Por Fabio Faes

Velocidad: sobre reales y aparentes.

 

                                                    Viento real es el que sopla realmente  y viento aparente, el que percibe un observador en movimiento. Para tal observador, uno y otro nunca coinciden en velocidad y dirección.

SER UNO CON EL BARCO

-Cuando navegamos a vela, entramos en una dimensión distinta – Lo dijo el Capitán, sosteniéndose del obenque de babor (1), mientras el pie derecho balanceaba el vacío, del otro lado de la borda.

Yo había oído la afirmación en la proa, con los dientes apretados para que no castañeteasen por el frío, bien afirmadas las piernas y muchas ganas de no sentir miedo. Demasiada metafísica, pensé.

-Ocho nudos, rumbo oeste. Arriba, la mayor….  –El viejo ya no se veía frágil, ni gracioso. Y, mucho menos, metafísico. Era uno con el barco, todos sabíamos qué hacer.

EL SOL TREPADO A LAS TORRES

A proa, el sol impreciso trepa las torres de toma de agua. En la popa, los contornos de la ciudad se carbonillean apaisados.

– ¡Viramos!  Navegamos en ceñida (2) –

El viento y su fuerza continua abrazan, a pleno, casi violentos. Cada músculo, singular y único, se pone en modo “protección”. Un placer confuso, inquietante.

¿Usted percibe que estamos navegando a una velocidad alta, digamos a unos ochenta kilómetros por hora, no? Se equivoca, querido, no llegamos a quince. En una bicicleta, un poquito más que un paseo.

1-William Turner Tormenta de Nieve en Alta Mar

MONET, ENTRE BRUMAS

El capitán y el sillón, centauro y epicentro.  Navegante y barco.

Velocidad 33: la escultura de una mujer negra, muy joven y muy desnuda, sumisa en su corona de flores de fuego. Monet con Venecia en bruma  aplasta la espalda del anciano de ojos profundamente azules. El camarote se inunda con los reflejos de la pintura. El tiempo de Monet navega el tiempo del Capitán. Si uno le sacara una foto en este momento, la instantánea, ¿a qué velocidad se vería?

-Me gusta ser el marco en el vaivén del mar-, apenas audible, lejana y triste,  la voz del Capitán.

2- Monet- Crepusculo en venecia

DE  NAÚFRAGOS Y SANTOS

San Pedro y San Pablo ardían con velocidad real, no aparente. Era el único momento del año en que  las Miranda se mostraban juntas. Vivían en una dimensión distinta. Había que tenerles miedo, a ellas, a toda la familia. Pasar por delante de las chapas sobre la casa, sin asomarse a los agujeros  invitadores. Eran once, nueve hijos. Elsa, la mayor, qué barbaridad, embarazada. Venían a la Noche de San Juan, esperaban el desborde de batatas asadas. Azabaches inquietos, los ojos a veces se detenían un segundo.

Piernas desnudas, mucho invierno, pulóver en hilachas, estirado en un movimiento histérico contra el frío.

La familia no pertenecía. El padre, enorme, vestido de gaucho, coleta y ristras de monedas de plata,  todas las tardes cabalgaba el asfalto, de vuelta.

– Roba caballos-  decían.

-No deberían vivir acá, pudren el barrio, mirá lo que son… cómo pueden tener tantos hijos, ni se te ocurra entrar, ¿eh?

Viento real  aplasta  la chapa, me aplasta. Colchones apilados asimétricos. Elsa, sus piernas muy redondas, fuertes, pies descalzos. No sonríe jamás.

Viento aparente,  habitación en sombra, trapos de colores y sudor atrasado. Y la muchacha prohibida, apenas una pancita, dudosa, las piernas muy abiertas sobre el catre precario, desparramada la pollera escasa.

Y el viento aparente y el real se arremolinan y se mezclan en torbellino. Cuando la furia se aplaca, ¿qué queda? El vacío, debajo. El vacío, encima. Entonces, se empieza a escribir.

3- Dali, familiad de centauros marsupiales

NAVEGAR EL VACÍO

Sin los contornos grises de la Gran Urbe, el Río de La Plata invadía con  el ojo de buey. Las risas y las voces exaltadas llegaban desde cubierta, mientras el viento en popa regalaba un momento de juego al viaje.

