El Lado B: Acerca de atreverse a perder

Por Víctor Dupont

CARA O CECA

Hay varias formas de comenzar esta historia. Por ejemplo: de pie, ante una fuente donde arrojemos una moneda para pedir deseos. O en el misterioso fondo de una alcancía donde se acumulan los centavos. También, podríamos recordar el 2006 o el 2007, años de carestía de monedas en Buenos Aires: en los bancos, colas y colas para pedir cambio. En los quioscos, se nos miraba mal si no pagábamos justo. En el extremo de dicha “crisis”, algunos comerciantes llegaron a vender las mismas monedas a la par de alfajores o galletitas. Se llegó a asociar una mafia al asunto. Los medios -siempre tan amables con los extranjeros- sugerían una acción perversa de los chinos de los supermercados.

Pero otra forma de comenzar esta nota sería, simplemente, tirar una moneda al aire para corroborar si fue cara o ceca. ¿Cara o ceca? A ver. Tiraría a la cuenta de tres. Uno… Dos… No. Mejor, una pregunta: ¿cuál es el lado A y cuál el lado B de una moneda? Ese podría ser un modo mejor de contar esta historia, con un interrogante sobre la relación entre ambos lados. Pero no sé. Quizá este asunto de las zonas lleve a pensar, “por default”, en el vínculo entre moneda y dinero.

Mejor arranco dándole vueltas a las palabras, ya que la cosa no es tan simple.

NO TE JUNO

“Dinero” proviene de denario. El denario era la moneda romana asociada a la diosa de la fertilidad: Juno. En su templo se acuñaban las “monetas”. Aunque esta palabra confunde. Otro murmullo se oye y otro panteón. Sopla en la voz “moneta” la célebre Mnsemosyne, diosa griega de la memoria, la madre de las siete musas. También sopla la música, el museo y la inesperada relación entre memoria, moneda y arte. Sobrevuelan lo sagrado y lo político en la historia invisible de estas palabras.

Si damos un salto de lo abstracto a la concreto en este asunto, tenemos una danza distinta. Las primeras monedas conocidas son de la zona de Lidia y datan del siglo VII A.C. A partir de ese momento, en líneas muy generales y poco a poco, se monetiza la economía .Ya, en el siglo XVIII, empieza a circular el papel moneda, respaldado por el oro en una relación igualitaria: X moneda vale X oro. Ese fue el patrón “controlado” por el Estado hasta la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, desde tiempo atrás, la mayoría del dinero circulante era fiduciario porque no representaba parte del valor material del oro. A raíz del crack financiero de 1929, esa equivalencia con el estándar del oro perdió fuerza y el valor fiduciario del dólar levantó vuelo. El paralelismo se rompió en 1971, cuando el dólar ya no tuvo ningún respaldo. Desde ese entonces, el dinero sólo representó deuda: su valor ya no fue presente, sólo futuro.

Esta ambigüedad entre presente y futuro está en la naturaleza misma del dinero. Es, en sí, mercancía dual. Equivalente general y medida de los valores, desde donde las demás mercancías se comparan y se realizan. Por otro lado, el dinero naufraga en el cuantioso planeta material de las otras mercancías, como los zapatos, los vasos o los marcos.

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MARX: DOS CARAS DE LA MISMA

Así como hay dos lados de la moneda o del dinero, también suele estudiarse la obra de Marx en dos grandes períodos. Los textos del “joven Marx”, desde 1844 (“La sagrada familia” o “Manuscritos económicos-filosóficos”) hasta la redacción del “Manifiesto comunista”, en 1848. Después, tenemos al “Marx maduro”, el de “Contribución a la crítica de la economía política” (1859).Y, fundamentalmente, acá encontramos su obra magna, “El capital” (1867).

Marx ha planteado dos posiciones con respecto al dinero. En el caso de “El capital”, el dinero es un tipo especial de mercancía y lo estudia en tanto relación social entre productores, consumidores y poseedores. Pero se puede empezar por el primer Marx, el de los “Manuscritos económico-filosóficos”, y rescatar algunas virulentas tesis.

En el tercer manuscrito, en el apartado dedicado al tema, Marx recurre a la literatura de ficción. Así, cita a Goethe: “¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies, / y cabeza y trasero son tuyos! / Pero todo esto que yo tranquilamente gozo, / ¿es por eso memos mío? / Si puedo pagar seis potros, / ¿no son sus fuerzas mías? / Los conduzco y soy todo un señor, / como si tuviese veinticuatro patas.”

