LO IRRENUNCIABLE

LO IRRENUNCIABLE

Por Víctor Dupont

¿Cuáles son nuestros tiempos? ¿Cuál es el tiempo de nuestros amores?

¿Y de nuestras tristezas?

¿Tienen algo para decir una tormenta, un gorro o una libélula en el aire?

¿Quiénes corren tras mañanas sin sol o pelean contra la nostalgia, sin más que marañas o miradas?

Esto sucede con los grandes poetas. Suceden. Nos suceden. Y entonces volvemos a la candidez de las preguntas del inicio. La mirada agranda el horizonte ante el asombro. Así, en los poemas Gabriela Ramos ofrenda, hacen don.zapatillas 3

Sin embargo, para que nos lleguen las estrofas, la poeta debió cincelar.

Cincelar y trabajar. Trabajar y despejar. Así como la tormenta abre el bosque y barre la última hoja del otoño (¿de qué otra manera llega el verano al verso?).

Gabriela Ramos moldea a puro escalpelo, cuerpo con cuerpo. Aunque tiene sus estrategias y sus tácticas. Sus poemas acumulan con una ley, parienta lejana del caos. Porque sus acumulaciones siempre coagulan. Podrá ser un pecho que guarda un camino de viajes, de secretos, de canciones a capela, de magias, conejos; una mirada fija en un retrato de Santo Tomás que arrastra a un yo de sabores amargos,  a inútiles rincones, a soles estridentes y a pieles rojizas.

La mirada, entonces, hila. Y mueve la imagen para que el poema vuelva a suceder. El retrato suele operar en su mutismo, en su quietud nostálgica. Acá, podemos contar una pequeña fábula: Cuando la mirada era clara en horizonte, no se extrañaba; los cielos, ocres o grises, podían soñar en una tela. La boca del otoño carmín cantaba el giro y se agitaba. Entonces, la nostalgia creó un ejército de resignados, acaecidos a la tarde. Tendían la ropa en la tormenta y miraban retratos, heridos de hambre y huérfanos de sed. Pues bien. La escritura deberá hacerse contra la imagen quieta, despejarla, devolviéndole su inocencia, su “aire brillante en mis ojos”. El poema deberá cantarse contra su retrato estático y robarle al ladrón. Los acaecidos a la tarde pegarán su letanía a lo real. Fin de la fábula.

Gabriela Ramos da cuotas de gris, pero advierte contra la poesía fría, estrecha.

Y aquí, otra estrategia. En sus textos se observa una permanente antropomorfización. El gorro tiene calvicie (que se enoja). Tiene rodilla. Tiene cabeza (que no es humana). Tiene pie y hasta un dedo. Y, como acaecido que es, le pasa de todo. Quizá la tormenta lo haya hecho girar, mojar, secar, enojarse. Y caerse.

zapatillas 2Pero, ya en el suelo, el dedo del gorro escribe un sueño sobre una pelota pinchada.

Siempre, entonces, un trazo. Y el poema podrá abrir el horizonte, sobre todo, si se revela la luna, otro personaje de este libro. Ya: debemos liberar a la luna de su descanso en cajas de seguridad, agrietarla en su silencio y saltar sus inviernos.

Dispuesta la piedra, el cincel y su labor por momentos parecen destinados al fracaso. Ahí mismo, vencen el gris, la llovizna absurda y la flor en el retrato. Los poemas tendidos en la tormenta recuerdan: “olvidar la cantidad inmensurable / de calles, / caminos, / senderos / Recorrerla de tal modo: / sincera, genuina, entera (…)”. El mismo sol se olvida y retorna.

Olvidar, entregar. Ofrendar.

Contra la resignación de quienes tienden la ropa cuando el cielo está despejado, tender palabras en la tormenta, mojarnos como el gorro y escribir nuestros sueños en una pelota pinchada. “El horizonte abre sus alas / la tormenta cabizbaja / una última gota / transparenta / un lúcido silencio / Abre sus pies el arroyo / fresco nos trasluce”.

Esta escritura es un acto para el futuro; y, paradójicamente, un sitio en el centro del presente. Estamos en el “gran mediodía” de Nietzsche: las puertas de un porvenir, a punto de ser fundado.

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