Por Pablo Arahuete

Los Anormales: Sobre “Gett, el divorcio de Viviane Amsalem”, de Ronit y Shlomi Elkabetz.

MATRIMONIO Y ALGO MÁS

No es normal, la frase repiquetea como estribillo cansado e impotente, en boca deLos anormales 2 varios protagonistas de “Gett, el divorcio de Viviane Amsalem”. Mientras, desde la altura, los tres integrantes del tribunal rabínico juzgan sin palabras. Y, en los alrededores, el silencio se corta con un lamento seco, tras tanta argumentación de un lado y del otro: abogado defensor contra el que acusa y, entre ellos, la víctima.

Gritan, no se escuchan y la atmósfera se condimenta como una farsa. En el grito, el intercambio  es una danza de idiomas y dialectos que incomunican y transgreden a la vez. En esa lucha, la palabra sagrada se hace “una palabra”. La anormalidad se viste de normalidad para pasar desapercibida ante los ojos que siguen en ese perverso jueguito de sacar trapitos al sol, sentenciar, etiquetar al otro sin atender el reclamo del deseo. La libertad es una palabra que se escucha pero no se entiende. El ahogo- en cambio- no es una palabra, se manifiesta en el padecimiento de la peor burocracia que tiene que sobrellevar esta pareja durante cinco años de idas y venidas con el tribunal.los anormales 1

No es normal no darle la chance de un divorcio a la abnegada Viviane, cuando hizo los deberes como dios –y justamente dios- manda; cuando soportó, en su rol de esposa, el destrato de un marido que no la ve, que no la escucha, que no la siente. Pero no alcanza para ella semejante sacrificio, porque en definitiva no le falta nada, ¿o sí?
La tozudez no es amor; el egoísmo no se explica sólo con celos, es el juego de poder entre el hombre y la mujer, el machismo en su faz más evidente y consensuada en la sociedad universal. Encuentra, en el escenario de la justicia, su mejor ringside, las piñas vienen de un lado y del otro, aunque el árbitro sea hombre y acepte las reglas del golpe bajo por una de las partes.

Ya no duele, ya no lastima, la salida no es otra que la trasgresión y la espera de algo que nunca va a llegar. ¿Alcanza con el destino escrito para abandonar la pelea antes que suene la campana final? Cuántas palabras al vuelo entre un golpe y otro; ninguna hiere tanto como la indiferencia y la incomprensión.

LOS ZAPATOS DE LA DISCORDIA

Viviane y su calzado desafiante, zapatos de mujer libre, pelo suelto de autodeterminación para llamar a la mirada de todos esos hombres que observan los anormales 3perplejos tanta osadía. Exasperados exasperantes, estupefactos. Porque si dios manda, ¿quién se le atreve a dios?

Una puesta en escena teatral -pero no cine que filma teatro- da cuenta del espectáculo y la parodia de la justicia, con elipsis tajantes que avanzan en el tiempo, en la monotonía y en el deterioro del conflicto. La densidad del transcurso cala los huesos de Viviane y se desarma en el rostro de sus micro-expresiones. Un llanto contenido entre las cuatro paredes de la “justicia”, una risa nerviosa  descomprime tanta hipocresía, mientras las palabras atadas a la tradición no encuentran escapatoria: la mujer y su deseo de libertad, tampoco.

LA ESPERA QUE DESESPERA

Los testigos asienten, como espectadores que ven la pelea y disfrutan la sangre en cada golpe. Resistir los embates y armar la estrategia en la esquina, hasta que los anormales 4suene la campana y nuevamente la farsa recupere el ritmo y el tono del absurdo. Cómo hablar de la justicia –o la búsqueda de ella- sin partir de la injusticia absurda.

No es normal buscar respuestas en el afuera, si todo se resume en la dádiva de la bondad masculina. El desamparo se desnuda ante los verdugos. Ellos devuelven desprecio y se mofan de las heridas, porque les gusta formar parte del teatro tragicómico para no caer en la tentación de juzgar a dios.

Y POR QUÉ NO SE MANDA A MUDAR

¿Tan importante es vivir conforme a la ley, tan necesaria es la aprobación de todos para sentirse menos culpable de querer otro destino? Es llamativo cómo Viviane tiene incorporado el tribunal dentro de sí. Aunque, en un arranque de furia, amenace con seguir su vida fuera de la ley, a renunciar a lo que fuere con tal de no quedar “ilegal”, esto no será más que un “arranque”. No alcanza con la legitimación. “El papel”  debe expresar su deseo antes de romperse. Porque, en definitiva, la legalidad es el opresor que la deja en alpargatas, después de tanto taquito sensual y tanto pelo al viento.

 

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