Por Víctor Dupont

La celebración: sobre laberintos y preguntas

EL LABERINTO: ¿CELEBRACIÓN O ABISMO?

ArcanoEntramos a un laberinto. Es decir, nos perdemos. Entramos y nos extraviamos.

¿Hay algo que celebrar en esta acción?

Teseo entra a enfrentar al Minotauro. Sale, victorioso. Afirma haber matado a un monstruo. Pero, ¿muestra alguna prueba? ¿O sólo la espada envuelta de sangre y sus ojos sarcásticamente vencedores?

Teseo vuelve y proclama haber descifrado el enigma.

Pero, ¿alguno puede corroborar, por ejemplo, que Teseo mató al Minotauro? ¿Existe un relato de Teseo, un relato T?

Salimos de un laberinto.

¿Qué decimos al salir? ¿Hemos vencido?

El enigma se derramó en nosotros. Podremos hablar de que no pudo con nosotros un toro (¿lo otro?). Podemos decir que descubrimos un centro. Y, sin embargo, no. La embestida del toro será en un centro descentrado, en un movimiento permanente del enigma. Un enigma que se desplaza desde el adentro al afuera. Más mundano el asunto:

No hay centro.

No hay fundamento inatacable.

El toro sagrado celebra la muerte.

(Del otro lado, de afuera, un dios con máscara taurina baila y canta).

Asumir nuestro laberinto es un primer paso. Entonces, podremos comenzar a cantar. O propiciar un encuentro.

O celebrar alguito, que es mucho más que nada. Y mucho más que nadita.

(El ojo desde lo oscuro ríe.)

PRIMER LABERINTO: LA SEXUALIDAD DE UNA DIOSA

El mito nos cuenta un porqué del laberinto, con un hilado de narraciones.

Pasifae, cuyo nombre puede significar “luna”, tenía un linaje celestial. Hermana de la maga Circe, fue elegida para esposa del rey Minos. Amante de Hermes y de Zeus, la humanidad occidental la recuerda, sobre todo, por ser la ninfa poseedora de una atracción sexual hacia un toro sagrado.

El hilo de su laberinto estaba ahí.

Con Minos formaron el matrimonio real de la antigua Creta. De esta pareja se dijeron muchas cosas, tal como consignan Apolodoro, Pausanias y Virgilio en sus textos. Llama la atención que los mitógrafos de la antigüedad nos refieran las infidelidades del señor esposo. “Reiteradas”. “Repetidas”. “Ostensibles”. Los adjetivos convencen a los escritores de que, por eso mismo, Pasifae deseó al toro sagrado y celebró cópula con él. Según esta lectura, la guiaba el deseo de vengar la traición de su marido.

Sin embargo, hay otras versiones. Minos -hijo de Zeus y de Europa- ante la necesidad de ser aclamado rey, pidió ayuda al dios del mar. Así, Poseidón, amigable, hizo brotar de las aguas un hermoso toro blanco. Minos prometió retribuir la ayuda y sacrificar al animal en nombre de su dios benefactor. Pero Minos se maravilló con el toro, con su belleza, con el esplendor de su poder. Llegado el momento de devolver favores, el nuevo rey escondió al animal en su rebaño y sacrificó otro, para engañar a Poseidón. Enterado de la traición, el dios de los mares inoculó en Pasifae un deseo atroz por el toro sagrado.

Resultan extrañan estas ideas. ¿Cuál es el motivo de la inclinación sexual de una diosa? Para los mitógrafos, Pasifae actúa por venganza o por una influencia de otro dios. Sin embargo, desde los ensayos de Freud hasta el actual “Diccionario de la parafilia”, las prácticas zoofílicas se incluyen en los caracteres de la sexualidad humana. No se requieren fines superiores. Hombres y mujeres ejecutan actos genitales con animales. Nos parecerá repugnante, pero sucede y el asunto puede estudiarse, clasificarse y pensarse.

En el caso de Pasifae, tenemos agravado el asunto. Ella era divina. Y el toro, un animal sagrado. Arriesgamos la hipótesis de que la metáfora del laberinto, en este mito, se extiende en todas sus ramas. Así, es laberíntica la sexualidad de una diosa y tortuoso el camino que la lleva hasta copular bestialmente con el animal. Fruto de este coito nacerá Asterión. El Minotauro. El monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre.

Para resumir y avanzar digamos: Minos se enteró de todo.

