El Desaliento: Sobre un fragmento de “Vueltas negras, pájaros de piedra”, de Cecilia Illia.

Por Luisa Luchetta

EN EL PRINCIPIO FUE EL TRES

Tres jóvenes encerrados- Ernesto, Ana y Beto- en una habitación sin ventanas, secuestrados en un periodo incierto, aunque seguro posterior a la dictadura. Un tiempo rebotado entre los tiempos que se dicen libres, pero siguen- entre rincones- con las viejas mañas:”Son tres pibes… Uno debe ser el que da limageetra, sí, sociales, algo así”. En el encierro, el imaginario completa lo que lo real omite.Tras las paredes de una habitación custodiada por un tal Gómez y por Rubio, su perro compañero, el lector puede asistir al despertar de los prisioneros, como quien transita un túnel oscuro y húmedo, hasta llegar a una la bocanada: la vigilia. El espacio es sofocante, sin embargo, el miedo de los muchachos no los sume en el desgarro. Como quien se aferra a un globo con el que no podrá escapa, pero aun así se ilusiona con la fuga, ellos juegan con las palabras: “su amigo (o tendría que decir ex amigo)” “ No estando el sol, privados de cielo ¿Que nos queda?” “ Arreboles. ¿De dónde vino esa palabra?”.

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No pueden ponerse de acuerdo. Uno ve una luz, otro calla y solo vislumbra la oscuridad en su pensamiento ( “Sus sentidos están desorientados. Se fugaron con toda su vida, con su sangre agolpada al límite, al borde de todo su contorno (si al menos le sirviera para encontrarse)”). Obsesionado por fumar, el otro sólo vive escondido en el humo de un cigarrillo ausente :“Ernesto sospecha que ya no existe o que no puede ser visto, quizás finalmente se evaporó como el humo soñado del cigarrillo”. Esa falta lo despierta, lo desespera. La esperanza de una pitada lo incita a moverse.
Una palabra, “arrebol”, busca un significado. No basta el ritmo nacido solo por pronunciarla.  Hay que saborearla entre los labios, en la lengua, sobre el paladar, saliva adentro.

VENGO A HACER UNA DENUNCIA

¿Quién determina el universo de las palabras? A veces, ellas son meros objetos de cambio. Algunas, inalcanzables, pertenecen al universo de los eruditos, quienes, de día, las esconden en bibliotecas privadas. En cuanto a las noches, suelen creer los ingenuos que estos señores honorables las acarician, justo en el momento en que las palabras viajan sobre unos gatos, en huida transitoria de sus casas. Como si las palabras anduvieran sobre los tejados y volvieran- siempre a lomo de felino- transmutadas por las operaciones de lenguaje que las trasvisten entre las sombras. Algunas vuelven transformadas, otras con voces diferentes. Me preocupan aquellas que han sido robadas, porque es inútil hacer la denuncia en la comisaría, ¿cómo explicar aquello que despertaba en mí esa palabra esquiva?

Mike Stilkey
Mike Stilkey

Una palabra contiene vida. Por existir, por proponer significados, por el soplo divino que la invade al pronunciarla por primera vez. Cada una es una seudo deidad, de larga vida, aunque no eterna. Sin embargo, ellas viven más que nosotros. ¿Quiénes somos nosotros?: sus- en general -irresponsables y desfachatados usuarios. Algunos sienten temor a utilizarlas, las pronuncian mal por timidez o por miedo a que el patrón se dé cuenta de la humanidad del subordinado. Ciegos, sordos y mudos son mayoría. Y no quieren complicaciones. Su proceder es brutal, cómplice de acallamientos. Cumplen el ceremonial diario de arrodillarse ante un dios atrincherado en las cajas fuertes repletas de avidez, envidia, desprecio y demás virtudes propias del abismo.

RETO DE ARREBOL

Ana calla. Busca un escape, una explicación. Sin moverse, llora, “Nos esperaban, alguien batió”. Resuena una palabra en su mente, “Arreboles” . Imagina significados, colores, formas, historias. “Ana se siente arrebolada. La sorprende el deseo de jugar”. Una palabra la lleva a pelearse con la memoria, renace, saborea el aire, la respiración, su ritmo de “Arreboles” (se le presentó en plural, ¿será una palabra colectiva?. De ninguna manera, ésas, justamente, son en singular)”.
Ana despierta entre los jirones en los que la han dejado los caprichos de uno de tantos locos. Esos locos, con diccionario de bolsillo, son las manos de los dueños de las palabras, de su entrelazamiento perverso, del uso sucio que de ellas hacen. En contrapartida, Ernesto expresa su necesidad de fumar, su debilidad lo despierta a la desesperación. Por su parte Beto  se conmueve en la duda: si Ana ha sido manoseada, hasta dónde llegó el abuso. Sin embargo, ninguna duda modifica sus sentimientos hacia ella. Prefiere, entonces, pensar en el tiempo. ”Che, Ernesto, vos, que leíste tantas cosas, ¿sabés por qué es tan importante el tiempo?” 
Y, entre tanta búsqueda,se interponen palabras que intentan desalentar a los buscadores, a esos rebeldes tras nuevos sentidos, a los solidarios, a los amadores.

El texto de Cecilia Illia deja a las claras que, más allá de las historias individuales, estamos atravesados por la historia que forjamos con nuestros contemporáneos. Aquella que nos ha dejado sin aire, que siempre acecha y a la que estar alerta, para que nunca más vuelva a sus bucles oscuros. “Entrampado en un pozo ignoto, retenido en un tiempo del que sólo puede esperar lo peor”.

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HACERNOS CON ELLAS

Según el budismo tibetano, nuestro tiempo de vida se cuenta en un número finito de respiraciones. El aliento es finito. La vida, limitada, Por ello deberíamos hacernos con las palabras, con sus significados, con las emociones con que las  llenamos. Y, así, arrebatarnos del vacío, donde algunos- mal intencionados como parcas -pretenden sumergirnos.

Las palabras son nuestra herencia. Ellas permanecerán entre las trampas del tiempo. Arropémoslas: son lo mejor, incluso de lo peor de nosotros. Las próximas generaciones sabrán resignificarlas, perfeccionarán su sentido, no permitirán que se las arrebaten, las colmarán de emociones. Eso, siempre y cuando no nos recostemos a dormir sobre los significados muertos; siempre y cuando no dejemos de estrujarlas ante otros ojos, para que puedan buscar ellos su propia manera de moldearlas. Los que callan, los que no quieren ver, los que no quieren complicarse- porque la vida es simple, dicen, basta colmarla con objetos llenadores de vacíos que no harán más que exponer la rudeza de ese hueco- harán sus filiaciones con la nada. Otros, sólo parlotearán un lento asesinato del lenguaje. ¿De qué lado estaremos? Del lado de quienes saben que quitar la palabra es arrebatar el ruah, el aliento de dios, el espíritu, el alma, el verbo. Sin palabras, retornamos a la oscuridad del origen de los tiempos, pero con pocas chances de recomenzar.

Citas en cursiva: “Vueltas negras, pájaros de piedra” de Cecilia Illia.

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