El Desaliento: Sobre la dificultad de hablar de la muerte.

Por Víctor Dupont

BOCETO DE UNA FUGA

¿Hago bien en preguntarle a algunos poemas sobre la muerte? Quiero hablar. Quiero escribir sobre este asunto. Escribo y no escribo. Entonces, ¿empiezo con cautela? ¿Comienzo por algún rodeo?

Para Pizarnik: “los instantes se tejen de muerte y cielo y tienen color de infancia muerta”. Replica Orozco, “¿estatuas de sal del otro lado?”.

Como una partitura delicadamente extrema, la pregunta es un contrapunto entre dos poéticas. De esas voces tan disímiles y cercanas, van a crecer otras figuras. A ellas estaré atento: en la patria del poema hormiguean criaturas impensadas, sacerdotes de espuma, amantes, muñecas, muelles grises.

Preguntar, componer el puente entre voces y pistas hacia algunas sospechas sobre la muerte. Quizá pueda, después de todo, decir algo sobre mis muertes o mis muertos.

LAS AVENTURAS PERDIDAS

En 1958 aparece el tercer poemario de Alejandra: “Las aventuras perdidas”. Pizarnik prefigura, en la brevedad del trazo, la forma mínima de su próxima obra, “El árbol de Diana”. Más allá de las clasificaciones, sorprende una potencia ya presente en “La última inocencia”, del ´56. Por lo tanto, tomar una serie de poemas de Alejandra, en torno a una de sus recurrencias, puede ser un método amigo. Ella misma lo ha dicho. En cada verso intenta repetir las mismas palabras, las mismas letras. La música de la infancia. La música de la locura. La música del poema. La música de la muerte: “Un viento sin alas encerrado en mis ojos”, dice enFiesta en el vacío”. Pero, inmediatamente, “Sólo un ángel me enlazará al sol. / Dónde el ángel, dónde su palabra.” Con la llamada mortal en los ojos del poema, la voz invoca. Así será en la “Extracción de la piedra de la locura”. En “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos”, la cosa se pondrá más directa: “Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que me llama.”

Pizarnik antropomorfiza, dispersa y disuelve a la muerte en otros elementos, sin jamás extinguir su perfil. La metamorfosea en la danza de muñecos antiguos, en las desdichas heredadas, en el sol debilísimo. En el amor.

Terreno mismo de los cuerpos poéticos, la muerte hace oír su canto. Se sienta -dice Pizarnik-, “pulsa un arpa en la orilla del río hasta que nos adormece”.

Y también: “La muerte es una palabra.”

Y también la palabra es una cosa.

La muerte es una cosa. Por eso la encontramos no sólo en los ojos del poema- en el canto de su llamado- sino también en los objetos. Podemos levantar nuestra vista y hacer un inventario. Allí estará. No debería ser difícil rescatar su rastro en alguna foto, en el marco sucio del espejo, sobre la pila de libros a punto de caerse.

Pero un día, zas, muere alguien.

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ESCRIBIR LA PALABRA INFANCIA

En Alejandra, la relación entre la muerte y la música parece tan próxima como la que los griegos veían entre la parca y el sueño. En el poema “Las artes invisibles” dice: “Con todas mis muertes / yo me entrego a mi muerte, / con puñados de infancia, / con deseos ebrios que no anduvieron bajo el sol,/ y no hay una palabra madrugadora / que le dé la razón a la muerte,/ y no hay un dios donde morir sin muecas”. El canto. El pulsar el arpa. El llamado. La escucha. La muerte es sonido. Una sinfonía con un solo de viento. El viento traslada el canto o el eco de la muerte hasta los pasos perdidos, el llanto en el jardín, la grieta en los muros, la canción del color del nacimiento y los hace verso. Incluso el viento se hace cualidad en “los ausentes”, seres del otro lado que soplan “grismente”.

La muerte tiene un color verde, azul, rojo y lila, que se entremezcla con los tonos de las cosas más abstractas y cercanas a la misma muerte.

La noche y sus colores:

“Los ausentes soplan y la noche es / densa. La noche tiene el color de los párpados del muerto. / Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. / Palabra por palabra yo escribo la noche.”

Otra vez leo: “los instantes se tejen de muerte y cielo y tienen color de infancia muerta”.

Transcribo la palabra “infancia” y tengo que desviarme.

MI ÚLTIMA INOCENCIA (PRIMER INTENTO)

Ya me la veo venir. Páginas y páginas con citas de otros. ¿Y mis muertes?

OROZCO Y LA MUERTE DE LA MADRE

El segundo libro de Olga Orozco es “Las muertes” (1952).  En ese año precisamente moría su mamá, una mujer culta y que amaba la lectura. Orozco declaró sobre ese libro: “Lloré siempre la muerte de mi madre, desde que yo era muy chica. Inclusive, cuando tenía esa edad, la internaron para operarla de una hernia y yo dormía con un camisón de mamá, para poder sentir su perfume. Y lloraba todas las noches como si fuera a morir, y durante mucho tiempo yo me despertaba llorando por la posible muerte de mamá. Murió tantísimo después. Es como si toda la vida hubiera estado llorando la muerte de ella. No es porque mi madre no fuera un ser vital. Fue una muerte que no asimilé nunca.”

