CUMPLE MUNDOS

La celebración: la historia de mis cumples

Por Milena Penstop

NO EMPUJEN, HAY PARA TODOS

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No recuerdo mis primeros cumpleaños, pero sé que venían adultos a mi casa y comían sanguchitos, papas fritas y charlaban y reían. Debo haberla pasado bien, supongo.

Unos años después, animadoras en casa: juegos con aros, pelotas, canciones, pasitos, teatro negro. Salió bomba.

Luego, llegaron los peloteros: toboganes de plástico, caballitos que hacías así y te hamacabas, la casita con mesa y sillitas. Nos disfrazábamos de princesas y de panchera, y nos daban un carrito para hacer como que vendíamos. “¡No empujen que hay para todos!”.

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Un día empezaron a maquillarnos en el spa, donde también desfilábamos, nos sacaban fotos y filmaban. ¡Fuimos estrellas por toda una tarde! Había hasta máscaras con gel para las arrugas de la cara. Aunque yo arrugas todavía no tengo, igual fue divertido.

Ya llego al final de la primaria y la cosa se divide casi siempre entre chicos y chicas. A veces se hacen pijamadas (¿por qué no se escribe piYamadas?) mixtas pero, en general, los chicos hacen canchita de fútbol y pijamadas entre ellos y las chicas, patinaje sobre hielo y pijamada femenina hasta las seis de la mañana. Películas de terror, maquillar de prepo a la que se quedó dormida, meternos a la pileta llena de espuma, gritar desde la terraza a los que pasan por la calle.

Los adultos, mientras tanto, duermen. ¡Se lo pierden!

Quién sabe cómo vendrá el futuro. Pero, por ahora, la historia de mis festichola, ya da para varios capítulos de un libro.

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