Abuelo con bisabuelos y con su hermana

El olvido: sobre las personas que no conocí personalmente
Por Milena Penstop

EL NENE SEPIA

A Lothar lo conozco a partir de fotos y anécdotas que escuché de mi mamá. Mi mamá tiene, detrás de su escritorio, un retrato de un nene. Es una foto antigua, color sepia. Si yo no supiera quién es, diría que se trata de una nena, no de un nene. Parece que la moda infantil en Alemania de los años 30 era así.

Mi abuelo Lothar de chiquito
Mi abuelo Lothar de chiquito

Cuando era más chica, para mí Alemania quedaba en otro planeta. De a poco, mamá me fue contando la historia de cómo nuestra familia se escapó de los nazis. Yo me imaginaba a un nene de 10 años, mareado, zarandeado por el barco, sin demasiadas ganas de llegar a Buenos Aires y sin poder volver a la que hasta entonces había sido su casa.

Es difícil armar un abuelo con pedacitos de historia. Pero a mí no me queda otro, porque Lothar se murió antes de mi nacimiento. Igual, mamá y mi abuela Yita me hablaron tanto de él que es como si hubiera estado todo el tiempo, mirándonos desde las fotos dispersas por la casa.

NO QUIERO JUGAR SOLO

Ya el nombre es raro. Suena a algo que vino de otro lado. Me dio mucha risa cuando mamá me contó que, al llegar a Buenos Aires, a mi abuelo quisieron traducirle el nombre y ponerle “Lothario”. Se ve que así traducido sonaba mal hasta en alemán, porque mi bisabuela y mi papá se negaron y ya ganaron la primera batalla de inmigrantes: lograr que los llamaran por su nombre y que les respetaran su idioma de origen. Sé, por lo que me dijo mamá, que Lothar tenía mucha facilidad para aprender un idioma. Cuando ya fue adulto viajó con mi abuela a París. De pronto, Yita lo vio conversar con un francés, bastante fluidamente, y le preguntó: ¿de dónde sabés hablar francés? Lothar se quedó pensativo y dijo: “no sé”. Luego, asoció. En el barco en que él había venido de Alemania, había un solo nene para jugar. Y era francés. Así que, durante esos dos meses, mi abuelo aprendió francés para no jugar solo.

PIEDRITAS MÁGICAS

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Carnicería de mi bisabuelo en Alemania

Otra anécdota muy impresionante es de antes de huir de Alemania. Como mi bisabuelo Gustavo- qué nombre moderno tenía- era carnicero Kasher, le habían intervenido el teléfono para espiarlo. Un día, mi abuela le dijo a una vecina:

-¡Las piedras ya salieron!-

Pasa que el bisabuelo tenía cálculos en el riñón. Pero los nazis creyeron que se trataba de piedras preciosas. Y entonces la Gestapo fue a la casa y se llevaron a mi bisabuela a declarar. Mientras mi bisabuela se iba a declarar con los nazis, mi bisabuelo se escondía en un armario. Bueh, siempre en las familias hay uno más valiente que el otro. La bisabuela ya había comprado pasajes en barco y guardó una plata para ofrecer a la policía nazi, si la detenían. Así que les puso ese dinero sobre la mesa y les dijo:

-Si ustedes no quieren judíos en Alemania, me voy hoy mismo.

Los nazis agarraron la plata. Fue una suerte, porque a muchos ni siquiera eso les sirvió y los mandaron a la muerte.

Gracias a ese momento, mi abuelo pudo subirse al barco llegar a Buenos Aires, conocer a mi abuela y tener a mi mamá y a mi tío. Ahí vengo yo. Podría decirse que me salvé por un pelito.

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