El Lado B: Sobre “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood

Por Viviana García Arribas

 

“Pero viendo Raquel que ella no daba hijos a Jacob, tuvo celos de su hermana, y dijo a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero./ Entonces se encendió la ira de Jacob contra Raquel, y dijo: ¿Estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto de tu vientre?/ Y ella dijo: Aquí está mi sierva Bilha; llégate a ella para que dé a luz sobre mis rodillas, para que por medio de ella yo también tenga hijos.”

(GÉNESIS 30: 1-3)

 

LA VIDA EN UN RITUAL

Judith y su doncella - Artemisia Gentileschi
Judith y su doncella – Artemisia Gentileschi

“−Bendito sea el fruto −me dice, con el saludo aceptado entre nosotras.

−El Señor permita que madure –recito la respuesta aceptada.”(*)

Un mundo de rituales impera en la dictadura teocrática de Gilead. Fundada en el territorio actual de los Estados Unidos de Norteamérica -en un futuro que se presiente cercano-, la República de Gilead encarna un régimen autoritario donde las mujeres son sometidas a roles estrictamente definidos. La procreación ha pasado a ocupar un lugar prioritario y todo el entramado social tiende a procurar el nacimiento de un niño dentro de las familias acomodadas: ¿Así vivíamos entonces? Pero llevábamos una vida normal. Como casi todo el mundo, la mayor parte del tiempo. Todo lo que ocurre es normal. Incluso lo de ahora es normal.” (*) Esa normalidad  involucra a la protagonista y narradora, una mujer despojada hasta de su nombre. Gilead es, así, una sociedad de castas. Están las Esposas -cuya vestimenta es siempre azul-, son mujeres casadas y no pueden gestar un hijo. Cubiertas de rojo, de pies a cabeza, las Criadas deberán engendrar los niños que, al nacer, serán entregados a las esposas. Por su parte, las Marthas -siempre de verde- se dedican exclusivamente a las labores del hogar. Esta división tiene semejanza, aunque no correspondencia, con la organización de los hombres: divididos en Esposos, Guardianes, Ángeles y Ojos, cumplen roles de fecundación y vigilancia. Todo con el objetivo del crecimiento o, al menos, la conservación de la humanidad. Esta estructura toma el estereotipo, aún vigente, hombre proveedor – mujer reproductora y lo lleva hasta el límite.

 

PLANO DETALLE

Las vestales veladas - Raffaelle Monti
Las vestales veladas – Raffaelle Monti

El asesinato del presidente de los EEUU dispara  esta novela distópica. En ella, Margaret Atwood imagina  una dictadura con un régimen de vida estricto, en el que no caben la sensualidad ni la desobediencia. Todo está controlado por una milicia llamada “Ojos”. En algún punto de contacto  con la novela “1984” (George Orwell – 1949), [1] la autora elige para “El cuento de la Criada” un tono íntimo, de extrema cercanía. El relato en primera persona oscila entre presente y pasado de la protagonista, con rumbo hacia un fin inexorable. La casa, la calle, las compras, los hábitos son presentados con lujo de detalles, como quien quiere dejar testimonio de un lugar y de una época. La noche propicia el recuerdo. Es entonces cuando la Criada se dedica a rescatar otro tiempo, en pareja y con una hija, personajes a quienes conoceremos a lo largo de numerosos flashbacks. Sobre el final, su testimonio es hallado por científicos del futuro. En sus manos, el relato toma distancia, se vuelve un objeto de estudio, una descripción de un determinado universo que ya no es. De ese modo, le quita su tono íntimo y lo aleja de lo personal.

Sumision - Sandra García Ruiz
Sumision – Sandra García Ruiz

En este sentido, primer plano y plano general sirven para reflejar la tensión entre lo particular y lo universal. Esta escena final, con los científicos y su análisis despojado de toda intimidad, pone de manifiesto la trampa del concepto universal. Así, “el hambre”, “la locura”, “la soledad” no permiten pensar a ningún hambriento, a ningún loco, a ningún solo. Por ejemplo, las imágenes de la guerra, cuando son transmitidas por la televisión -esa gran creadora de universales-  obturan la capacidad de imaginar la vida de cada una de las personas involucradas. El problema en Gilead excede al lenguaje, se ha -por decirlo de algún modo- neurotizado en extremo, se ha hecho carne. En la igualación de los colores, los roles y las conductas, se ha llevado el concepto universal al límite. La narradora, en forma magistral, utiliza todos los recursos a su alcance: filosofía, cine, organización social y narración le sirven para elaborar una historia compleja y en innumerables capas, a través de las cuales es posible efectuar las lecturas más profundas.

