El Hastío: sobre el combate entre Sonny Liston y Cassius Clay

Por Noemí B. Pomi


HISTORIAS ANTIGUAS

Johnny Tocco abrió el gimnasio, allá por 1950. Lo hizo en abierto desafío a su futuro. Quizás, por esa pasión por el boxeo, nacida entre los ecos de las historias contadas por su abuelo. En Italia, el viejo Tocco se enfrentaba con jóvenes de pueblos vecinos. Y sí: había que defender lo poco ganado y los puños eran un elemento decisivo. Ese antecedente despertó su interés. Investigación va e investigación viene, para Tocco la vida y el boxeo se transformaron en una misma cosa. Esta pasión que hereda el nieto de los relatos de su abuelo es, sin embargo, bien antigua. Ya hay registros de combates, desde los tiempos de la civilización minoica. Y, de ahí, su ruta.

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Púgiles de Akrotiri (1500 aC) Isla Santorini

 

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Jarrón con imágenes de Box (500 a C.)

 

ENTRE DUNAS Y ARENAS

A Johnny se lo sabía rudo, combatiente, terco. Había apostado todo a aquel viejo patio de ferrocarril rodeado de dunas y arenas. Por ese entonces, no podía sospechar que, por sus instalaciones, pasarían las personalidades más famosas, en busca de boxeadores espectaculares. La fama del lugar comenzó con los entrenamientos de Sonny Liston.

 

UN FANFARRÓN, 7 A 1

El 25 de febrero de 1964, en el Convention Hall, de Miami Beach, Florida, todos los reflectores apuntaban hacia el cuadrilátero encordado. Expectativa general, preocupación en los organizadores. El promotor, William B. Mac Donald, en contacto permanente con las boleterías. El 50 % de las butacas vendidas solo le permitían cubrir gastos. Para obtener ganancias, debía jugarse y apostar por segunda vez al fanfarrón de carácter volátil y lenguaje callejero de Louisville, Kentucky. Vaya si tenía que arriesgar, los números daban 7 a 1, a favor del campeón.

 

DONACIÓN AL ZOO

Como era habitual en los instantes previos a la pelea, los contendientes, los entrenadores, los médicos personales y el árbitro ocupaban todo el ring.
Pero este no era un combate más. Se ponía en juego la corona mundial. El campeón, considerado casi imbatible, arriesgaba su cetro frente a un principiante de 22 años, provocador y ganador del oro en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960.
A decir verdad, el campeonato comenzó a disputarse varios días antes. El retador habíaIMÁGEN  IV ABEJA tenido el atrevimiento de plantear una guerra psicológica. Llamó a Liston “oso feo”. “Si hasta huele como un oso”, dijo. “¡Después de que lo faje, lo voy a donar al zoológico!”, y amenazó con darle una golpiza. En su provocación, llegó a presentarse en los jardines de la casa del campeón, con un frasco de miel para que Sonny se alimentara. El show mediático empezaba a calentar motores, los periodistas siguieron sus acciones como moscas al panal. En el pesaje, nuevas chicanas, furia en unos ojos y mirada socarrona, en otros.

 

UN DETALLE COLOR SANGRE

Deporte agresivo y dramático, el box requiere determinadas condiciones físicas. A su vez, disciplina, belleza, técnica, dinamismo y plástica son todas condiciones muy difíciles de reunir en una sola persona. Pero esa noche, los mejores atributos se lucieron juntos sobre el ring. Hasta el más mínimo detalle se cuidó en los dos camarines. Conjunción perfecta en vendas y guantes: unas mimaron dedos y muñecas y los otros protegieron de los golpes contundentes. Coquillas y suspensores: bien ubicados. Y, por supuesto, los botines de media caña. Ah y, a último momento, el protector bucal.
El campeón, Charles “Sonny” Liston, rodeado por Jack Nylon, su entrenador y por su médico personal. El desafiante, Cassius Marcellus Clay, asistido por Angelo Mirena – alias Angelo Dundee – y el deportólogo, Ferdie Pacheco. Un detalle, los guantes del retador eran color sangre.
Concentración máxima. Los instantes previos fueron eternos.

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DE MARIPOSAS Y ABEJAS

Sonó la campana y, a la orden de ‘¡Box!’, del árbitro Barney Felix, los dos gladiadores, frente a frente. El tiempo comenzó su danza en ese cronómetro que activaba su cuenta: cada tres minutos, uno de descanso. El conteo se reiniciaría quince veces, por tratarse de un título mundial. Eso, a menos que un knock out o alguna otra definición tempestuosa lo resolviera antes.
En el primer asalto pareció concretarse aquello prometido por el retador, “voy a flotar como una mariposa y a picar como una abeja”. Bailó frente al campeón. En ocasiones, con la guardia baja, exhibía técnica, movilidad y -quizás- una muestra de sus recursos mentales: temple, seguridad y firmeza. El campeón, desconcertado -enfurecido- marró algunos de sus golpes famosamente letales.

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Miguel Ferreirós


MALOS MUCHACHOS

En el rincón del todavía titular de la corona, las palabras del entrenador no lograron alejarlo del Estado de Arkansas, ni de su niñez, como recolector de algodón, al igual que lo había sido su padre. No aprendió a leer ni a escribir, aunque sí a reconocer los billetes de dólares. Cuando sus padres se separaron, él se fue a vivir a Missouri con su madre y sus hermanos. Al principio tenía un empleo honrado, pero con un sueldo miserable. A los 16 años, se juntó con los peores chicos del barrio y se dedicaron a asaltar a mano armada los negocios del lugar.

