El olvido: sobre Mark Twain y el arte de no decir la verdad.
Por Héctor Lontrato

ELLA EN MI CABEZA

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Pensé en ella justamente cuando extravié algunas líneas que, si bien no me habían conformado del todo, eran un punto de partida. Esas pérdidas que duelen a quienes vivimos aferrados a las cosas. No como ella que nada extraña y deja todo atrás con paso arrasador, sin importarle ni el pasado ni el futuro. Su presente es todo lo que cuenta. Humedece la tierra, la acaricia, la conmueve. O la deja seca cuando toma otro rumbo. El agua se filtra, desborda, se mete en las casas, se apropia de objetos y de vidas. Allí estaba cuando me senté a escribir y no sabía acerca de qué. Buscaba en mi cabeza una idea, una sola. Ella se reía de mí, estable en ese vaso de vidrio fino transparente. Sabía que la necesitaba. En algún momento la iba a beber y, a partir de allí, las sucesivas sensaciones y pasajes dependerían solo de su deseo. ¿Y si no tenía sed? También la podía derramar sobre los papeles o sobre el teclado de la computadora. Sin embargo, nada de eso sucedió. Pasó que, en el trayecto de la cocina al escritorio, derramé algo de líquido al piso, no lo vi. Y, cuando me dirigía al baño, resbalé y fui a parar contra el primer estante de la biblioteca para no caer. Ahí estaba ese libro.

TURBULENCIAS Y DESAPEGO

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El agua te deja flotar y te vuelve hacia la morada inicial, a la postura con las rodillas plegadas contra el pecho y el mentón hacia abajo. Y también te ahoga, no te deja pensar con esas corrientes fuertes, ladronas de oxígeno. Corrientes con turbulencias propias de quienes viven sin ataduras. Libres y desapegadas, hacia adelante, sin puentes, en línea recta hacia lo que viene. Ríos de tinta contaminados de ideas hegemónicas, de sentido común. Limpios y puros, con peces pequeños y grandes. Profundos, ocultan y sólo dejan ver lo que está en la superficie. Llenos de espeso barro o navegables como el Mississippi, que Mark Twain recorriera de palmo a palmo a bordo de un vapor fluvial.

EL CONVITE

Un mazacote de muerte y olvido se cierne sobre una vida como la de Samuel Clemens, su nombre verdadero, quien tuvo el suficiente temple para sobrellevar el fallecimiento de una de sus hijas y de su esposa. Pero el dolor lo ataba. En incontables ocasiones, el agua lo invitó a conocer sus entrañas y a ser parte de ese ejército que ya ha conquistado tres partes del planeta. Y él aceptó el convite. A punto de ahogarse, fue rescatado por lo menos tres veces. Muchos se asustaron. Con un supino nivel de escepticismo, su madre solía decir “los que están destinados a morir en la horca no se ahogan en un río”.

SALPICADO DE MISSISSIPPI

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Gyula Kocice.

 

La cabeza Twain, si bien transitó el vértigo del siglo veinte, fue cincelada en el diecinueve, con la marca del horror y la angustia de la guerra de secesión norteamericana. Historias como “Tom Sawyer” y “Huckleberry Finn” lo hicieron famoso y lo humedecieron de un éxito que el quebranto económico supo secar en sus últimos años. A la mitad de su vida, proyectó hacia proa imágenes inocentes y pícaras sobre su escritura. Con el agua escribía y borraba textos, que se escurrían y se manchaban  de sedimentos del Mississippi. Y, en ese ir y venir, la monotonía le arrebató el timón. Remontó su amado río con los ojos llenos de desencanto y perdió su mirada entre el enjambre de ideas que hablaban de progresismo y de las bondades de la edad dorada. No se resignó a escuchar discursos desbordantes de grandezas que empequeñecían frente a las nobles mentiras. “Nación altiva –decía hablando de toda potencia imperialista-, nación que se llama cristiana y que vuelve de sus piraterías en Kiachú y en Manchuria, en el África del Sur y en Filipinas, manchada de fango, cubierta de negruras, henchida de crímenes; con el alma llena de bajezas, el bolsillo repleto de dinero mal habido y la boca desbordante de hipocresías. Dad jabón y ropa limpia a esta gran potencia, pero ocultadle el espejo”.

VIRTUD Y PRINCIPIO

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Twain consolidó su escritura con gotas de sutileza y humor. Pero la savia de su literatura era la estética. Por eso se rebeló ante quienes no se preocupaban del “cómo” al decir las cosas. Su obsesión por las estrategias y las herramientas para presentar verdades acomodadas o puestas sobre el lecho de Procusto lo llevó a escribir “Sobre la decadencia del arte de mentir”: “Comenzaré por afirmar que la costumbre de mentir no ha sufrido interrupción o decadencia. No; la Mentira es eterna como Virtud y Principio. La Mentira como recreo, como consuelo, como refugio en la adversidad; la mentira como Cuarta Gracia, como Décima Musa, como la mejor y la más segura amiga del hombre, es inmoral y no podrá desparecer de la tierra sino cuando desapareciera el círculo.”

