Los anormales: Sobre “la catedral de los negros”, de Marcial Gala

Por Lourdes Landeira

Marcial Gala

 TEXTUAL

LO QUE EL TIGRE NO PUEDE

La conversación con  Gala fue, claro, fragmentada. Comenzógala5descarga  en el pedacito etéreo de una red social, continuó ante una mesa, café porteño mediante, se prolongó en cámara lenta, en una ida y vuelta de preguntas y respuestas en correos electrónicos a la isla. Casi como si, al igual que la catedral, las palabras se negaran a concluir y presionaran para multiplicarse. La voz directa y concisa, en este caso, es la de Marcial Gala, quien recibió por La catedral de los Negros el Premio Alejo Carpentier de Novela 2012.

¿Hay relación entre la maldad y las letras?

Mucha, Sade- el divino marqués- se preguntaba qué era el mal, si no era más que nada una especie de malentendido.  Kafka, por otra parte, decía que lo bueno resultaba desconsolador. Todo eso se puede reafirmar en la frase del Fausto de Goethe, cuando Mefistófeles afirma: soy parte de esa fuerza que queriendo hacer el mal hace continuamente el bien.

¿Es posible cambiar a “los malos”? En ese caso, ¿por qué caminos?

¿Cambiar? Nadie cambia, recuerda siempre que el tigre no puede destrigarse pero el hombre sí puede deshumanizarse.

¿El daño voluntario es irreparable; algún daño es reparable?

La vida nos va dejando cicatrices, es una condición insoslayable de la existencia en un mundo donde la única ley incuestionable es la ley de la entropía; o sea, donde todo tiende al fin, al desbarajuste final.

¿Hay algún valor positivo en la mentira?

La mentira muchas veces es algo que sazona la vida, que la hace más potable, más digna de ser vivida; sin la ilusión, que es una especie de arte, la vida sería  mucho más aburrida, más plana.

 “Gelatina” el hermano menor; “mermelada de frambuesa” (sub apodo) del Grillo. ¿Encierran estos sobrenombres idea de debilidad o de lo falto de forma?

Debilidad, por la suavidad que implican esas palabras.

La hermana (la que se “salva”) no tiene apodo. ¿Por qué? Más aún, después de emigrar y “triunfar”, se cambia el nombre. ¿Nombre e identidad se pierden al mismo tiempo?

En realidad, la identidad no se pierde, es algo tan inherente a nosotros mismos como el aire que respiramos. No se pierde, pero sí se enmascara. Y también muchas veces le huimos a nuestra propia identidad; o lo que es peor intentamos desconocerla ¿es posible sin embargo escapar a la mera certidumbre de lo que somos?

Los aparecidos y fantasmas hablan a través de otros; las “víctimas” (los padres) hablan por lo que otros reproducen de ellos. ¿Hay jerarquía en la elección de las voces directas?

Es buena esta pregunta, yo creo que toda novela tiene algo que podríamos llamar una arquitectura secreta, en cierto sentido, desconocida para el mismo escritor. Y esas leyes secretas muchas veces determinan la forma, la manera y la jerarquía de los distintos narradores. Un escritor que piensa en la técnica es un escritor muerto, decía Faulkner y  tiene razón.

Las palabras tienen un peso propio, ¿también hay soledad en esas mismas palabras?

Las palabras condenan al autor a la existencia; también y paradójicamente, a esconderse detrás de sus creaciones, que es una manera de disiparse en ellas.

Pienso en Berta (escritora) y en Rogelio (arquitecto) como tus “alter egos”. ¿Lo son?

Sí, tal vez un poco pero el hombre es tan complicado y lleno de facetas como un prisma y somos uno y muchos a la vez.

¿Hay posibilidad de fuga en el arte, o el arte posibilita el no fugar?

Bueno, no sé, la verdad, eso depende de nuestra peculiar interpretación del arte.

La elección de lo coral como estructura de la novela ¿se relaciona con la idea de accesibilidad, de la necesidad de “entrar” por varios lugares?

Sí, se relaciona con la construcción de un espacio coral y existencial donde quepa el hombre con toda su diversidad.

¿Cuál es el valor –si lo tiene- de lo fragmentario en el arte? Específicamente en tus áreas de incumbencia: la arquitectura, la escritura y la fotografía.

