El lecturista: Sobre el Bhagavad Gita, edición de Editorial Colihue. Edición bilingüe, con introducción, traducción directa del sánscrito y notas de Emilio Rollié. Incluye, como apéndice, textos de Mahatma Gandhi, Aldous Huxley y Jorge Luis Borges, entre otros.

Por Víctor Dupont

A DUDAR, MI AMOR

Dudar de la realidad de las cosas es un ejercicio de noble tradición. El célebre Descartes lo hizo, abrigado por el fuego de su chimenea y auspiciado por la reina Cristina de Suecia. Dudó de sus sentidos. Dudó de su razón, de los criterios del sueño y de la vigilia. Dudó de todo aquello que no le proporcionase un conocimiento absoluto de lo real. Claro, lo hizo con ciertas protecciones mundanas (la estufa, el asilo político).

En la escala de dificultades de esta propuesta radical, un escalón más lo tuvo el escéptico griego Pirrón. Su práctica de silencio total se basaba en la certeza de la imposibilidad de comunicar y conocer. Este hombre caminaba por las calles de Elis, mudo. Si necesitaba algo, se limitaba a señalar con el dedo. Pero una vez debió ser sometido a una intervención quirúrgica. En aquella época -siglo IV a. C.- no había anestesias. El resultado: Pirrón soportó dolores atroces sin decir ni “mu”. En ese caso extremo, el filósofo no se dejó llevar por la zozobra, dado que -en su criterio- no había por qué creer en la realidad de su sufrimiento.

El último ejemplo nos acerca más al tema de esta reseña. Buda, en sus meditaciones, luchó contra los peores fantasmas: los de su mente. Ejércitos de elefantes de guerra, trompetas atronadoras, iras divinas. Mientras se concentraba bajo el árbol de Bodhi, vio materializarse las peores amenazas, las seducciones más turbias. Incluso, se vio a sí mismo. Pero rechazó todas las ilusiones y así, según cuenta la leyenda, llegó su metamorfosis hacia -ni más ni menos- “el iluminado”.

Tres casos de enfrentamiento al supuesto carácter ilusorio de las cosas (de la mente, del sueño, de los sentidos, del cuerpo). Ahora, imaginemos una circunstancia extrema. Se nos insta a no creer en la realidad como antesala a la acción más violenta: la guerra. Partimos de la idea de que el mundo no existe. Si esto resulta así, no hay privilegios. La guerra tampoco puede ser real.

Este último caso es el que atraviesa Arjuna, el protagonista del Bhagavad Gita. El texto se centra en el momento anterior a una guerra que iniciaría una nueva edad en el mundo. Arjuna está en un estado de perplejidad y de miedo. En el bando contrario se encuentran no sólo sus enemigos, sino amigos, maestros, parientes. No sabe qué hacer e incluso, en un momento, piensa en desertar.  Por suerte Arjuna es indio y el auriga de su carro, una encarnación del dios Vishnú. Ahí se inicia el diálogo extenso de este drama filosófico, religioso y ético.

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ARJUNA, EL IMPERSONAL

El Bhagavad Gita podría traducirse por “Canto del Altísimo”. Pertenece al Mahabharata, un extenso poema épico de la India. El Mahabharata data del siglo III a. C. y cuenta la gran guerra entre dos ramas de una misma familia. El Bhagavad puede pensarse como una interpolación de la escritura de varios anónimos, tal vez de sectas o quizá tengamos que atendernos al dogma y creer en una divinidad poética como autora. Borges sugiere que esa divinidad es el Tiempo.

En el texto se centra en la previa de la guerra que llevará hacia una nueva era y en los dilemas de Arjuna, una especie de Aquiles indio, mejor amigo del dios Krisná.

De la boca de su auriga, asistimos a un largo diálogo, con mucho de disertación. Si bien el objeto es convencer a Arjuna para ir a la batalla, los argumentos condensan las principales líneas de la filosofía hindú. Huxley propone los siguientes puntos:

1) Fenomenismo radical: la materia cósmica y la mente son velos. Desde las estrellas hasta nuestros pensamientos resultan manifestaciones de una Sustancia Divina, Brahman. Esta sustancia es absolutamente impersonal. Carece de forma. El mundo, las cosas, la realidad tienen una existencia, digamos, prestada.

