Por Pablo Petkovsek.

Velocidad: Sobre la lluvia de cenizas en el sur y otros desarreglos.

1. ALGO REAL

El volcán Calbuco, al sureste del lago Llanquihue (región de Los Lagos), al sur de Chile, entra en erupción, la segunda, el miércoles a las seis de la tarde. A partir de ese momento comienzan detonaciones hasta bien entrada la madrugada del jueves. Una nube densa, blanca, se extiende en forma vertical unos dos kilómetros hacia el cielo. De ahí en más, el viento que sopla del Pacifico empuja las cenizas hacia la Patagonia argentina.

Alerta máxima en Bariloche. Facebook se inunda con imágenes de la nube y con informes meteorológicos que desplazan el prodigio hacia aquí: San Martín de los Andes.

Primeras medidas preventivas: no salir, circular en auto a muy baja velocidad, almacenar agua y alimentos no perecederos.

Mientras la nube sigue avanzando, el viento saca de escena a Bariloche y desplaza el centro de gravedad hasta esta zona.

La precipitación de cenizas comenzó a la 1:30 de la mañana. Lentamente, el “paraíso” comienza a transformarse en una especie de escenografía apocalíptica.

 

2. NEGATIVO

La noche del miércoles, minutos después de las nueve, recibo una llamada que transcribo de forma literal:

  • ¿Viste lo que pasó?

No contesté, no tuve tiempo.

—Cargá nafta, comprá agua y cigarrillos —una voz eléctrica y perturbadora, hablaba de catástrofe—. Estalló el volcán.

—Voy mañana a la mañana —mi cabeza hipnotizada por la clase de (Lectura, escritura y oralidad) pensaba en un plato de comida y cigarrillos.

 

Mientras el cielo caía y el volcán vociferaba de forma perturbadora, dormía como un bebé. Mi vida y mi sueño se desplazaban en otro sentido. Al fin y al cabo, siempre fui negativo y esta no iba a ser la excepción.

A la mañana siguiente, desperté con el desgano habitual. Me bañé, medité y desayuné. Prendí la compu, subí una foto para el programa de radio (de 21 a 23hs). Al acercarme a la ventana vi todo fuera de foco. Líneas que perdían contorno, mientras una lluvia de cenizas caía imperturbable. Todo cubierto en gris. Me puse un cuello, de esos que utilizan los esquiadores, saqué la parte inferior de un secador de pisos y salí. Despejé un poco de ceniza de arriba del auto, subí y fui a trabajar.

3. ADENTRO

 

Sobre un barco, no tengo identidad, canta Federico Moura en “Transeúnte sin identidad” de Virus (https://www.youtube.com/watch?v=E52—svcdA). Es difícil pensar ahora esos momentos. Afuera, en el camino, el mundo discurría a velocidad cero o avanzaba lentamente; apenas lograba ver a más de cinco metros. No había un solo auto en la calle. Al llegar a la esquina de la oficina, en San Martín y Mariano Moreno, observé que Dublín, uno de los cafés por excelencia del lugar, estaba cerrado. Algo andaba mal, estos nunca cierran, pensé. Seguí de largo y me fui a cargar nafta. Compré un agua con gas (cosa que odio) y un paquete de cigarrillos. Llamé a un amigo y fui a su casa. Creo que aún no entendía bien. Cuando abrió la puerta vi su cara desbastada. La televisión chilena ametrallaba y ametrallaba con imágenes y él ametrallaba y ametrallaba con palabras. Atónito miraba la nube del volcán, furiosa, gorda e indomable; tsunami de polvo.

¿Saldremos?

Nunca, nunca se sale.

Me sentía feliz de no estar angustiado. El mundo alrededor se movía, dentro de la máxima quietud, a millones de mensajes familiares por minuto.

Yo, una especie de ceniza humana, caía y caía desde miles de metros sin lastimarme, todo parecía distante. La ceniza era de otros.

 

J.M.W. Turner. En la boca de una tormenta de nieve en el puerto.
J.M.W. Turner. En la boca de una tormenta de nieve en el puerto.

 

4. AFUERA

Esa mañana el tiempo era noche. Noche, oscuro, fin. Si este lugar habitualmente no tiene horizonte “horizontal”, entonces tampoco tenía cielo “vertical”. Un sitio sin coordenadas, perdido al sur de la provincia del Neuquén.

La ceniza borra futuro, ya no hay plan; solo existe una salida hacia un pasado muerto.

Su pareja lo llama y acrecienta la desesperación cotidiana. Aprovecho el desconcierto para irme, nunca es fácil o agradable mirarse al espejo.

 

 

Tomo esta foto a las 10.30 am. Noche sin día. Siento arena en los ojos y un olor fuerte como a azufre: el infierno de Dante. Me sumerjo en el auto y avanzó entre olas de cenizas; una ola de ceniza tras otra.

Al llegar a casa, pienso que el programa de hoy a la noche es inviable. Después es viable, después no. Los canales de Buenos Aires proyectan un mundo que no es mío. Ahora me lo dicen, aunque hace mucho que lo sabía. Finalmente es así; estoy fuera. Ahora soy nube, soy ceniza.

A las doce y media, una especie de resplandor rebota contra la ceniza y reverbera en luz.

Es día y el sol no salió.

 

5. EL FINAL

 

A intervalos sumerjo mis ojos en la ventana,

y

veo sin mirar.

 

Imágenes repiten,

un tren que lleva al mismo lugar,

día.

 

Dibujo un círculo en mi vida,

pequeña, oscura

y,

en el reflejo,

bruma.

 

Otro sobresalto,

ceniza.

Mientras transcurre la tarde,

silencio.

Árboles, casas y autos.

 

Yo,

dos cuartos y veinte pasos,

mi propio negativo,

porque todo,

se desvanece,

en la bruma luminosa de una canción.

 

 

 

 

 

 

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