El mundo es, por su propia esencia, fragmentario. Y nuestra percepción de él es más fragmentada aun, no hay manera de escapar a esa certeza, en fin, imagínate que- a pesar de todo- sigue sin crearse una teoría que unifique la física cósmica.

¿Cuál es el límite de lo tolerable, de lo habitable? ¿Qué produce desborde y qué produce contorno?

Lo tolerable es infinito, basta saber a qué distancia de nuestra sien está la pistola con que nos apuntan para descubrir cuanto podemos tolerar.

 

EL AZUL ES EL MAR Y EL MAR ES TODO DE CUBA

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¿La locura es un modo de desbordar? ¿Y la escritura? ¿Y la arquitectura?

De la locura sé bastante poco, la verdad. En cuanto al arte en general, sí es un modo de acercarse y a la vez alejarse de los límites.

¿El misterio y el enigma son necesarios para construir creencia?

Pienso que sí, pienso que sin el misterio la vida y por tanto la esencia pierden mucho de sal.

¿Cuál es el sentido del canibalismo en la novela? Entre cabezas cortadas, transportadas; dientes que mastican carne humana; bocas que tienen cosas, que se abren y dicen.

No lo sé, la literatura tiene mucho de sorpresa para el propio creador, el día que lo sepamos todo sobre ella perderá su encanto.

¿Hay una música pre textual en el canto de los pájaros? ¿Qué sentido tiene el azul en el texto?

El azul es el mar y el mar es el todo de Cuba.

¿Reconoces un homenaje a Martí en la inclusión de estos elementos?

Sí, Martí es el ser que yo más admiro, tal vez después y junto a algunos otros.

¿De qué son huérfanos los personajes, el pueblo, la catedral, los pájaros y los colores?

De amor.

Racismo y sexualidad aparecen en forma recurrente como un modo de estar dentro o fuera de algún borde. ¿La escritura es un modo de borrar ese umbral?

No, la literatura reafirma ese umbral pero le da la posibilidad al otro de reconocerse.

¿Qué otras fronteras y formas de pertenencia – exclusión te gustaría resaltar de la novela?

Muchas, la exclusión sexual por ejemplo.

¿Hay un tiempo circular, eterno, que atraviesa la historia?

Si lo hay, es el tiempo de las pesadillas. La novela es contar la historia de Cuba en forma de pesadilla, la novela es un vislumbre del mesianismo político y religioso cubano.

¿Los vivos, los muertos y el futuro confluyen en el texto?

Sí que confluyen, de una manera dialéctica y mágica también.

¿Se puede hablar de una “identidad” cubana contemporánea? La idea del “hombre nuevo” incluye y excluye en igual medida. En tal caso, ¿qué incluye y qué excluye?

Bueno sí, claro que se puede hablar de una identidad cubana, aunque no estoy muy seguro de lo que incluye y, en cuanto a excluir, yo no soy nadie para decir qué es o qué excluye. Por otro lado la idea del hombre nuevo me parece tan terrible que es mejor no hablar de ella.

¿Cómo se es escritor en Cuba?

No sé, es  algo bueno y malo a la vez, difícil pero muy gratificante. Y también un imposible que se realiza.

En el espacio vacío de lo inconcluso – como la Catedral de tu ficción y la Primera Central Electronuclear de Juraguá- ¿qué lugar ocupan los sueños?

Un lugar especial, sin sueños no hay posibilidad de ser.