A CREAR EL LABERINTO

Apolodoro narra las incertidumbres del esposo engañado. El Minotauro IMAGEN2tenía, encima, el problema de que sólo se alimentaba de carne humana. Minos consultó a un oráculo. Ahí fue cuando le sugirieron la construcción del laberinto donde encerrar al hijo fruto de la infidelidad. Dédalo, el arquitecto encargado, ejecutó una obra de inspiración divina y artesanía humana. Minos encerró al toro, aunque algunas lecturas indican que él también se perdió en el laberinto.

En fin, problemas sagrados aparte, Minos utilizó al monstruo para someter definitivamente a su rival político, Atenas. Su astucia resolvió dos asuntos a la vez: Creta impuso el sacrifico de siete mujeres y siete hombres por año. Esos 14 jóvenes serían el alimento del Minotauro.

La carne ateniense entraba al laberinto. Y era devorada.

EL LABERINTO DEL LOGOS

Hasta acá, el mito. Como Platón, saltemos de la narración a la reflexión.

El filósofo Giorgio Colli analiza este relato en torno a los orígenes de la filosofía. Escribe: “El laberinto es obra de Dédalo, un ateniense, personaje apolíneo en el que confluyen, en la esfera del mito, la capacidad inventiva del artesano que es también artista (recordado como ancestro de la escultura) y la de la sabiduría técnica que es igualmente y ante todo formulación de un logos sumergido todavía en la intuición, en la imagen. Su creación oscila entre el juego artístico de la belleza, extraño a la esfera de lo útil (…) y el artificio de la mente, de la razón naciente, para desenredar una oscura pero muy concreta situación vital.”

Colli detecta en los griegos una afición por los enigmas. A su vez, asocia la figura de la “sabiduría” a la capacidad visionaria de develar enigmas. La locura, la manía: ahí los procedimientos para acceder a la sabiduría, a la visión, a la solución del enigma. Colli se apoya en mitos, pero también en ejemplos de filósofos. Recuerda a Heráclito mofándose del pobre Homero y de su incapacidad para develar un acertijo que le formularon unos chicos. Recuerda, también, al acomplejado Edipo con su acierto trágico ante la esfinge. Los griegos eran afectos a estos juegos. El camino de los enigmas y de los acertijos fue desde su inicio en oráculos y en ritos mistéricos hasta el llano. Ahí está la invención de un procedimiento que sustituye a la locura y a la manía: la dialéctica. El creador de este recurso fue, ni más ni menos, el divino Platón con sus diálogos. Con su escritura.

La escritura plasma, según Colli, el pasaje de la sabiduría a la filosofía.

La escritura filosófica asume el reto del ojo sarcástico. Y nace, no a la salida del enigma, sino en la propia asunción de su centro descentrado.

Pero estábamos en otra cosa. Pues, en este viaje, entre los oráculos hasta los pensadores, hay una parada obligatoria. El enigma en el espacio. La arquitectura del acertijo. El logos del artesano en la materia. Estábamos en el laberinto.

IMAGEN 3EL LABERINTO Y LAS METÁFORAS EMBLEMÁTICAS

Borges, como se sabe, fue quien más peleó por el símbolo del laberinto. Y se centró, siempre, en el Minotauro. En su cuento “La casa de Asterión” aventura una primera persona y le da la voz al monstruo. Allí leemos la letanía de su encierro, la atroz repetición de su rito, la piedad por sus víctimas. Incluso, al final del relato, queda la sugerencia de que el Minotauro se dejó matar por Teseo.

Pero a Borges no le interesaba este mito en particular, sino  lo que podía aportarle a su poética en el despliegue del laberinto. El laberinto, metáfora del universo. Borges canta en uno de sus sonetos: “No habrá nunca una puerta. / Estás adentro / y el alcázar abarca el universo / y no tiene ni anverso ni reverso / ni externo muro ni secreto centro. / No esperes que el rigor de tu camino  / que tercamente se bifurca en otro, / que tercamente se bifurca en otro, / tendrá fin. / Es de hierro tu destino / como tu juez. / No aguardes la embestida / del toro que es un hombre y cuya extraña / forma plural da horror a la maraña / de interminable piedra entretejida. / No existe. Nada esperes. Ni siquiera / en el negro crepúsculo la fiera.”

La peor pesadilla, no obstante, es otro laberinto y más elemental. El laberinto de una línea recta. Un dédalo infinitamente perverso imaginaría una sola línea recta, para perdernos mucho peor que en intrincadas arquitecturas. Al menos en ellas tendemos a movernos hacia muchas direcciones. La recta añade el terror de la monotonía. La reverberación de una letanía peor.

La ausencia de enigma.

La pesadilla de la inmortalidad.

El absoluto de un centro sobre nuestros hilos.

