El Hastío: Sobre La ciénaga de Lucrecia Martel.

Por Pablo E. Arahuete

HIELO SUCIO

El sopor no se escucha. Las moscas sobrevuelan, pero nadie las ve. Es otro día como tantos, un cielo plomizo, un irritante quejido de los vasos, el hielito en el fondo, y siempre… copas a medio llenar. El sopor se presiente tal vez desde los cuerpos transpirados o en los pasos a desgano alrededor de una pileta sucia, rodeada por gente sucia. La matriarca, desde su reposera, aleja cualquier contacto. Vocifera, masculla pasado y presente. Quizá, un tiempo anhelado de juventud  se le escapa de los dedos o se retuerce en huesos rígidos de tanto arrastre e inercia. Y que el trabajo pesado lo hagan los otros. En definitiva, el derecho a la reposera se gana por constancia. Pero eso no alcanza en el reinado de los vagos, el hielito no llega y no queda otra que salir del confort de la reposera y ponerse a trabajar. Son muchos pasos hasta la meta y el mareo nubla. La pileta sigue ahí, quieta, sucia, expectante. El sopor también pero nadie lo escucha…

DISPAREN AL HIELITO

Un disparo desde lo lejos, dirección incierta. Un disparo para herir mortalmente al letargo. El hielito se derrite y el tiempo pasa. El calor ya es parte del aire, irrespirable. A la sombra todo se hace más apacible y, de repente. alguien advierte. Se despatarró la matriarca. Nadie la levanta.

El hastío 1El sopor no se escucha. El golpe seco de los vasos y del cuerpo contra el piso, tampoco se oyó. La postal del desgano, frente a la quietud. La pileta y la matriarca, desnudas, inútiles, vulnerables, sucias. El lodo, la sangre, el barro espeso en el bosque. No se huelen. Los vidrios incrustados en la piel requieren precisión quirúrgica. En la minuciosa extracción  de los pedacitos se esconde el deseo de que no salgan; de que se incrusten aun más adentro. No hay lugar para milagros. La matriarca refunfuña, retoma y todo vuelve a la normalidad.

LAS HIJAS DEL HIELO

Persevera y reposarás, parece ser el mandato a un puñado de hijas que también actúan por inercia. Padecen aquel sopor mudo. Herederas de la decadencia y seguramente de los próximos lustros: presente y futuro imperturbables, sus hijas honran el legado. Ese hastío de la mirada no tiene escapatoria, aunque el espacio sea amplio. En lo profundo del bosque, la libertad coquetea con el peligro o con las balas rasantes en un juego de niños, cruel y natural a la vez. En el bosque, las vacas se ahogan en el fango y la metáfora también se hunde con ellas. No hay nada más cobarde que una  pretendida segunda lectura para intelectualizar aquello que no se quiere ver. ¿Y qué es lo que no se quiere ver?: el hastío.

LA MIRADA MUSTIA

Tomar cualquier película de Lucrecia Martel implica, entre otras cosas, enfrentarse al hastío de la mirada. La directora salteña propone  un cambio en el foco de la percepción habitual del cine: que los sonidos superen a las imágenes. En los diálogos se define la partitura musical por la que transita cada uno de los planos. No hay silencio o, por lo menos, no se percibe porque aun en los tiempos muertos existen frecuencias sonoras, que atraviesan y trascienden la pantalla. Cada palabra dicha responde a un mecanismo sutil, donde nada está librado al azar.

En una charla telefónica -donde le describen las diferencias entre el vestuario y los precios en un mercado de Bolivia, fiel a la práctica de cruzar la frontera para comprar más barato-, dice Taly, interpretada por Mercedes Morán:
– ¿Tienen muchos colores los vestidos?

Y, ante la respuesta afirmativa del otro lado del teléfono, sentencia:
– Colorinche. No te lo podés poner.

CARNAVALEAR

Minutos más tarde, un neologismo rompe la monotonía de las palabras. Un verbo, “carnavalear” parece disolver el hastío ¿Qué es carnavalear? Lo que hace la servidumbre cuando sale del círculo del poder y de la dialéctica amo- esclavo. Carnavalear es el ejercicio inaudito de la desobediencia al no atender el teléfono o no hacer los quehaceres de la casona descuidada. Porque son unas chinitas carnavaleras, vocifera Mecha: matriarca de mecha corta para el insulto y la descalificación de su empleada doméstica. El derecho a carnavalear también es de clase.

Pero si carnavalear es cuestión de clase, no sucede así con el sexo. En “La ciénaga”, en la intimidad de los cuartos, en el cuchicheo de la tarde cuando las moscas irrumpen a la siesta o simplemente en juegos de manos y otras partes del cuerpo, el sexo se dispersa entre todos.

THELMA Y LOUISE, VERSIÓN NORTEÑA

Nada funciona en la casa disfuncional. Los relojes titilan y el tiempo del hastío es eterno. Las lámparas pierden luminosidad, pero en la penumbra de los cuartos es puro decaer. El golpeteo en el foquito es igual de intrascendente que la luz mustia. Es más importante el hielito porque la matriarca está seca. La piel ajada, las cremas no hacen milagros, aunque afuera se espere a una Virgen Milagrosa.

Y aquí viene un punto: La superstición es la ilusión de  grieta contra el hastío, es la incertidumbre que motoriza la voluntad. Es la fuga. ¿Hacia dónde? Tal vez  a Bolivia en un viaje con pretexto de comprar útiles. Taly y Mecha se transforman en dos Thelma y Louise, a la salteña. Fuga del machismo, a pesar del matriarcado singular, en esa casona donde nada funciona. Lo mismo en Salta que en Nevada, da igual el modelo de auto o el estado de las carreteras, porque la fuga persigue el mismo horizonte. El salto al vacío es la afrenta contra el hastío y, entonces. el deseo emerge entre el fango.

Pero el presagio y la tragedia y los cuentos macabros y la religión y los mandatos y los propios fantasmas salen de la ciénaga, cortan el aire y todo vuelve a un mismo lugar.

“La cienaga”, de Lucrecia Martel, película completa

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