SIGLO VEINTE

SIGLO VEINTE

 

Escuchó el timbre desde el fondo de la casa.  Varios días estuvo esperando que sonara, se lo habían prometido, volverían.

Trató de correr hacia la puerta, pero sintió que sus piernas no le respondían. A duras penas podía caminar sin su bastón. Palpó la empuñadura con sus finos dedos, mientras recorría cada trazo que la surcaba. Sintió las esmeraldas engarzadas en la parte superior, donde sobresalían  un par de ojos que a veces cobraban vida: dos pequeños brillantes.

El bastón, que le habían obsequiado en su momento de mayor gloria, era único. Tenía tallado su rostro joven, aún  inconfundible para las yemas de sus dedos, e inolvidable símbolo de en­tusiasmo y pasión durante años.

Hoy era un bastón – de oro, ciertamente – pero bastón al fin y al cabo. Y le servía de sostén para dar unos pa­sos, mover pesadamente su cuerpo gordo y fofo y salir a la calle a ver si eran ellos, o se trataba nuevamente de quienes to­dos los días perturbaban su reposo.

Noche tras noche, se repetía la misma escena. Desde que la nueva moda llegó a la ciudad, impuesta por los medios de comuni­cación, ningún joven se quedaba en su habitáculo a dormir.  Ya nada importaba: había que seguir puntillosamente a los de­más.  La última vez que el planeta se vio tan sacudido por una moda había sido diez años antes, en el 2030.  Lo recordaba muy bien pues uno de sus nietos mayores había tratado de explicár­selo. Para qué, igual no entendía a las nuevas generaciones, na­cidas en el siglo veintiuno, y todo le parecía artificial sin la alegría de antaño.

Los segundos que tardó en llegar a la puerta le parecieron infinitos. Dio unos pasos y debió detener la pesadez de su respiración contra una de las paredes del pasillo. A pesar de su avanzada edad, su mente buscaba impulsar hacia adelante a su cuerpo, con mucha fuerza.  Esos segundos de respiro solían sumirlo en una tristeza melancó­lica, donde afloraban  recuerdos de un pasado lejano. Qué tiempos, cuando se deslizaba como una gacela y sorteaba cualquier obstáculo en su camino.

Al llegar a la puerta metálica, dudó.  Los fuegos de afuera lo atemorizaban, aunque sabía que ninguna piel podía ser quemada por el fuego, gracias al tratamiento espe­cial dado a los niños al nacer.  Él, por pertenecer a las genera­ciones del siglo veinte, se debía someter a la llamada “pieloforma” cada cinco años. Su piel era pintada con un líquido transparente y uni­forme, que lo inmunizaba del fuego.  Los científicos estaban experimentando con la insemina­ción artificial para que las futuras generaciones fueran inmunes desde la concep­ción.

Juntó coraje y osadía que, a pesar de la edad, no había per­dido del todo.  Siempre se había caracterizado por las acciones audaces y atrevidas, como aquella que acrecentara su fama, allá por el año 1986, cuando utilizara la mano en ese movimiento ve­loz, atrevido y casi imperceptible para millones que lo observa­ban.

¿Alguien se acordaba siquiera?

Los libros ya no existían más y las figuras de láser que re­presentaban la historia lo ignoraban por completo, tal cual sucedía con todo lo que se considerara anacrónico y nocivo para el ser humano.

Salió, se acercó a los que estaban más cerca y gritó.  Al darse cuenta de la actitud amenazante de unos muchachones, se arrepintió. Pero ya era demasiado tarde.

-¿Qué pasa, “siglo veinte”? –le espetó uno de ellos. -¿Otra vez nos molesta?

Eso ya era el colmo.  Nunca se acostumbraría a los códigos actuales  ni que a los de su generación los llamaran despectivamente “siglo veinte”.  Pero él  a duras penas lograba dormir. Y, encima, le recriminaban una simple protesta, la de un an­ciano.

-Yo…

– Déjalo -dijo una voz surgida de la nada.

Eran ellos.  No creyó que vendrían, pero eran ellos.

Los tres adolescentes lo escudriñaban tal como se miran las reliquias del pasado, incomprensibles para quienes no han vivido otras épocas. Su vestimenta reflejaba el nuevo mundo, sin color y metalizado, contrapuesto a las pieles que él usaba.  La única parte del cuerpo visible, a través de lo que parecía una carcasa, eran los ojos.  Fulgurantes como un rayo, no reflejaban  ni amor, ni odio.  Eran los ojos de vidrio alfa y omega y  permitían dis­cernir el principio y el fin de las cosas, pero desprovistos de sentimien­tos.

Habían cumplido, increíblemente allí estaban, frente a él.

-Mira, XT21, mira el bastón que usa.  Parece tener tallada una cara.

-Sí, sí, soy yo -dijo en un tono de voz totalmente distinto.  La simple acotación del joven lo devolvió al pasado glo­rioso, donde todos reconocían inmediatamente su rostro y su pelo  lleno de rulos.  Desde algún lugar de su fuero íntimo, ni él sabía desde cuál, les dijo…

-¿Les interesa que les cuente cómo me lo dieron?