EL LABERINTO DE ARIADNA

Hablemos de Ariadna, una de las hijas de Minos y de Pasifae. La recordamos por el ovillo de hilo y por la espada mágica que le otorga a Teseo para matar al Minotauro. La podemos imaginar como parte de una familia infernal. La podemos imaginar al ver la llegada del héroe ateniense y enamorarse. O desesperada por escapar. Sin embargo, quizá un rasgo característico de Ariadna sea ser el vértice principal de un triángulo. Estar entre un héroe, Teseo, y luego un dios, Dionisos (el ojo sarcástico mira a un borracho con máscara taurina). En el mito, Ariadna es quien ayuda al proteico ateniense a vencer al Minotauro. Y, al final, quien termina casada con el dios de la vid, de la embriaguez y de las orgías. Pero contemos la historia paso a paso.

Teseo decidió poner fin al suplicio de Atenas por parte de Creta. En una expedición a Cnosos (donde estaba la sede de Asterión), fue con las víctimas estipuladas y decidido a vencer al monstruo para liberar a su ciudad. Allí se encontró con la bellísima Ariadna, que se enamoró de él y le dio -como dijimos- el ovillo de hilo y la espada mágica. A cambio, le pidió que se casara con ella y la llevara lejos de su familia.

Saltemos un segundo en el tiempo y vayamos a una carta de un mazo muy especial. Existe un Arcano del Tarot llamado La fuerza. En su imagen, vemos a una mujer dominar, serena, a un león. La mujer lleva una corona de flores y una aureola con forma de infinito. Sus manos doman la boca de la fiera y reina la templanza en su actitud. Algunos comentarios de este arcano indican que la fuerza – atributo supuestamente masculino – en verdad corresponde a la mujer. Con lo cual, podemos imaginar en el accionar de Teseo la música de lo femenino. Mató al Minotauro no sólo con los instrumentos de Ariadna, sino con el entramado de la fuerza, el equilibrio de las manos con la espada y la certeza de la templanza interior. Teseo venció y se llevó a su musa.

Un ojo sarcástico contempla cómo, ungido en tanto héroe, toda Atenas lo veneró.

DISPAREMOS SOBRE TESEO

Fue Nietzsche, quizá, el primer enemigo conceptual de Teseo. En verdad, no le caían muy bien los héroes. Escribe Deleuze en su texto “El misterio de Ariadna”: “Teseo parece ser el modelo de un texto de Zaratustra, libro II: “los sublimes”. El texto trata de los héroes, hábiles para descifrar enigmas, para frecuentar el laberinto y para vencer al toro. Este hombre sublime prefigura la teoría del hombre superior, en el libro IV: allí él es denominado “el penitente del espíritu”, nombre que se aplicará más tarde a uno de los modos del hombre superior (el Encantador). Y los caracteres del hombre sublime coinciden en general con los atributos del hombre superior: su espíritu de seriedad, su pesadez, su afición a llevar cargas, su desprecio por la tierra, su incapacidad para reír y para jugar, su propósito de venganza.”

Cierto es que Teseo venció al toro. Zaratustra desea ver al héroe semejante al toro blanco que resopla y muge delante del arado. Así, “su mugido debería cantar la alabanza de todo lo terrestre… Dejar los músculos distendidos y la voluntad desuncida, eso es lo más difícil para vosotros los sublimes”.

El héroe sabe batallar. Conoce la guerra. Conquista con su violencia a las mujeres o, si no, las rapta. Y no sabe cantar para seducirlas. Canta en campo de batalla himnos fascistas o estupideces para darse valor. Los poetas suelen a veces cantar a los hombres de acción, y está bien. Pero el héroe desafina. Porque el canto es propiedad de los hombres que aprendieron de los pájaros. Quien canta sabe volverse liviano y trashumante. Y, según las tradiciones de Orfeo y de Dionisos, el cantante tiene mucho de vagabundo. Teseo, que no aprendió música, llevaba el engaño del hombre superior. El hombre superior confunde afirmación con carga. No afirma la vida ni la tierra ni el cuerpo: carga. Se hace pesado. Es ascético y moralista, jamás creador. Es aquel que lleva a la guerra los valores, y da su vida por ellos. El hombre superior, un gigante que de niño oyó demasiados sacerdotes y no aprendió nada del mugido de los toros.

Nietzsche grita con Teseo.

Nietzsche también, en el laberinto de su locura, buscaba a Ariadna.

