Por Melisa Ortner.

Los anormales: sobre la acumuladora de gatos

SALVAR A LA ABUELITA

“En mi siguiente vida, quiero ser un gato”, dijo el escritor Charles Bukowski. “Para dormir 20 horas diarias y esperar a que me den de comer. Para no hacer nada y lamerme el culo”.

Lejos de Bukowski, los gatos de la abuela desean, aman, esconden, resisten de manera exponencial. Que duermen mucho tal vez sea cierto, pero lo de las veinte horas de Charles es una exageración. Lo de esperar, siempre. Pero también- siempre- encuentran la respuesta: la comida especial para cada quien, la caricia en el lomo al acostarse, el cuidado materno de un abrazo, el canto antes de cerrar los ojos…

CharlesEl poeta gatuno insiste: “Tener muchos gatos es bueno. Si te sientes mal, miras a los gatos y te sientes mejor porque ellos saben que todo es tal como es. No hay que ponerse nervioso por nada. Y lo saben. Son salvadores. Cuantos más gatos tengas, más vivirás. Si tienes cien gatos, vivirás diez veces más que si tienes diez. Algún día, esto se sabrá y la gente tendrá miles de gatos. Es ridículo”. Uf, cuánta verdad, ahora sí. La abuela, en sus noventa y tres, pocas veces se sintió mal y, cuando así sucedió, tener que cuidar de sus mascotas fue el motor para levantarse. La esperan, no puede fallarles. Ahí hay un pacto de fidelidad, un asunto que muy pocos entenderían, algo así como un amor maternal. Claro, tal como lo explica Bukowski, hay salvación. Y con esto afirmo: los gatos siempre terminan salvando a la abuela.

LA NOVIA ETERNA

Pocha, así la conocen en el barrio, esa es mi abuela, “la mujer de los gatos”. Nació y se crió en Villa del Parque. Ahí mismo se casó y enviudó dos veces. Por esas calles también creció su hija, es decir, mi madre, quien se fue del barrio junto a ella y quien no ha heredado ninguna pasión felina. Tal vez porque esos animales hicieron que su mamá decidiera el encierro, sólo por cuidar a algunos más, a algunos menos, hasta (¿cuarenta?) gatos en su casa. Y es bueno aclarar: modesta casa de tres ambientes con terraza y cuartito lindero. Tal vez eso de estar tan acompañada no sea cosa para cualquiera. Por esos lados, entonces, volvió a prometer amor eterno a más de uno. Sin embargo, no todos dijeron “sí, quiero” con dos palabras, sino que, a lo largo de sus siete legendarias vidas (o más), aceptaron la promesa.

A Sack RaceRespecto a la cantidad, va entre paréntesis, porque nunca pude contarlos con exactitud. Los movimientos de colas erguidas en conjunto me lo hicieron imposible. Con el tiempo, la banda se ha reducido hasta llegar a hoy. Digamos que el número de gatos fue disminuyendo proporcionalmente a la cantidad de años de la abuela. Y retomo entonces eso de “cuando más gatos tengas, más vivirás” del poeta. Quizás la abuela hoy, cerca de los (¿cien?, puf), no tenga la misma energía de cuando tenía la mitad de años (y el doble de gatos, claro). Entonces, después de todo, me pregunto cómo se llega tan lejos. Y encuentro la respuesta que maúlla entre bigotes, platitos con leche y pelos por toda la casa. Y les agradezco en silencio cada vez que los veo.

240455__painting-art-cat-five-kitten-chair-cat-kittens-kids-play-paint-painting-chair_pTHE CAT BOOK

Por su parte, Charles Bukowsky vivió 74 años de intensidad. En ese sentido, la abuela gana. “Creo que el mundo debería estar lleno de gatos y de lluvia, ya está, solo gatos y lluvia, lluvia y gatos, muy bonito, buenas noches”. Y eso. Simple y al paso.