PRETEXTO

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Toda música resuena aún antes de ser una idea. Ella es previa al sonido, incluso, previa a la  cabeza que la compone y ejecuta Y un día, entre todas las posibles que preanunciaba el aliento, ella suena mediada por el texto.  Una de sus modalidades es sonar con aleteo y trino de pájaro. En la novela de Marcial Gala los pájaros habitan el cielo de un aire sumergido, quizás el pozo donde cimentar una promesa  y una melodía previa. El coro no es de ángeles, es de ritmos y de piares, primero; de contra voces superpuestas en altos y bajos, después. De silencios, también. Sin embargo, los ángeles conviven: con las aves constructoras de nidos, con las voraces depredadoras, en los sueños con cuerpo, en los anhelos de aparecidos. Intermediarios entre el cielo y la tierra, ellos intentan cumplir su mandato. Pero algunos, tan alejados están del reino de las alturas, que adelgazaron su color – ¡el azul queda tan lejos! -o perdieron sus alas. Entonces, la palabra se fragmenta.  La catedral, ladrillo tras ladrillo, maza, machete y cortaplumas, mezcla el polvo. Y las piedras, hasta entonces inertes, absorben el sudor de sus obreros y danzan con impulso propio. La vida  y su rumor la ocupan y la vuelven un lugar inhabitable. Sinfonía inconclusa de un coro que sigue soñando. Las cabezas, cementadas o no a sus cuerpos, danzan su propio idioma entre dientes, a veces celdas (rejas de pájaros enjaulados) a veces pasadizos (de andares a tientas y siniestras). La música repiquetea cráneos, irrespeta leyes para excederse. Y, de cada derrumbe, con cada escombro, escribe una nueva partitura y la trunca ante lo impronunciable. Exige más que una voz humana. Por eso el coro se compone y la estructura – incordiosa- persiste.  Entre el sonido y las palabras siempre hay un desfasaje. En la disyunción crecen el sentido, la ausencia, la orfandad. Desde allí, emerge, una catedral inusual. Arquitectura inhabitable que, de pronto, se llena de voces.

CONTEXTO

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Antes de que el libro se alojara en mi cabeza, cuando apenas lo tuve en mis manos, ya otras voces me lo habían referido y la biblioteca se hizo escuchar.

Cómo olvidar a Pedro Páramo y su Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Y así, de ese modo tan simple, dejar instalado el tiempo y la orfandad; “vine” como modo haber llegado y de continuar ahí, tiempo sin fin de una búsqueda sin fin.

En el amplio territorio del Pelourinho, hombres y mujeres enseñan y estudian. Universidad vasta y variada, se extiende y ramifica y llega a todos los lugares en los que hombres y mujeres trabajan los metales y las maderas, utilizan hierbas y raíces, mezclan ritmos, pasos de danza y sangres. Al mezclarse, crearon un color y un sonido, una imagen nueva, original, inicia Jorge Amado su “Tienda de los milagros”.

De otro estante asomó Truman Capote con su “A sangre fría”: El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman “allá”. Fronteras del adentro y del afuera, del más acá, de los unos y los otros. Fronteras de creencias e identidades.

Entonces, llegó el tiempo de Marcial Gala y su “Catedral de los Negros”. Gala, además de narrador y poeta, es arquitecto. Emigró desde la Habana (ciudad en la que nació en 1965) a la ciudad de Cienfuegos (escenario en el que transcurre la novela).

Allí supo de un crimen  sucedido en la ciudad de Camagüey. Un padrino del palo (una de las religiones de origen africano) recomendó a dos hermanos cómo curar el sida  contraído por uno de ellos: debían hacer un sacrificio que involucrara la sangre de sus familiares más cercanos; los padres. Instalado el parricidio, Gala pensó en escribirlo al modo de Capote pero, luego, más que ir tras la reconstrucción de un hecho, quiso engrandecerlo con ficción. Para eso, lo compuso en voces.

Ese territorio soñó tener la Primera Central Electronuclear de Juraguá. El proyecto, huérfano de protección especial, se convirtió en un monumento a la nada: como la ficción de “Catedral de los Negros”, nunca terminó de construirse el edificio. La esperanza de ver crecer algo donde había vacío; de elevarse cuando todo mengua, de estar, a pesar de todo. La novela sí, erigió su estructura y se materializó.

Adorno es crimen, dijo un gran arquitecto, y esa fue mi premisa”

Ya las bibliotecas estaban cruzadas, el castillo y la taberna de Ítalo Calvino echaron los naipes y las voces de “La Catedral de los negros” se impusieron como puerta de múltiples entradas.

“Se puede acceder al interior del templo por varios lugares. El concepto es la accesibilidad, el permitir, el templo es como una mano abierta para que todos la estrechen”

 

ANDAMIAJE

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El tiempo circular transita la novela; quizás porque, como dice el epígrafe de José Lezama Lima, Cuba tiene sus catedrales en el futuro. Y, en ese andar, hay reglas propias para la negritud.

“En realidad éramos unos inocentes, aunque ya desde entonces no teníamos futuro”.