– Te metes estas cinco cerezas en la boca, las masticas muy lento y escupís los carozos por estribor. Chau, mareo- .

Apenas recostado sobre una mínima litera, el mareo leve me  ensueñaba. ¿Yo  soñaba al Capitán o  era el Capitán que soñaba, parado frente a la bitácora?  En el vientre de este barco modesto, frente a un Monet desproporcionado sobre una pared sin territorio, habían llegado las Miranda, también  la negra desnuda y la voz del Capitán. Mientras, el barco se deslizaba hacia los puertos de la memoria.

LA DOBLE VIDA DE LA TORMENTA

Hay dos maneras de atravesar una tormenta, capearla o correrla.

Capear la tormenta significa poner el barco a contraviento, la proa al frente, “subir y bajar las olas”, sentirse el macho, el guapo. El barco navega firme,  pleno y hasta contento: se sube a las olas, las baja. El agua nos salpica en la cara, pero estamos dale pensar en que podríamos desaparecer debajo de una sola ola, y chau.

En cambio, “correr la tormenta” significa poner el barco a favor del viento, ir hacia el lado en  que ella dispara. Entonces la marcha no parece tan complicada, el viento nos empuja y vamos sobre las olas. Las ráfagas, a nuestras espaldas; y la ola amiga, cómplice. Como todo el mundo, qué hay para temer.

Capear, sin embargo, implica ser el timón. Y que el barco se llene de viento.

Correr la tormenta es no ser timón,  pero no por eso ser tormenta. Es estar con la tormenta. Ella es.

Una de las Miranda se opone. Dice que a ella le hubiera gustado que no la señalaran tanto: correr, no capear. Pero, de verdad, no eligió.  A Monet se le confunde capear con correr, tan difuminado se le puso el cuadro, con el andar del tiempo.

LA OLA

Leia estas consideraciones,  garabateadas con lápiz negro en un cuaderno Rivadavia, mientras estaba tirado sobre una litera en el interior del barco. Andaba apenas despierto de una siesta minima, discontinua, con algo de dolor de cabeza y  náuseas incipientes. Había soñado el recorrido del barco por varios puertos. El de las Miranda, por ejemplo: el sabor de sus interiores que jamás conocí y aun así añoro. Esto lo reflexionaba despierto. En el sueño, una de ellas- no puedo distinguir cuál- me hacía señas desde el interior de un cuarto en penumbras. Y la otra custodiaba la entrada. Una fuerza indeterminada me retenía, un  alambrado inconcreto.

FIN DE BITÁCORA

Despabilado de las ensoñaciones, subí a cubierta. Pálido y con la mirada perdida, me uní a la modesta reunión. El Capitán alineaba  una orquesta desafinada, mientras la pareja de las cerezas y una dama de blanco intentaban bajar las velas. Todo estaba en orden y en paz. El Río amaba al barco y este le correspondía. En la Ciudad  y sin carbonilla, un sol de tarde  pintaba de dorado las paredes de los edificios. Un avión demoraba el aire.

Y, entonces, sucedió: un cruce, una epifanía, un desconcierto. Las dos velocidades del viento fueron una sola realidad, una sola una quietud.

En el aire limpio y fresco del anochecer, las dos formas de atravesar la tormenta también se entrelazaron. Pero después se restituyó el “todo como siempre”. Y, aunque modificado, hubo que capear, correr, capear, correr. En eso andamos.

Todavía resta mucho. La embarcación siempre guarda un viento incierto en un pliegue de su vela.

 

4- Monet- Regata en Argentuil

 

(1) Obenque: Cable grueso que sujeta al mástil desde su cabeza hasta la borda o hasta el costado del barco. Babor se refiere al lado izquierdo del barco, tomando el sentido de la marcha, es decir, mirado desde atrás hacia adelante.

(2) Navegar en ceñida: Término náutico que se utiliza cuando el barco navega en  contra de la dirección del viento. Esto es posible  por el diseño de las velas modernas, que imitan el ala de un avión. La velocidad del aire por detrás de la vela es mayor que delante de la misma. Así  genera una presión negativa que succiona la vela. Y esta arrastra el barco todo.

 

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