Por Karina Caputo

TODAS LAS FORMAS TODAS

TODAS LAS FORMAS TODAS

A quien encuentra en el arte de escribir la posibilidad de hacerse mago, le quedan siempre recursos en la manga. Hace tiempo que no logro escribir al dictado. Esta vez el desafío es que otros reales me ayuden a decir, a traer -en las imágenes- sus voces. La escritura no se presenta, puja entre la culpa y el deseo. Entonces, se desvanece; o yo la abandono. Hay allí algo de mi propio desamor en juego. Al respecto, recordé las palabras de Liliana Bodoc para El Anartista: “Y, bueno, te lo voy a decir de una manera extremadamente sencilla, con una palabra que quizá esté muy gastada. El mal es el desamor. No es la muerte, es el desamor y todo lo que conlleva.” En ese momento, le re-comentamos: “La falta de cuidado, de presencia, de solidaridad. El abandono…” Y ella volvió a la carga: “Sí, absolutamente. Eso. El desamor… por qué le vas a dar tal cosa a la gente, si no trabaja. Eso es desamor, digo. Por qué les vas a hacer Tecnópolis, si no trabajan. Eso es desamor. Todas las formas del desamor, del desapego…”.

EL MALDITO IMÁN

Como atraídas por el imán del desamor, llegan las imágenes de los despidos y los cuerpos lacerados de los compañeros. Me permito aquí ser desde la otredad y superar una vez más la página en blanco; reescribir el blanco desde un lugar más genuino: el de la construcción colectiva.

Ahí vamos: contra épocas donde -amenazantes y con aval de votos- parecen reinstalarse el individualismo, la sospecha entre pares, la ley del mercado, los Ceos, el gerenciamiento de la técnica; épocas, donde se intenta legitimar la desigualdad, vaciar la política, insistir en escindirla de cada acto de humanidad, limar los derechos construidos con decretos, con necesidad y urgencia. Ahí, justo ahí vamos.

imana

“Será mañana que empezarán las aguas, otras instancias, otro cantar. Ahí me interesa lo poético, cuando construye la otredad”. De la entrevista a Liliana Bodoc, para El Anartista 5

DENUNCIA DE ESCOMBROS

Inauditos, con su certeza, pagan los costos de ser diferentes. Invitan a cruzar los límites. Despliegan su atrevimiento en el recinto de las quimeras. Locos, testigos de la siniestra represión.

Las violencias despertaron cerca de las 9 de la mañana, el hospital transcurría con sus rutinas a cuestas. Entrevistas, planes farmacológicos, camas, mesas, sillas, talleres, llantos, desconciertos, guardapolvos, harapos. Un grupo de laburantes de la Asociación de trabajadores del Estado (ATE) ingresó al predio, cercado por 450 efectivos de la Policía Metropolitana. Querían evitar la demolición del taller protegido. Allí se disputa con el gobierno municipal la construcción de un centro cívico. Respondieron con palazos, gases y balas de goma. Ni las cautelares, ni las corridas, ni los gritos, ni los piedrazos detuvieron a las topadoras del Ministerio de Desarrollo Urbano. Transcurrido un tiempo, donde estaba el edificio, solo quedan escombros.

DENUNCIA DE LOS ESCOMBORSS

LOS ÁRBOLES: TESTIGOS NO TAN MUDOS

Relato de una trabajadora social del Hospital Borda:

“… Se trata de un episodio con más impacto que el mediático, fue mucho más que lo mostrado por las cámaras: hubo policías armados hasta los dientes- no los comunes de la Metropolitana, los que están en la esquinas con los celulares o levantando infracciones de tránsito- ¡no!. O sí, esos, aunque acompañados de los armados de verdad, los preparados para las represiones, con cascos, con escudos, con armas en la cintura y en las manos, con walkies, en fila para avanzar, para contener y para disparar.

Eso, todo eso, dentro del hospital, dentro del predio. Frente a ellos, guardapolvos blancos de médicos, psicólogos, trabajadores sociales, terapistas ocupacionales y otros profesionales; frente a ellos, ambos verdes, de enfermeros y camilleros, guardapolvos celestes de administrativos; de civil, los que viven o visitan a quienes se alojan en el hospital. Y, como única defensa, el cuerpo, los guardapolvos, los carteles de los gremios, el megáfono para organizar y hablar, el diálogo y la negociación fallida, las balas de goma, los disparos, las corridas, la desorganización, esconderse tras los árboles, volver a los servicios, llamar a más compañeros, llamar a los medios, volver al jardín, a los patios donde están los bellos y añosos arboles (¿testigos mudos de lo que hace más de ciento cincuenta años sucede en ese lugar?). Raro, todo era raro, porque del otro lado estaban fuertemente organizados, respondían a una orden resistida socialmente y no habilitada por la justicia.

¿Entonces?, ¿cómo se colaron?, ¿por dónde entraron? No fue por la puerta principal, fue por una puerta trasera que nadie o pocos utilizan. ¿Los ministros de Salud y Justicia, enterados? ¡Sí!, con los funcionarios estaban las ambulancias del SAME, que fueron cómplices. Porque, cuando médicos, enfermeros y pacientes resultaron alcanzados por las balas de goma, por los gases lacrimógenos, por los nervios, por el horror, de este lado del hospital solo había pocos médicos clínicos, desorientados como todos, sin SAME, sin policía que nos defendiera de la represión; sin autoridad que detuviera el horror.