Los modos de anclar en el espacio flotante entre la vida y la muerte, de sujetarse en algún desborde con el recurso que se tenga a mano. Con un narrador multiplicado en voces y alter egos de Gala diseminados, entre otros, en  la Berta escritora y el Rogelio arquitecto, ambos amarrados a la isla. Un narrador que sabe de la nostalgia por la Cubita de quienes emigraron. La Cuba épica de una revolución viva reafirmada en los héroes de todos los tiempos, en un Martí quien, en su momento,

“parece que no era tan famoso como ahora que hasta por la sopa la sacan y no puedes encender ni la tele porque siempre hay alguien que dice “como dijo el apóstol”, y vaya resulta cansón”

La palabra observa, testimonia y canta con ritmos a veces inaudibles. Como la cabeza, nunca es una. Se mueve junto con los ojos y expulsa, aun cuando calla, esa mezcla de cerebro y entrañas para construir versiones de verdad (mentiras y engaños incluidos) y de memoria (entre olvidos y recuerdos).

No faltarán los muertos, la exuberancia, el exceso, la identidad perdida en el modo de nombrarse.

Ni la patria, otra cuando se la mira desde adentro, otra cuando se la añora desde afuera; otra siempre, inasible. En las fronteras de los hombres – y los pájaros –  ancestros y utopías comparten el mismo espacio, el mismo aire, el mismo azul. Igual que las palabras de los vivos y de los aparecidos, quienes insisten en intervenir los cuerpos de un mundo, el mismo mundo que los expulsó y los contiene. Un territorio para leer y donde ser leído.

Ni faltarán el homenaje a otras lecturas (Marguerite Yourcemar – La Iliada – Elsa Pound – Bukowski. Fuentovejuna).

¿Qué otra cosa se puede hacer con una cabeza, además de cortarla? Colmarla de ansias, de letras, de sueños repetidos y de una boca para sonar.

 

ENTONCES, FUE EL ARTE

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Entre los pliegues de la provocación:

“La tenía cogida con todo lo que viniera de Oriente, y cuando me dijeron que eran de por allá, fui a contemplar la mudada, sobre todo para soltar alguna que otra puyita y ver si a la nueva vecina le daba por brincar y decirme algo, y se supiera al momento que eran de orilla

En los bordes de la locura:

“No como al hermano que se nota que está ido de mente

Bajo el ala de las creencias:

“El camagüeyano  desayunaba, almorzaba y comía Jesucristo, siempre lo tenía en la boca”

Con el dolor de la violencia:

Yo la oía gritar: ¡Arturo, suéltalo, Arturo, por favor, ya es suficiente! Eso era a veces, pues por lo general solo sentía un ruido sordo que era como si alguien sacudiera una alfombra, eso y los gemidos del muchacho

Y la orfandad:

De la madre hay muy poco que decir”

Con su misterio:

“algo se escondía detrás de ese cristianismo del que alardeaban los padres”

Las identidades mutantes:

“La Lupe, tu hijo es travesti, le decían, maricón”. Claro que no es verdad –le aseguraba yo- Soy un hombre, lo mío es el arte, me pinto y me visto de mujer porque lo mío es el arte”

Hay – siempre- modos de narrarse, provocarse amparos, hacerse un nombre, escapar de la marginación. Aunque algunas veces – no siempre- cueste la muerte.

“Así fue como se me escapó la vida a los treinta y un años de mi edad (…) todo por culpa de un aire acondicionado que, bien mirado, ni siquiera me hacía falta, pues en mi casa se sobraban los ventiladores, solo que mi mamá insistió”

Otras, se la puede ensoñar

“Me van a matar, al menos eso piensan, pero a lo mejor me vuelvo insecto o pájaro chiquito, me vuelvo zunzún, escapo por la ventana antes de que me inyecten el primer fluido que es el que duele, el que te pone a dormir, al menos eso dice el gordo de mi guardián”

Tal vez, resignarse, como Berta ante la insistencia del muerto que la perseguía

Si te me sigues apareciendo tendré que acostumbrarme, como a la menstruación”

O cantar, como el Grillo. Le habían el puesto ese apodo porque, comentaban, de su boca salía frambuesa; lo que soltaba por esa boca era mucho.

a veces se quedaba parado mirando al sol, olvidado del mundo, llegaba hasta babearse, y flaco y largo como era parecía una cosa mala, una garza prieta queriendo volar sin alas. ¿Grillo?, lo llamaba yo, pues esas cosas de él me daban miedo, y entonces empezaba a cantar y aquello era el acabose.