EL LABERINTO SENTIMENTAL DE NIETZSCHE

Nietzsche amó. Y no fue correspondido. Sus dos IMAGEN 4principales amores, Salomé y Cósima Wagner, formaban en su fantasía un triángulo. Triángulo que se completaba con Paul Reé y con el sublime Wagner, respectivamente. Veamos el último, el más célebre.El amor de Nietzsche por la mujer del músico fue secreto. Sin embargo, es muy probable que la caracterización que hace del héroe y de los hombres sublimes pueda vincularse a lo que le inspiraba Wagner. La música wagneriana era pesada, seria, “alemana” en el peor sentido de la palabra. Así lo veía Nietzsche, ni bien comenzó a distanciarse de su maestro. Lo que – en su juventud -pensó en tanto arte del futuro, en su madurez lo entendió como una momia cristiana más. En algún momento, sin embargo -y más allá de las polémicas estéticas o filosóficas- Nietzsche se enamoró de Cósima. En Zaratustra, el texto “El canto de la noche” reclama una novia. La canción de los amantes y la noche. Detengámonos un segundo.

Alain Badiou dice que el amor empieza suspendido en el azar de un encuentro. Pero parece que hay un paso anterior. Un grado cero del acontecimiento amoroso. La llamada. Uno de los dos futuros amantes, siempre llama. Puede llamar con la mirada. Con un gesto. O con algún mensaje anónimo.

Los poetas llaman con su canto (cosa que los héroes desconocen, ya sabemos). Y Nietzsche, a través de Zaratustra, llamó a Ariadna. Y, a través de Ariadna, llamó a Cósima, casada con ese Teseo nórdico, sublime y -por qué no- protonazi.

Otro Arcano del Tarot es el de Los enamorados. Allí, un hombre se encuentra en el medio de una mujer joven y otra mayor. Arriba, un ángel (¿Cupido?) está por disparar su flecha sobre el muchacho. Este arcano nos indica que la figura del triángulo parece orbitar en el camino de los amantes. Esta forma geométrica es, si seguimos nuestro hilo, una cualidad a veces secreta. Los enamorados caminan con sus dos manos entrelazadas y, tal vez, ignoren que en sus cuerpos sobrevuela una sombra que los mueve triangularmente. El poder de dicho número, acá, tal vez sea su invisibilidad. La danza tripartita funciona sí o sí, más allá del acuerdo de las voluntades.

Sólo quizá en su locura Nietzsche cantó con más claridad a su amor imposible. Y entonces lo dijo con todas las letras. Ya abrasado por la demencia, le mandó un billete escrito a Cósima, cuyo texto, lacónico y fulminante, cantaba: Ariadna, te amo. Dionisos.

ASÍ CANTÓ DIONISOS

Vamos a imaginarnos la escena.

Mientras Teseo abandonaba en la orilla de Naxos a Ariadna, el dios de la vid, de la embriaguez y de las orgías hacía de las suyas. Vestido a veces de mujer, con su máscara de toro, su séquito de Ménades y sus conspiraciones. Imaginemos cómo cantaba Dionisos. Imaginemos que la letra de su música la escribía su aliado, Nietzsche. Quizá al final de esta historia podamos celebrar, al fin, algo. Imaginemos cómo Dionisos llama a Ariadna, cantándole.

Es de noche: a esta hora hablan más fuerte todos los manantiales. Y también mi alma es un manantial. Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. Hay en mí algo insatisfecho, algo insaciable, que quiere hablar. Hay en mí un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor./Luz soy: ¡Ay, si fuera noche! Mas ésa es mi soledad, estar circundado de luz. ¡Ay, si yo fuese noche y oscuridad! ¡Cómo iba a sorber de los pechos de la luz! (…) /Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes, y también mi alma es la canción de un amante.

ASÍ CANTÓ ARIADNA

Ahora pensemos en Ariadna abandonada. Imaginemos a la noche mitológica en la orilla de Naxos, con un sueño dulce. El rumor del mar. El despertar y el descubrimiento de que Teseo, el héroe, se ha ido. El retorno de un nuevo laberinto: el de la soledad, que llega con un amanecer infame. Algunas versiones del mito cuentan que Ariadna se suicidó al descubrir la ausencia de su amor, y usó el hilo del ovillo para ahorcarse.

Pero nuevamente podemos fantasear con una llamada.

