El olvido: sobre Noya, un pueblo de Galicia.
Por Alicia Lapidus

NOÉ, EN UNA PARADITA, TE FUNDA UN PUEBLO

Noya o Noia es un pequeño pueblo de Galicia que, de tan viejo, ni sabe bien su nombre. Depende de quién lo pronuncie. Se encuentra en la provincia de la Coruña, al pie de las tranquilas aguas del río Tambre y de la ría de Arosa, rodeada por los montes de Barbanza y asentada en un llano. Noia es una de las pocas poblaciones de Galicia que todavía conserva su aspecto antiguo y sus viejas tradiciones.

Es difícil encontrar, entre todas las aldeas y pueblos gallegos, una sin los más diversos mitos típicos del folklore y la cultura popular: desde la terrorífica Santa Compaña- Escudoun alma en pena condenada a vagar por los caminos- o los pálidos Mouros, traviesos duendes que habitan los castros. Pero entre todas las localidades ricas en mitolgía, en Noya es particularmente conocida una leyenda, según la cual se atribuye su fundación al patriarca Noé. El Arca, decían en Noya, recaló en las cumbres del monte Barbanza, el Ararat gallego, uno de los dos o tres olimpos célticos de la comarca de la Costa de la Muerte. Allí sigue enterrada, a la espera de ser descubierta y revelada en su poder. Y está tan profundamente clavada en el corazón de este pueblo, que su escudo nos muestra al Arca.

UNA PAUSA, UNA TAPITA

Llegamos un sábado al mediodía. Un sol radiante hacía resplandecer a las antiguas construcciones. Las calles, desiertas. Era la hora de la siesta. Todos guardados en sus casas y un silencio sólo perturbado por los campanarios de sus cinco iglesias dedicadas a los 8000 habitantes. Pero las Iglesias estaban cerradas. No era horario de misa y hasta los curas se merecen el descanso de la tarde.

Lo que permanecía en actividad era la Tasca Típica. Allí varias personas, mayormente turistas españoles, sentados bajo sus arcos medievales, disfrutaban unas tapas. Fue el momento indicado para degustar al fin un pulpo “a la gallega” con una caña de cerveza.

pulpo

Son estos pueblos dormidos, que nos transportan a su propia historia. No resultaba difícil imaginar el ruido de los cascos de los caballos, en el silencio de la tarde, sobre el adoquinado de la plaza principal. Era imposible dejar de idear caballeros templarios, con sus cotas de malla y su armadura.

HABÍA UNA VEZ UN CUENTO HASTA LA NOCHE

Decidimos volver más entrada la tarde y ver qué pasaba en este pueblo. ¿No habrá nadie? ¿La gente se va a otros lados en los fines de semana? A las cinco de la tarde, la imagen empezaba a cambiar. Los pobladores empezaban a aparecer en grupos de dos, tres o cuatro. Las mujeres conversaban animadamente; los hombres, más callados. Muchos bastones, muchas espaldas encorvadas, muchas arrugas. La mayoría, gente mayor.

Noia 2

La plaza principal es grande y bonita. Por supuesto frente a uno de los edificios más viejos de Noia, la iglesia de San Martiño (Igrexa de San Martiño), construiNoia 3da en 1434. Nos contaron que, en esa plaza y cada tanto, hay un cuentista de historias sobre Galicia y España hasta la una de la mañana. Esos hombres ilustran la manera en que Galicia y muchas otras partes de España mantienen su herencia y cultura.

AMÉN

Salimos de la plaza, hacia la vera del río. En el camino, otra iglesia más pequeña, se preparaba para la misa. En su interior, poco elaborado, había unas cuarenta personas, mientras otras recién entraban. La religiosidad se percibe en el aire del pueblo. El catolicismo impregna todas las actividades, todas las conversaciones.

Noia 4

MARZO EN JUNIO

Dejamos la misa y seguimos hasta un predio al costado del río, adonde nos habían dicho que habría una “Feria de Marzo” (era Junio). No teníamos muchas expectativas. Sin embargo, encontramos La Alameda, una plaza muy bien cuidada, con bares a sus lados. Allí resultaba evidente la “movida” de Noia. Como si el pueblo estuviera dividido. En su centro histórico se veía a la gente vieja y, en la parte aledaña, aparecían las familias. Por fin, niños a pura corrida y saltos. Trepaban a unos bancos de plaza de hierro, que me trajeron recuerdos de mi infancia en Almagro.

Noia 5

En la feria nos recibieron trajes típicos de flamenco que, sobre cuerpos adultos y niños, se  paseaban entre puestos de comida de tapas, jerez y cerveza, mientras un trío tocaba una canción típica desafinada y cruel para los oídos.

Con curiosidad nos sentamos en una de las mesitas frente al escenario. Pedimos la tortilla de rigor y esperamos a ver qué pasaba. Una señora de unos 80 años, bastante acicalada, se sentó cerca de nosotros y, sin saber que éramos extranjeros, dijo: “no tenía ganas de salir de mi casa, pero a estas cosas “ha” que venir, así es la vida”, mientras se apantallaba con el abanico.

A los pocos minutos, ya sin el trío lamentable, comenzó una “Clase de baile flamenco” y los giros de las polleras se amontonaron frente al escenario, en armonía con los clásicos movimientos de las manos. La vecina nuestra seguía el ritmo con las palmas y entusiasmo.

Noia 6

En ese momento comprendí a Noia o Noya. Entonces, pasado y presente se encontraban: la tradición se trasmitía en cada paso de baile enseñado, en cada cante jondo. En lo viejo presente y en el baile de las jóvenes, en el casco histórico y en la “movida” de los bares, en la religión y en lo pagano Noia se resiste al olvido.

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