MEDIDA POR MEDIDA

 

Un instante antes de que yo subiera, alguien acababa de ocupar el último asiento libre del subte A, en la estación San Pedrito. Ese fue el primer sofoco. Una especie de desilusión grandota me tomó todo el cuerpo, solo porque no había podido imaginar que, tal vez, viajaría parada. Eran las dos de la tarde de un miércoles, nada permitía prever la presencia de tanta gente en la primera estación del recorrido. Un poco desorientada por la situación bajo tierra, un poco confundida por la quietud de los pasajeros dentro del vagón y por el movimiento agitado en los andenes, comencé a acomodarme en la absurda expectativa de que alguien se levantaría, incluso antes de partir. Cuando más o menos había logrado llevar mi ilusión a la altura de un deseo, el subte arrancó. Pero arrancó de tal manera que pareció haberse desenraizado de las vías. Fue un desgarro. Y casi me deja en el piso. Involuntariamente, me transformé en el módico espectáculo de todos los pasajeros sentados. Nadie vino en mi ayuda: ni los contadores de chistes, ni los cantores habituales. Tantas miradas juntas sobre mí no lograron, sin embargo, dejarme sin aliento. Igual, el aire se puso pesadito. Inspiré muy profundo, como quien prevé un horizonte de ahogo y acopia reservas ante  posible desgracia. Con resuello renovado, me animé a un capricho, que vino a sustituir mis absurdas expectativas: decidí viajar sin agarrarme del pasamano. Ahora verían de qué era capaz. Hasta la  estación Carabobo la cosa no fue sencilla. La mecánica del A era por lo menos de categoría B o C y varias veces la escena alternó mis tambaleos con sonrisas poco disimuladas del pasaje. Me ayudó un poco que, en la estación San José de Flores, subió una impensada cantidad de gente que comenzó a cubrir los espacios vacíos alrededor de mí y me alejó de ciertas miradas. La sensación igual no era muy placentera. Por un lado, comencé a temer por el futuro del viaje. Faltaban un montón de paradas y el subte estaba casi lleno, apenas respirable ¿Cómo llegaríamos a Plaza de Mayo? Por otro lado, rápidamente advertí que me sentía mejor al ser mirada como una estúpida caprichosa que al no ser mirada en absoluto. ¿Una especie de narcisismo de transporte público?, ¿una sensación inédita de soledad entre tantos? A la altura de Puán, mis planteos filosóficos fueron empujados hacia el desván de mis prioridades, mientras mi cuerpo resultaba comprimido entre un traje y una corbata a la derecha, una mochila a la izquierda y dos consistencias inidentificables por detrás. Me abracé a mi carterita, única compañera entre tanto desconocido, cuando comencé a sentir cómo trepaba por mi garganta ese nudo que me avisaba: el jueguito de no agarrarme del pasamano había pasado al ámbito del sinsentido y del desinterés general. Mientras el sinsentido subía, la presión me bajaba. El aire ya sólo se atrevía encima de nosotros. Entre nosotros, no quedaba ni un mililitro. Cuando las puertas se abrieron en Castro Barros, vi la cara de los tres audaces que casi tomaron carrera para abalanzarse vagón adentro, como viento y marea juntos. La entrada de esos tres generó un apretuje tan grande que el poco aire sobre nuestras cabezas se negó, por un instante, a ser respirado. Tuve la sensación de haber querido decir algo y no poder. Digo la sensación, porque no puedo identificar cuál era la palabra, ni qué espacio pretendía para ella, si el lugar que yo ocupaba ya era más estrecho que el de mi propio cuerpo. La cosa llegó a un punto tope en Miserere. Casi todo el mundo sabe que, cuando llega a Miserere, algo toca un tope. Incluso podría proponerse incluir a la palabra en el diccionario.