No lo podía creer, aquellos bufones del siglo veintiuno- de hojalata, láser y pildoritas- se le acercaban, se interesaban en lo que él tenía para contarles.  Ni sus nietos lo hacían.  ¿Qué había pasado?

-Entren, entren.

Entraron lentamente, temerosos de encontrarse con más “siglos veinte” dentro de la casa o de que otro apareciera súbita­mente desde algún rincón.  Avanzaron sin dar crédito a lo que veían. Estaba repleto de objetos desconocidos que, sin lu­gar a dudas, habían pertenecido a un museo, en la época en que to­davía existían.  ¿Los habría robado?  ¿Para qué?

En vitrinas, cubiertas por el polvo, se encontraban chatarras  del siglo pasado, cuyo sentido no lograban desentrañar. La mayo­ría aparentaba tener un denominador común, un cuerpo macizo y re­dondo, por lo general, sostenido por bandas de metal antiguo y he­rrumbroso.

En otro enorme cuarto, observaron decenas de trapos apilados que, en algún momento, habrían sido vestimentas de moda.  Todo estaba revuelto en los cuartos: los muebles antiguos, rotos y devorados por el tiempo; varios objetos de formas disímiles e inexplicables, en desuso por años y años.  La casa, en realidad, era tal cual ellos podían haber imaginado  la vida íntima de un “siglo veinte”: un montón de basura. El moho, el ambiente pesado y oloroso provocaron un gesto de rechazo y asco en los jóvenes visitantes.

Se notaba que a esa casa no iba nadie.

Les costó pero, con ayuda de sus lentes-láser, pudieron darse cuenta de que los colores más habituales en las vestimentas – difí­cilmente distinguibles – eran un blanco sucio y un gris que debió haber sido azul celeste. Cómo iban a saberlo si pertenecían a una generación que ni por asomo entendía qué representaban los países. Menos aun pu­dieron entender cuando el anciano, todo emocionado y señalando un bulto, les dijo:

-“Argentina”.

Pensaron que desvariaba, pues esa pa­labra no figuraba en el lenguaje conocido por ellos y su compu-pensamiento no lo registraba.

Les contó que había sido un hombre muy famoso, agasajado en el mundo entero, cuando aún estaba separado por fronteras. De un  lado y otro requerían su presencia.  Su talento particular provo­caba la alegría, la gente solía corear su nombre, buscaban to­carlo para contagiarse de su genio y poder decir que habían es­tado en su compañía.

No lo ignoraban como en el presente. Entonces, no podía dar dos pasos en la calle sin ser molestado por cientos, miles de personas.  Hasta se había visto obligado a esconderse  un tiempo para evitar el acoso de los admiradores.

Cual niños en un bosque encantado, lo dejaron hablar, mos­trar, gesticular.  Notaron –  algo de sensibilidad tenían – cómo se  convulsionaba su anfitrión; hasta creyeron verle rasgos de majestuosidad al mover su cuerpo unos centímetros de derecha a izquierda, mientras sus manos bailaban surcando el aire, inten­tando hacer lo mismo con las piernas.  Cada milímetro denotaba un es­fuerzo supremo, pero lo intentaba.

En el salón del fondo, se encontraron con un panorama extra­ñísimo, las paredes estaban recubiertas de imágenes inmóviles.

-Fotos -dijo XT18.  Mi tutora guarda una de su “siglo veinte”, pero no son como los porta imagen, aquí la impresión está sellada en el papel, no puede cobrar vida al tocarla. Es muy an­tiguo.

Lo más extraño es que las fotos mostraban, con insistencia, a un joven – medio raro, él – en las posturas más diversas, sin que pudieran descifrar su significado.  Les era totalmente descono­cido.  ¿Un baile antiguo?  ¿Un ritual quizás?

El anciano se había detenido allí mismo y parecía turbado por los recuerdos y la emoción, mirando fijo las imágenes suspen­didas por el tiempo.

-Miren -señaló XT23.  El mismo detalle que en la vitrina.  ¿Qué será?

-¿Por qué no le preguntamos a “siglo veinte? -se animó otro.

XT21, que parecía el líder, se acercó con cautela, para no interrumpir, ya que lo veía en trance. Y le preguntó sua­vemente…

-¿Qué es todo esto?

Las palabras pronunciadas no tenían sentido.  La respuesta que recibieron volvió a hacerlos pensar que el viejo estaba defi­nitivamente loco, como todos los “siglo veinte”.

-¿Futbol?  ¿La copa?  ¿Qué es eso?

-Futbol, pelota, cancha, mundial, goles…

-¿Qué es eso? -insistió.

-Un juego, un deporte que se practicaba en mis tiempos…

Ya era demasiado.  Conversar con un “siglo veinte”, ingresar a su casa-museo y ver tantas cosas extrañas y desconocidas no en­traba en sus planes de vida.  Prefirieron volver al éxtasis de la calle, que formaba parte de su realidad y no, al mundo de fanta­sías del siglo veinte.

Al salir, pasaron otra vez ante las vitrinas y uno de ellos alcanzó a distinguir una palabra impresa que nunca había visto y tampoco comprendió.

Maradona.

Pero no le dio importancia.

 

 

 

 

 

 

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