Viaje alrededor de un punto: sobre orugas, crisálidas y mariposas.

Por Patricia Tombetta

LA NEGRA CON PUNTOS ROJOS
Vos sabés cuánto me cuestan las cosas y, en algunas, es cierto, ya me tengo calada. La sorpresa y mi espera.
Así se dan, sin más, y yo digo – o decía-: tengo dos tiempos muy separados. El de enterarme y el de comprenderlas.
Lo que sucedió el viernes fue distinto.
Claro, primero fue la sorpresa, pero el segundo momento parecía no llegar. Empecé dando vueltas por la casa. Largas vueltas que comenzaron a saberme a cortos viajes. Regaba las plantas, reparaba en la falta de envases adecuados para harina de algarroba o nueces, buscaba los ingredientes para un postre, prometía ordenar la biblioteca y, de buenas a primeras- entre tantos rodeos-, una sombra se cruzó, fugaz. Me gustaría decirte que un relámpago había cegado mis ojos y me dejaba parpadeante en el vacío. Suena mejor. Pero no. Era una masa oscura y equivocaba mi camino, te juro. El libro de turno por poco aterriza en la heladera y acomodé obsesivamente la cocina cuando sólo había ido por un vaso de agua.
Una oscuridad titilante, el negativo del flash.
En una de las vueltas de ese enrejado de caminos, me la encontré: una oruga negra con radiantes puntos púrpuras a lo largo de su carnoso y esbelto cuerpo. Sobre todo, esbelto. Debería haberme impactado su belleza. Sabés: soy bastante afecta a quedar obnubilada por las linduras. Cualquier porquería hermosa es capaz de torcer mis convicciones. Aunque no ese instante. Recuerdo haberme preguntado a dónde iría y la olvidé. Creo que me viste: di vueltas y vueltas hasta quedarme dormida a cualquier hora y poco.

MUTAR A CAPULLO

Al día siguiente, el trabajo hizo su obra de ilusionista: saber quién era y hacia dónde iba, vos viste cómo soy con mi profesión. Estaba soleado, un poco tórrido, y por la tarde había retomado mis entreverados senderos; te juro, no sabía qué buscaba y entonces percibí esa eterna dirección sin sentido: la limpieza de un vidrio quizá chorreado demás. Increíble, no era un pegoteo cualquiera, la oruga del día anterior estaba adherida mediante delicados hilos que yo confundí con una ansiada mancha.
No sé cuánto tiempo pasó. Yo continuaba a la deriva y ella supo mutar a capullo. Quedé embargada y – sospecho algún exceso – en los días siguientes casi no hice más que observarla. Con la lupa, cuando le daba el sol, saqué fotos, a la luz de la luna.
Las marcas de un sendero suelen tranquilizarnos, ni siquiera importa mucho hacia dónde lleve. Será porque dan la pauta de que alguien anduvo por allí y, si se nos da la real gana o si lo necesitamos, nosotros podríamos andarlo. Seríamos capaces de encontrar algún problemita, si se bifurca. Aun así, son posibilidades ya fabricadas. Es una pavada, ya lo sé, me lo dijiste muchas veces. Debo ser más miedosa que esa oruga; ella será mariposa para parir otra oruga, se posará cada vez en lugares diferentes. Se mueve tan tranquila, con esa sabiduría propia de la ignorancia.

NÁCAR BLANCO Y PUNTOS DORADOS

A los gritos te llamé cuando la descubrí en sus cuitas. Su tamaño se había reducido y sus colores habían mutado, de aquel negro y rojo furia, a nácar blanco y puntos dorados a lo largo de su pequeño caparazón.
Cuando murió mi padre, lloraba en el auto, en los cortos viajes del día, de aquí para allá. Las lágrimas fueron gastándose hasta que, en un momento indeterminado, me bajé otra; había mudado el alegre velo de vida eterna para quedarme con dos pequeñas cicatrices en el medio de los ojos. No me dolió. Incluso la piel de los bordes pareció algo más dura, curtida. Y un cierto vértigo me acompaña desde entonces. Nada importante. Como sea, nunca más lloré en el auto.
A las vueltas sin sentido se les añadieron algunos libros pendientes. Leía toda una tarde o hasta altas horas de la noche. El sueño no me auxiliaba, insomnio heredero de otras metamorfosis. Inútil alerta, como si por la noche yo pudiera dar con la solución de algo o batallar contra fantasmas que sé diurnos. Mientras tanto, en cualquiera de las vueltas de ese viaje por adentro de mi casa, percibía los cambios más nimios del capullo. Mantuve el dorado tan firme que llegué a sospechar si la transformación no estaría virando hacia su muerte: una alhaja. Pero levísimos cambios de estructura destruyeron mi ilusión: iba a poseerla para siempre.

ALETEAR CERCA

La búsqueda de un capullo puede confundirse con la muerte aunque, a veces, sea sólo un rinconcito donde poder volcar amarguras sin salpicar a nadie.Ya sé, no se vive eternamente, qué pavada, no pienso eso y lo sabés. Me llevó muchos años ese segundo momento: comprender la muerte de mis padres. Viejos, claro.
No sabía por qué te llamaba a la terraza esa tarde de calor insoportable. A vos no te gusta subir y yo estaba encerrada en una bellísima novela de Husdvet. Pero te llamé y no llegaste a pronunciar ni tres palabras, cuando me deshice en lágrimas ante la convicción de que no estoy dispuesta a soportar, como si se tratara de pura voluntad, una soledad definitiva instalándose de a poco. Motas de nada a lo largo de mi cuerpo, agujeros dorados que verás y veré aparecer sin remedio. Fue tu mirada, te juro, ella me devolvió el reflejo de aquello que había evitado durante tantos días, durante tantos viajes en vacuos y necesarios círculos.
Una promesa inconcebible.
Casi nada cambió desde entonces, excepto saber que, si vos andas cerca, podremos completar la metamorfosis de la oruga.
Por cierto, la crisálida amaneció de un intenso marrón oscuro, casi quemado. Una fuerza poderosa se adivinaba a punto de reventar, pero yo tenía que irme. A media mañana se te develó, a vos, la magia de su primer vuelo.
Yo continúo a la espera. Por suerte, andás cerca.

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