El olvido: EL CAMINO AL SILENCIO

Por Diego Soria

EL QUIJOTE CANTOR

Ante la imposibilidad de los medios al tratar de describirlo -o de entenderlo- Atahualpa Yupanqui sonreía y se presentaba así:

“Soy un cantor de artes olvidadas que camina por el mundo para que nadie olvide lo que es inolvidable: la poesía y la música tradicional de Argentina”

Él se refería de ese modo a su arte y a su persona, una especie de Quijote de los tiempos.  Pero vamos con un poco de sus orígenes. Es un dato aceptado por todas las biografías que nació en la localidad de Pergamino, aunque realmente Don Ata nació en Campo de la Cruz, una localidad cercana a Pergamino. Llovía ese día y las calles eran un barrial imposible de transitar. Luego de unos soles y noches, lo anotaron en el registro civil de Pergamino, únicamente porque los caminos hacia allí se podían circular con menos riesgo que el trecho hacia Colón, la otra localidad cercana. El papá de Don Ata, mestizo de origen santiagueño, era empleado del ferrocarril. Y su madre, criolla de padres vascos.

Ruinas de la casa natal de Atahualpa Yupanqui, en Campo de la Cruz, Pergamino
Ruinas de la casa natal de Atahualpa Yupanqui, en Campo de la Cruz, Pergamino

Prontamente, se trasladaron a Junín tras los pasos del padre, enviado a diferentes lugares del país por su trabajo.

Hoy no quedan rastros de aquella casa que dio abrigo a Atahualpa Yupanqui. Sólo persiste el jagüel y, a pocos metros, una tapera de la que dicen era una gran casa de dos plantas. Entre los pocos ladrillos aún en pie, emerge un pequeño bosque. Nadie puede enterarse, pero, dentro de ese bosquecito, está el esqueleto arruinado de una casa. Importante, por el personaje que nació. Y, a la vez, impactante, por haber sido tocada con la mano del olvido. El olvido, ese obrero de oficio tranquilo pero constante quien, a través de transformaciones suaves, se ríe de nuestros apegos a lo “perdurable.”

ABRAZADO AL SILENCIO

Atahualpa creció rodeado de criollos, de la cultura de aquellos hombres que adormecían penas con la guitarra, en el campo. Comprendió y abrazó el silencio,  una cosa seria para aquellos paisanos. Él mismo, en varias oportunidades, se encargó de contar cómo, en esos ámbitos,- a primera vista, de comunión colectiva-, al momento de exorcizar penas, quienes se sabían de más se retiraban y sólo quedaba una ceremonia silenciosa para unos pocos. Don Ata se aquerenció a aquellas costumbres, las de sus hermanos- según él decía, para quienes escribía:

Pero si la copla cuenta
Del paisanaje la historia,
Ande el peón vueltea la noria
De las miserias sufridas,
ésa, se queda prendida
Como abrojo en la memoria!

UN BAÚL LLENO DE LIBROS

Alguna vez Don Ata refirió haber vivido una pobreza rica en libros, payador perseguidopues su padre acarreaba- en cada mudanza de la familia , por su trabajo en el ferrocarril-, un baúl lleno de libros, todos gastados de leerse y del trajín. Siempre, junto a la memoria de quienes no están, para que nadie quede atrás, para ganarle al olvido.

Quiso el destino que, junto a un amigo, Atahualpa recalara en un pueblo al norte de Córdoba. En esos tiempos de artista ambulante, allí- en cerro Colorado- se proyectaban películas sobre una pantalla montada en una rústica camioneta.

MAR A FONDO

El Cerro ya es conocido por sus pinturas rupestres: en sus paredes y aleros hay quinientos y más años retratados en imágenes, que muestran a los antiguos habitantes criar llamas- image5621af8d054f50.89586094animales ya ausentes en el lugar-. También se pueden ver dibujos de cóndores, muy difíciles de avistar hoy en día, e incluso imágenes que muestran al conquistador español a caballo. Las pinturas son más de treinta mil y resisten al olvido. El Cerro entero resiste. Incluso, en algunas partes, se pueden encontrar todavía algunos fósiles de lo que fue antaño el fondo del mar. Cuesta creer que todo ese paisaje alguna vez fuera parte del lecho submarino que, además, es más antiguo que las mismas cordilleras y sus filosas puntas. El cerro, en cambio, fue redondeado por el viento y el tiempo.

RESONAR DE CAJA

A ese lugar llegó don Ata sin buscarlo y para siempre. En una de esas oportunidades en que tocaba por allí, se acercó a un criollo, incapaz de movilizarse por sus medios. Llegó a su casa con su guitarra y pasó la tarde con él. Aquel criollo, agradecido, le preguntó a Yupanqui si le gustaba aquel lugar. Ambos estaban sentados cerca del Cerro de las pintadas. Más allá, un río serpenteaba en la base.

-Sí-, respondió Atahualpa-, claro que sí.

Entonces este criollo le dio a elegir una parte de aquel terreno. Don Ata lo pensó un momento y se quedó con un rincón habitado por algarrobos y talas, muy cerca del río que canta entre las piedras. Atahulapa, sin saberlo todavía, acababa de elegir la caja de resonancia que llevaría su canto al mundo, el rincón donde el olvido y lo eterno se juntan.

