El Hastío: sobre un recital de Liliana Herrero

Por Magdalena Mirazo

UN ALIVIO ROJO

“¡Qué linda música!”, dice Liliana Herrero, la noche del 4 de agosto en el teatro El Picadero. “En este día, solo podía aliviarme un poco, cantando.”

También, ante el fallido intento por detener, a la hora de la ronda de las Madres, a Hebe de Bonafini, la música cerró el puño. Así, el alivio fue rojo. Anteojos rojos para encender las letras y zapatos rojos para guiar los pasos. Una pollera superpuesta al pantalón entrevera meneos de la voz y el resto del cuerpo, en cada canción.

En ese ambiente cordial, de buenos anfitriones, en una preciosa sala repleta de nosotros –los espectadores- y de ellos –los cuatro músicos, sucede el concierto. Tocan Pedro Rossi- en guitarra- Martín Pantyrer- en bajo- y Mario Gusso, en percusión.

Así, se larga el tiempo singular de la música. El tiempo, un asunto sobre el cual Liliana ha vuelto en más de una ocasión. De hecho, de su último disco, Imposible, dice “es un ensayo sobre el tiempo, la verificación de que nada regresa del mismo modo, un imposible que no paraliza sino que transforma”. Y si de transformar se trata, la presencia de esta cantora y sus músicos transforma el espacio ni bien se encienden luces, voces y acordes.

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¡QUÉ NO VA A LLEGAR AL MAR!

Y entonces el folclore argentino y el uruguayo, “me gusta el este, yo quiero ir hacia el este” comenta Liliana, no se hacen esperar. Trae, por ejemplo, “Brillantina de agua”, de la uruguaya Ana Prada, y nos canta:

   Una chalana deriva/ en las curvas del rio Queguay/ la orilla le irá mostrando/ que rumbo tomar./ Brillantina de agua/ rompe en el roquedal/ corre corre…

Ellos están sentados en forma de herradura en el escenario, el lugar es compacto y los vemos muy de cerca. Se miran, se entienden y nosotros empezamos a sentirnos barcaza en el rio que fluye, con las primeras estrofas de la canción. Tranquilos o inquietos según la correntada. Nos sujetamos a la madera y se nos meten las humedades y los ruidos de cada uno de nuestros ríos.

Montecito guacho/ sordo de trinar.

Hasta podemos levantar los brazos y rozar las hojitas, el verdecito de la infancia.

Sólo por el sauce/ se deja acariciar./Brillantina de agua/ rompe en el roquedal/ corre corre corre…

Para enterarnos, finalmente, en el lamento de su voz, de la desdicha del río:

Será que me enseña a escuchar/ el dolor que lleva adentro/ será que me obliga a contar/ que no va a llegar al mar.

Muchas de las letras en el repertorio de Herrero presentan esta recurrencia a elementos del mundo que despliegan su hablar (como quien dice, “su cantar”) ante nosotros. Es cuestión de poner bien el oído. La mímesis ”una identidad entre el canto y la naturaleza” dice, ofrece a nuestra disposición el lenguaje de las geografías. Mundo y hombre se abrazan en la letra de estos temas. Podría decirse que le da una mirada plástica al tema “la música se parece a una especie de tela en la que se pinta”.

LINTERNAS SOBRE LAS RUINAS

Antes de escuchar “La noche”, del sanjuanino Buenaventura Luna, nos llega la voz de Liliana que cuenta, construye a Luna como personaje, lo inviste de biografía: “locutor, teórico del folclore, fundador de grupo “La cuadrilla de Huachipampa” y peronista de los años‘40”. “La noche” forma parte de “Imposible”, su última grabación. Pero algo se hace posible en este disco: por primera vez, incluye un tema de este cantautor. Y, aunque ella nos invite a buscar la versión original, ya no será lo mismo leer el poema después de haber escuchado su interpretación. El desgarro de los versos se tamizó a través del grano de su voz. Al sacarle el estribillo y ligar las cuartetas, hace otra lectura. Versiona y refunda la poética, en combinación con los instrumentos, todos graves en este trabajo. Ella misma lo afirma “Éste es un disco nocturno”.

El video de este tema se filmó en Córdoba, en el estudio de Hugo Abeta, artista plástico: “hizo una obra enorme, entrás subiendo una escalera y desde arriba las ves: son las ruinas de una biblioteca. Es una maqueta gigante basada en fotografías de archivos encontrados de la represión de Stroessner en el Paraguay. Cuando hicimos las fotos con Nora Lezano nos puso en la oscuridad total y nos iluminó con linternas. Cuando está la noche, está el imposible”. 

PALABRAS FÁCILES

Entre un tema y otro, Liliana nos conversa. Ubica cada canción en su origen, su contexto, su paisaje y las condimenta con las ideas de su trabajo a través de los años. Comparte e insiste “cada vez pienso más en la música como una pintura, y como un espacio, que se expande”. Por un instante, olvidamos nuestro pasado reciente para oscilar entre la belleza de la poesía y la ingravidez de los sonidos. Las palabras de cada autor enraízan, nos penetran y nos proporcionan un goce enorme.