Las calles estaban cortadas, quedamos desorganizados. Un director, en su despacho, trataba de hablar con una ministra, que nunca respondió o se hizo la desentendida; un director caminó por los pasillos y jardines exculpándose por no saber…. Y un ruido: la explosión, el derrumbe del edificio, del galpón donde -durante tantos años- funcionó uno de los Talleres Protegidos.

Una vez más: los árboles fueron testigos, porque de este lado las paredes de chapa- levantadas entre gallos y medianoche- dividían al hospital en dos. Y el cordón policial que la defendía impidió ver- pero no oír- la explosión. Las máquinas del taller, sepultadas entre escombros. Los recuerdos de más de dos años de resistencia gremial desplomándose frente a todos, impotentes, furiosos, asombrados, desorganizados… porque, cuando desde el Estado se reprime dentro de un hospital, se desestructura cierta lógica del cuidado y la protección. Y lo más irónico, paradójico o perverso, justo dentro de un hospital.

los arboleees

¿Y qué pasó después?:

Marchas, medios, marchas, medios, pacientes que preguntaban a dónde irían si se cerraba el hospital. Ellos nos recordaban, en asambleas, las corridas; mostraban las marcas de las balas en los cuerpos. Quedaron varios agentes de salud detenidos, muchos movilizados, algunos aún con causas abiertas, por resistencia a la autoridad. Indignados. ¿Pero sabes también qué pasó? Cuando hubo que votar a Jefe de Gobierno, ganó Rodríguez Larreta (jefe de gobierno, procesado por la represión). Y el 21 de noviembre, muchos de quienes estuvieron en ese lugar, víctimas directas o indirectas, volvieron a votar por su verdugo.”

Históricamente, el loquero fue lugar de ocultamiento. Basura bajo la alfombra. En las paredes del hospital quedan las marcas, las huellas de ese día. Muchos artistas y organizaciones que trabajan en el hospital pintaron las paredes de los patios para no olvidar (Liliana Murdocca- Trabajadora Social del Hospital Borda. )

CONFINADOS: QUEDAN TODOS INVITADOS

Foucault dice que la verdad es de este mundo, se construye entre múltiples coacciones. Y se manifiesta en efectos regulados por el poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad: es decir, los tipos de discursos y de visibilidades que funcionan como verdaderos o falsos, las sanciones pertinentes, las técnicas, los procedimientos para la obtención de la verdad. Las instituciones del saber distribuyen las determinaciones de los vectores de poder.

A partir de los discursos, es posible imponer ciertas verdades que se asumen como válidas y son repetidas hasta crear subjetividades dóciles. Es, en el campo de la obligación a la verdad, donde adquieren formas los efectos de la dominación, vinculados a ciertas instituciones.

El poder, esa trama horizontal, intrínseca, nos atraviesa a todos, crea la verdad, es multidireccional y funciona en red. Ilustra la complejidad de este marco conceptual y nos invita a pensar: a saber que, con un solo mes de diferencia, se asiste a dos hechos de tamaña obscenidad. La represión y el impacto simbólico de la demolición dentro del hospital suceden el 26 de abril del 2013, dentro de la ciudad autónoma de Buenos Aires, con pleno aval de los funcionarios macristas.

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El 28 de mayo del 2013 se produce la reglamentación de la ley nacional de salud mental que en su artículo 1 dice: “ La presente ley tiene por objeto asegurar el derecho a la protección de la salud mental de todas las personas, y el pleno goce de los derechos humanos de aquellas con padecimiento mental que se encuentran en el territorio nacional, reconocidos en los instrumentos internacionales de derechos humanos, con jerarquía constitucional, sin perjuicio de las regulaciones más beneficiosas que para la protección de estos derechos puedan establecer las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”

Ahora, en este caso, se han enfrentado regímenes de verdad. Por un lado, la institución hospitalaria; por otro, la represiva policial. Agregado en la paleta de colores, el legislativo. No han coincidido, abren una grieta que, según Bodoc, es un modo de trabajar el límite, un lugar de ida y vuelta, de traspaso siempre doloroso que nos pone en el mundo de los confines y nos invita a lo colectivo.

ALUMBRAR

Y pujó una vez, otra vez y otra vez. Y decidió incluirla y ejercerla. Dio a luz y la poesía fue profecía y recordó una vez más a Bodoc: “La profecía es una dirección con el condimento de la incertidumbre. Claro que sí. Acá vamos a tener que construir un elegido. El ser humano tiene una parte de trabajo ahí. Dice en “La saga de los Confines”: van a venir unas naves y vamos a tener que juntarnos para enfrentarlas. No se sabe si son el mal o si venció el bien en las otras tierras. No se sabe. Hoy más que nunca, este me parece un espacio para traerse la profecía para uno. Remarla, en todo caso.”

ALUMBRADO

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