El Desaliento: Sobre “Autorretrato”, de Édouard Levé.

Por Nicolás Estanislao Sada

 

“… en la angustia vaga,

de sentirme solo entre las cosas ultimas y secretas…”

(Juan L. Ortiz)

 

 

Eduardo Stupia
Eduardo Stupia

 

Con una prosa de tono seco, distante, engañoso, Édouard Levé escribe su breve pero intensa vida. Hila momentos, gustos, sensaciones, anécdotas y sentires sobre el mismo mundo del que intentará siempre, en algún punto, volver a fugarse.

Un texto, un lenguaje, un ritmo. Frontal y compulsivo.

Imágenes: en frases cortas, sutiles y precisas, que se revelan mientras desaparecen. Tres, cuatro segundos para dejar su marca o desvanecerse entre toda esa marea que viene detrás, sin poder hacer pie.

Para el final: un punto y seguido.

Y luego la caída. Una después de otra.

 

 “No cuento anécdotas porque me olvido el nombre de las personas,

cuento las cosas en cualquier orden y no sé cómo rematar la historia”

Así, el narrador que propone Édouard Levé en “Autorretrato” se busca, se fragmenta para reconocerse. Y, de ese modo, lo buscamos también nosotros.

Si él mira desde varios puntos de vista posibles, nosotros lo seguimos. ¿Cubismo literario, tal vez? Si él vagabundea entre los tormentos, nosotros nos volvemos errantes entre los nuestros. Si él apila oraciones de manera casi serial -retazos de todo lo que fue y no pudo ser- nosotros intentamos nuestro collage. No hay puntos aparte. No hay párrafos.

 

“En las fronteras me siento tan bien como si no estuviera en ninguna parte”

 

Capas indefinidas. Lienzos y más lienzos superponen, revelan y ocultan. La lectura avanza, entonces, sin saber muy bien qué se revela y qué se esconde. Como si el tono del viaje estuviera marcado por esa constante búsqueda. En “Autorretrato” eso se imprime, se hace historia.

 

 “Mi madre me salvó la vida al dármela”

 

Palabras escondidas en otras imágenes. Imágenes que se esconden en otras palabras.

 

“Prefiero aburrirme solo que aburrirme de a dos”

Tanta imaginería lleva a la vacilación más que a la certeza o a la perfección de ese retrato deformante. La luz pega de refilón en un espejo que no devuelve su propio rostro, solo deviene ante cada mirada, sin poder detenerse en una clara sombra de lo que será.

 

“Al contradecirme, experimento dos placeres: traicionarme y tener una opinión nueva.”

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VISIBLE LO INVISIBLE

Nosotros, los lectores, debemos estar atentos: en el silencio de la lectura, completamos sentidos. Como decía el viejo Ezra Pound, “la lectura es un arte de la réplica“. Repliquemos pues. Entre una vasta comunión de oraciones, entre pliegues y despliegues, se abren ventanas a la memoria, puertas al futuro. Ese viaje constante sin moverse de su casa. Incluso las entradas ya cerradas -o por las que no se quiere volver a entrar- están siempre presentes. Una verdad escondida entre mentiras. O entre sentidas verdades. Tal vez ese sea, después de todo, el punto principal de la búsqueda.

 

“No perderé la vista, no perderé el oído, no me haré pis en mis calzoncillos, no me olvidaré de quién soy, moriré antes” 

Entre tanto corte, se deja entrever una minúscula maquinaria humana que remata en una propuesta osada.

Como lectores, ¿cambiaríamos nuestra lectura si supiéramos que es estrictamente autobiográfica? Y, si fuéramos íntimos de cada una de sus líneas, de sus párrafos, de sus recovecos, ¿algo nos modificaría? Tal vez no, o tal vez el cambio vendría solo por sugestión o por un exceso de información sobre el “propio Levé”. Porque, ¿hasta qué punto uno puede acceder al “propio ser” de cualquiera? Un hombre, aun si no escribe, es un texto lo suficientemente opaco como para pretender leer su supuesta esencia.

Pero volvamos al libro. “Autorretrato”  hace visible lo invisible en imágenes nítidas que ya no vemos aunque, desde los bordes, insistan todavía, enfantasmadas.

 

AUTOBIOGRAFÍA, RUIDO DE FONDO

Pero no todo es espectro y fragmento. Las descripciones tan minuciosas del cotidiano, detalladas “Un televisor prendido en un café puede hacer que me vaya automáticamente”, ofrecen un cable a tierra en medio de esa fuga constante del texto que hila el devenir de su transformación. Como señala Walter Benjamin, en su ensayo “El narrador”, hay una precisa distinción entre el novelista y el narrador: para Benjamin el novelista es el sedentario. El narrador, quien viaja, quien explora. Levé es un aventurero en los mares de los narrativo. Y el mar es vasto.

Si buscamos poner a “Autorretrato” en relación con el océano de escrituras que filian con él -“Nací” y “Lo infraordinario”, de Georges Perec -veremos que se emparentan entre textos en un modo singular de construir la memoria. Eso, hacia el pasado. Dentro de “Nací”, “Notas sobre lo que busco” lanza una aguda mirada sobre lo cotidiano. También autorreferencial, se esparce entre fragmentos.

Ambos narradores se atrapan en ciertos rasgos prestados, de manera sutil, irónica y hasta muy intima.

Ahora, el asunto no le cae sólo a Levé y a Perec. Todos tenemos una historia que contar, aunque no siempre demos con la manera adecuada de hacerlo. El narrador que propone Levé se organiza en la recuperación de los acontecimientos aparentemente banales o en desuso. Así resalta la consistencia de lo cotidiano.       

     

“Me gusta detenerme en otra parte. La vida me parece interminable como una tarde de domingo…

    La de jueves es la mejor noche.” 

           

La concatenación de imágenes, reflexiones, instantáneas de días felices, de horas infernales, de días que no volverán a repetirse, el recuento de una vida: 

 

Espejo, Valentín Sada
Espejo, Valentín sada

 

“El día más hermoso de mi vida quizá ya pasó.”

Y así el libro va entre interferencias, suspensiones, desvíos, postergaciones, que impiden llegar a un único destino. Esta secuencia define también el registro de su escritura.

 

COMO SI FUERA EL CURSO NATURAL DE LAS COSAS.

Cada párrafo -cada imagen- entra y sale a la vez de la linealidad de una trama. Por momentos es una plena reivindicación de la caída, la pérdida y el desaliento.

Y, simultáneamente, implica el profundo goce de escribir. Escribir en contra de la demanda siempre presente y contra la obligación del éxito. Su escritura visual y, quizás secundariamente auditiva, es eco de su vida como pintor y fotógrafo. Notas aglutinadas en pigmentos y en tinta, a diario.

 

 

La lectura de Levé incita a practicar un ejercicio audaz de autorretrato espontáneo. Una exposición singular ante ese espejo, que devuelva todos los pliegues, todas las facetas apiladas. Milhojas de caras superpuestas, donde cada una difiera de la anterior hasta perderse entre las sombras de la original. Así, terminaría por revelar, de manera muy sutil, la propia fragilidad y la belleza de cada quien. Una lectura entre intersticios, quizás incomoda, del propio mundo.

 

Édouard Levé se suicidó a los 42 años.

 

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