Ultraviolento: en base al libro “Huellas, Voces y trazos de nuestra memoria”, de editorial El Zócalo

Por Héctor Lontrato

 

INFANCIAS ROBADAS

Llegar a una edad en la que sos más grande que tus padres te deja en el último eslabón de la cadena y con la obligación de hacerte cargo de tu historia. Y ahí entrás a rebobinar el ovillo. Tirás y tirás hasta que el gato se hace cargo del hilo y lo destroza suave y prolijamente. De esos jirones, nacen recorridos que tienen a la infancia como punto de partida inevitable. Pero no a la infancia entendida como un momento único y hermoso colmado de felicidad. Porque hay infancias de mierda condenadas al olvido con estricta justicia. Imagino la infancia como un período de germinación, donde importan las pequeñas sensaciones: las voces que te arrullaron, el roce con la barba de papá, las mordidas en la pera de mamá, el pis en la bañera, dormir a upa en cualquier momento. Energía para correr todo el día y el sueño pronto a la hora del cansancio.

La infancia es fantasía en un tiempo y un espacio específico. Son las tortas de barro y pasto que simulan un bife con lechuga. Es el fantasma que mueve cosas de noche en el altillo. En consecuencia, quien le roba la infancia a una persona comete uno de los actos más violentos imaginables Una violencia que arranca, desampara, se apropia de imágenes, borra identidades por decreto y le pone un velo al pasado. La historia de nuestros seres queridos reducida -en muchos casos- a un papel con media docena de datos y una foto carné. Tanto dolor y tanta bronca concentrados ameritarían la invención de un término: nanoviolencia. Toda la violencia concentrada en un pequeño cachito. Atómos de dolor, desesperación, impotencia, furia, injusticia.

Esas historias son las que refleja el libro “Huellas, Voces y trazos de nuestra memoria”, de editorial El Zócalo, un texto en el que cinco hijos de desaparecidos recrean su infancia con amoroso esfuerzo. Con ilustraciones de María Giuffra, estos viscerales relatos desgranan ideas que arremeten a puro sentimiento y preguntas sin respuesta.

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MARTÍN : 4X4

Cuatro por cuatro, fotos en blanco y negro con bordes guillotinados que encuadran irregulares manchones amarillos y deshumanizan los rostros en perfecta sociedad con la desmemoria y el silencio. En esos dieciséis centímetros cuadrados se cuela una mirada ingenua, una entre tantas, la de un niño de tres años despojado de su historia, que anhela abrazos, caricias, cuentos para dormir y tostadas de pan lactal con dulce de leche.

Las dimensiones de infancia tienen otra escala. Martín Elias nos cuenta que cuando chico “la palabra desaparecido” era para él sinónimo de fotos 4×4, imagen cargada de esperanza que transmutaría a partir de la adolescencia, en largos años de bronca contra sus padres por el lugar de privilegio que le dieron a la militancia. Esas sensaciones encontradas darían finalmente paso a la reconciliación: “El contacto piel a piel con mi bebé me generó esa memoria corporal primaria y germinal, mostrándome y recordándome que yo también tuve esos primeros abrazos, ese primer contacto de la piel con mi madre y mi padre; esas horas a su lado, mirándolos, escuchándolos, hablándoles, conviviendo”.

La memoria podría ser entendida como un ovillo del que uno va tirando y, entonces, aparecen partes en perfecto estado y otras deshilachadas o a punto de romperse. La periodista y escritora Marta Dillon cree que “una vida no empieza con el nacimiento ni termina exactamente con la muerte. Hay un deseo previo, hay una historia previa que forma parte de lo que vas a ser”. Martín tardó casi cuatro décadas en tomar contacto con su historia y reconocerse en esa casa con pileta, sentado sobre una de las rodillas de su papá (en la otra, estaba su hermano Santiago). A partir de allí habló con amigos de sus padres, llegó a entender “que no era descabellado pensar en la lucha armada” en el contexto revolucionario de los ’70 y hasta descubrió a una militante que fue su ocasional niñera.

El deseo de cerrar el círculo está siempre presente. Dillon se manifiesta perpleja ante la majestuosidad del esqueleto de su madre y describe “la maravilla de encontrar unos huesos que fueron una pierna, la calavera sobre la que se hizo una toca, huesos que fueron el abrazo”. Martín quiere llenar algún día ese vacío y que llegue el momento de decirle a su hijo Milo: “aquí descansan tus abuelos, dejemos una flor”.