LA VERDAD Y LA FE

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Al igual que el agua, la mentira está presente en todas partes y en todo tiempo. Deja su marca en mitos, leyendas, refranes populares, ideologías. Sin menor esfuerzo, puede advertirse su impronta en desgastadas teorías de nuestro mundo contemporáneo. Una de ellas es la de la postverdad, según la cual los grupos de poder y los medios hegemónicos imponen presuntas verdades que no pueden ser comprobadas fácticamente y, así, los argumentos del debate se difunden por ósmosis. No importa si lo que se dice tiene asidero, sino sólo que sectores de la opinión pública estén dispuestos a creerlo. Las conciencias se sumergen de esta manera en las profundidades de una mentira burda, sin metáforas, reducida a frases revestidas con la estética del folletín.

Twain hubiera descargado toda su capacidad retórica sobre esos clichés, bien recibidos por las facilidades que ofrecen, pero que  son puro producto de la pereza intelectual. No tendría la menor consideración con los comunicólogos escudados tras los contratos tácitos con las audiencias (“lo que el público quiere”). Solía maldecir a los improvisados de mirada corta, quienes sólo piensan en ganar elecciones o impedir que representantes de otros grupos de interés los desplacen del poder.  Su faro era el rigor científico y, en esa línea, sostenía que “no hay hombre de inteligencia elevada y de sentimientos rectos que vea las mentiras torpes e inestéticas de nuestra edad sin lamentar en el fondo de su corazón la prostitución de una de las Bellas Artes”.

MENTIR CON JUICIO

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Todo escritor que no era parte de una familia adinerada debía trabajar para vivir. El autor de “El diario de Adan y Eva”, como muchos otros artistas de la pluma de entonces, veían en el periodismo una fuente digna de ingresos, aunque íntimamente lo consideraran un género menor.  Eran tiempos de alfabetización, de folletines, de industrialización y de ampliación de los horizontes de lectura. Twain enarbolaba su rebeldía antisistema contra: los señores, los duques, los soberanos, los millonarios, los clérigos y los hombres de letras bien pensantes. Como periodista, se adaptó a las urgencias y a los recortes de sentido de los diarios que, en el siglo diecinueve, no tenían- obviamente- ni la violencia ni la falta de pudor de nuestros medios contemporáneos. Twain abandonó ese corsé en incontables ocasiones y así dio cuenta de su enorme capacidad creativa. Y, en una de esas excursiones hacia zonas incómodas del pensamiento contracultural, ensayó un planteo de alta densidad sociológica que refiere a la igualdad de oportunidades: “El embustero ignorante e inhábil no tiene armas para luchar contra el embustero instruido y experto. ¿Cómo puedo yo bajar a la arena y medir mis armas con las de un abogado? Este ha cultivado una mentira juiciosa. Ahora bien; esa es la mentira que necesitamos para nuestra perfección moral, intelectual y material. Sería preferible no mentir que mentir con poco juicio. Una mentira torpe, carente de valor científico es, a veces, tan desastrosa como una verdad”.

MAL DE MUCHOS

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La mentira es, para Twain, constitutiva de la especie humana. Su acuosidad se filtra transversalmente entre todos los pliegues de la sociedad de manera solapada, sin límites de edad, clase social o sexo: “todo el mundo miente. Y miente cada día. Y miente muchas veces por hora. Miente despierto. Miente dormido. Cuando soñamos, cuando gozamos, cuando lloramos estamos mintiendo. La lengua no habla, está inmóvil. Pero ¿qué importa? Las manos, los pies, los ojos, la actitud engañan, y lo hacen con un propósito deliberado”.

Sin embargo, observa en la hipocresía un interés altruista, digno de destaque. Noble empresa la de reprimir esos pensamientos que nos gobiernan frente a visitas indeseadas, ante encuentros incordiosos o invitaciones que no supimos rechazar oportunamente. En estos casos, la cortesía transmuta en una variante de la mentira: “La mentira cortés constituye un arte encantador y amable, susceptible de cultivo. La más alta perfección de las buenas maneras está formada por un soberbio edificio que, en vez de piedras talladas, tiene como material un conjunto de mentiras inocentes, graciosamente dispuestas y adornadas con primor”.

Las ideas de Twain, acunadas por la aguas de Mississippi, sacuden toda su potencia en defensa de los embusteros magnánimos que asisten con buenos oficios a quienes padecen la desigualdad de la especie y la tiranía del inevitable destino al que nos condenara Adán: “El hombre que profiere una verdad odiosa, aun para salvar la vida, debería reflexionar que la vida de un ser desagradable no merece los sacrificios que se hacen por ella. El hombre que dice una mentira para ser útil a algún pobre diablo necesitado de ayuda, merece que los ángeles del cielo celebren sus embustes”.

Frente a la torpe y desalineada presentación de una realidad que aturde y se replica estandarizada en todo el mundo, la mentira se preserva en su obligado exilio, con elegancia y distinción. Twain le sacudió en su tiempo el polvo del olvido con el que la enchastraron los adalides de la moral. Hoy nos toca recuperar, para la memoria colectiva, el arte de mentir.

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