Tras los versos del poeta alemán, muy cerquita, toma la posta Shakespeare: “¡Oh, tú, dulce regicida, amable agente de divorcio entre el hijo y el padre! ¡Brillante corruptor del más puro lecho de himeneo! ¡Marte valiente! ¡Galán siempre joven, fresco, amado y delicado, cuyo esplendor funde la nieve sagrada que descansa sobre el seno de Diana! Dios visible que sueldas juntas las cosas de la Naturaleza absolutamente contrarias y las obligas a que se abracen (…)” 

Veamos. En estos dos casos, si el dinero es el vínculo con el cual me ligo a la vida humana, a la sociedad, a la naturaleza y al hombre en general, ¿no será el vínculo de todos los vínculos? Escribe Marx: “Es la verdadera moneda divisoria, así como el verdadero medio de unión, la fuerza galvanoquímica de la sociedad.”

En el caso del texto de Shakespeare, Marx dice que el dinero es la divinidad visible, la transmutación de todas las propiedades humanas y naturales en su contrario. Esta deidad iguala las imposibilidades. Por otra parte, es la “puta universal”, el universal alcahuete de los hombres y de los pueblos. Así, se invierten y confunden todas las cualidades, pero de forma extrañada y enajenada. Marx pone unos ejemplos cómicos: si quiero un manjar -dice- o tomar la posta, pero no soy fuerte para hacer el camino a pie, el dinero me procura manjar y posta. Si soy feo, el dinero puede darme a la mujer más hermosa. Si soy débil y estúpido, puede hacerme fuerte e inteligente. El cobarde -gracias a la acción de esa puta universal- es capaz de devenir valiente. El poder del dinero hace mágicas inversiones: transmuta la fidelidad en infidelidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio, el vicio en virtud, el siervo en señor, el señor en siervo, la estupidez en entendimiento, el entendimiento en estupidez.

Así, concluye Marx: “Como el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia todas las cosas, es (…), el mundo invertido, la confusión y el trueque de todas las cualidades naturales y humanas.”

MEMORIAS DE UNA TARDE EN CARESTÍA

Una de las formas que había imaginado para comenzar esta historia era el recuerdo de aquella falta de monedas en el 2006. Me tocó muy de cerca: por entonces trabajaba con encuestas prelaborales. Viajaba por el gran Buenos Aires, iba a casas de operarios, a quienes debía hacerle algunas preguntas estúpidas, describir sus viviendas, dar una opinión personal sobre el barrio y otras yerbas. Por aquel tiempo padecí en primera persona la odisea de quien necesitaba el vil metal para viajar, dada la inexistencia de la tarjeta Sube. El rito se cumplía cada mañana con búsquedas por quioscos, disimulo ante la cara amenazante de quienes debían darme unas papas fritas y la esperada moneda. A veces, ante los fracasos repetidos, rogaba clemencia a cualquier transeúnte “che, ¿tenés cambio?”. Una tarde tenía que subir a la General Paz para ir a Tigre, y ya compilaba dos horas de fracasos sin conseguir una mísera moneda. Mi día de trabajo estaba perdido. Entonces, se me ocurrió preguntar a la gente de la zona por el asunto y tomar nota. Recuerdo algunas hipótesis:

  1. Tal como la tele lo sugería, había una mafia china que operaba en la sombra de los supermercados.
  2. La misma mafia había introducido una cantidad considerable de monedas falsas. Eso alentaba circulaciones paralelas y tráficos insospechados. Algunas veces, se llegaba hasta crímenes.
  3. Algunos vecinos asociaban hechos de inseguridad a la acción secreta de estos grupos. El pedido de más y más policía tomaba gruesas dimensiones.
  4. Otra hipótesis: los vendedores ambulantes eran los responsables. Aliados con rateros de poca monta, se alzaban con el monopolio de las monedas y así iba la cosa.
  5. Deductivos, otros ciudadanos vincularon toda la información dispersa: una red de chinos mafiosos acaparó monedas falsas, pagó a vendedores ambulantes para la distribución. A la vez, la sociedad de estos últimos con rateros proveía de más capital circulante al negocio.

Las estigmatizaciones funcionan, así, en los círculos concéntricos de la paranoia.

Al atardecer de aquel día encontré un pequeño cúmulo de personas alrededor de una mesa, en una esquina. Tres cubiletes, una carta y un prestidigitador: un clásico. La gente apostaba para adivinar dónde se escondía la carta. El fraude estaba demasiado a la vista. Sin embargo, se me ocurrió imaginar que un tipo guardaba un manojo de monedas falsas, apostaba, perdía y pagaba con ellas.

