Persistencia: La entrevista que no fue a Alejandro Dolina

Entrevista: “El Anartista”, equipo titular

Edición: “El Anartista”, equipo titular y equipo suplente.

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PEQUEÑO RELATO INTRODUCTORIO: PERDIDOS EN PRE-PRODUCCIÓN

Alejandro recibe la pelota y la baja de pecho, acepta la entrevista y le entrega el pase a una secretaria, para que arme la jugada y toque. La secretaria -de ahora en más llamada “Una”-, no la puede retener. Una fatiga muscular deja a “Una” fuera del partido y, entonces, el técnico la reemplaza de inmediato por una defensora: la secretaria Ma. Iba a poner a M, pero pensó en las ventajas que traería a los relatores de fútbol la presencia de una jugadora, cuyo nombre se puede picar y hacer rebotar con todos los diminutivos y juegos. Las chances van desde el clásico “mamita” al mediterráneo, “Mamma mía”. Pero la entrada de Ma resultó más que un gran acierto narrativo, se reveló como una habilidosa jugadora. Desde que pisó la cancha, enfrentó el juego con osadía estilística y confundió a sus adversarios con su famosa técnica de “te la doy no te la doy”. Mezcla de danza primitiva con Nicolino Loche, el asunto combinaba destreza deportiva con un talento insólito para prender y apagar el celular. A veces, Ma se pasaba de la línea de juego y, de tanto ostentar malabarismos telefónicos, confundía a su propio equipo, que terminaba por comerse un par de goles en contra. Pero a quién le importa el resultado, si ella maneja la agenda. Te puede pasar la pelota para un 2 de octubre, pero te la manda al corner sin horarios, es decir: lo que te llega es una especie de pelota fantasma, una bola de niebla, (un ladrillo, diría el Diego) como las que encuentra Dolina en el barrio de Flores. Aun así, por una mezcla de azar y persistencia del equipo contrario, sobre el tiempo cumplido, Ma da un pase preciso, como Satanás manda: con dirección, fecha y horario de entrevista. La hinchada se entusiasma. Cansado de pelotazos durante todo el partido más el alargue, te decís -como Alemania en el Mundial-: “en tiempo de descuento también vale”. Acomodás la pelota, te agrandás, juntás todas las citas de todos los libros de Alejandro que leíste, formulás preguntas, te tomás la cosa verdaderamente en serio. Y, cuando estás frente al arquero, mano a mano, con el triunfo casi ganado, te pasa como a la ardilla de “La era del hielo”: algún azar rompe el piolín que te unía a tu destino y todo se pudre. No, no querido lector. No es que tirás la pelota afuera. Vos pateás, enfrentás el obstáculo. Sin embargo, al levantar la vista, te das cuenta que se descompuso el arco. No se puede patear al infinto y decir que uno metió gol. ¿O sí se puede?

Vamos, pues.

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PRODUCIDOS Y EN LA CANCHA ¿IMPREVISTOS?

Al lado de la casa de Alejandro Dolina, un cartel vertical -en letras rojas- da nombre al supermercado chino – oscuro, casi neblinoso en su profundidad-: ANGEL, dice. Así, sin tilde en la A. Por error y/u omisión. La crónica es la de la entrevista que no fue; o sí, según de qué lado del espejo nos ubiquemos. Detrás de la puerta, el final de la escalera promete luz. Algunos peldaños y una asistente nos separan del color y del hombre cuya voz – sin cuerpo- escuchamos, enfantasmada tras la pared-muro.

Se impuso la pregunta: ¿qué es un fantasma? Parte de la respuesta ya la conocíamos. Habíamos trazado hilos entre su cadena de asistentes y también entre su obra (literaria, musical, radiofónica).

“¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres”. Las palabras, de James Joyce, son el epígrafe de “El libro del Fantasma”, de Alejandro Dolina.

dolina4escher1En nuestra persistencia, la búsqueda constante por las preguntas sobre el lenguaje había comenzado con el pedido de un encuentro, para conversar y reescribir.

Quizás, como la Murga del Tiempo que, por solo haber sido vista por sus propios integrantes tiñe de sospecha todos los testimonios, incluso éste; quizás porque la mentira no siempre es opuesta a la verdad y para mentir el camino del norte no es necesario señalar al sur; el noroeste ya es mentira, lo que se transcribe en esta nota es tan verdadero como una ópera en tres tiempos, a la que le faltó uno (y, nos es inevitable, solo conocemos un modo de completar el vacío: escribir) y es tan falsa como ese espectáculo al que le falta su actor protagónico (sin embargo, la inasistencia absoluta es imposible. Uno siempre está en alguna parte). O su fantasma.

EN EL BAR DEL INFIERNO

En el bar del infierno, los habitués se desdibujaban en la penumbra.

dolina6Sobre las paredes colgaban recuerdos que el transcurso del tiempo borroneaba y los convertía, poco a poco en la memoria de los olvidos.

Al que llega a este lugar/lo acompaña una nube/perversa y fatal. /Una mortal cerrazón/que es como una premonición. /Aquí andan los fantasmas/de la terquedad. /Llegó el olvido, vencedor/y ya el saqueo comenzó.

Alrededor de una mesa, dos viejos jugaban a las cartas. Sus voces se confundían con la de un cantor que, en el fondo del bar y acompañado de su guitarra, interpretaba el “Tango de la muerte”.