 

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YUYOS

Hoy el cerro no tiene más de cuatrocientas almas, es un pueblo pintoresco dentro de un ambiente algo árido. Córdoba propone múltiples paisajes, este es el que más me gusta a mí. Alejado, el pueblo está dentro de una reserva cultural, biodiversa. Es muy chica, sin embargo, está llena de vida y se revela ante quienes tengan la paciencia necesaria.  Mi tierra te están cambiandoAlrededor de toda la reserva se multiplican los campos de soja. No es el único cultivo, pero sí el más popularizado. Ya no se llega al lugar a través de ríos y montes, como antes. Todo se ha aplanado para simplificar la siembra y el vuelo rasante de los aviones cargados de glifosato. El campo no es el campo de las zambas de Don Ata, los peones ya no están. Cayeron en el olvido junto a las formas tradicionales del trabajo. Hoy solo una persona se encarga de andar el campo en 4×4, para luego comunicarle a su patrón, en París, que hace falta una vuelta del fumigador. El avión pasa, se va. Y no sucede nada más hasta el tiempo de la cosecha. Quién sabe si esto es modernismo, el olvido o qué sé yo.

PANZUDOS IMPOSTORES

Los panzudos patrones son los mismos, aunque ya no se juntan alrededor de un fogón, ahora lo hacen en una estación de servicio que- bien vista desde afuera- parece un concesionario de camionetas Toyota. Bajan con sus notebooks y se conectan al WiFi para16427253_10212146975249851_7563708414510686064_n anoticiarse de cómo cotiza la soja. Muchos usan rastra, boina, bombacha, es decir, hacen de gauchos y sus bocas rezan versos sobre panzudos patrones y pobrerío, entre risas y maldiciones. A primera vista, uno piensa en ellos como impostores. Sin embargo, ellos se ven a sí mismos como labriegos.  Mentira o triunfo de un modo de ver el mundo, ¿por qué no?, esto ha terminado por subvertir los sentidos. Quienes mandan son “quienes mandan”, siempre fue así, admiten muchos. Las canciones antiguas que hablaban de orgullo y de lucha se han disuelto en un mar de voces vaciadas de sentido.

REMACHES Y GRANADEROS.

Al escribir estas líneas surge cierta idea intranquila. A priori, ¿es el olvido una fuerza invencible y, en ocasiones, hasta deseable, o no? Al caminar esos campos, alejándome más y más de la civilidad, al adentrarme en profundidad como un cuchillo penetra el pan, me encuentro con vestigios de otros tiempos, cascos de estancia abandonados, algún palenque añejo, restos de un olvido por la mitad que, quizás, resiste como las pinturas del cerro: quinientos años y allí están el, viéndonos pasar, con el pecho inflado y meta exclamar ¡qué barbaridad! ¡Qué viejo, eh! No quiero que esto parezca un alegato en favor del campo y en detrimento de la ciudad. También aquí el olvido se presenta en primera persona y a la vista de todos. Pienso en esos añejos árboles de la Plaza san Martín, donde los granaderos cargaban barranca abajo hacia donde hoy se aprietan los colectivos en la avenida. Pienso en las columnas de metal que sostienen la estación Constitución, enormes remaches de casi dos siglos, inmutables al paso arrogante de quienes pasan al trote.

Río los Tártatagos, rodea la casa de Don Ata, mientras, canta entre las piedras.
Río los Tártatagos, rodea la casa de Don Ata, mientras, canta entre las piedras.

LA GUITARRA NO SE MANCHA

Don Ata no escribía música. Muchas de sus obras no fueron publicadas, sino hasta hace algún tiempo cercano. Incluso, al escuchar sus grabaciones, se pueden apreciar muchas versiones diferentes para un mismo tema. El camino que han seguido algunas obras es increíble. Atahualpa grabó muchos recuperaciones de melodías añejas, de lugares remotos. Por ejemplo, el preludio “Regreso del pastor” es una recopilación de una melodía en flauta, tocada por un pastor en Jujuy, en la soledad y la intimidad de un hombre en las montañas. Quién sabe por qué, un musicólogo andaba por ahí en ese instante y en ese lugar y la recopiló. Tiempo después, Atahualpa Yupanqui la llevó a la guitarra. Y, aunque no es una de sus obras más conocidas, resulta muy apreciada entre guitarristas.

¿Y el olvido?, no lo sé. Aquel pastor no existe más.

Ni el musicólogo.

Ni Atahualpa Yupanqui.

Pero aquella remota melodía continúa para quien lo desee.

LA SECTA DE LO EXÉGETAS

La riqueza de la herencia musical de Atahualpa Yupanqui ha atraído a muchos músicos, quienes se han acercado a ella como les fue posible. Algunos hicieron maravillosos aportes, otros no tanto, pero resulta imperdonable la actitud de aquellos que se creen dueños de un arte, que el mismo Atahualpa se ocupó de liberar en vida.

Destinos del canto, subterfugios inciertos de la historia, tanto sembró Atahualpa, tanto peleó para que el olvido lo alcanzara a él y no a su obra. Sin embargo, el ego de algunos músicos, e incluso la mala fe de  otros, no hace más que socavar su herencia. Al menos, en parte, porque también  muchos, en silencio, resisten en su legado.

El 23 de mayo de 1992 Atahualpa término de actuar en un teatro de Nimes, Francia, caminó hasta el hotel donde se hospedaba y dijo sentirse mal. Aunque le ofrecieron traer un médico, él decidió recostarse a descansar, cerró los ojos y su guitarra entró al silencio con él.

Y el Cerro Colorado volvió a sentir que la eternidad puede durar un rato.

 

 

 

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