 AL REVÉS: LA B DE BATAILLE

Otra forma de empezar esta historia es poner de cabeza algunos lugares comunes de la economía. Los manuales hablan de la escasez. La escasez: recursos finitos, deseos infinitos. La escasez: el planeta es pobre. Por eso mismo, necesitamos de un método de producción. La pobreza: una fatalidad que debemos abordar. Sin embargo, fue Georges Bataille quien, en su texto “La parte maldita”, cuestionó estos lugares comunes. Allí leemos: la actividad humana no puede reducirse a producir y conservar, por un lado, y a consumir, por otro. Más allá de las distintas escuelas del pensamiento económico, parece existir un sentido común alrededor de estos tópicos y una antropología próxima que, en algunos casos, llega hasta el dislate de calificar como racionales todas las decisiones económicas de todos los hombres (Teoría de la elección racional). Bataille afirma: lo que podríamos llamar el lado A de la actividad económica es la actividad productiva. Pero esta no es concebible sin los llamados gastos improductivos: el lujo, los duelos, las guerras, los espectáculos, los juegos, la actividad sexual perversa. El lado B. Entonces, Bataille sugiere: es necesario reservar el nombre de gasto para lo improductivo. Lo improductivo excluye cualquier modo de consumición (y, por lo tanto, de producción). Lo improductivo pone acento en la pérdida. Mira al hombre como a un ser que ama perder, derrochar, desprender. Dar. Derramar. El placer de hacer estallar las acumulaciones, como el acto improductivo de largar semen por mero goce u obscenidad. Tal cual hacen los chicos con sus excrementos o con su pis. Viven esa pérdida con placer. Ya Freud vinculó el posible origen de la manipulación del fuego con una represión aparentemente fútil, pero dolorosa: los hombres primitivos, en algún momento, debieron contener el impulso irresistible de apagar el fuego con su meo. El control es el primer paso para el dominio.

Este principio de pérdida, de gasto incondicional, tiene ejemplos paradigmáticos:

1) En el lujo. No meras joyas, sino y sobre todo, sacrificio de otra cosa, de una fortuna por caso. En el gasto improductivo, pérdida es equivalente a valor.

2) En la religión. Los cultos exigen el sacrificio,  pérdida, renuncia, dar (recordemos la palabra don)

3) En el deporte. Gasto de energía. Peligro de muerte. Apuestas. Formas de pérdida.

4) En el arte. En este caso, las producciones artísticas pueden ser divididas en dos grandes categorías: los gastos materiales (arquitectura, la música y la danza) y los gastos simbólicos (literatura y el teatro).

De este último punto, podemos decir que los economistas clásicos no fueron ingenuos. Siempre lo supieron: el arte es inútil e improductivo. En “La riqueza de las naciones”, encontramos descripciones muy interesantes de lo que Smith llama “trabajo improductivo”: “En la misma clase se deben incluir tanto algunas de las profesiones más serias e importantes, así como también las más frívolas: clérigos, abogados, físicos, hombres de letras de todo tipo; jugadores, bufones, músicos, cantantes de ópera, etcétera. El trabajo de los más humildes tiene cierto valor, regulado por los mismos principios que regulan el de cualquier trabajo; y el de los más nobles y más útiles, no produce nada que pueda procurar una cantidad igual de trabajo. Como la declamación del autor, la arenga del orador, o la melodía de un músico, el trabajo de todos ellos perece en el instante mismo de su producción”.

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EL HAMBRE

Así que, de arrojar la moneda por cara o ceca, o de pensar en la relación del dinero y la moneda, hasta lo improductivo de jugar con la orina o crear una melodía, esta historia puede ponerse más seria ahora. En el texto de Bataille se habla de una desmesura, de un exceso, de una prodigalidad en la naturaleza. Así, en los microorganismos más simples hasta en los organismos más complejos, en las plantas. Desde esta perspectiva, el problema, más que la escasez, podría ser la abundancia.

¿Y el hambre, entonces? ¿Y la pobreza?

En el libro “El hambre”, Caparrós escribe: “Cada menos de cuatro segundos, una persona se muere de hambre (…) Esto es: 17 cada minuto. Cada día 25 mil. Más de 9 millones por año.” Hoy, la realidad del hambre es un escándalo mayor que nunca. “El mundo produce más comida que la que necesitan sus habitantes; todos sabemos quiénes no tienen suficiente”. El hambre hoy “es más brutal, más horrible que hace cien o mil años. O, por lo menos, mucho más elocuente de lo que somos”. (…) “Estados Unidos gasta 1.760 millones de dólares diarios en sus fuerzas armadas. Ese dinero alcanza y sobra para darle cada día a cada uno de los 800 millones de hambrientos del mundo los dos dólares que necesitan para comer, para que nadie más se quede sin comida.” 