La abuela nunca lo leyó. O sí, hace poco yo misma le imprimí algunos de esos poemas. Ella tiene un poco de esa linda locura ordinaria y anormal del viejo escritor. Ella también dejó un par de libros anotados. Sobre algunos de tapa dura y olor a humedad que le regalaron de joven (como si no hubiese encontrado espacios en blanco en alguna que otra libreta), registró, en puño y letra, las fechas de algunas muertes o de algunas anécdotas de sus compañeritos más allegados. Quizás siempre le haya gustado eso de amontonar: letras, gatos, tiempo, amor, lo que fuere.

louis wain 3OVILLARSE EN EL LENGUAJE

“Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”, dice el dicho popular. Si bien algunos de esos dejaron su huella en su casa, ella siempre se inclinó en cantidad por los felinos. Y entiendo que el refrán también va para los bigotudos. Vivir con tantos gatos es un camino en donde el lenguaje de las palabras queda muy lejos. Pero los movimientos lentos y los maullidos en distintas tonalidades hacen el puente. Sus cuerpos se estiran, se ovillan, se acurrucan. Y dicen…

Hay una resistencia en la abuela a vivir con humanos. Tal vez habite en ella una incapacidad de sentir el vacío y el tiempo, o el peso de las dos cosas a la vez. Y, quizás, todo ese cúmulo de patas, pelos y bigotes vino a suplir los huecos pesados. Porque de matrimonio con buenos mozos otra vez, ni hablar (le tomó el gustito a la soledad), a tomar el té, no; amigas, no; Mar del Plata, vacaciones; no. Sería un caos dejarlos solos. Después de todo, ¿qué de todas esas cosas no encuentra en su casa modesta?

Charles 1LA ESCUELA DEL RIESGO

Jamás fantaseó con abrirles la puerta. Ahí todos amontonados en el cuartito. ¿Por qué? Adentro tienen reparo ante posibles daños, tienen alimento, compañeros, un techo contra las tormentas, paredes que los protegen de los automovilistas y de algunos asquerosos que siempre los odian. Ahí está el tema. Podría decir, a grandes rasgos, que la abuela es una acumuladora de animales, una auténtica promotora de la cultura de Charles: “Son limitados, tienen diferentes/necesidades y preocupaciones. Pero los observo y aprendo. Me gusta lo poco que saben, y es tanto. Se quejan pero nunca se preocupan, andan con sorprendente dignidad, duermen con una sencillez directa que los humanos no pueden entender”. Y, además, esta cultura – este estilo de vida- no es para cualquiera. La invasión de felinos en la propia casa no deja de ser un peligro. Porque se ama con tal locura que los riesgos de perderlos pueden duplicar locamente el dolor.

Dice Bukowsky: “Estudio a estas criaturas, son mis maestros” ¡Pero, Charles!, donde quiera que andes en el cielo de los felinos: ¿cómo se le explica a la abuela que se fueron casi todos? ¿Quién aprende de quién cuando la muerte acecha? ¿Y qué me contás de criarlos para amarlos en un territorio, para que luego te abandonen como quien no quiere la cosa?

UN CASO APARTE

eldarzakirov2Hubo, dentro de todos los fabulosos que conocí, uno en particular. El Chino. Supongo que lo llamó así por su manera de ubicar sus párpados grises casi siempre llenos de lagañas. El cat apareció, sin origen cierto, sobre el toldo de chapa, en busca de alimento. Claro, siempre prevenida, la abuela dejaba un poquitito allá, un poquitito acá, por si alguno -de paso por el barrio y de techo en techo- andaba con hambre (parece mentira, quería atraerlos de todos lados). El caso es que El Chino era un gato rebelde, de los clásicos callejeros vagabundos. No había tenido “la suerte” de los de la abuela. El encierro no lo convencía. Siempre aparecía lastimado, con pedazos de carne viva a la vista. El pelaje parecía de otro mundo, no era del mundo de los gatos de la abuela (bien cuidados, bien encerrados, sin contacto con el smog de la calle). Este era un gato de arrabal, jamás hogareño.

