Por Patricia Tombetta.

La velocidad: entre aceleración y desencuentros.

EN EL CIELO LAS ESTRELLAS

Una noticia:

Un equipo de científicos escoceses ha conseguido que los fotones viajen a una velocidad inferior a la de la luz en un espacio abierto. El secreto es una máscara que cambia la forma de las partículas de luz y las frena ligeramente. En una carrera entre dos fotones, llega más tarde aquel al que se le aplica la técnica.

 

Otra noticia:

Una mujer se encuentra con su ex –pareja en un bar del centro del barrio de Caballito. Elige un lugar público por temor a la reacción del hombre. La mata a cuchilladas ante los atónitos concurrentes y personal del lugar. Luego intenta suicidarse con el mismo cuchillo. Está fuera de peligro.

DESTINOS Y ADHERENCIAS

Desde alguna perspectiva las noticias podrían ser opuestas y hasta complementarias. Me atengo a la libre asociación de considerar que las búsquedas portan un sino. No como destino de encuentro, antes bien como aquello que se pegotea por el camino.

Por un lado, la experiencia de ralentizar la velocidad de los fotones podría estar al servicio de su control. Que algo se detenga para poder observarlo, comprenderlo y hasta ejercerlo. Al parecer lograron detener a las partículas de luz colocándoles una máscara.

Por el otro, cada treinta horas muere una mujer asesinada por un hombre. Según los organismos que estudian el problema se produjo un aumento de, alrededor, de un 20% en los últimos tiempos. No hay, todavía, muchas precisiones.

EN EL CAMPO LAS ESPINAS

Espina I

Si bien percibimos un haz de luz, los fotones que lo conforman no viajan a la misma velocidad. Hay individuos por todas partes.

Yo la quiero, no sé por qué se fue. El problema es que no respeta las leyes, es atrevida y no baja la mirada, mire que no pido mucho, yo no estoy en todo el día… la ley es la ley.

¿Cuál ley?

La mía, alguien tiene que poner un orden, no se puede hacer cualquier cosa. Qué pido: una comida a la noche, que se encargue de los chicos. No sé qué se le dio por irse.Mascaras-Teatro

No le debe gustar que le pegue.

Puede ser eso… pero entonces ella tiene que cambiar, yo la quiero mucho, ando como perdido.

(Una mañana de 1.993)

 

Espina II

Romeo y Julieta se enamoraron en un baile de máscaras.

Amor, máscaras y noche.

Caprichos

La eternidad y después.

 

 

Espina III

Antes de 1.976 festejábamos el carnaval.

Durante varios días y noches, la vida del pueblo parecía otra.

Finalizaba con la fiesta de mascaritas.

Tapados, nadie se reconocía y, así, se daba rienda suelta       

a todo aquello que luego quedaría velado

hasta el mismo día del año siguiente.

Gestos de infidelidad, broncas, juegos con agua,

sustos, amores, golpes de puño, sueño azul.

Cuando lo prohibieron los disfraces se quedaron adheridos todo el año.

Espina IV

Ser dueño y señor de los derechos es un elixir tan adictivo como ralentizador. Lo es, también, otorgar al señor todos los derechos. Pero hay fotones que no se detienen, esquivan la máscara y perturban el estado de cosas.

La ley no es un traje a medida. Ella sujeta, incomoda y obliga a buscar distintos senderos. Algunas otorgan derechos a quienes se mantenían invisibles o velados. Tallan por dentro y luego algo tan rápido como un haz de luz escapa a máxima velocidad.

¿Será la mirada que perdió las gafas? ¿ O el de las gafas perdió la mirada?

Y EN EL CENTRO DE MI PECHO

Hay máscaras que son preciosas, las del carnaval de Venecia, por ejemplo. Otras necesarias, nos acompañan y dan esporádicas certezas de encuentros que se desvanecen. Pero una clase de ellas, al parecer, desfiguran hasta menguar en veintiún gramos todo lo que tocan.

Crímenes pasionales, locos por los celos, porque te quiero te aporreo, un hombre no se puede resistir, ama con desesperación, no sabría qué hacer sin mí, yo lo provoco, un piropo levanta el ánimo…

Ornamentos de un largo cautiverio y de pronto se abre una puerta, ¿demasiado rápido?, se ilumina el cuchitril que les estaba reservado. Ajeno e inútil. Hay otro mundo, otra vida, una vida… Individuos ya sin máscara corren a otra velocidad. Velos dejados de lado se pegotean sobre otros cuerpos que manotean, ahora sí, con desesperación. Algo acelera, pierde lastre, se autoriza. Un poco de sangre parece ser el precio.

¿Para qué querría la ciencia ralentizar la velocidad de la luz? ¿Sería para mostrar qué le sucede a quien anda enmascarado? Aunque esto no puede ser una oda a la alta velocidad. Antes, mejor, podría mostrarnos que la diferencia de velocidades forma, de todos modos, un haz de luz.

La metáfora es tentadora pero los humanos estamos hechos de otra pasta, pasta de encuentros, de compromisos, de miradas. La velocidad es mala consejera y, al parecer, no hay ninguna meta. Aunque, de vez en cuando, algo acelere y alguien se detenga para siempre.

¿Qué sería del cielo sin los viajes de la luz?

Sobre todo, los viajes.

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