Reflexiones acerca de la miseria: Sobre lo trágico y lo cómico.

Por Patricia Tombetta

DÉJENME SENTIR ALGO

miseria
miseria

Más allá de remitirme a la obra de Víctor Hugo, que no leí, supe que el tema de este Anartista 15 me dejaría inmersa en un charco barroso. No se trata aquí de tomar una decisión, sino de percibir emociones. No sé si tiene más de comedia que de tragedia o viceversa. La miseria, digo. También podría ser que esté compuesta por una sola de ellas y que su deslizamiento hacia la otra sea dado solo por una cuestión temporal.

De todos modos, dejemos a los actores.

 

LA ALEGRÍA NO ES SÓLO BRASILERA

Necesitar potasio contra incómodos calambres en mitad de la noche puede llevarnos a experiencias inefables. No me gusta presenciar disoluciones del ser, son tragedias que bien podrían evitarse a las diez de la mañana. Aunque, sin ponerme muy griega o borgeana, debo asumir que el destino estaba trazado. El recuerdo de aquellos calambres me gritaba: ¡andá por una banana! Y tuvo que ser en ese momento, ni un minuto antes ni dos horas después. Hice un alto en mi trabajo y me aboqué a esta diligencia, aparentemente, inofensiva.

Fui a la verdulería. Adelante tenía a una mujer muy anciana, compraba papas y tres cebollas. El dueño de la verdulería esperaba paciente sus lentos movimientos: ella abrió el bolso, buscó la billetera, encontró el dinero, alguna charla. Otro hombre, un ayudante que no conocía, trajinaba con la mercadería entre sonrisas. Nadie se dirigía a él.

– Qué precio tiene todo- dijo la mujer mientras sacaba billetes arrugados e irreconocibles.

– Y, ahora, con el aumento de la nafta, va a estar peor- el dueño del negocio acicateaba sin buscar ningún cómplice–, ¡pero los votaste de nuevo!

– Qué va´hacer, estaría mal cobrada, tampoco se pueden regalar las cosas- la anciana mostró sus cartas y nos roció su crueldad. El pie izquierdo se negaba a acompañarla y la conversación amenazaba con prolongarse. El hombre sonriente encontró, en esa demora senil, su oportunidad de participar.

Como si se hubiera ganado el viaje a Bariloche, amplió su sonrisa, casi sin dientes y dijo:

– Sí, antes regalaban el gas y la gente lo usaba para cualquier cosa- ni siquiera así la mujer lo miró.

Cae el telón.

Soy muy afecta a las conversaciones ajenas en las que no participo. Ser todo oídos tiene un encanto particular (si puedo, hecho una mirada). En esta pequeña viñeta las comisuras de mi boca no se decidían entre ir hacia arriba o hacia abajo. Para ser una tragedia, le faltaban héroes, nobleza y el único que podría haber sido digno de mi admiración estaba convencido de tener la posición adecuada para hacer sacrificios. De todos modos, un temor se me impuso como un calambre.

MISS JONES

Henry Matisse
Henry Matisse

Hace poco más de dos años, mientras cocinaba ya no recuerdo qué, apareció un amigo con la cara desencajada. Me contó de la muerte de Mario y su hija en un accidente y me rogó que lo acompañara a darle la noticia a la mujer y madre de esa única chica. Pocas situaciones se le comparan, un vacío en el estómago se me instaló y amenazaba con extenderse y abducirme por completo. Pero allá íbamos, a contarle a esa mujer que su vida, tal cual la había vivido, ya no existía. No importan mucho las millones de ocurrencias trágicas que pasaron por mi cabeza. Cuando llegamos, mi amigo -hábil bailarín-, se retrasó dos pasos y quedé al frente de la situación. Nos sentamos en sus lujosas sillas al tiempo que hablé o, mejor sería decir, que una voz salió de mí. Solté, con precisión matemática, una frase que pretendía contener todas las palabras con la intención de terminar ese momento lo antes posible. La mujer nos miró, mientras trataba de escuchar con los ojos. Mi amigo la abrazó y yo clavé la vista en la lisura del piso de mármol. Recorrí sus vetas, hubiera querido seguirlas y hundirme definitivamente. Pero nadie se hunde en el mármol. La mujer comenzó a llorar, transcurrimos más o menos una hora y le ordenó -sí, le ordenó- a la señora que la ayudaba en la casa que nos sirviera algo de tomar. Recién ahí caí en la cuenta de su presencia. La señora nos miró dubitativa y nos sirvió los brebajes en porcelanas antiguas. Luego, en voz muy baja, le dijo que debía irse, el último colectivo pasaría en diez minutos y su hijita estaba al cuidado de una vecina.

– Es una circunstancia especial, Carmen- soltó como un trueno la viuda.

Mi amigo, ya más compuesto, salió al cruce.