Deténgase la sucesión/en una ausencia tan brutal/que es uno mismo el que no está.

La tarde era lluviosa y comenzaba a anochecer. La voz del cantor se proyectaba hacia adentro y, con los puños cerrados, parecía enviar palabras hacia el otro extremo del bar. Allí, una chica bella y radiante tomaba un café, contra la ventana. Una belleza demasiado brillante para ese lugar, demasiado joven, demasiado ideal y no encajaba en ningún rincón. Tal vez algo le atrajo o sólo entró para escapar de la lluvia. Al cantor ni lo observaba. Sus ojos vivos se entretenían con la gente de la calle.

dolin1Por momentos, la voz del cantor picaba alto.

Yo soy mucho más fuerte que la vida,/yo soy la última rima del poema/mi voz en todo acorde suena/y con cualquier camino yo hago esquina.

Pero pronto se empequeñecía hasta desaparecer y, con hombros caídos, arrastraba la letra como si hubiese reconocido que cada envalentonamiento caía como una piedra al mar de un orgullo de cartón.

Perdida en las estrellas de otros cielos/tus soles son aquí mi oscuridad/ no hay que pensar ni preguntar/yo soy mi propia explicación.

Mezclado con el canto, se escuchó a uno de los viejos decir: ¡Truco! y el otro, con las cartas marcadas, le mandó un “retruco” y dijo:

Yo juego con la carta más segura/no importan los vaivenes de la suerte
aquí donde me ve, yo soy la Muerte. /El precio de la última aventura.

Visto desde el interior del bar, los contornos de la avenida movían, febriles, la lluvia y la vidriera sucia. Metálica, la voz cansada del cantor erraba un abismo entre las mesas vacías.

(…)tu cara es una sombra fugitiva/milagro que se aleja más y más.

Al cerrarse la tarde, el bar quedó confinado a una única luz, de lleno sobre el cantor. Este, rodeado por las sillas clausuradas sobre las mesas, cantaba para sí. La tormenta trajo a un grupo de amigos que, en medio de palabra va, palabra viene, acabó borracho de risa.

dolina5 La chica terminó su café y salió. Dejó la ausencia de su resplandor dentro del bar del infierno.

Tu cara es una sombra fugitiva/milagro que se aleja más y más. /Me dice el corazón que volverás, pero yo sé/que nadie ha regresado nunca.

 

La mirada del cantor, con ojos de noche eterna, ajena al brillo y envuelta en la bruma, rodó por el piso del desamor. Con la partida de la chica, el cantor balbuceó impotente.

(…) esta es la avenida de la confusión/nunca se puede perder/el que no sabe a dónde va.

Afuera, la lluvia recrudecía. La presencia del cantor, aunque inmóvil, desaparecía detrás de las palabras.

Y las brujas dolientes de la decepción/soplan un viento de horror/que apaga el último farol. /Este es el rojo buzón/de las cartas que nunca jamás llegarán.

CONSUMADA LA EDICIÓN

Ya se había cumplido el tiempo reglamentario y el juego continuaba. El anochecer despejó las voces detrás de las puertas, mientras los goleadores más persistentes continuaban con sus disparos al arco. Sin descanso. En el estadio, casi todos se rieron con la salida desopilante de la escalera de entrada: subir por ella fue salir. Y, al bajar, la gente se cruzó con los fantasmas que tomaban vino en caja, en la vereda de un supermercado chino. Los límites desaparecieron y el campo de juego se abrió en infinitas posibilidades. La escalera se deshilachó en un puñado de palabras. Palabras amables pero gaseosas, con fecha de vencimiento. Luego, abrumadas, se guardaron solitas en una caja de herramientas inútiles.

Secretarias y asistentes olvidaron el partido. Corrían por un laberinto, descompuestas, intoxicadas y con diarrea, a la pesca de señales telefónicas enredadas en sus propios piolines, líneas y agendas. El “angel”, sin tilde; la tribuna, enardecida. La murga, los fantasmas y los goleadores se mezclaron, por unos minutos, en una masa sólida que se movía ágil y graciosa.

dolina2Después vino la explosión, como un sol colado entre nubes negras. Los muros erguidos y ordenados cayeron sobre la vereda, vencidos por su propio peso. Desnudaron el interior de las casas grises. Algunos jugadores se hicieron pelotas sin gol, condenados a rebotar en el círculo infinito del medio campo. El gol marcó su diferencia con “el tanto”. Se vieron frente a frente y sin palabras. El gol gritó apasionado. El tanto, en cambio, serio como perro en bote, aún hablaba por teléfono cuando ocultó su rostro detrás de la única puerta en pie.

El gol fue imparable; si antes el arco se había descompuesto y lo negaba, ahora todo era arco, red y pelota. Todo gol. ¡Gol! ¡Golazo, mierda! Se oía en un canto pegadizo como los de la tribuna. Un estribillo, hambriento de versos, goleaba.

No hubo campeón, sí juego. Luego del partido: la fiesta. El festejo se trasladó al barrio de Flores. Ya no llovía. Los recibió el perfume de los paraísos y el tintinear de la hinchada sobre el brillo del empedrado. En la calle del bulevar poesiaban flores y nevaban copos del palo borracho.

 

 

 

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