El hambre produce que el organismo se coma a sí mismo. En un mundo de 7000 millones de personas, se producen alimentos para 12000 millones. Al dar vuelta el paradigma de la economía, podemos pensar que la producción de riqueza, hoy, es abundante y hasta onerosa. Que, más que en un “mundo pobre”, vivimos en un mundo pletórico. El razonamiento no resulta difícil: La concentración, la acumulación de esa riqueza produce, alienta y crea pobreza. Y en la pobreza se alimenta, crece el hambre. Así como algunas mercancías -balas, estacas, guillotinas- matan, el hambre hace lo propio. Con la celeridad y la eficacia de lo invisible. La insistencia en la cifra (800 millones de hambrientos, más de 9 millones muertos al año) señala aquello a lo que no damos crédito, a pesar de ser evidentísimo.

LOCOS POR PERDER

Bataille analiza la ceremonia del Potlach, practicada por los pueblos originarios de la costa del Pacífico en el noroeste de Norteamérica, en Estados Unidos y en la provincia de Columbia Británica de Canadá. El Potlatch estuvo vigente hasta el siglo pasado. Tomaba la forma de un festín ceremonial. Se usaba carne de foca o salmón. Las relaciones jerárquicas entre los grupos eran reforzadas a través de intercambios de regalos y otras ceremonias. El anfitrión pretendía demostrar su riqueza en el regalo de sus posesiones. Dar y regalar: sinónimos de prestigio. A partir del siglo XIX, los pueblos practicantes del Potlatch empezaron a comerciar con los europeos. Al principio, aumentaron su riqueza. Las competencias de prestigio crecieron: un pueblo, el de los kwakiult, empezó no sólo a dar mantas o piezas de cobre, llegó hasta destruirlas. Y muchos anfitriones decidían quemar sus casas. La cosa alcanzó hasta guerras, en torno a quiénes se atrevían a perder más. Puro derroche para prestigio puro. Pero, también, otro modelo de distribución de la producción. Un modelo donde queda fuera toda lógica de ganancia. Los potlatch daban alimento y riquezas a otras comunidades. Y ello suponía un pacto de solidaridad: ante un mal año económico, los potlatch aceptaban donaciones a pesar de perder algo de su prestigio. Esta práctica llegó a unir a los grupos locales a lo largo de la costa noroeste del Pacífico, en una sólida red de intercambio.

El Potlatch fue prohibido por el gobierno canadiense en 1885. Esto duró hasta 1951. Para ese entonces, las poblaciones que hacían esta ceremonia estaban prácticamente desaparecidas.

LADO B DEL DINERO

Esta parte de la historia es, quizá, la más misteriosa. De la mano de Marx, vamos a ver cómo el dinero, a la vez que se hace invisible, gana más y más poder. En “El capital”, al analizarse el trueque directo de mercancías, se descubre el dinero en forma germinal. Supongamos que se intercambian dos kilos de trigo por un metro de seda. Si preguntáramos cuánto cuestan los dos kilos de trigo, responderíamos que un metro de seda. Ninguna mercancía puede expresar su valor en sí misma. Necesita de otra mercancía para poderlo hacer. En la lógica del trueque, cualquier mercancía servía de equivalente, pues todo el mundo utilizaba su propia mercancía como medio de cambio y las otras, como equivalentes particulares de la suya. En este estadio todavía no funcionaba el dinero -el equivalente general- sino infinidad de equivalentes particulares, tantos como mercancías hubiera en el mercado. Hasta que llegó el momento en que todos los mercaderes expresaban el valor de sus mercancías en una y la misma mercancía. Esta mercancía excluida -donde todas expresaban su valor- se convirtió, ya lo sabemos, en dinero.

El dinero es -repitámoslo- el equivalente general, el espejo donde todas las mercancías se miran.

Hay un proceso a partir del cual se llega a eso. A través de él, Marx nos muestra que el dinero es la forma acabada del valor. Aquí estamos en un punto central. Del dinero, entonces, podemos llegar al valor. Y, desde el valor, alcanzamos a la sustancia del valor el trabajo humano, la fuerza de trabajo humana. Y eso es lo que habría que ver en el dinero mercancía o en el dinero papel; ahí está, invisible, el trabajo.

Lo que aporta valor a una mercancía no son sus cualidades misteriosas o su brillo intrínseco.

Lo que late detrás de ese misterio no es sino lo que nuestro presidente neoliberal llama “un costo más”.

