Por Gabriela Ramos

Anormales: sobre los sin techo

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Naturalmente, experimentar el entorno es un proceso que se prolonga a lo largo de la vida; es la base misma de la vida. Es un proceso conformado por la cultura, influenciado por el lenguaje, las creencias y los valores y moderado por las características distintivas que, a veces, llamamos individualidad.

De “El arte y la creación de la mente”, Elliot W. Eisner.

COMO EN UNA CAJITA VACÍA, ANORMALIDAD

Como salidos de una pintura de Goya, con sus caras tremendas, blandas por el alcohol, linyeras.

En la entrada del negocio de comida coreana, con su mano extendida, su perpetua tristeza,  su anillo de lata, el hambre y el frío. No sé su nombre, le doy unas monedas y él me agradece cubierto por una frazada, como si fuera un turbante. Linge verde con monoPareciera que ya no es más argentino, pienso que tal vez su look árabe resulte una manera de resistir y un modo de denuncia: él es y no es de acá al mismo tiempo.

En su constante agilidad para el despojo, en la irresoluble situación de calle, en el destino que ya no cuenta, la anormalidad se funde con la normalidad y aparenta no saber el nombre de cada cosa. Nada está en su lugar. Y, como en una cajita vacía, no hay sorpresas ni recompensa.

TALLO DE HIERRO (IRONWEED, 1987)

Ironweed, protagonizada por Jack Nicholson y Meryl Streep, dirigida por Héctor Babenco, 1987. Film basado en la novela de William Kennedy, quien escribió el guión para la película. Es el año 1938. Desde 1925, las especulaciones en la Bolsa no se detenían. Norteamérica florecía, mientras Europa estaba en plena decadencia. Las consecuencias de esto se vieron reflejadas en el “crack” de 1929. Gran depresión económica. Dos días y una noche de la vida de dos vagabundos, Francis y Helen.

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Helen fue una gran concertista y Francis perdió a su familia luego de haber asesinado, en un día de huelga y durante una manifestación en la que la policía iba a reprimir, al gerente de la empresa. A consecuencia de esto comienza a tomar. Un día de borrachera, se le cae su hijo de los brazos y  muere. Francis no se lo perdona y deja a su familia. Se convierte en vagabundo, linyera, sin techo: Homeless.

En situación de calle, Francis conoce a Helen, con quien compartirá sus tristezas,  sus botellas de vino, su hambre y sus tormentos. Viajará en trenes de carga, asesinará a otros hombres, buscará día a día sobrevivir, lidiará con sus fantasmas y enfrentará su vida con su fiel compañera.

Francis volverá a la casa de su familia, pero no se quedará. Helen morirá en un hotel, enferma. Su amigo la encontrará y rozará sus mejillas con su llanto.

DE OJOS AZUL CIELO: FEOS, SUCIOS Y MALOS

Francis- ¿Es una vagabunda? ¿O sólo una borracha?

            Rudy- Una vagabunda toda su vida.

Francis- No. Nadie es un vagabundo toda su vida. Tuvo que ser algo antes de ser vagabunda.

Rudy- Sí. Era puta. Cuando vivía en Alaska, pero luego…

Francis- ¿Y antes de ser puta?

Rudy- Pues no lo sé… Pero, supongo que sería una niña.

Francis- Eso es ya ser algo. Una niña es ser alguien, no es ser una vagabunda, ni una puta.

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Por Avenida Santa Fe, frente al puesto de Mc Donalds, una viejita de ojos celestes me pide que le cargue su botellita de plástico con café y leche. Me explica cómo debo hacerlo. Pregunto a la empleada, pero el gerente está cerca: no permite llenar de café y leche la botellita de plástico. La viejita, sin sorpresa, me agradece.

Tengo un montón de torta, cumplí 33. Mi misión, aunque llueva, es llevar torta a los sin techo del barrio. Tanta mala suerte, llueve y le pregunto a una chica si sabe dónde y a qué hora: a la una de la mañana ya se acuestan detrás del Shopping Abasto. Llego a la hora y no hay nadie. Un pilón de cajas de verdura para hacer el fuego, nilones y telas ordenadas con mucha prolijidad y trabajo. El dueño de un restaurant de comida peruana me dice que me fije en el cajero pero, al llegar, no hay nadie. Pareciera que el alivio no los alcanza. Y hace frío, es pleno invierno. Me quedo con la torta para reventar.

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Otra vez un fuera de norma en todas partes y en ninguna. El del cajero, el de la esquina, el del quiosco, el de la casita de madera en la calle, el del perro. Como pequeños cauces de un río, la vida va, desprende, arrincona.

La que está loca. De reojo.

PABLO

En pequeñas sillas-potes de pintura vacías, en un nilon y un fueguito, el sol disuelve las temperaturas, las ablanda, las vuelve más gráciles. Y parece que Pablo no anda más por el barrio. Cuando me mudé a Once los conocí a él y a su carromato, un carro con colchón, telas y muchas otras cosas. Pablo, con su perro que se posa al sol lleno de gracia. Unos mates a la mañana, un sanguchito más tarde. Los consejos de Pablo: no bañar a los perros, les hace muy mal. La explicación puede durar horas: con el dedo, indica.

Parecen circular por la ciudad. Unas veces, están. Otras no están. Y esas son las más tristes de todas. Porque no se sabe si habrán ido a un asilo, si habrán pasado tanto frío y hambre que ya el cuerpo no les aguantó más. Como si hubieran caído- de a una- las hojitas del árbol que la vida les prometía. Todos ellos son Helen.

Están. Con sus fuertes pies de raíces enormes, con esa fuerza tan lejos de la maldad, con esas miradas tan inmensas en las que cada vez cabe más. Como la anciana de Baudelaire, en el Spleen de París. Como “Caterva” de Filloy, sin más que la realidad cruda, que va, corre, como el río que corre. Como en Tallo de Hierro. Pero, en la vida, tan anormal, tan normal.

Entre sus piernas ajadas por el frío y el sol, en distintos puntos de las manzanas, entran pedazos de crudeza, amontonamientos de sol, algún diario, una bolsa de ropa usada para seguir en el mundo con menos dolores, fisuras, glaciares de inconmensurables palabras.

Pablo volvió por el barrio alguna vez. Todos lo conocían. Su carromato migraba por el barrio de Once. Me gustaba volver a casa y verlo al sol. Descalzo, tomaba mate.

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