 

ANULA LAS DIFERENCIAS Y REINARÁS

El cuento de la criada-Ilustracion Anna y Elena Balbusso
El cuento de la criada-Ilustracion Anna y Elena Balbusso

“Sin embargo, en aquel momento lo recordé. Lo que había en ellas [las revistas de modas] era una promesa. Comerciaban con la transformación; sugerían una interminable serie de posibilidades (…)”(*).  Suprimir las expectativas a partir de la semejanza. Tal vez esta sea la idea más poderosa de la novela. Imaginar un mundo de uniformes, organizado por colores, azul para unas, rojo para otras, negro para aquellos. Llevar la sociedad a su simplificación máxima a través de una estructura compleja  de obligaciones, rituales y restricciones inamovibles. Y, así, a través de la represión de lo singular revelar la verdadera finalidad de esta sociedad imaginaria: la anulación absoluta de la mujer. Fundamentalmente, de la mujer trabajadora, de la que puede autoabastecerse, de la estudiante. Idea que, convengamos, haría las delicias de más de un hombre actual.

Cabe pensar, a la luz de este “lado B” que exploramos, si la actitud sumisa de las criadas responde solo al temor instaurado por un aparato represivo eficaz -hasta el punto de exhibir los cadáveres de los insumisos-, o hay en estas mujeres algún resquicio, un mínimo espacio, por el que pueda filtrarse su propia aceptación respecto del orden establecido. Tal vez, ese sentimiento de culpa que todas experimentamos alguna vez, la falta que creemos cometer por buscar nuestra propia realización, la premura con la que encaramos la diversidad de tareas que nosotras mismas nos imponemos a diario para tranquilizar al “macho” que nos espera en casa den lugar, en la mente torturada y llena de miedo de la protagonista, a algo muy parecido a la justificación.

 

LA SUBVERSIÓN DEL PERFUME

Sin embargo, un impulso subyace. Una fuerza pugna por aflorar. “El perfume del jardín asciende como el calor emitido por un cuerpo (…)”(*). Es posible prohibir el tacto y la mirada. Se puede hablar en susurros para silenciar la verdad ante el opresor, pero es imposible detener la difuminación del perfume. De todos los sentidos, el del olfato es el único irreprimible y es el elegido por la narradora para introducir la idea de algo que crece, está presente en todas partes, tiene vida y, a pesar de todo, es ignorado por la mayoría de la sociedad. El olor de las flores impregna las noches de la protagonista para acoger sus recuerdos. Le revoluciona la sangre y la baña de sensualidad, en un mundo que ha desplazado totalmente el deseo como motor de la conducta.

Magnolia - George Underwood
Magnolia – George Underwood

Otros olores se cuelan en la vida de la Criada: sudor, levadura, esmalte de uñas, jabón, naftalina, tierra mojada, heces, putrefacción. Oler y evocar estados de ánimo o, aun, provocarlos, recuerda al protagonista de “El Perfume” (Patrick Süskind – 1985), quien peregrina en busca de “la esencia” que le permitirá conseguir un olor propio.

La esencia de la criada permanece oculta, imbricada en los planos de su memoria, encubierta, a la espera de un cambio. Mientras tanto, sobrevuela a lo largo del relato y satura el perfume de las flores.

 

LA ETERNA TRAMPA DEL AMOR

La estructura -en apariencia inamovible- de la sociedad gileadiana comienza a resquebrajarse. Los encuentros furtivos en el estudio del Esposo son seguidos de una escapada al prostíbulo. La noche sirve para ocultar las conductas indeseables de una sociedad enferma. En forma paralela, la Criada se contacta con los rebeldes y sueña con liberarse.

Con el correr de los días, se inicia una relación amorosa entre la protagonista y un personaje hasta entonces secundario, Nick. Este vínculo, puramente físico, agota el deseo de libertad de la criada. “La cuestión es que ya no quiero irme, ni escapar, ni atravesar la frontera hacia la libertad. Quiero quedarme aquí, con Nick, donde pueda estar con él.”(*) El hombre vuelve a ser -nunca ha dejado de serlo- el factor de anulación del deseo de libertad de la mujer.

Sin embargo, esta mujer escribe. Esta mujer despojada de un nombre, separada de su pareja y de su hijo, obligada a habitar un hogar extraño, a vestir como se lo ordenan, escribe. Lo hace a pesar de la anulación de toda conducta que pueda diferenciarla del resto, en contra del encierro, del deseo de morir y terminar con todo. Lo hace también para que su singularidad perdure. Su ilusión es que esta verdad salga a la luz. Su deseo: poder agrietar el muro que la separa del mundo. Y, de hecho, lo hace. Hoy podemos leerla. Es más, debemos continuar con su escritura. Para que nadie se atreva a perseguir a la más condenada entre todas las mujeres: la deseante.

Escritura de la mujer - Pablo Picasso
Escritura de la mujer – Pablo Picasso

 

[1] https://vimeo.com/153223117

(*) El Cuento de la Criada, Margaret Atwood,

 

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