Tal cual ha dicho Pizarnik sobre sus propios poemas, quizá este libro de Orozco pueda leerse como un exorcismo.

En concreto, el libro son una serie de elegías dedicadas a personajes literarios. Textos a los que Orozco llamaba epitafios. Epitafios que ha tomado de sus lecturas de Rilke (Los cuadernos de Malte Laurids Brigge), Lautreamont (Los cantos de Maldoror), Crommelynck (Corina), Faulkner (Luz de Agosto), Dickens (Grandes ilusiones), Melville (Bartleby), Supervielle (La niña de alta mar), Conrad (El negro del Narcissus) y Dunsany (Cuentos de un soñador), entre otros.

Pero hay un poema. Un epitafio. Se llama “Olga Orozco”:

“Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero. (…) / Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo, / en un último instante fulmíneo como el rayo, / no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada / entre los remolinos de tu corazón. / No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza. / No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo. / Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte.”

La muerte de esta Olga Orozco no tiene paz. Dicho epitafio culmina la serie y reafirma la idea de los anteriores: la muerte es un rayo letal. Los poemas acumulan muertes parciales, singulares. Y los últimos versos arremolinan esas muertes en el desdoblamiento definitivo, la transfiguración de la poeta que empuja con su muerte a las demás. El poema permite el despliegue mortal: “Debo seguir muriendo hasta tu muerte.”

El exorcismo sucedió a la perfección. Los ecos de esa voz ausente se multiplicaron en cada uno de los versos, silenciosos.

Pizarnik replicaría: “En el eco de mis muertes / aún hay miedo. ¿Sabes tú del miedo? / Sé del miedo cuando digo mi nombre. / Es el miedo, / el miedo con sombrero negro / escondiendo ratas en mi sangre, / o el miedo con labios muertos / bebiendo mis deseos. / Sí. En el eco de mis muertes/ aún hay miedo.”

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MI ÚLTIMA INOCENCIA (TOMA II)

Un conjunto de reflexiones, un salpicado, hipótesis, alguna conclusión. Pero lo cierto es que este año murió mi viejo. Un día antes, también moría un gran amigo. Y, un mes después, una de mis alumnas más queridas. Tres muertes en tres meses. Es decir: debería poder escribir algo más que un tendal de palabras ajenas.

PIZARNIK A OROZCO

De “Las aventuras perdidas”, también, es el poema que Alejandra dedica a su amiga, Olga Orozco. Su nombre: “Tiempo”: “Yo no sé de la infancia / más que un miedo luminoso / y una mano que me arrastra / a mi otra orilla. / Mi infancia y su perfume / a pájaro acariciado.”

MI ÚLTIMA INOCENCIA. (TOMA III)

La llamada de la muerte estaba, claro. Mi papá pasó los últimos meses de agonía dentro del Parkinson. Lo extraño es que, el primero de enero, casi después de la resaca de fin de año, escribí un poema donde llamaba a la muerte. Llamaba al inicio de su aquelarre. Pedía por el esplendor de su danza. Exigía no temerle. Convocaba su fuerza purificadora: agua, fuego. Creo que les di la bienvenida a sus ejecutores, mensajeros. Mis fantasmas agónicos y mis odios ancestrales eran invitados a volar.

Aunque, la verdad, no sé si las cosas o las personas mueren de un hondazo.

El canto terminaba con estas líneas:

“Se abre la danza. Y queda una cuerda en la lejanía.”

UNA ANÉCDOTA

El último poema de “Las muertes” es el epitafio de Olga Orozco. A ella le hacía gracia que, al igual que le pasó a Neruda con su famoso Poema 20, en los recitales siempre le pidieran que lo leyese. Escribió al respecto: “Sí, me piden que lo repita constantemente. Yo, que no me sé de memoria ningún otro de mis poemas, he acabado por aprendérmelo a fuerza de tanto repetirlo. Además ha creado confusiones en algunos críticos por el hecho de decir que muero en el corazón de alguien. Tomado en un sentido literal, se han preguntado cómo se puede morir de atrás para adelante, cómo se puede morir al revés. La muerte no tiene revés, yo más bien lo que creo es que la muerte no tiene derecho, nunca.”

MI ÚLTIMA INOCENCIA: LA PROFECÍA DEL DESPUÉS (TOMA IV)

Exactamente un año antes de la muerte de papá escribí un poema. 12 de junio. Unos versos me llaman la atención: “Punto: un padre decide morir, de manos mudas, / un punto como mariposas sobre agua / trae a bestias que inventaron la lengua del mar. Tiempo. / Hablan de aldeas, susurran de fuegos, palpitan de estragos.”