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EUGENIA: EL SILENCIO Y LA CAJITA

Cierra los ojos y recorre sus “Huellas” de una manera diferente. ¿Dónde están? ¿Por qué se los llevaron? ¿Qué hicieron? Desde que tenía dos años y medio y pedía por sus padres, Eugenia Azurmendi no para de hacer preguntas: “Cómo se habrá escuchado ese silencio penetrante en aquel departamento del barrio de Once después de que los milicos entraran a las patadas (…)”.

Se interna en “el silencio profundo” que siguió a la orgía de violencia, de gritos, de muebles volcados, armarios abiertos y ropa desparramada por el piso. Allí estaban ella y su hermano Manuel, de casi nueve meses, abrazados por un enorme desamparo imposible de describir: “¿Dónde se queda un bebé que se despierta de noche sin su mamá ni ningún brazo que lo acune? (…)”.

Eugenia no recuerda nada de lo vivido con sus padres, ni sus caras, ni sus voces. Le contaron que, durante un tiempo, se asustaba mucho cuando escuchaba un timbre y decía: “saltaron por la ventana, saltaron por la ventana”. Todo fue invisible ese día a los ojos de una gran mayoría. La invisibilidad a la que refiere Ralph Ellison, como el resultado de la mirada mental, esa con la que te invisibilizan.

El maravilloso misterio de los cuerpos, la sangre que fluye, los latidos, el continente de vida. Eugenia tomó conciencia a los 27 que ya tenía más años que su mamá. Ahí se inició otra historia, el deseo de ser madre y la gestación de nuevas preguntas para sus padres, entonces convertidos en futuros abuelos. La lucha contra el silencio persiste con pequeños gestos y símbolos, como esa cajita de zapatos talla 25, que atesora con un pañuelo blanco dentro: “Cada vez que se abre, nace un nuevo relato que le gana al silencio”.

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ESTEBAN: EL AMOR A LAS IDEAS

Esteban Lorenzano es un trotamundos, en principio, obligado y luego por elección. El exilio lo llevó primero a México y más tarde a Cuba. Retornó a la Argentina en 1993, pero actualmente vive en Francia. Tiene una mirada escéptica sobre la cuestión de los derechos humanos. Sus palabras suenan fuerte, con una línea argumental anclada en las entrañas de las ideas políticas de los ’70.

Le cuesta relacionarse con la historia de su madre y blinda sus sentimientos en una crónica despojada que abona con recuerdos prestados de su hermano mayor. Esteban tenía cinco años la última vez que vio a su mamá y acusa a la dictadura de robarle esas últimas imágenes: “Tengo un bloqueo mental que me impide acordarme de nada que haya pasado ese día y todos los anteriores”.

Su texto se presenta áspero, con la pretensión de tomar distancia de los hechos. Sin embargo, se deslizan entre los párrafos algunas frases que despegan de lo racional y van al encuentro de los afectos: “Se que la quise porque su idea, ya que no su recuerdo, me reconforta cuando me siento solo”.

Pese a su militancia en HIJOS en los ’90 no le interesa “la recuperación de la memoria en los términos en que se está haciendo”, aunque le concede “el valor reparador para muchos”. Se atreve a decir que no le “mueve un pelo el juicio a los milicos, ni tampoco su condena”. Y redobla la apuesta cuando afirma que se resiste a “aceptar que lo mejor que se puede hacer es este Estado, esta sociedad, este cementerio”.

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FELIPE: EL VIAJE

No resulta difícil imaginar a un niño quien, totalmente convencido, le explica a un compañerito de escuela por qué sus padres no lo vienen a buscar a la salida, por qué no están en los actos, por qué no firman el boletín de calificaciones:
– ¿Y tus viejos?
– De viaje, porque tienen trabajos muy importantes.
– ¿Qué hacen?
– No sé. Pero mis abuelos me contaron que siempre piensan en mí, me me van a traer muchos regalos.