La llamada de Ariadna. La llamada de Ariadna, que también sabía cantar. Nuevamente tenemos a nuestro libretista ideal, Nietzsche. Así la hizo cantar a ella, a su “novia”, en la orilla o en la noche: ¿Quién me calienta, quién me ama todavía? / ¡Dame manos ardientes! / ¡Dame un brasero para el corazón! / Tendida en la tierra, estremeciéndome, / como una medio muerta a quien se le calientan los pies, / agitada, ay, por fiebres desconocidas, / temblando ante glaciales flechas agudas de escalofrío, / cazada por ti, ¡pensamiento! / ¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Aterrador! / ¿Tú, cazador entre las nubes!/ ¡Fulminada a tierra por ti, ojo sarcástico que me mira desde lo oscuro! / Así yazgo, me doblo, me retuerzo, atormentada por todos los martirios eternos, / herida, por ti, el más cruel cazador,/ tu desconocido, dios…

ENCUENTRO Y CELEBRACIÓN

Tiziano pintó la escena, bellamente. El encuentro entre Dionisos y Ariadna, IMAGEN 5según este cuadro, fue en primavera. El dios llega  hasta la mujer, con su cohorte de sátiros y bacantes y su carro triunfal empujado por dos leopardos. (¿Nuevamente la Fuerza?, pero esta vez, quien doma a la fiera no es una mujer, es un dios niño. Y avanza con un carro empujado por animales feroces. La fuerza es parte de su acción. Las fieras son movidas y no dominadas.)

Ariadna está desolada y, de golpe, sorprendida. Pero la pintura nos cuenta el encuentro, primero, en sus ojos. Inspirados por el dinamismo de la composición, seguimos imaginándonos el cruce próximo de sus brazos. Luego viene el salto de Dionisos, que ya Tiziano lo muestra con brío. Y, finalmente, podemos imaginar a la celebración de ese enamoramiento con una orgía ritual. Los sátiros, las serpientes, el niño sátiro, el perro que le ladra y la sexualidad desenfrenada de la naturaleza. La gran fiesta de un nacimiento.

Todo, con la música de los personajes y sus tamborines.

La danza de las flechas. El estruendo de quienes lanzas carnes de buey.

Y un último detalle. En el margen superior izquierdo del cuadro, un puñadito de estrellas simboliza el futuro regalo de Dionisos a su mujer: una corona de oro, que el dios se encargó de que formara una constelación en el cielo.

MÚSICA Y LABERINTO

Ariadna, la única mujer con nombre propio en la tempestuosa vida de Dionisos. A su vez, Dionisos fue el marido definitivo de Ariadna.

Como un happy end, tuvieron tres hijos.

Pero importa otra cosa. Al concluir su vida en tierra, Ariadna recibió la ayuda de Dionisos y ascendió al Olimpo. Allí, vivió como una inmortal.

Tras una vuelta impresionante, la dama escapó del laberinto de la interioridad (el hilo de la tristeza, de la debilidad y de la nostalgia).

La arquitectura, según Schopenhauer, tiene dos funciones: cargar y soportar. A eso la llevó Teseo. Y de eso la liberó el dios. Sabiduría del triángulo, enseñanza del canto. Ese canto dionisíaco que sopla. Y eleva. Lo intuimos: el héroe pesa tanto como las vigas de hierro del laberinto. Claro, los héroes tienen su música (¡Wagner!), pero son las cancioncitas de los soldados, las melodías de guerra. Los himnos fascistas, la mierda de las radios.

Mejor, el devaneo musical de los borrachos. El niño sobre un piano de juguete. Mejor, Baker con sus escalas de letanía, sus abismos livianos.

Mejor, la voz de Dionisos y su suavidad de pájaro, su fiereza de leopardo.

Ahí, la fuerza musical necesaria para destruir cualquier laberinto. Siempre y cuando tengamos la ayuda de una hermosa orgía de primavera y la llamada del amor.

Y, así, detrás de las ruinas de lo que hemos sido, vamos a oír el único canto que vale la pena.

El canto de la tierra.

 

PERO… (CELEBRACIÓN Y ABISMO)

¿Podremos celebrar, entonces?

El ojo sarcástico, desde lo oscuro, pide doblar el afuera en adentro.

¿Y quién se anima, che? ¿Seguimos con el cacareo acá también? ¿Quién batalla por el Arcano de la Fuerza y se lo puede arrebatar a los seres de luz, a los héroes, a los garcas, los genocidas y a los macanudos?

¿Y el Arcano de los Enamorados?

¿Se lo quedan los esposos y esposas, los “juntados”, los que se encierran en sus casas, los que deliran con un centro, con un sentido entre cafés y sahumerios, con una paz sin toro ni víctima?

El salto que nos arranca de la interioridad. El brazo de Dionisos arrojado a su amada. ¿Todo eso no es puro desborde del vacío? ¿O arrastre del hilo desgarrado hasta las últimas consecuencias?

¡O no sabíamos, desde el comienzo, que el enigma estaba ahí, palpitante como la sangre taurina en la espada!

¿Podemos decir: este laberinto es nuestro?

¿Estamos en condiciones de empezar la orgía?

¡Pero…!

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