– No te preocupes, Carmen, yo te llevo, juntá tus cosas- su tono autoritario iba dirigido a imponer un poco de equidad en la situación.

– Sí, disculpen, no sé qué digo– se disculpó a medias la viuda.

Un dinero esperaba sobre la mesa. Carmen se acercó a saludarla con el monedero en la mano -cobraba por hora- se abrazaron y la mujer le dijo:

– Te doy la plata en otro momento, son circunstancias especiales, no te preocupes, la próxima te pago todo- mientras su mano tapaba los billetes.

Carmen guardó su monedero vacío, otra vez dudó pero decidió aguantar su pobreza, son circunstancias especiales.

Quedé atónita.

Otra tragedia se había desatado en un recodo imprevisto. Su protagonista (etimológicamente, el primero en el combate), Carmen, había sido invisible hasta el final. Acompañada por mi amigo, se retiró habiendo pagado en silencio con lo que no tenía.

“EL HONOR NO LO PERDÍ, ES EL HÉROE QUE HAY EN MÍ” (1)

Cuando estaba en la facultad tenía una amiga muy rica. En mi época, tanto en el colegio como en la universidad, nos juntábamos todos. Aquellos que racionaban la cantidad de café o golosinas y aquellos que viajaban a Norteamérica. Esta amiga, que no racionaba nada, me invitó a Punta del Este, donde su familia tenía un departamento increíble. Increíble resultó para mí: yo acababa de enterarme que los edificios podían contener un departamento por piso y no ser delgados como un obelisco. Fueron muy buenas vacaciones, aunque terminó por ser un poco caro todo el asunto. No recuerdo bien bajo qué circunstancia el padre de ella había tenido que pasar unos pocos días por allí. Nos vino de perlas, nos habilitó unos mangos para terminar el recreo sin grandes apuros. Cuando el padre se despidió, le regaló a mi amiga un billete de cien dólares y pensé, ilusa hasta la locura, que teníamos salvado el regreso. Pues bien, eso no sucedió. Ella hizo de cuenta que era tan pobre como yo y deslizó algo de ahorrar para no sé qué cosa: fue la primera vez en mi vida que pasé tantas horas sin comer. El regreso por tierra, desde Uruguay, es largo.  También, fue la primera vez que estuve tantas horas cerca de una persona que pide plata para comer. Aunque famélica, no lo hice, sólo por no parecerme a ella.

UN SALUDITO PARA LA TRIBUNA

Conservo pocos recuerdos de mi infancia profunda. Uno es el martilleo de los adultos: “hay que compartir”, “Dios todo lo ve”, “hay que ser buena compañera”, “no hay que caminar hacia atrás porque le pisás los cabellos a la virgen”. En fin, una serie de mandatos entre religiosos, delirantes y compasivos. Con los demás, claro. Bien aprendidas andábamos, vestidas con nuestros primeros velos de ocultamiento, cuando llegó al barrio una amiguita nueva. Era del único colegio católico del pueblo y eso debe haberme confundido. La supuse de una beatitud más arraigada que la mía. Ya por ese entonces, andaba floja de papeles y mis esfuerzos eran para la tribuna. Me resultaba evidente que no lograba convencerme a mí misma. Pero ahí estaba ella, con uniforme y vincha azul. Una exótica vestimenta para quienes sólo conocíamos el guardapolvo blanco. Le gustaban mucho las “Titas” y solía aparecer con una. Como nuestras deseosas miradas no surtían efecto, un día nos animamos y le pedimos un pedacito.

– No muerdas, raspá con los dientes un poquito de chocolate- nos dijo, sin disimular su  fastidio.

De alguna manera fue una desdicha para quienes habíamos imaginado cierta consistencia en el bien andar. También descubrí que se podía vivir muy campante entre pequeños pecados.

 

foto 3 miseriaAlguien dijo por ahí que el chiste es una tragedia alejada en el tiempo. Es cierto: hoy puedo reírme de esas veinte horas de hambruna, de raspar la Tita y de la viuda avivada. En cambio, el ayudante del verdulero es un circo que da vueltas demasiado rápido. Tal es así, que no llegamos nunca a alejarnos lo suficiente como para divertirnos: el sacrificio de los sacrificados. Las masas sin perspectiva, claro. Entregarse en cuerpo y alma para que otros tiren manteca al techo tiene algo de ofrenda que apuntaría a apaciguar la voracidad de los dioses. El único detalle es que la voracidad, como tal, no puede ser calmada y que estos “dioses” son un puñado de malandras disfrazados. Tal vez, el ayudante que ríe representó, aquella mañana, al héroe cargado con el valor de las creencias a cualquier precio. Me volví con mi banana, rogué un poco a la virgen de los dientes y me quedé con una única aspiración: dormir de corrido, en lo posible, sólo de noche.

 

(1) “Juntos a la par”, Pappo.

 

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