El olvido: Sobre el dolor y algunas derrotas…

Por Nicolás Sada

                  “Mientras haya una esquina y a pesar de todo/y  una luna y un tiempo y un bolsillo/mientras haya una mano y una calle/y una boca y un grito/Una ventana/ Mientras estemos”

(Roberto Santoro)

 

ATAJAR CONTRA EL DESTINO

Una danza de sombras se arremolina en silencio detrás de la última valla. Los suspiros entrecortados anuncian el cercano final. Mientras, la penumbra se hace eco entre la tarde que no termina de caer. Las tribunas son testigos mudas de toda coreografía.

La Plata, diciembre de 1977, al “Tano”, a Piovoso, lo cargan “por pelo largo, por estudiante, porque sí”, recuerda su amigo de la infancia, quien estuvo con él en aquel desgraciado momento. Arquero discreto de Gimnasia de La Plata, se conocía su fanatismo por el legendario Hugo Orlando, “El Loco” Gatti. A decir verdad, solo atajó en tres oportunidades y, siempre, después de haber entrado desde el banco de suplentes, como detalle destacado entre las estadísticas. Un dato más para la historia: su destino singular lo hizo entrar a los 75 minutos en reemplazo de su ídolo. Y, entonces, el  2 a 2  parcial con All Boys se convirtió en derrota al poco de su fugaz ingreso. Él no lo sabía, pero ese sería su último intento por defender el arco del Lobo.

Paradojalmente,  había muchos “lobos” sueltos por toda la ciudad de La Plata. Y así fue como la derrota se impregnó adentro y afuera “Del Bosque”. Era Antonio Enrique Piovoso Mengarelli, (así figura El Tano, en el “Nunca Más”; el segundo apellido es de su madre). Un tipo con una historia, con sueños; un tipo que, además, fue arquero de fútbol y hoy continúa desaparecido. La cruel dictadura se lo llevó, una tarde no cualquiera. Y, a las memorias  del fútbol, aquella desgracia pareciera no importale.

(Sentado, de frente a estos recuerdos, no puedo desprenderme de las imágenes alrededor, una tras otra. Imagino el fútbol como otra cosa. Con su propia dinámica de lo impensado, su vocación y constitución de juego. Tomo aire, respiro y se me viene a la memoria; Jorge Carrascosa, “el lobo”, a quien la historia guardó y poco difundió. Con él la historia aplicó “modo silencio”. Fue el capitán de la selección que se negó a jugar el “Mundial” del ´78).

 

LA MANSIÓN DEL INFIERNO

                         “El peligro es imaginario,/pero el miedo es real”     

(Juan José Saer)

 

El puesto era mío. Había esperado mi oportunidad desde hacía meses. Una lesión había obligado al arquero titular a un retiro forzado…”.  Así comienza “Pase libre. Crónica de una fuga.”, escrito en primera persona por Claudio M. Tamburrini. Claudio fue secuestrado en pleno 23 de noviembre de 1977, por un grupo de tareas de la Fuerza Aérea Argentina. Estudiante de filosofía, acusado de revolucionario y de ser partícipe activo del grupo MIR. Se sabe que los comandos no discriminaban si la víctima venía con o sin inquietudes académicas. De hecho, ese tipo de inquietud podía funcionar como un agravante para su saña.  Por eso, Tamburrini fue sometido a todo tipo de vejámenes, palizas y torturas. Estuvo cautivo durante cuatro meses en un viejo caserón de la zona Oeste del Gran Buenos Aires. Resistió aquellos insoportables días de finales del ‘77 y principios del ’78, con el dolor entre los dientes, con el ardor en el pecho, con los ojos enrojecidos de llanto. La violencia estaba desatada, eran bestias que echaban sangre por la boca, ensañados con la debilidad de los prisioneros. Desplegaban una fuerza anclada en el centro de una frustración arrogante y brutal. Salvaje. Unidos por la oscuridad de las sombras, por la profundidad única del miedo. “El pánico es más difícil de soportar que el dolor físico…”. Las paredes, testigos silenciosas de tanto alarido sordo, de tanto tormento, eran la única consistencia que indicaba la posibilidad de un mundo real, más allá de la supervivencia en la cual se resumía: aquel aquí y ese ahora.