Miserere: dícese del aquello que supera al colmo, desborde sin bordes, superlativo de quilombo.

editorial2Lo más grave de la cosa es que habría un Miserere y después. Y eso sucedió justo en el momento en que “después” se trasformaba en un tiempo incalculable, básicamente porque nadie estaba en condiciones de mirar ningún reloj. Así de comprimidas las cosas, no existía resquicio para desilusiones, caprichos o narcisismos. Sólo quedaba  esperar el momento de la descompresión y entregarse a ver qué forma le quedaría a cada cuerpo una vez descendido del subte.

Amontonados cotidiana, fotografía: Gustavo Garello.
Amontonados cotidiana, fotografía: Gustavo Garello.

Lo que siguió del trayecto fue un segmento mudo. Por la falta de aire, las palabras se atoraban en las pocas gargantas que aún las buscaban. La única voz era la de la chica falso 0600, que anunciaba la próxima parada, con un énfasis propio de quien está ausente de aquello que narra. Por otro lado, el ahogo encendió la desconfianza. Nadie creía del todo que los anuncios coincidieran con la realidad. Porque si nuestros cuerpos estaban desfasados de sus formas, bien podría la voz falso 0600 estar desfasada del espacio. Así las cosas, la boca buscaba el aliento -un caldito amable, para cocer la palabra- y solo sobrevenía un sabor a ausencia. El hueco de la boca se me hizo patente como nunca antes: una caverna de doble entrada o doble salida, donde desesperaba la colita de una “a” o la altura de una consonante, sin poder si quiera aspirar a un estado de alivio. No era un grito, no era una descarga, no era un manotazo verbal contra el silencio. Algo indecible pedía pista entre el movimiento del subte que no registraba la urgencia ni se inmutaba por la deformación de los cuerpos. Tal vez así fue el origen del mundo. Tal vez ese intraducible “Tou va bou” hebreo -vuelto simple “caos”, en castellano- resultó solo una masa de cuerpos obligados a indiferenciarse debido al poco espacio. Y, entonces, nos hubiera hecho falta un dios que inspirara con ganas, un sobrevuelo que nos insuflara el alma y nos diera singularidad. Pero en lugar de asistir a un nuevo Génesis, llegamos a Plaza de Mayo. A medida que el subte comenzó a  desalojarse, sentí los contornos de mi silueta re dibujarse alrededor de mí. Una sensación de extrañeza, aún sin palabras, hizo reaparecer el nudo del sinsentido en la garganta. No tuve tiempo ni de tragarlo, cuando ya estaba sola entre el mucho espacio sin nadie del vagón vacío. Miré, con un poco de miedo, mi reflejo en el vidrio de la ventana. Se parecía bastante a quien había subido en San Pedrito. Aunque algo difícil de precisar, algún contorno se veía modificado. Quise decir la palabra y todavía persistía el ahogo. Dejé a mi carterita al costado de mi nuevo cuerpo, se merecía un descanso de tanto abrazo. Entre mucha ausencia, busqué aire y sólo inspiré lo mínimo para  permitirme una palabra. ¿Pero, cuál? Miré el pasamano y me dieron ganas- otra vez-  de jugar a viajar sin agarrarme de nada. Sin embargo, el vagón persistía en quedarse inmóvil y yo necesitaba salir de la quietud. O encontraba la palabra o me echaba a andar. Me puse en marcha. En la boca del subte y desde abajo, la luz repentina y el cambio de aire me parecieron una sobredosis de aliento, que tampoco servía para aproximar a un sentido: ¿Pero cuál?, ¿cuál es la medida exacta?, ¿cuál, la medida de aire para insuflarle alma a la palabra?

Ecce Homo, Evelin Bencicova.
Ecce Homo, Evelin Bencicova.

Eran las tres. La Plaza de Mayo tenía ese aire a Madre que ningún desaliento puede borrar. Comencé a decir. Y dije, dije, en ronda. Ya no importaban las medidas. Encontré al aire justo.

1 Comentario

  1. Me encantó! La descripción, más de una vez vivida, que nos pone a prueba de seguir sintiendo que uno sigue siendo uno entre otros, a pesar de la deformación y mezcla de cuerpos!!! y me encantó el final en ronda que da tanto aire, en ese círculo de Madres con tanto aliento!

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