El rito

EL RITO

 

Dobló la esquina lentamente, como todas las mañanas. Cono­cía el camino de memoria, esa cuadra y media hasta la panadería la caminaba ya hacía muchos años.  Se había convertido en un rito.

Se levantaba sin que ningún despertador sonara, sus reflejos íntimos conocían el despuntar del alba mejor que cualquier reloj.  Se bañaba, mientras saboreaba en su inconsciente el rico gusto de las fac­turas que, minutos más tarde, traería a su mesa. Había algo espe­cial en ese desayuno.  Cuando era chico, las facturas pertenecían al mundo de los domingos, el resto de la semana tenía que comer tostadas con mermelada, hasta que se hartaba y la cambiaba por miel o dulce de leche.  Pero las facturas, sólo los domingos.

No importaba si llovía o hacía frío. Ahora  era dueño de sus desayunos y no pasaba un día sin que, en su mesa, junto al mate, se posaran las facturas desafiando su niñez. Las dos vuel­tas de llave al salir eran un gesto automático. En realidad, ni hacían falta, nadie iba a entrar en su casa en esos escasos minu­tos de ausencia. Además, ¿qué podían robarle?  ¿El termo de plástico?  ¿O aquel porongo, traído del Brasil, muchos años atrás?  Para él era una reliquia: en Buenos Aires, no se con­seguían de esos grandes, que permiten matear toda la mañana sin cam­biar la yerba. Pero también sabía: nunca más iría al Brasil a traerse otro. Este era el suyo, el único.

Por si acaso, cerraba con llave.

Primero debía comprar el diario e intercambiar dos palabras con Don José: era parte del rito. No hacía falta más, ambos sa­bían qué querían y nunca, en esos veinte años, ni la mínima novedad de hojear una revista cambió sus rutinas. Él quería su diario. Lo doblaba con cuidado, se levantaba las solapas de la camisa para que el frío no llegara a su garganta, lo ponía debajo del brazo y… entonces, sí, a comprar las facturas. Ya había hecho más de la mitad del recorrido, sólo le faltaba doblar la esquina.

Dobló la esquina lentamente, como todas las mañanas. Pero no pudo seguir, se frenó sobresaltado, tal vez asustado. Vaya a saber qué se le cruzó por la mente en esa fracción de segundo.  Frente a él, a tan sólo dos metros de dis­tancia, se levantaba  aquel océano mágico que impedía su paso.  Cuando la vio, quiso retroceder, escaparse; nunca en veinte años le había sucedido algo similar.  ¿Adónde ir?  Se detuvo.

Ese se­gundo fue eterno.

Ella lo miró. Estaba vestida de rojo. La ropa le marcaba el cuerpo adolescente, con su larga cabellera, ondulante y desa­fiante, aunque la veía de costado, sin poder distinguirla con claridad. El pantalón le ajustaba la cola y la cadera, como en las mejores propagandas de televisión. Vistos de perfil, sus pezones puntiagudos parecían apuntar al cielo y él no pudo más que imagi­narla sin la remera roja ceñida al pecho.

La imaginó como un bote a la deriva, con sus velas desplega­das al viento y la escoba transformada en un enorme remo que la ayudaba a encontrar la costa. La manguera, de la cual salía un fuerte chorro de agua que inundaba la vereda, era una serpiente marina, que coleteaba, furiosa, e intentaba aba­lanzarse sobre el bote  en llamaradas de fuego.  Sin du­darlo un instante, arremetió contra el monstruo, lo tomó por la cola, le retorció su peligrosa cabeza. Estaba a punto de ven­cerlo y apagarle el fuego, cuando escuchó un grito:

-¿Qué hace, abuelo?

El monstruo se deslizó inerte entre sus manos, mientras el agua desde la manguera le mojaba los zapatos. No supo qué decir ni qué hacer. Hubiera querido salvarla, convertirse en su héroe. Pero reaccionó y recordó que el mate lo esperaba y aún debía comprar las facturas.

Ella siguió baldeando la vereda. Él se alejó lentamente, como todas las mañanas.

 

19.10.89

 

 

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