El Abuso: sobre abrazos.

Por Virginia Saavedra

EL ESCENARIO: NUDOS DE BRAZOS Y RONDAS

Hay espacios donde la tarde atardece más sola que en otros sitios. Lugares que tuercen la mirada en pasadizos y desvíos hasta que el ojo choca contra una curva  y se cierra la visión. ¿Qué habrá más allá? Mientras lo invisible, lo velado, juega sus juego de elusiones. Más acá andan los brazos. Ese nudo en que se entrecruzan dos cuerpos para afirmar uno el paso del otro. En ese vaivén del pasillo deslizándose bajo los pies, muy lejos de eso brazos, en ese recorrido sin rumbo, donde solo se afirma un nudo de extremidades. Más acá, una ronda de manos entrelazadas.

 

RENUNCIAR AL ABRAZO, JAMÁS

Por la esquina, donde la mirada sí puede, un abrazovirginia fotosana-mendieta-bird-women-2 esconde los rostros de dos amantes del centro de la escena. En verdad, la escena no tiene centro, porque este se desliza hacia donde dos, cualesquiera, se entrelacen. Se puede renunciar al compromiso, a la institución, a cumplir con el ritual de los afectos. Pero, ¿quién puede renunciar al abrazo? Todos los laberintos lo saben. Allí donde algunos se pierden, donde las direcciones se complican, allí se entrelazan los caminos. Un laberinto puede ser visto como una gran trenza de abrazos. Y hay quienes conocen el punto con que se teje. Otros se entregan a la aventura. Otros se pierden.

 

EL ABRAZO MALDITO

Hay uno sí, que anda solo, de brazos urgentes, de manos tensas. Uno que  los balancea como a dos pesos amenazadores. Uno que no puede ser acusado ni advertido, porque sólo lo delata el grito de sus brazos.  Uno que conoció el desamparo en un rincón perdido del laberinto.  Quizás, si alguien pudiera sobrevolar el enredo de pasillos, ese podría dar la voz de alarma.

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ABRAZAR JUNTAS EL PASILLO

Es una tarde  radiante. En el pasillo dos cuerpos casi siameses caminan, gesticulan casi al unísono, como en una estudiada coreografía. Se estrecha el espacio por donde la mirada puede. Los cuerpos siguen. En contraste con la furia del tránsito, ahora un pasillo está abandonado, en silencio, excepto por las carcajadas esporádicas de estas dos mujeres.

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Ahí van los brazos de María. Parece que no pudieran estar solos. Si no tocaran los brazos de esa otra mujer, los de ella serían pura soledad, física y simbólica. El abandono no es solo una “sensación subjetiva”, se puede ver en el caminar de la gente: quien camina sólo por estos lares está abandonado. Por eso María se enreda en los brazos de su tía, mientras caminan juntas el pasillo y conversan de cualquier cosa. Nunca sola, o con su tía o con su mamá.

Algunas tardes su tía se va a trabajar. Entonces, los brazos de María se aferran fuerte, se entrometen en el pequeño cuerpo de su hermanito, casi un bebé. Lo acunan, aunque el niño esté dormido.

OTOÑO

Una tarde de otoño, casi oscurecía. María había pegado el estirón y ya tenía la estatura de su tía, quien no era tan alta. “Ahora sos una señorita”, le decían. No entendía muy bien qué significaba eso.

Volvía de lo de una compañera de la escuela. Caminaba sola por el laberinto cotidiano. Se reía. Quizás se acordara de algún chiste o de algo gracioso en la escuela. En uno de los pasillos del fondo, se topó con su tío “Coco”. La asustó. Coco la agarró de un brazo y le habló muy cerca de la cara. El tío olía a muchas horas de a litros. Por sus propios nervios, o quizás por los vahos, no le entendió una mísera palabra. Él la arrinconó contra la pared. Le apretó fuerte los dos brazos y logró arrastrarla unos metros. Del laberinto se sale por arriba. Brazos, no alas, tenía María.

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DAVID Y GOLIAT

Él era fuerte.

Era alto.

Ella sólo miraba sus propios brazos arrinconados. No sabemos de dónde sacó la fuerza, pero los brazos de  María se soltaron. Llegó a empujarlo. Agarró una piedra cercana y se la tiró en la cabeza. Coco quedó sobre el piso. Sangrante.

Ella corrió su urgencia. A cada tramo recorrido recuperaba un poco de su nombre. Una vuelta del laberinto le devolvió la primera ´silaba “Ma”. A la segunda fue “mari”. Llegó a la casa en temblores. A duras penas se reconstruyó María.

En el pasillo otras dos mujeres anudaban sus brazos. Y, por un rincón, uno de brazos urgentes, acechaba.

 

LA MUERTE DEL OTRO

Los brazos, dicen los buenos diseñadores, extienden la porción de universo que nos toca. Bajo el brazo en comba, encerramos porciones de aire y de vacío. Llegamos más lejos, más alto, más abajo y siempre antes que nuestra cabeza. Son nuestros grandes tenedores, nuestras pinzas poderosas.virginia4carlos blancofoto1910 En una de esas nos topamos con los otros.

El laberinto resulta impredecible y, entre el azar y el destino, cualquier cuerpo puede cruzarse con el nuestro. Hay cuerpos que componen malas relaciones con nosotros, parasitan la potencia que somos. En el extremo, lastiman o matan. Otros potencian y abrazan. Saber distinguir es una lotería y un arduo trabajo de prueba y error.

Hay que estar con el cuerpo y la palabra atentos. Los brazos al acecho no estrechan, estrangulan. No extienden el espacio que les toca, quieren apoderarse del universo entero. Abuso de brazos sin borde, sin frontera. La muerte del otro.

 

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