ALEJANDRA DECIDE MORIR

Pizarnik se suicidó el 25 de septiembre de 1972. Tomó 50 pastillas de Senocal (un barbitúrico). En uno de sus últimos poemas leemos: “La noche soy y hemos perdido. / Así hablo yo, cobardes. / La noche ha caído y ya se ha pensado en todo.”

Recuerdo la visión chamánica de la muerte. La idea de que no nos llega, sino que llegamos a la muerte. Llegamos como a un estado de conciencia. Una iluminación. Lucidez. Para Pizarnik, lucidez viene de luz y de Lucifer.

Uno de los textos encontrados en su pizarrón de trabajo decía: “Criatura en plegaria/ rabia contra la niebla/ escrito en el crepúsculo/ contra la opacidad/ no quiero ir nada más que hasta el fondo/ oh vida/ oh lenguaje (…).”  

 

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EL FIN DE LA INOCENCIA

Papá murió, como dice Pizarnik, grismente. Los tantísimos médicos que lo atendieron en el transcurso de los últimos tres meses se preocuparon en prolongar su agonía con prolijidad. Mi hermano y yo nos hartamos de buscar la confirmación o refutación de ese llamamiento, pero las clínicas donde caía internado y sus profesionales nos comentaban que “no se podía asegurar que…”, entonces “vamos a probar con”. El cuerpo de papá, mientras tanto, se deterioraba. Cada vez más. No tragaba, las escaras eran imparables y su voz, lenta, enmudecía. Dejó de caminar muy rápido y el ritmo de internaciones y externaciones marcó su última estadía. Nadie se animó a decir, claramente, lo que sucedía.

La protección institucional convirtió ese cuerpo en un despojo infrahumano.

La noche de su muerte no podíamos respirar el hedor en aquella habitación. Sin embargo, me acerqué antes que cerrara sus ojos, lloramos (¿él lloraba?) y pude decirle por última vez lo que le decía en buenas épocas: “papito”. Y le di las gracias.

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POSLUDIO

Hay una respuesta muy tentadora ante qué hacer frente a la certeza de la muerte de un padre: nada. Y otra respuesta frente a la pregunta de cómo prepararse: de ninguna manera. Sin embargo, en el transcurso de ese tiempo único, sentí la apertura de muchos estados. Sobre todo, en sueños. En ellos charlaba con papá y le decía que estuviera tranquilo. Que hiciera lo necesario. Tal vez porque circula una idea de que el moribundo está en tránsito. En esos sueños, yo jugaba ese papel mediador: incluso una vez imaginé su velorio, donde él mismo miraba su cadáver con miedo. Yo intentaba tranquilizarlo. Y él lloraba.

Papá falleció el 12 de junio de este año.

En estos poquitos meses desde ese día he pensado muchas cosas.

Una de ellas es simple y fulminante: ya no volveré a decir papá. O pá. O papito. Eso me hace pensar en algunas palabras que la muerte nos arrebata. Palabras que jamás encontraremos en el tesoro del poema. Y, sin embargo, las extrañamos en su imposibilidad y en su misterio.

La muerte arranca no sólo la carne sino, también, trozos de lenguaje.

Quizá por eso recuerdo, ahora, a Manrique y a sus coplas. Las elegías que el poeta escribió a la memoria de su padre. Aquellos versos que todos aprendimos en el secundario y esa muerte -la de todos- que venía tan callando.

Habrá que volver a saludarla, aunque ni le importe nuestro saludo.

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AL FIN, EL POEMA

Poner entre paréntesis nuestra historia / y que el lenguaje obsequie chispazos en la noche / con eso basta para desembarazarse / el presente regala, pródigo / te sueño cuando eras el que gambeteaba / o te escabullías en las baldosas, al atardecer / una siesta al sol con mosquitos miserables / los primeros porros a la esquina de la chocolatada / a tus espaldas siempre sosas / siempre palpita mejor la piel al comienzo / te sueño cuando el abrazo surtía cumbres / ¿qué se hizo de vos? / los espejos que el mundo me trae / evocan al pájaro medroso que fuiste / y el tiempo no alinea alguna primavera / para quien no deshuesa un árbol / el mar ahueca las estelas del viento / y el paseo de tus mañanas no deambula / si a la prisa no le quitamos la sangre de la tierra. 

A los gritos del solsticio / al arcaico musitar de las bestias que somos / le pongo la seriedad del otoño implacable / y te miro, no esquivo a tu cuerpo desgarrado / ni a tus huesos en balbuceo / saludo a tus compañeros deshilachados  / y me siento a callar mejor en tus ojos / para escuchar, fulgurante, los teoremas y desiertos /  Como he escrito en otra pared: padre, ya no suicido.

Pero mi poema hoy es otra forma de silencio, / un sosiego brutal para hacernos más fácil / el vivir y el morir / cinco minutos bastarían para encrespar la aurora / pero está bien, no siempre decidimos / el color de cada uno de nuestros abismos, papá./ Enmascarados, / volveremos a ser feroces.

 https://www.youtube.com/watch?v=xPZ8k7u55vM

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