El otro día me puse a leer el cuento de don Julio (Cortázar) sobre su gato Teodoro: “(…) A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano, vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés…”. Tal cual. Siempre recuerdo los experimentos caseros de la abuela para curar heridas gatunas. También recuerdo la vez que rescató una gata recién nacida de la calle y estuvo más de tres horas haciéndole masajes al lado del vapor del horno para rescatarla. Vaya uno a saber si daban resultado, si era eso mismo o el destino lo que los terminaba por salvar.

El tema es que El Chino siempre volvía, como el Teodoro de Cortázar. Y ella, por supuesto, lo esperaba todas las tardes. No cumplía eso de que “un gato es territorio fijo”, él era la excepción a la regla. “Un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse…”. Lo que fuera, El Chino- minutos más, minutos menos- siempre se iba pero también, sin excepciones, volvía.

timthumb.phpY ya que las rutas de los textos y las de mis memorias felinas se han puesto en paralelo, continúo el espejo. Pasó un día: “(…)Pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de la vida pagana y alegre de Teodoro (…) se enamoró y eso lo tenía completamente estúpido, se paseaba por la casa con la cabeza en alto y gimiendo, por la tarde cruzaba el jardín como en un trance, flotando entre los tréboles, y una vez que lo seguí discretamente lo vi descender el sendero que llevaba a una de las granjas del valle y perderse en un atajo, gimiendo y llorando, Teodoro Werther, arrasado de amor por alguna gata de escabroso acceso…” Así, pero sin valle y sin jardín, El Chino apareció cada vez más desmejorado, no sé si por amor o por el paso del tiempo. Quizás la abuela, entendiendo bien el lenguaje de sus muecas y sus movimientos, el de sus manchas y su pesar, supo descifrar qué lo tenía tan así, con esos modos- a su entender- tan injustos.

“(…) Teodoro convertido, bautizado, ignorándome, preparándose para la vida eterna, convencido de tener un alma, quizá de noche durmiendo en la casa, la última de las humillaciones, la penitencia final, yo pecador él que jamás aceptaba una puerta cerrada…”. Seguramente, en algún lado, la abuela escribió sobre esos días. En algún hueco de esos libros debe andar el escrito sobre El Chino, sobre los últimos días tristes, sobre la incertidumbre de verlo cada vez peor, sobre sus reflexiones y la tarde que aún espera, en parcial soledad.

Louis Wain
Louis Wain

THE END

Puede que El Chino se haya ido por amor. O puede que el amor lo haya dejado partir lentamente y para siempre.

De algo sí estoy segura: fiel a sus principios, él prefería la soledad. Esa soledad a secas, sin necesidad de rodearse de montones de otros. Tan distinto a la “mujer de los gatos”, quien eligió el acompañamiento de tantos para extender su tiempo entre maullidos, quehaceres y cuidados. Y lo hizo siempre ahí encerrada, donde también existe la libertad cuando les canta por las noches.

De otra cosa también estoy segura: en su casa, siempre habrá baldosas frías en el verano, calor de horno abrazador en invierno, leche y alimento de sobra y el cuerpo ovillado en afectos para ahuyentar a la muerte.

La abuela lo sabe, El Chino anda libre por el cielo de Charles. Tal vez andan junto a Teodoro. Vagan, por ahí, entre los senderos y los valles.

TO BE CONTINUED…

louis wain 2Ahora en su casa y mientras me habla, sé que su oído- un poco dañado por el paso de los días- espera el rasgar de un par de patas sobre el toldo, santo y seña entre la abuela y los felinos. Cada dos minutos, por las dudas, se levanta lentamente y, con gran esfuerzo, abre la puerta que da a la terraza para ver si asoman esos ojos achinados. Se resiste a la ausencia, aún se sigue resistiendo.

Lo va a esperar hasta el final. Debe cumplir su promesa de amor.

 

Las citas pertenecen a algunos escritos de Charles Bukowsky, como “Mis gatos”, a y al cuento de Julio Cortázar “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”.

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