Quizás pintarse contra mandato

“Ella estudiaba pintura en la academia de arte de la ciudad, la “Benny Moré”, era la única negra que estudiaba eso; en música y danza sí estaba el petróleo que hacía olas”

O mejor, en la búsqueda de lo impronunciable, escribirse.

Poesía – dijeron ellas, Vamos a aprender poesía –y entonces descubrí que la poesía también se aprende.”

Berta:

“Jugábamos a las palabras, ahora recuerdo, pronunciábamos una y era como si el vocablo permaneciera en el aire hasta que decíamos otra y entonces estallaba como una pompa de jabón. Jugábamos a las palabras.

Eran niñas con agua y colores

“Es una forma de acercarse a lo poético, decía el maestro Ian, y nosotras, Araceli y yo, nos llevábamos las palabras hasta el muelle frente al mar, la parte de Cienfuegos que más nos gustaba, y allí continuábamos el juego. Lapislázuli, decía yo, y Araceli me respondía con la palabra transparencia”

Eran niñas, amantes y amigas

Jugábamos a las palabras, y Prince a veces venía con nosotros, pero no jugaba. Con el mar parecía bastarle. Se quedaba lelo mirando a lo lejos, parecía viejo entonces, de una vejez  que nos trascendía, una vejez ancestral. No era feliz, por eso quizás sus poemas eran tan buenos. Nosotras sí éramos felices. No podíamos evitar ser felices. Estábamos enamoradas. Jugábamos a las palabras”

Prince:

Entonces quedó todo como un poema inconcluso, como algo que se apaga y no podemos impedirlo, no podemos, entonces quedó todo.

 POSFACIO

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En su paso por Buenos Aires, el escritor firmó contrato con Corregidor para la edición de su próxima novela, “Un extraño pájaro de ala azul”. (Sí, una vez más, los pájaros, las alas, el azul, el otro). Habrá que esperar algunos meses para saber qué dicen, qué sonido producen, esta vez, las letras. Para el mientras tanto, un fragmento que Marcial Gala seleccionó especialmente para El Anartista.

“Irse a un sitio donde nadie te conoce, un sitio donde puedes dejar atrás tu pasado de ladrona y prostituta, donde no tienes que mirar asustada cuando vas a un restaurante por miedo a que alguien suelte una indiscreción y él pueda saber que además de ladrona fuiste fletera. Irse huyendo de la Habana, recoger lo imprescindible, dejar los muebles que tu abuela trajo de Polonia, mucho antes de que Hitler ocupara el país y empezara a masacrar al pueblo judío, dejar atrás los cuadros de marcos de madera plateada, la vajilla estilo imperio, las sabanas de hilo de Holanda, dejar atrás los cubiertos con anagrama, las tres enciclopedias británicas, la cama con baldaquino, dejar atrás las seis vitrinas llenas de una cristalería que nunca se usa, donar el piano en el que tocó Lecuona. Dejar atrás, dejar atrás. Confiar en el proceso revolucionario que, según alegan los dirigentes, te lo va a dar todo gratis. Creer que con los salarios de ellos dos y el cargo que él ocupa todo va a cambiar. Decírselo al niño que ya tiene edad de entender esas cosas, el niño al que le asusta el mar, decirle que ahora vivirá frente al océano. Ir con el niño al cementerio, pararlo frente a la inmensa bóveda con el mármol recargado de ángeles donde descansa la familia alicantina- polaca y luego llevarlo ante la humilde tumba del padre. Detenerlo frente a la lápida de granito en la cual ella puso sólo la palabra “poeta” y abrazarlo muy fuerte para que luego el niño deposite la flor amarilla y se despida de su padre por siempre jamás porque para qué visitar a los muertos, por qué irlos a ver si ellos no se enteran.

- Adiós-   susurró Crazy Horse a la salida del cementerio de Colón, cuando ya se iba para Varadero con su flamante esposo y su hijo de alargada cara triste”.

 

 

 

 

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