplemente, no piensa descongelarse. Flota en el agua. A un cuerpo solo, no más le resta buscar. El punto es: no tiene voluntad. ¿Quién tiene la voluntad del cuerpo, esa que lo priva de ir en la dirección de su deseo, de su falta, de su ausencia? ¿Cómo es que esa voluntad- antes nuestra- ahora nos vive como lo haría un enemigo interno?, ¿cómo, de pronto, juega para el otro equipo?

Muro de Berlín

 

LA CASA EN EL CUERPO.

Más adentro de los enemigos internos, el cuerpo alberga una zona agrietada, una rajadura. Y, cuando la enfermedad se instala, la voluntad se va, la ilusión no alcanza; el cuerpo mismo parece orientarse hacia esa cicatriz. Y, aunque parezca una tragedia, esa cicatriz tan intensa es también una posibilidad. La chance: ir hacia esa cicatriz, andar dentro de la grieta para salir.
El asunto es riesgoso, sí. Cuando uno va hacia ella, puede que se abra la rajadura más de lo necesario. Y que se quiebre.
Pero, mientras no se quiebra, uno acopia estrategias contra el miedo. El juego del señor miedo viene así: si el tipo te agarra solo, se ocupa de instalarte en la idea de que, en “tu lamentable circunstancia” sólo resta el consuelo de la ilusión. El tipito alimenta y alimenta el fantasma: “¡mirá si se te quiebra la rajadura, mirá si se te quiebra y se te viene encima! Así, a pura amenaza, el señor miedo apuesta a que el náufrago nunca cambiará la ilusión por el deseo de buscar. Y de ese modo va el asunto.

Yo tengo en la pared una rajadura. Y se ha instalado un espejo entre mi cuerpo y ella. Más atrás de la soledad, más atrás de la ilusión, de la no-búsqueda, yo tengo una pared rajada. Ella es implacable. Mi cuerpo, también.
Soñé que se desmoronaba toda la casa. Debo haber exorcizado el derrumbe en el sueño. Me doy la última ducha, escribo en la pared adentro de la grieta. Y cierro la nota.

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