Por Josefina Bravo.

Los anormales: Sobre Wilkilén, personaje de “La saga de los confines” de Liliana BodocFoto1

LA MAGA HUÉRFANA

Una niña nació y, para cumplir el destino de maga, su madre caminó a la muerte. Nacer al dolor y a la ausencia, nacer al tiempo robado para el amor, ese fue el precio. Una madre muerta después de dar a luz, un padre que no volvió de la guerra. Un mundo que la recibió en su entera inocencia.

Foto2Y ella, sin cuestionar la falta, se brindó toda al amor.

De nombre Wilkilén, creció mujer. Pero, aun más, creció niña: en su infinito asombro de mundo y en su forjar realidad, a puro juego.
Niña, en su cantar los quehaceres, aunque ello entorpezca su trabajo.

Niña de presente sin urgencias, niña del instante.

Niña, en la manía de hablarse a sí misma y mantener largas conversaciones con la tierra, las plantas, los animales.

MENTA, NO TE ESCONDAS DE MÍ

Wilkilén no busca, llama a la menta. Buscarla sería no tenerla en cuenta. Entonces, la invoca, la dice, la nombra. Como si intuyera el poder de las palabras, anda por Los Confines, a puro nombrar. Ama a la menta, que le permite beber su sabroso jugo. La ama y la llama. Al pronunciar su nombre, le pide que no se esconda de ella, que se muestre, que se entregue a su destino de jugo: bien agradecido será.

Y la menta se entrega, como el amante a la amada: si puede, facilitándole las cosas. Foto3Entonces, ella sigue en el paso que soslaya al mal. Inmune a contaminaciones de ética y moral, echa a andar su instinto.

 

Y, según le indique la luz de unos ojos, sus manos–lunas- ajenas al cuerpo niña, destrenzan su cabello para soltar el brillo de la inocencia.

Pero funciona sólo a veces y por la noche.

Luego se hace el día y el cabello se trenza. Y apretado –resguardado- queda el amor.

LLORAR LA LUZ

Avanza la guerra hasta pisar Los Confines. Ya huele a muerte y le advierten: los que vienen encarnan la crueldad, expiran odio y pueden dañarla.

Wilkilén escucha, pero sus oídos no creen. No puede siquiera imaginarlo, menos aún, comprender el desamor. Y, aunque el mundo atrase los días, alargue las horas, demore los segundos, llega el momento. Por única vez siente miedo, cuando sus ojos ven los del odio. Y comprende.

La niña ofrece pelea, no se da por vencida.

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Pero, para ser maga hasta el final, el costo –infinitamente injusto- siempre es alto. Se repite una y otra vez, en todos los mundos. A aquellos seres de luz, con esa fuerza y vitalidad arrasadora, con esa energía potente y contagiosa, les llega el momento de pasar más hondo por la grieta.

Por eso, los ojitos puros de Wilkilén -ni en ese instante, contaminados de maldad- ven, finalmente, la cara del horror.

El mundo cierra los ojos para no ver; tapa sus oídos para no escuchar. Hasta que el amado cesa el sufrimiento de la inocente y le obsequia el sueño eterno.

Entonces, La Muerte pone el grito en el cielo.

Y, aunque el mundo sabe: para eso había nacido, ese era el propósito de la niña.

Aun así, el mundo la llora.

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Nota: Imágenes de la escultora María Gabriela López.

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