Veamos un ejemplo. La lluvia. La lluvia es un valor de uso (utilidad), pero carece de valor. ¿Y por qué? Porque no es obra del trabajo humano. Así que una cosa puede ser valor de uso sin ser valor. Resumamos la posición de Marx: en el dinero debemos ver la forma acabada del valor. Y, en el valor, su sustancia: el trabajo. El lado B del dinero acá está.

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EL DINERO FANTASMA

“El Marx maduro” plantea que el dinero tiene dos formas de moverse. La primera, como medio para la circulación de las mercancías. La segunda, su faz fantasmal: como capital. Y representa estas dos formas de circular el dinero mediante las dos siguientes fórmulas: M-D-M (Mercancía-Dinero-Mercancía) y D-M-D’ (Dinero-Mercancía-Dinero + incremento de Dinero). De la fórmula M-D-M participa todo el mundo, y los trabajadores lo hacen con exclusividad.

Veamos la circulación del dinero como capital. El punto de partida y de llegada es el dinero. Se trata del capitalista que, con dinero, compra mercancías y después las vende para obtener más dinero. (Avatares de la mercancía: la mercancía se transforma en dinero y, al volverse a convertir en mercancía, se convierte en capital.)

El fin último del capitalista es obtener más dinero del que invirtió. Y no hay capitalista que no busque dinero por medio del dinero.

Así de simple: Los capitalistas (ceos, criaturas de la clase dominante, etc.) buscan el dinero por sí mismo y quieren multiplicarlo de modo ininterrumpido.

La historia de la moneda también describe vaivenes similares: del oro a la misma moneda, de la moneda al billete y el último salto, las acciones. El acto fantasma del dinero, su desaparición última. Marx lo llama “capital ficticio” y puede ser una forma de anticipación del actual capitalismo que reina, el capitalismo financiero (el cual desplazó hace un buen tiempo al capitalismo industrial). El capital ficticio designa aquellos activos financieros cuyo valor no se corresponde con algún capital real. El caso más conocido son los títulos públicos. Cuando un gobierno emite títulos para cubrir sus gastos corrientes, el dinero que recoge no entra en algún circuito de valorización. Por eso Marx destaca que el precio del título no representa capital. Un pagaré o un bono del Estado solo dan a su propietario el derecho a participar de una parte de la plusvalía, bajo la forma de los impuestos que recaude el gobierno (piénsese en deudas externas, ayudas financieras internacionales, etc.).

El dinero, en el mundo financiero, es un fantasma.

Y ese fantasma recorre nuestros días con una noticia: las redes de este sistema nos atrapan en las zonas más invisibles, pero a la vista de todos.

CECA: LA BATALLA DE LOS PERDEDORES

¿Y qué pasa con quienes no quieren reproducir el dinero? ¿Y qué pasa con los que tampoco pretenden cifrar su vida vendiendo su fuerza de trabajo? ¿Y los que no quieren tener acciones? ¿Cómo? ¿Acaso escribí sobre el Potlacht porque sueño con un “retorno” a algo más “primitivo”? ¿Esta nota profesa una especie de nostalgia por sistemas de intercambio precapitalistas? ¿Soy, digamos, una suerte de Rousseau -pero más ingenuo y nada genial- en estos temas?

No sé si seré claro con mi respuesta: la moneda cayó y salió ceca. Me tocó perder. Y con eso no me refiero a que soy un excluido ni un desclasado. Simplemente me tocó perder. Por eso, todas estas preguntas quizá las pueda responder alrededor del asunto de los perdedores.

Hay un perdedor que sí podría, sin ingenuidad, reivindicar.

Hay un perdedor que ha quedado fuera del primer plano, lejos del esplendor de la pantalla. Es un hombre sin glamour. Un tipo que no ha sabido hacer las apuestas adecuadas o que se ha encontrado con competidores más eficaces. Este perdedor desestima la idea de eficacia. Y, en muchos casos, es también un híbrido: desprecia las luminarias de la fama. Este perdedor ha ganado, en una extraña paradoja, la zona del lado B.

Ahora, hay una “ceca” mucho peor: Existe un tipo más de perdedor, tal vez el más infame. El hombre que pretende reinar lados. Del lado A, se reserva la gloria. Del lado B, su adición por el barro. Este perdedor falso, este ser de cornisa, no está en ninguna parte. Porque no se atreve a perder. El Potlach le ilumina los ojos, como quien se impresiona ante la libertad de ciertos “primitivos”. Y la acumulación de dinero le despierta tanto un rinconcito de pudor como un hambre de ambición que no puede disimular.

Bien. La cosa, para terminar acá, es muy simple. Se trata de tirar una vez más la moneda. Y animarse a perder. Pero a perder en serio. A perder de verdad.

Y, si no te la bancás, fumate una seca y dejate de joder.

 

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