Darío

Para Darío

Por Luisa Luchetta.

La velocidad: Una biografía de naufragios y planicies.

 

INFANCIA: SAAVEDRA Y LOS MORLACOS.

1955: En la plena oscuridad del vientre de su madre bebía indignación, bronca, dientes apretados, puños tensos, palabras prohibidas.

 

Creció entre las tapas amarillas de papel encerado en los libros de aventuras de Editorial Tor, con los cantos de las hojas rojos. Las charlas domingueras con su padre giraban hasta  flotar en su mente: la Revolución de Mayo, Moreno, Belgrano, el obtuso Saavedra. Las batallas de San Martín por la liberación del continente, su astucia, su táctica militar, su valentía.

 

TOR 

Después de los ravioles, la cancha.

Los ´70: A aquellos años de silencio y oscuridad los iluminó con pequeñas aventuras, pequeños riesgos. Los chicos de la plaza, los primeros cigarrillos, la damajuana de vino catada entre varios, en las siempre abandonadas calles del Abasto.

 

El dinero como objeto, como un plato de comida, un par de zapatos, un libro, un televisor. Un bien escaso el dinero: su padre, apenas cobraba en un grueso sobre marrón, lo abría delante del compañero usurero y solterón y, así, llegaba visiblemente adelgazado a la casa.

Detestaba ese objeto, pronto lo relacionó a Saavedra y a su séquito: a los españoles, a los comerciantes, a los usureros. Y a lo peor: a la amargura, al silencio y a la explotación.

ADOLESCENCIA: TRES MOSQUETEROS Y UN GAUCHO PORFIADO.

Su padre consideró que era tiempo de hablar de aquellos años en los cuales la vida le daba esperanzas de buena pilcha, de comida abundante y hasta de vacaciones. Del modo en que se habían escurrido de sus manos los sueños de una vida tranquila que, como hijo de un italiano anarquista y bohemio, deseaba desesperadamente.

“Yo era radical, de Yrigoyen. Mi tía murió en la semana trágica; la mató un policía cuando ella iba a la panadería”. “Cuando llegó Perón todo cambió. Vivíamos bien. Le dio al pueblo lo que ningún otro le había dado: derechos”.” Gracias a Evita”, corregía siempre su madre.” No hablés de estas cosas con otros, ya sos grande, tené cuidado”, aconsejaban.

              Los relatos paternos iluminaron derechito hacia la tapa de “Los tres mosqueteros”, ideales compañeros de aventuras.. También, hicieron foco en los tesoros perdidos en las selvas que engullían gringos. “El Martin Fierro”, con sus grandes dibujos de Castagnino, y la condena  del hombre de pueblo, sabio, pobre, marginal.

 

Martín Fierro 

EL LIBRO DE LOS MUERTOS.

 

Por diez días le tocó hacer el servicio militar, el año del golpe.

-¡Dispare!

-(…)

-¡Dispare, soldado!

-Está en el piso, teniente.

-¡Dispare!

-No, señor, yo no voy a disparar.

              Sobrevivió al mes de arresto.

Al salir, intentó vivir en la planicie anodina y silenciosa en la que muchos, demasiados -ahora me doy cuenta- nos movíamos con cierta calma tensa. Derechos y humanos, eso: parecíamos caminar en fila.

Manejaba un taxi, un día de abril subió a unos compañeros ciegos por los gases, doloridos y orgullosos por los moretones y la sangre que corría quién sabe de dónde hasta dónde.

Ahí conoció  de cerca los primeros rostros de náufragos prematuros.

 

AL  FARO: LAS ILUMINACIONES.

Abrió la puerta. Se iluminó como les pasa a los que encuentran su propio faro.

Sin pensarlo mucho, se subió a su fragata: velas blancas hinchadas por la brisa del mar infinito, casco de madera lustrada, la bandera argentina. Sobre el timón, la imagen de Evita con el cabello suelto al viento, el ancla levantada.

Abandonó la planicie, siguió a sus sueños, siempre distantes. En su travesía conoció personas que habían iniciado el viaje antes que él y, como buenos compañeros, como mosqueteros, le iniciaron en las destrezas del buen esgrima.

Sólo de vez en cuando, y debido al recuerdo de los placeres más primitivos, bajaba el ancla y saltaba de cabeza al mar de nubes, iba tras el brillo de las cadenas doradas hacia la cocina de  su madre. Siempre lo esperaban sus milanesas, sus ravioles, sus pizzas y el silencio que recrimina el olvido.

Pájaro que comió voló”, condimentaba ella, rodeada de platos y cacerolas.

SAAVEDRA REVISITED.

El tiempo transcurría intenso, mucho más rápido de lo que percibía: un engaño al que no nos acostumbraremos jamás, porque no sabemos cuándo ni dónde termina lo que vemos.

Su niño atravesó tormentas. En los naufragios quedaron partes de su cuerpo, amores, afectos. La fragata briosa -velas hinchadas- poco a poco fue volviéndose planicie. Entonces, se enojó con él mismo, con su faro, se llenó de pretextos, de justificaciones, de auto, casa, ropa de marca. Llamativamente, aquellos compañeros de travesía- lejos de desterrarlo del mar infinito, donde los peces se alimentaban de sueños de igualdad- también fueron acumulando en sus fragatas planicies con césped bien cortado, jardines, casas, autos caros y vacaciones en Miami.

Poco a poco, cambió su idea sobre el dinero, ya no era una anomalía del sistema sino un medio para ser feliz, vivir tranquilo y poder crear, sin sufrir. Hubiera querido haber vivido su infancia así, sin sufrimientos económicos. ¿Pero hubiese sido él mismo?

EL VIEJOY EL MAR.

Naufragio Turner              Un navegante hace su cuerpo y su vida con tormentas. La última arrasó la fragata que, en medio de tanta inmensidad, se quebró como un vaso contra el piso. Fue agarrándose como pudo a los pequeños fragmentos, pero la planicie que había cuidado se hundió más rápido que él. Estaba cargada de cosas superfluas.

Desnudo, entregado al mar de nubes que lo había hecho tan feliz, siguió – sin quererlo- las cadenas doradas del ancla, suaves, entre los peces con la mirada llena de tristeza ante el último acto: el capitán asumió su rol y decidió morir junto a su barco.

EL INFINITO Y MÁS ALLÁ.

Pasó por la planicie de su infancia. Viejos amigos lo saludaban, vio a su madre en una silla de ruedas, aunque le pareció que no lo reconocía. Vio a un chico, pelo corto con flequillo, remera blanca a rayas verdes, pantalones cortos blancos y una pelota de goma – una “Pulpo”- entre sus manos, que lo miraba serio. Creyó ver un retrato de Saavedra, los contornos de Evita y la luz de un faro, custodiado por tres mosqueteros y un gaucho porfiado.

 

“Darío”

“Vení”

“Dale, vamos a hablar de hombre a hombre”

“Dejá, las lágrimas son cosas de minas”

Su padre lo llamaba, extrañaba al viejo carajo, últimamente imaginaba que charlaba con él.

La planicie quedó atrás.

Se había vuelto infinito.

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