Macacha Güemes
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Reflexiones acerca de la miseria: sobre María Magdalena Dámasa Güemes.

Por Noemí B. Pomi

 

PARA UNA GRAN MUJER, LETRA CHICA

Bien al norte, descendientes de los conquistadores españoles y funcionarios de la corona de España se amalgamaban en una sociedad muy conservadora, donde se acentuaban las diferencias de “clase” y de “casta”, mucho más que en Buenos Aires. Allí, entre cerros y bajo el cielo azul de Salta, el 11 de diciembre de 1787, nació María Magdalena Dámasa Güemes. La Macacha estaba destinada a ser una gran mujer en la historia argentina, lamentablemente, expuesta con letra chica. Su madre, Doña María Magdalena Goyechea y de la Corte (descendiente de los opresores ibéricos y encomendados al norte del Virreinato del Río de la Plata) y de Gabriel Güemes Montero (tesorero real de las autoridades españolas). Demás está decir que, con esa prosapia, se trataba de una familia de hacendados y funcionarios realistas. En aquel momento, lejos estaban sus padres de imaginarse que, entre su prole, se encontraban dos montoneros, futuros defensores de la frontera norte de nuestro país y custodios del ejército del General San Martín.

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Mural de la burguesía, Siqueiros David Alfaro

 

PIANO, FLAUTA Y POTROS

Niña inquieta y precoz, a los cinco años, leía bajo la atenta mirada del maestro, su padre. Los Güemes no descuidaron la formación artística de su hija. Magdalena estudió piano y flauta, disciplinas poco frecuentes en la formación de las mujeres en la época. Desde pequeña le atraía el campo y, en complicidad con su hermano, Martín Miguel -dos años mayor-, solía recorrer los cerros de su Salta natal, cabalgaba en pelo, con el cabello suelto en un remolino. Así aprendió a conocer los secretos del monte, de sus árboles y el mensaje del viento. Los Güemes eran de los hacendados criollos que trataban a los peones sin interponer demasiadas diferencias. Con ello se ganaban su lealtad y su respeto. Macacha distinguía las características de los hombres, sus costumbres, sus voces. Y, en sus largos recorridos, imprimió en su memoria la geografía salteña.

 

ENTRE LOS CERROS Y EL CIELO

Nos despedimos con un abrazo interminable”, así escribió Macacha en su diario, cuando el cadete Martín Miguel fue llamado para continuar con su carrera militar en Buenos Aires. Desde ese momento, sus vidas estuvieron atravesadas por el compañerismo y la cooperación. En pocos años la niña se transformó en una “mujer ambiciosa, intrigante, animosa, dotada de garbo y hermosura”, según la definición del General José María Paz, en su libro, “Campañas de la Independencia” (1).
También cumplió, en tiempo y forma, con el mandato de su época: toda mujer debía casarse joven. A los 16 años, contrajo matrimonio con el militar Román de Tejada, con quien tuvo una hija, Eulogia.                                         

Retrato de Macacha y Martín Güemes
Retrato de Macacha y Martín Güemes

“El año 1810 sorprendió a los hermanos Güemes entre los primeros partidarios salteños de la revolución, en contra del gobernador Nicolás Severo de Isasmendi. Cuando llegó a la provincia la expedición al Alto Perú, comandada por Castelli y Balcarce, organizaron milicias de apoyo que, en los años siguientes, se convertirían en los célebres ‘Infernales de Güemes’” (2). Rápida de reflejos, Macacha convocó a un grupo de primas y amigas. Comenzaron así a confeccionar uniformes para los soldados del Escuadrón de Salteños. Desde 1810 hasta 1824, su casa -además de taller de costura- se convertiría en refugio de jefes, oficiales, soldados y en centro de propaganda de ideales revolucionarios.

 

GUERRERA EN FLOR

Ella, la flor salteña, la joven de la “alta sociedad”, supo sostener en los hechos el amor a su tierra y a sus ideales. Participó en forma activa en la guerra gaucha que organizó Martín Miguel para defender la frontera. Cuentan que, en una ocasión, un escuadrón de gauchos a sus órdenes retrocedía ante un grupo de soldados del bando enemigo. Ella se adelantó y les gritó: “¡Cobardes, vean cómo pelean las mujeres en mi tierra!”. Empuñó su lanza criolla y se dirigió a todo galope hacia el enemigo. Los gauchos leales volvieron sus caballos y la siguieron. Pelearon hasta que no quedó ni un realista.

