Por Karina Caputo.

La Velocidad: De aviones y avioncitos de papel.

PNEUMÁTICA

Volar nunca fue sólo un verbo. Volar ha sido por siempre “el verbo”. La acción que, por antonomasia, señala lo otro, aquello que aún no puedo, pero cómo me gustaría poder. Ya desde el Génesis, comenzó a crear el mundo con un sobrevuelo sobre el caos. Y así, como quien no quiere la cosa, encendió el deseo de volar. Un viento (Dios disfrazado de viento) pasó sobre el caos y ahí empezó la fiesta. Viento o alma. En la edición de la entrevista a Fresán dice que Rúaj, en hebreo, es viento o alma. En griego “pneuma”, de ahí la pneumonía, el penumático y el pneumonólogo. Insuflar, inspirar, dar aire a la voz para que se atreva a decir. Dar aire, como quien le da nafta a la palabra para que por fin se encienda. Volar, entonces, empezar a decir.

Light and Colour (Goethe's Theory) ÔÇö The Morning after  the Deluge ÔÇö Moses writing the Book of Genesis, de Turner.

 

AVIÓN- POEMA

Clement Ader tiene el honor de nombrar. También hace el intento de darle cuerpo.

Guillaume Apollinaire asume La defensa de la palabra «avión», empleada por el precursor Ader (1897), tal vez olvidada en favor del término culto: aeroplano. El uso le ha dado la razón.

 

“¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo?/Una palabra era suya, ahora ya nada./

Aparejó los miembros de la ascesi ,/en la lengua francesa entonces sin nombre,/y luego Ader se torna poeta y los llama avión./(…)No, tus alas, Ader, no eran anónimas/cuando llegó el gramático a dominarlas,/a fraguar una palabra erudita sin nada de aéreo/donde el pesado hiato y el asno que le acompaña (aeropl -ane)/componen una palabra larga, como un vocablo de Alemania./Se requería el murmullo y la voz de Ariel/para denominar el instrumento que nos lleva al cielo. /El quejido de la brisa, un pájaro en el espacio,/y es una palabra francesa que pasa por nuestras bocas./¡El avión! Que suba el avión por los aires, /que planee sobre los montes, que atraviese los mares/y aún más lejos se pierda./Que trace en el éter un eterno surco/pero guardémosle el nombre suave de avión/pues de ese mágico mote sus cinco letras hábiles/tuvieron la fuerza de abrir los cielos móviles./¿Qué habéis hecho, franceses, con Ader el aéreo?/Una palabra era suya, ahora ya nada(*).

Apollinaire vuelve de la guerra con una herida en la cabeza que supurará hasta el final de su vida. Por ahí drenarán las pocas ganas de seguir con la alabanza a la máquina de los futuristas previos a la Primera Guerra Mundial. Quienes persistieron en el encantamiento por los mecanismos y los fierros andantes se pasaron de manera franca al fascismo, después del 14. Quien se siente todopoderoso, divinidad, es incapaz de asumir activamente la falta y el vacío. La incompletud nos devuelve a lo humano, nos retorna a la poesía, nos implica desde la solidaridad.

EL GIGANTE SIGILOSO

El avión salió del aeropuerto internacional de Ezeiza con destino a Cuba. Era el año 1997. El uno a uno invitaba a ser monigotes. Al primer mundo, decían, hay que entrar en Ferrari roja, a gran velocidad. Espejitos de colores reflejaban múltiples dimensiones. Inframundos y de los otros.

Pelo planchado, valija con rueditas, se desplaza la alegría de partir.    Atrás, palmas levantadas despiden antes del embarque. Chicle en mano, ingresa por la manga y busca su asiento. Del lado de la ventanilla: lista para registrarlo todo.

Se encienden los motores, comienzan las primeras maniobras del gigante sigiloso. Nos dan la bienvenida con voz cadenciosa. Las instrucciones para sujetar los cuerpos iniciadores del viaje obligan a masticar la tarea.

