Abuso: crónica sobre la ausencia

Por Gabriela Ramos

 QUE NO CAIGA EL CABALLO

Llegué a Nazaré hace dos horas. Ayer estuve en Lisboa. Disfruté con amigos de un delicioso bacalao con papas. Es invierno y hace mucho frío.Nazaré

Estoy frente al mar. Sobre las rocas hay musgo. En el acantilado puedo ver cómo despliegan sus alas las gaviotas y planean sobre el azul intenso del agua. El agua no es azul ni las gaviotas son blancas como parecen. Yo no soy lo que parezco ser. La atmósfera nos inunda: al mar, a las gaviotas, a mí. Veo el Sitio y la pequeña Ermita de la Memoria, donde se cuenta la leyenda del milagro obrado por la Virgen, al impedir que el caballo de un hidalgo- Don Fuas Roupinho- se cayese al vacío. Allí, en el mirador de Suberco se puede ver la señal dejada en la roca por la herradura, durante esa mañana de niebla de 1182.

SER EL VACÍO

Yo, ermita del mar, no de la montaña, como la pintura de Shitao. Frente a la soledad delpaisaje siento cómo la ausencia me envuelve. Hay ausencias tenues, otras voraces. La última me carcome. Nadie en la playa, ni siquiera un perro. Como la arena en un reloj, todo se va por un hueco. Todo. Creo que yo estoy ahí, en el centro del reloj, en un embudo y por caer. Necesito algo de tibieza en el cuerpo, pero me inunda el frío. En el faro, también lejos, sueño que alguien me espera con algo caliente para tomar.

Las casas semejan desdoblarse y guardarse. El tren ascensor parece haberse detenido sin explicación.

Shitao Ermita en la montañaEl cielo- durísimo-casi se desploma. El viento está fuerte y la cresta de las olas amenaza filosa. Lejos, el pueblo parece ser el vacío. El tiempo se detuvo en las casas de tejas coloradas, más allá del puerto. Mis manos  sucias de arena y sal, mis pies húmedos y helados: se me vuela el sombrero.Lo veo irse hacia el mar lento, como a un animal extraño al que prefiero dejar ir. Vine para escaparme de mí, pero estoy más presente que la furia bajoel paisaje. Cierta irrealidad y mi cuerpo parecen mimetizarse con la armonía en el horizonte, esconderse tras el muelle, casi disueltos en el absurdo. Intento no pensar en lo que veo, me dejo sentir el frío, el viento, trepar en el sonido de las olas al romper. Cierro los ojos y se escucha una gaviota. Está cerca de mí, igual no abro los ojos. Espío: un pico anaranjado intenso, un plumaje suave, ¡tan hermoso!

A PASO SOBRIO

Hace una hora que las olas rompen, las gaviotas planean, el acantilado amenaza con su belleza, Shitao02el frío aumenta, mi cuerpo se hiela, el cielo se desploma. A lo lejos, veo acercarse una viejita con sus polleras de pescadora. Está encorvada y su paso es sobrio como su cara, parece sumergida en sus pensamientos. Me pregunto por qué, recién después de una hora, llega alguien a la playa. Me pongo los zapatos, recojo mi sombrero mojado en la orilla, tomo mi bolso y me paro. Voy a hablarle. Ella me sonríe y me explica el motivo de semejante ausencia en la playa, con tanta tibieza, que el frío parece irse con su ternura. La viejita de siete sayas, aleja su calma y me hace un ademán. ¿Por qué nadie me dijo antes que anoche hubo una tormenta?

Voy al pueblo a comprar unos bolos, pero todo parece detenido. Es hora de la siesta, sin embargo, sólo un gato merodea y pide comida.

Para ir a la Capilla, debo subir muchos metros, decido no hacerlo. Miro atrás: las gaviotas, el mar. El filo de la cresta de las olas.

Nada más. ¿No será un abuso?

shitao03

 

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