2) Conocimiento y experiencia de lo absoluto: El hombre es el único ser capaz de conocer la Divinidad. No sólo mediante los preceptos correctos, sino también mediante la intuición. La práctica del yoga es preparatoria para liberar a la mente de las ilusiones. Únicamente el yogui está capacitado para acceder a lo absoluto.

3) Dualismo antropológico: El hombre posee una doble naturaleza. Por un lado, su ego, su mente, su costado perecedero. Por otro, su chispa divina. Este dualismo afecta no sólo a las criaturas en su existencia terrenal, sino que lo padecen a lo largo de milenios. En esto, dos conceptos esenciales:

  • el Samsara, que refiere a los viajes sucesivos del alma y la experiencia acumulada por distintas vidas.
  • el Kharma, el efecto de acciones pasadas y el generador del samsara. La rueda gira hasta que el hombre puede “limpiar” la energía creada por anteriores acciones. Entonces, ya no tendrá que cruzar por otra vida más. Así entiende el hinduismo el nacimiento, casi como un renacer.

4) Fusión divina: La vida humana tiene el propósito de identificarse con la Divinidad. Eso busca quien practica, en la India, la disciplina del yoga. Le dicen a Arjuna: “(…) Abandona los actos buenos tanto como los malos, y aplícate al yoga (…) Sumidos en este pensamiento, los sabios, después de rechazar el fruto producido por las acciones, liberados ya de las cadenas del nacimiento, van a un sitio desprovisto de dolor. (…) Cuando tu mente haya atravesado el laberinto del error, llegarás a sentir aversión por lo revelado (…) Cuando tu mente (…) se establezca en la concentración, inconmovible e inmutable, entonces alcanzarás el yoga”.

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PARADOJAS DE LA ACCIÓN

Las objeciones y consultas de Arjuna al dios son muy interesantes. ¿Por qué zambullirse a la acción si todo es ilusorio?

Volvamos a los planteos iniciales de esta nota y del Bhagavad Gita: Dudar de la realidad de las cosas o hacer yoga puede ser muy reconfortante, por ejemplo, dentro de un country (a las clases dominantes les encanta el último avatar miserable del hinduismo, la New Age). Pero hacerlo como una disciplina preparatoria para la guerra es otra cosa. La guerra podría verse como la acción más devastadora, la más peligrosa, la que causa más miedo. ¿Para qué cruzar todo eso si, al fin de cuentas, el sabio alcanza el conocimiento mediante una práctica de inacción?

Visnhú contesta algo que deberían anotar quienes, en Occidente, juegan al budismo o al hinduismo o se hacen los espirituales, solo por asistir y pagar cursos en dólares: “El hombre no alcanza la perfección a través de la renuncia”. En este sentido va también la posición de Jung: abrazar las tensiones e incluso las desgarraduras, la figura del místico embarrado contra el santo protegido en la contemplación.

El dios le cuenta a Arjuna que ninguno se ha hecho sabio sin cumplir su deber (Dharma). El secreto no estaría en el abandono de la experiencia -esto lo remarca Gandhi- sino en liberarse de sus recompensas.

A Arjuna se le propone desoír la mente. O, mejor, vencerla, para entrar en combate. No deja de ser curioso que una de las mejores defensas de la guerra haya venido de la India, de la mano de este texto y de sus preceptivas.

El camino del Bhagavad tiene un punto central que, a su vez, se toca con otro punto central de Occidente: El nudo entre deseo e ilusión. Según la leyenda, Buda, en su batalla contra el dios Mara, se liberó de ese nudo. En su meditación primigenia hay una comprensión del movimiento de la conciencia a partir de proyecciones fantasmales. Así, el deseo sería el apego a esas proyecciones. El camino del error -si por acá andamos- quedaría garantizado. Sin embargo, como sabemos desde Wittgenstein, “los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje”. La conciencia y su dinámica ponen en movimiento la transformación, porque está empujada a transgredir esos límites establecidos por el lenguaje cuando olvida su función poética. Vishnú también obvió este pequeño detalle, quizá porque sus sentencias están repletas de sabios simbolismos, pero tienen pocas cornisas de lo poético.

Entonces, un pequeño desvío de perplejidad para cerrar esta lectura: ¿Deberíamos evitar caer en la trampa del deseo, ya que somete a la conciencia a su ilusión? (Oriente, India). ¿O sólo nos queda transgredir como deseantes? (Occidente).

Que el lecturista decida. Si puede.

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