Después de 120 días de feroz encierro, otro 24 de marzo, pero de 1978 -como otra ironía del propio destino- con la esperanza hecha moretones en la piel y en medio de una noche que explotaba pánico oscuro y lluvia torrencial, Claudio Tamburrini, Gallego, Vasco y Guillermo lograron una fuga cuyo relato hiela la sangre:

“…las hojas de las ventanas abiertas de par en par emanan la claridad potente del cuarto iluminado. Un halo de luz se escapa de la pieza como una herida abierta y, en medio de esa claridad, se ve la sombra negra de las frazadas anudadas que, como testigos mudos de un linchamiento aplazado, penden del balcón, mecidas por el viento.” (Pase Libre. Crónica de una fuga)

La “Mansión Seré” (Atila) quedaría atrás, ya no sería la salvaje dueña de sus vidas. Días después de la fuga, la Mansión será cerrada, dinamitada, quemada. Así se pulverizaron, en parte, las huellas del horror. El resto de los prisioneros fueron trasladados a otros infiernos.

pañuelos del mundo

(Los veo bajar, desnudos temblorosos, descienden por esas  frazadas anudadas de esperanzas y urgencias. Un nudo de esa tela se traba en mi garganta. Respiro con ellos todo ese aire denso que  se extiende desde Morón a Estocolmo, sin escalas. Como un viaje dentro del propio tiempo).

 

LOS GUANTES DEL CORAZÓN

“No quiero negociar con el olvido ni hacerme el distraído”. Se suman de a uno los dedos de cada mano. La imagen se aleja en plano corto. La intensidad no pierde sentido. Unos guantes comienzan a entrar en cuadro, unos guantes que hablan por sí solos. Unos guantes que quieren volar y atajar el olvido para siempre. Esos guantes aparecen enormes y únicos. Atraviesan la historia, son la voz de un olvido que no se negocia. Son la reivindicación pura de la lucha social, del compromiso con los 30.000 detenidos desaparecidos. Tienen un único dueño, pero tejen millones de esperanzas: Nahuel “Patón” Guzmán, rosarino de pura cepa, arquero único de “Selección”. Arquero de la vida, de la resistencia. “Aguanten las Abuelas” y “Aguanten las Madres” como reza la exultación sobre sus propios guantes.

Los guantes envuelven las manos. Las manos escriben abrazan y atajan. Son lenguaje. Estos guantes van atajarlo todo. Cargados de Verdad, Memoria y Justicia. Cada atajada vale por 30.000. Por 30.000 voces en el viento. Por 30.000 sueños truncos. Un torbellino de ilusión, se levanta por las espaldas, el arco se infla, enorme. El arco, destino de alegrías y penas en el mismo momento. Un relato tan probable como nítido, de existencia autónoma. Un valeroso tendido de memoria en tenues hilos de red.

 Guantes del corazón

(Afuera deambulan las hojas de un otoño en la piel. La memoria se arremolina en la esquina de mi cuadra. En las orillas del barrio poblado de sosiego. El eterno rodar de una pelota que se clava en el asombro de los ojos. La lucha, el compromiso siempre vigente. Se vibra. No hay espacio para que el olvido se filtre por entre los dedos de las manos).

 

FÚTBOL, A SOL Y A SOMBRA

“No sé qué cosa queda entre vos y yo/Barrio/pero me da miedo saber que un día pueda/irme/y no haya locos que te canten…”

(Roberto Santoro)

 

Y así es como estas historias se tejen en el silencio oscuro del relato: tres arqueros, tres instancias, tres convergencias. Un prisma traslúcido de manos libres. Aunque la historia del fútbol se desarrolla, también, como un viaje triste de placer. La memoria, sin embargo, no es tan corta como suponen los especuladores. Paradójicamente, el fútbol fue lo único que la dictadura no “prohibió”, aunque sí puso a este entrañable deporte al servicio del terror.