El repertorio transita el río, las quebradas y lame varias veces el litoral rioplatense. También pespuntea la ideología o simplemente: “A veces, canto una canción por una frase”, como en este caso, en “Garzas Viajeras”-de Aníbal Sampayo, sanducero, además:

   Hay un barquito que se hamaca sin cesar/ varias muchachas navegando por placer/ y allá a lo lejos canoa de pescadores son signo de sinsabores/ qué distinto atardecer.

Y, por unos segundos, levanta un ala y vemos su intimidad familiar, “Me dijo mi nieta, un día, para una charla que quería que diera en su escuela: vos hacé un resumen, con palabras fáciles, como si tuvieras que hablar en la casa de los pescadores de que distinto atardecer.

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Siguió la “Chaya de la albahaca” del Cuchi Leguizamón y Armando Tejada Gómez: “¿la canté bajo, no? Porque no tengo ninguna armonía cuando canto la chaya -dice- sólo percusión.”

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Otra vez ingresa el concepto de temporalidad, con esta versión más corta, con otro orden de las estrofas en “La casa de al lado”, de Fernando Cabrera. Allí el autor muestra a la eternidad “como la coexistencia de todas las épocas al mismo tiempo, en el mismo instante”, y estruja un poco más el trapo que ya tenemos en las manos. Porque la hebra de la eventualidad se enredó también en nuestra ropa y, desde allí, cae otra gota.

LA ESTRELLA DE BELÉN

   “Si me voy volveré/ porque Catamarca me crece en la sangre…” “La Catamarqueña”, de Manuel J Castilla y Eduardo Falú, “sigo con la cuarteta, no voy al estribillo, lo dejo para el final. Quiero que vaya creciendo, no la interrumpo, la dejo andar.(…)Y me hago dos preguntas: cómo se puede hacer andar y cómo puedo cantar sobre un lugar que no conozco.”

No queremos irnos. Solamente vivir esto, escuchar cómo cada palabra es sostenida por una nota. No hay hambre, no hay cansancio del día trabajado y, por un rato, se anestesió la rabia del presente político. Hasta que, al salir, nos raspe otra vez la realidad. Pero falta aún, queda algo más de música y metáfora.

En el cordaje de un arpa,/viejo telar milagrero/teje en la noche un arpero/ zambitas que han de llevar un cantar/hasta el cielo”: “Carita Morena”, de Raúl Juárez, “es la primera zamba que me enseñó mi padre allá en Entre Ríos.”

MEJOR QUE LO IMPOSIBLE, LO INESPERADO

Quizás, demasiado rígido el concepto para almas tan sutiles. Es más fácil pensarlo como lo contrario a lo posible -por lo menos- en un determinado momento, en el hoy.

Y sin embargo, esta vidala de Juan Carlos Franco da nombre al disco.

Viendo pasar una nube/ le dije ¡ay, llévame!/ tan alto como tú subes/ y se alejaba diciendo:/ ¡Imposible!, ¡Imposible!/Viendo brillar una estrella/ le dije ¡ay, quiéreme!/ como la nube eres bella/ la estrella brilló diciendo:/ ¡Imposible!, ¡Imposible!/¿Para qué quiero mis ojos?/ ¿Mi ojos para sirven?/ Mis ojos, si se enamoran/ y se apasionan viditay/ De imposibles/ De imposibles/ De imposibles…

Aquí, lo escrito por el lápiz de la historia forma parte del relato: “El teniente Juan Carlos Franco fue el defensor oficial asignado al anarquista Severino Di Giovanni al momento de su detención. Su proceder le costaría a Franco su baja del ejército, encarcelamiento y destierro.”

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No hay un punto cero de la historia –opina-, los gobernantes que piensan así se equivocan”, y como su disco que pretende ser “un viaje posible de la memoria al presente” explica que “toda esta memoria nos está esperando: es como si yo quisiera cantar sin pensar que hubieran cantado Mercedes Sosa o Billie Holiday!” 

A MI TIERRA SAN JAVIER

Tiene un recuerdo, emotivo, para Raimundo Ongaro (dirigente del sindicato gráfico, fallecido el 1 de agosto de este año), “un luchador, un creyente y un gran hombre. En 1968 o ’69, siendo muy jovencita, le canté esta canción en la CGT de la calle Córdoba de Rosario. La canté temblando, porque además, era muy buen mozo”.

   timbó, laurel, curupí/ no he de morir sin volver/ y he de volver a morir/ en tus costas, San Javier. (Del santafecino, Julio Migno).

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LA IDEA RECURRENTE

Vino boyando en el tiempo/ de un río largo/ y se fue quedando/ despacio…/Lleva el lucero dormido/ sus ojos lacios/ ya no pierde el tiempo soñando…/Junto al fogón islero/ me va contando/ de sus vacas perdidas/ de peones olvidados/ de crecidas …/ de taperas … / y de pájaros…

   “Para mí debió decir: “Vino boyando en el río de un tiempo largo…”, Chacho Müller, en este “Tiempo del río largo”. Y agrega, a nuestro pesar, “estamos perfectos, pero no sabemos qué hora es. Hay actores, trabajadores de la cultura que vienen después de nosotros.”

 BUENA VIDA PARA TODOS

La despedida es corta, después de la hora y media compartida. Momento de fotos para el recuerdo y el testimonio. Final de fiesta.

“Buena vida para todos”, nos desea.

   Empiezan a sonar los acordes de “El tiempo está después”, nuevamente Fernando Cabrera.

Un día nos encontraremos en otro carnaval.

 

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