El timbrazo lo volvió a la realidad, enfrente estaba esa abeja pedante que picaba sin cesar. El round transcurrió sin mayores sobresaltos, con las mismas características que el anterior.

 

PIÑAS EN EL NOMBRE DEL PADRE

Vuelto a la esquina y otra vez a Missouri: iba al colegio, donde tenía que aguantar las burlas de sus compañeros por ser analfabeto y de gran estatura. En 1950, cae preso en la penitenciaría del Estado de Missouri. Allí conoció al sacerdote católico de la prisión, el padre Alois Stevenson, director de deportes de dicho penal. Fue él quien lo llevó al gimnasio y guió sus primeros pasos en el pugilismo. Del cura, dijo Sonny: “Fue el primer hombre que habló conmigo en lugar de darme órdenes”. Nadie lo ayudó más por él que el padre Stevenson: le ofreció albergue en su casa y, además, lo contactó con dos hombres del mundo del boxeo. También hizo sesiones de sparring en la cárcel con un peso pesado local de cierto prestigio. Después, llegó el padrinazgo de la mafia. A todo lo anterior se sumaron sus condiciones y talla: 1.85 mts y 99.700 grs.  y la contundencia de sus golpes. Así se proyectó al reinado de la categoría máxima. Reunía los títulos de la Asociación Mundial de Boxeo y del Consejo Mundial.

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Boxeo-arte-chatarra

 

VENTANAS AL FUTURO

El relator se estremeció en el tercer round: el campeón estaba roto cerca de ambos ojos y en la nariz. Al llegar a la esquina, ungüentos para ocultar el sangrado. Y esa vuelta al pasado que lo perseguía. Los inicios de su carrera y su esfuerzo en perfeccionar cada vez más ese cuerpo dotado de una fuerza descomunal. Ventanas al futuro fueron los agujeros abiertos a golpes de martillo en el gran neumático conservado como testimonio en el gimnasio de Johnny Tocco. No reparaba en el tiempo que dedicaba a los entrenamientos. Bien sabía Sonny: de ello dependía su futuro.

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Combate de boxeo de Aharkey-George Wesley Bellows

 

DANZAR EL FARO

Al finalizar el cuarto asalto, Cassius lagrimeaba sin cesar. Se quejaba porque no podía ver. Abría y cerraba sus ojos en busca de luz. Su entrenador lavó su cara repetidas veces con abundante agua y le aconsejó mantener a su contrincante a una distancia prudencial. Los ungüentos del campeón obturaron sus heridas y también la visión del contrincante. Con la vista tan corta, uno de sus brazos se arriesgaba a amortiguar los golpes, los giros y los contra giros. Así, sin rendición, se alejaba de la sombra. En ese momento de ceguera, la danza fue su faro.

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Jean Michel Basquiat. Período Neoexpresionismo, 1982, Arte Abstracto

Los dos rounds siguientes tuvieron las mismas características: el retador recargado exhibía agilidad y pasos de ballet desconocidos en la categoría. La abeja picaba y picaba sin cesar. Despliegue de contundencia, rapidez de rayo, cabeza erguida, izquierda derecha, una y otra vez. El público, enardecido, presenció una danza contundente y maravillosa. El bailarín también sabía que, en esa coreografía, le iba su porvenir.

TRISTE RESÚMEN

En el minuto de descanso entre el sexto y el séptimo round, el antes poderoso e imbatible hombre de los puños más dañinos, calculó todo. De continuar en esa tesitura, seguro mordería la frialdad de la temida alfombra. Sonny era un boxeador tan oscuro como los bajos fondos de los cuales provenía. Ni el haber sido encumbrado por personajes non santos lo salvaría de soportar cómo quienes tanto lo alababan le darían la espalda.
Hay en el deporte alta competencia una idea triunfalista que se asocia a todas las ideas del progreso y que se basa en una experiencia del tiempo lineal, en donde siempre el presente puede superar al pasado y el futuro al presente. Sonny lo sabía.
El hastío se impuso, no importó ya más nada, la tensión entre su pasado de gloria y su presente triste se resumió en su presente triste. Al igual que una mariposa, la toalla emprendió su vuelo final.

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“Arte con clavos”

 

EL ESTRATEGA
En la otra esquina del cuadrilátero, el knock out técnico no sorprendió al joven. Él había preparado una estrategia magistral y alocada para aquella época. Entendía que la distracción mental previa del contrario sería vital para lograr la confusión. Lo había hartado, ofuscado y sacado de sí y eso se evidenció el día del match. Más allá de la casualidad o causalidad, esto deja ver otra chance: una realidad paralela confirmó que, en los momentos de mayor presión, la potencia se manifiesta. No obstante saberse el mejor, en medio del cuadrilátero, continuó su danza, a la que agregó el canto. ¡Soy el mejor! ¡Soy el mejor! ¡Sacudí al mundo!
Está claro que el tiempo de la historia no va derecho al horizonte, a veces hace rizos, a veces lo mejor y lo más moderno queda atrás. Aunque en el caso de Cassius, estamos ante un quiebre que sí, inauguró una nueva época. Los recursos usados durante mucho tiempo se agotan y lo nuevo encarna. Eso fue Clay.
Aun sin aquella estrategia, las condiciones del nuevo campeón quedaron para siempre en la historia del Convention Hall de Miami Beach, Florida. Un bailarín comenzó a ser leyenda en el más rudo de los deporte.

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Salvador Dalí, 1943. Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo.

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