Memoria

(Afuera cae la tarde disfrazada de noche, entre relámpagos el viento se completa sereno. Invita. Adentro, esta nota me atraviesa, la suelto en cada tipeo en cada configuración de palabra, de idea, de forma. Como la necesidad propia de meter ese pase sutil al vacío que exige la propia jugada. Exhalo memorias de heridas que aún no cierran. Entonces, sucede que, no hablar o no escribir es no tener presente. La voz hace que un cuerpo pertenezca al universo de lo actual. De la acción. En cambio, quizás, el silencio es el lenguaje al borde de la eternidad.)

 

ESCUCHEMOS SUS LATIDOS

 

 

 

 HAY UN FUSILADO QUE VIVE: la voz de Tamburrini para El Anartista

¿Qué espacios deja el espectáculo del fútbol para la búsqueda verdad histórica y  las reivindicaciones políticas?

El fútbol y el deporte en general dejan pocos espacios para las reivindicaciones políticas y para la búsqueda de la verdad sobre hechos históricos particularmente traumáticos de un país. Eso depende en gran medida de que el fútbol profesional es un espectáculo comercial. ¿En qué espectáculos profesionales hay espacio para la verdad y las reivindicaciones políticas? Con esto apunto a señalar que lo que sucede en el fútbol no es peor que lo que sucede en otras actividades profesionales. Y a, a mi juicio, se lo acusa injustamente de negar la memoria histórica, mientras que otras áreas profesionales ni siquiera son cuestionadas. En el mundo del fútbol no parece haber actitud de recuperar la memoria política de los países. Debería haberla. Existe, sí, una subordinación imperante del show, como vos la llamás.  En líneas generales, esta subordinación refuerza la tendencia natural de los humanos a querer olvidar (recordar traumas personales o sociales es muy pesado y, sin duda, resulta racional olvidar). Pero no se trata  sólo de una tendencia negativa: reiterar continuamente una reivindicación social, por muy justa que sea, en ocasión de cada evento deportivo es la mejor manera de hastiar a la gente, al punto de que ya ni escuchen. Se trata aquí, como en todas las áreas de la vida, de encontrar el justo balance entre dejar ciertas cosas atrás y reivindicar la memoria de otras.

 Si tuvieras que elegir una  “voz”  para  los que no están ¿cuál sería?

No sería de ninguna manera –quiero enfatizar esto: de ninguna manera– politizar el fútbol. Es decir, ponerlo al servicio de un programa o partido político. Eso significaría restarle autarquía e independencia del poder político al fútbol, que es un fenómeno popular de gran influencia en la gente. Subordinar el fútbol a un proyecto político determinado significaría ponerlo al servicio de un partido o un líder, lo cual equivale a correr el riesgo de ser utilizado políticamente. Lo mismo vale para otros movimientos sociales, como organizaciones de derechos humanos, de familiares de desaparecidos, etc. Es primordial que esas organizaciones, incluido el deporte, conserven su independencia del poder político que, por lógica política, solo beneficiará la causa de un movimiento u otro mientras le favorezca políticamente. En el mismo momento en que deje de hacerlo, el poder político sacrificará el deporte o cualquier otro movimiento social. Concretamente, significa esto que es correcto reivindicar la memoria de los desaparecidos, sobre todo deportistas, en el marco del deporte, pero sin subordinar el deporte al partido político de turno que, en esta coyuntura política, juzgue que le conviene levantar esas banderas.

¿Cuánta oscilación de ambigüedad y certeza se requiere para escribir? ¿Y para fugar?

Para escribir, la ambigüedad –yo llamaría al asunto ”dejar el texto abierto”– es fundamental. Un escritor debe plantear dilemas y cuestiones, pero jamás ofrecer soluciones o respuestas a los mismos. Eso no sería literatura, sino escritos panfletarios. La denominada certeza es, entonces, desde este punto de vista, nada más que la renuncia consciente o inconsciente a continuar reflexionando sobre una determinada cuestión. Personalmente, me coloco en estado de alerta intelectual cuando escucho a alguien decir:”Estoy completamente convencido de que…” Y, por contrapartida, me siento predispuesto a escuchar y a dialogar, cuando alguien abre su expresión de opiniones con frases como ”Posiblemente me equivoque, quisiera en tal caso poder discutir esta cuestión más a fondo, pero de todas maneras opino que…”

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