Editorial

Una taza de café  cachada en la urgencia de algún lavado y en las tensiones del tiempo. La birome, a mordiscos, culpa de un último examen. Las tachaduras, justo ahí donde buscaste el poema que todavía no apareció. Ese modo de caricia  prometida en el horizonte de lo posible, aún sin anuncio. El horizonte mismo y su modo originario,  su obligación de regresar después de cada noche, como si una diosa antigua no lo hubiese devorado en las tinieblas, como si nada de lo narrado en pesadillas pudiera desdibujar la contundencia de su línea.

editorial3descargaTengo hambre y sed. ¿Qué se prepara en los rebordes de la mesa?

Hay un silencio de reencuentro entre el mantel y la circunferencia del plato. Una conspiración  conversa en deslices, entre servilleta y copa. Una botella a media asta se enfría con los restos del invierno pasado y promete un brindis, aunque afuera se baile una fiesta ajena. Aquí adentro no hay nada que festejar, pero ni la pelusa escapada de la última limpieza se rinde. No va a aprender ella, justo ahora,  cuál es la diferencia entre suciedad y  trazas de viento amontonado. No le van a explicar la distancia que hay ente la potencia y la alegría de los estúpidos. Justo a ella, arrinconada desde que tiene memoria, no porque acepte el segundo plano como casa, sino porque sabe: en los rincones es posible el encuentro con más pelusa.  Ahí, en las esquinas, donde dobla la rectitud de las paredes, se atrincheran las migas mal  barridas junto a una astillita de aquel vaso que inauguró la orfandad en el juego de vajilla. Una arandela liberada del siempre mismo dije, relevada de ese modo de oscilar sin peligro que cree tener lo que adorna y no significa, busca cobijo bajo un mínimo fragmento de revoque, caído  en ese rincón, durante un viejo atrevimiento del  gato del vecino contra el local.

Y no es que los objetos hayan tomado vida por arte de  la mera palabra. Es que los tactos  teclean sobre la piel de las cosas, durante cada comida. Mezclan las pasiones con la hora, el calendario con el deseo, la memoria con la acidez de las noticias. editorial1images

Y hay días en que las cosas no pueden más de soledad y deciden hacer familia. Aunque saben que el asunto no dura demasiado, saben de la fragilidad en la dureza de la cerámica, de lo endeble en el hilado de los manteles, de la insistencia- a fuego sucio- sobre las ollas. También las sillas, las cerámicas del piso y la pintura de las paredes tienen la  lucidez  nocturna de no creer el espectáculo de sus esplendores.

editorial2descargaPero tener que dejar de ser  y encima persistir en una soledad omnipotente es un ensayo anticipado de la tumba.  Así que un día bajas las escaleras, apurado como siempre, porque se hace la hora de entrar al colegio y el trabajo te espera. Y está la taza cachada, la hornalla que reclama una limpieza más profunda, la pared que no volviste a pintar desde las humedades del verano y un aire de mundo a tu medida ilumina la misma escena de siempre, pero súbitamente otra.

Desde las esquinas, se despreocupa el rigor de la limpieza, unos centavos relucen bajo la mesa, vaciados desde el bolsillo de una campera sobrecargada. Afuera la urgencia prepotea a la luz para que el texto lo escriban siempre las vías que te trasportan y nunca quede tiempo para el trazo en los vagones de carga.

Y, sin embargo, hay una sed nueva y un hambre compartida, aunque te sientes a desayunar solo. Esta mañana vas a tomarte el tiempo para ponerte una cadenita que se luzca, inestable,  bajo el meneo de tu cabeza.  Y vas a descubrirlo: justo la que buscabas perdió el dije y la arandela que lo sostenía. Por un impulso de la mano sobre el asa de la taza vas a brindar por aquella  cosa perdida y por tantas otras. Y después te vas a olvidar de  toda cadenita, como si pudieras- por un simple acto de la voluntad – renunciar a todos los eslabones obligados en el avanzar del día.robert-longo-untitled-(bullet-hole-in-window,-january-7,-2015)-4

Nada va a cambiar radicalmente en los transcursos. Sucede solo un desarreglo de viejas tachaduras, al entrar en ritmo y escribir un poema.  Se escribe, aunque sea con los restos del banquete de antiguas divinidades. Se hace costra sobre un resto viscoso de una pesadilla recurrente. Y así el horizonte ya no es un vaticino ni una profecía, no reclama propiedad ni meta. Allá al fondo, casi arrinconado donde hacen curva las rigideces del nuevo día, conspiran una miga con una pelusa, una astilla con una huella, un reverbero con una nota a destiempo.

Un hambre prehistórica y una sed de fondo blanco. Un eco de brindis rechina entre los dientes. Celebramos, entonces, dentro de la palabra. Aunque no haya nada para festejar.

Algo se prepara en los rebordes. Por eso ahí se acerca un viejo amigo, Dylan Thomas. Mejor que cierre él nuestras inauguraciones.

No entres dócilmente en esa noche quieta.

Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

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