El contraste con esa fe ciega en los mayores, de Felipe Fernández fue el afluente de un turbulento río de enojos y rebeldía que llevó ese cauce hacia los movimientos contraculturales y la lucha contra las políticas menemistas. La lógica comprensión que llega con los años trajo el perdón para sus abuelos y el reconocimiento a la protección naturalmente prodigada a un niño. Llegaron después las preguntas que se hacen carne en familiares y amigos de los desaparecidos: “¿En qué momento damos por muerto a ese ser querido? ¿En qué momento iniciamos el proceso de duelo? O más bien, ¿nos es posible iniciar un proceso de duelo?”.

Una nueva perspectiva sobre la vida le permitió a Felipe disfrutar intensamente de su abuelo Alberto hasta sus últimos momentos. Relata que de él obtuvo el aprendizaje más trascendente: “que la mejor manera de honrar la vida de nuestros antepasados es siendo felices, viviendo comprometida e intensamente, llevando bien alta la bandera de la vida, con solidaridad, honestidad y empeñando en ello hasta el último aliento”.

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PAULA: CARTA A FRANCISCA

Paula Silva Testa recupera el estilo epistolar para encarar la compleja tarea de explicar a su hija, Francisca, las historias de amor y de lucha entrecruzadas a lo largo de su vida y la importancia de contar con un relato que alivie las ausencias.

Balas y pañales se mezclan en anécdotas reparadoras, donde Paula le describe a Francisca el clima de época, con las requisas constantes y la obligación de bajar de los colectivos para que te palpen bajo la mirada atenta de soldaditos que apuntaban con un FAL: “Un día con tu abuela nos tomamos un colectivo desde Recreo hasta Santa Fe; ella debía encontrarse con unos compañeros para darles armas. Yo tenía tres meses. Ana había puesto las armas en un bolso donde tenía mi ropita de bebé y adentro de las mamaderas, papeles hechos bollitos con información. En un momento subió un policía al colectivo y pidió que le cedieran el asiento a mi mamá. Durante todo el viaje yo le sonreía y jugaba con el policía, pero el juego se interrumpió cuando el colectivo se detuvo. Mamá miró por la ventana y se dio cuenta de que lo que había parado el colectivo era un operativo policial”.

Por suerte, en esa requisa, los militares no fueron muy exhaustivos; madre e hija llegaron a destino sin problemas. Pero no sería la última situación crítica que debieron afrontar. En otra ocasión, entró a su casa un grupo de policías con armas y apuntó a la cabeza de Paula con una ametralladora: “Sabemos que es hija de Juan y Ana, ¿dónde están ellos? Si no nos lo dice, matamos a la nena”. En medio de la tensión, el abuelo logró construir una historia creíble que le permitió superar ese momento, pero no sin la promesa de nuevas visitas.

La carta parece iluminarse cuando Paula relata las visitas de madrugada de su papá: “me alzaba y me llenaba de besos. El me había puesto el apodo Ratita”. Recuerda también que la bañaba, le daba de comer y le cantaba canciones revolucionarias, como la famosa “Hasta siempre comandante”, dedicada al Che Guevara.

Paula fue arrancada de los brazos de su madre, quien permaneció presa durante un año. Pero su padre, Juan, jamás volvió. Ella rescata el acto de amor que representaba la militancia para el abuelo de Francisca y el compromiso por un mundo más justo.

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ATOMOS DE DOLOR

La nanoviolencia explota en cada una de estas historias. Se nutre de los pequeños átomos que contienen ese dolor enorme, inasible. Dolor necesitado de recortes chiquititos. Dolor que solo se puede sentir y entender a través de pequeños relatos que surgen de las entrañas, objetos convertidos en inalienables, sonidos y aromas de nuestros primeros años de vida.

En cada una de estas “Huellas” se redibuja la infancia borroneada por el silencio, la ley marcial supresora de recuerdos y la quema de álbumes de fotos. Una ardua tarea con trazos a mano alzada, desprolijos, desteñidos, pero vivos, potentes, auténticos.

Y en esos pequeños átomos está la posibilidad de ver la parte que conforma el todo y el todo que le da contexto. El hecho cierto y concreto. La oportunidad de aferrarse a evocaciones de vida, de recuperar la memoria para poder crecer y hacernos cargo de nuestra historia pensando en el conjunto: la mirada colectiva que nos constituye y nos hace visibles.

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