Carreteo.

AVIÓN NIÑA

Las maravillas de niña. La deslumbrante salida familiar de los sábados, con pan lactal y fiambre, sillas y mesita de camping. Y a colgarse de las rejas de aeroparque para ver detenidamente el despegue del avión. Un ensordecedor magnífico hace temblar el asfalto. En el cielo, liviandad. Cómo hubiese querido estar adentro del pájaro volador. El sueño la devoraba.

 

DE MONSTRUOS Y VACÍOS

Devorar como devora lo intenso de las turbinas cuando todo está listo para el despegue. Más tarde, la plenitud, el aire lo sostiene todo. Adentro, algo le tapa los oídos, aunque masque. ¿Hay un exceso de qué? ¿Puede haber tanto vacio?

FRANCIS BACON

Sí. Entonces lo conocí. Nunca antes había sentido al vacío meterse dentro del cuerpo. Un vacío formado entre los intersticios del cuerpo, sí. Pero uno que se te metiera adentro, por los oídos y por cuanto orificio encontrase, jamás. Algo ascendía y se dispersaba. El precio de volar era, entonces, enfrentarse con la consistencia del vacío metida en el cuerpo. Mis contornos- mi carne- se habían transformado rebordes que rodeaban al vacío. Y él crecía, aun contra los esfuerzos de mis mandíbulas, por triturarlo a pura mordida. Mastique, mastique. Chicle, gesticulación grosera. Y el triunfo del vacío.

 

El cuerpo conocido huyó, los músculos se tensaron en busca de contención. Las articulaciones no vinculaban entre sí y las vísceras se trastornaron, deseosas por entender algo de lo vacante. Decidió pagar el precio de ser otra.

FRANCIS BACON

 

AVIÓN INCONCEBIBLE

Dicen que son 900 km. por hora, a una altura que ya ni recuerdo. Porque, si recuerdo, entro en pánico. Cómo pensar que, por debajo, solo el aire te sostiene. Y, entonces, a tanta altura, decido dormir.

Sueño un sueño animado.

El impulso fue tan veloz que, cuando el avión tocó suelo cubano, nos sumergimos en otra dimensión. Control estricto con fusiles en mano. La atmósfera, cargada de un candor particular, pesaba, contenía décadas de sofoco, como las previas a la revolución.

Maternal, nos recibió en el estacionamiento, junto a un Jeep de los años 50. Transitamos calles con palmeras, casas bajas, autos viejos, casi de colección. Cada milímetro de lo existente, cuidado como una gema. El tiempo se había detenido allí. La lentitud y el vaivén de las mecedoras reenviaban a lo esencial.

 

AVIONCITOS DE PAPEL

 

 

Es de verdad desalentador, ellos pueden lo que yo no. Un simple avioncito puede lo que yo no. Pero se dan cada porrazo. Y si el viento cede, si el viento del impulso que los lleva cede, se van a pique. El viento, otra vez. Dar aire, decir.

El avioncito de papel es llevado a donde el viento quiere, no tiene voluntad. ¿De eso se trata el juego? No sólo de eso. Hay una alternancia en la velocidad del vuelo. Dejarse llevar hacia el vacío, un confín, un borde de lo posible. Bordear lo siniestro resulta el único modo de no salir espantado, por paradojal que suene. Y, desde allí, volver a despegar. Ser primero de papel y, después, ser sobre el papel. Y, en el intersticio, entre la nada y la escritura, se dibuja la figura del viento. Que vuelve a instalar la pregunta.

 

Inocentes, divertidos y fallados, consumen el deber e invitan a colarse en el viento. Buscan un destino, por si existiera, y empujan al encuentro.

 

El avión sobrevoló una ciudad de luces, descendió en la pista. Una voz firme nos devuelve a suelo argentino.

Fin del vuelo. Y recomienzo.

 

 

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