 

OPERADORA POLÍTICA

Hay elementos que no siempre van de la mano, por ejemplo, el coraje en la lucha y la habilidad en la tarea política. Macacha conjugaba ambos aspectos. En 1815, el capitán Ramón de Tejada había sido confinado a Famatina por ofender a un camarada de armas. La enérgica defensa emprendida por Macacha logró que cesara la condena a su cónyuge, que se apercibiese a la provincia y que el capitán volviera a su puesto, a su ciudad y a sus brazos.
Es más que evidente: la grieta ha existido desde el nacimiento mismo de la patria. Basta decir que las fuerzas comandadas por los Generales Güemes y Rondeau estuvieron a punto de enfrentarse. Rondeau estaba más preocupado por el liderazgo de Don Martín Miguel en el norte que por aunar fuerzas y preparar la resistencia frente al enemigo externo. Con la mediación de Macacha, se consiguió firmar la “Paz de los Cerrillos”, que ratificó a Güemes en la conducción de la guerra gaucha y, además, estableció que brindaría su auxilio a las tropas enviadas desde Buenos Aires. En la actualidad podríamos calificar a esta dama como a una “hábil operadora política”.noe reemplazo

Arte con maíz  

ESPÍA SAGAZ

Macacha, al igual que otras mujeres de la época, conseguía información que luego le hacía llegar a su hermano. Espía sagaz y operadora política de lujo, lo protegía y lo ponía sobre aviso ante cualquier cambio de marcha. Arriesgada y atrevida, aun durante su embarazo, cabalgaba los caminos de su infancia hacia el campamento, para avisar de alguna emboscada o algún mensaje de urgencia.

Retrato del General Güemes y "Los infernales" en combate
Retrato del General Güemes y “Los infernales” en combate

 

¡CUÁNDO NO!: MUJERES

La circunstancia de saber que padres, maridos, hijos, hermanos se encontraban en los ejércitos patriotas dio a las mujeres el motivo más poderoso para convertirse en espías constantes y celosas en un sistema organizado de información. No las detuvieron los peligros y penalidades, propias de una ciudad sitiada. En Salta se necesitaba una comunicación casi diaria sobre qué ocurría en la plaza. Además de los mensajes dentro del ruedo de las polleras y los buzones, era común enviar a las criadas al río para el lavado de la ropa. Estas asistentes, fieles a sus señoras y entusiastas patriotas, entre la ropa o dentro del cántaro, llevaban la correspondencia que dejaban en lugares ocultos de un árbol.

Retrato de una espía: Doña María Loreto Sánchez de Peón Frías
Retrato de una espía: Doña María Loreto Sánchez de Peón Frías

 

PANADERAS Y CONTADORAS

Para colaborar como espía en defensa de la patria no se necesitaba ser una experta contadora, alcanzaba con ingenio y tesón. Se valían del grano americano por excelencia –el maíz- para su sistema de contabilidad precario. A fin de conocer el número de tropas enemigas, una mujer humilde aparecía por las calles y ofrecía pan que ella misma hacía justo a la hora en que pasaban lista en los cuarteles del rey. Para no equivocarse, la mujer llevaba en el bolsillo de sus polleras una cantidad de maíz y dos bolsitas vacías colgadas en la cintura. Sentada allí, con su pan en el patio del cuartel, en la plaza o en la calle, iba echando el maíz en la bolsita de su derecha, por cada soldado que respondía presente. Hacía lo mismo con la de la izquierda, cada vez que se respondía ausente. Aquellas contadoras, quizás las primeras de nuestra historia, mediante un simple resultado aritmético, pasaban al General Güemes la cifra de enemigos en aquel sitio. Esta operación se repetía cada vez que llegaban refuerzos del Perú.

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Arte con maíz

 

MINISTRA SIN CARTERA

En sus acciones, Güemes debió enfrentar a una parte importante de la elite salteña, más dispuesta a acordar con los realistas que a tolerar el poder del “gauchaje”. El 5 de mayo de 1815, la voluntad popular lo consagró gobernador de Salta –fue el primer gobernador electo y no designado a dedo por Buenos Aires, en lo que hoy es territorio argentino–, lo que inició un período de enfrentamientos civiles superpuestos a la guerra contra las fuerzas del rey. Macacha fue el verdadero ministro de su hermano: con ella, Güemes no tendría secretos de gobierno. El hombre no realizaba ninguna acción comprometida sin su mediación y parecer. Ella lo acompañaba con sus consejos, nacidos de la perspicacia y delicadeza, e intervenía personalmente en actos más públicos, aun en los mismos hechos de la guerra: montaba a caballo, recorría las filas y arengaba las tropas. Así la describía un escritor salteño: “(…) arrogante y hermosa, (que) durante el gobierno difícil de la guerra, habría de llevar la armonía a las pasiones, la prudencia y el acierto en los consejos, la luz en los momentos más delicados del peligro y una sagacidad e inteligencia nobles y generosas en la diplomacia, acompañado todo ello de la seducción y el encanto que se desprenden de la mujer inteligente y culta” (3). Otra aproximación a su figura la dan los versos de Jaime Dávalos:
Macacha Güemes, tus ojos / son dos luceros en guerra / por eso hasta las guitarras / te copiaron las caderas. En tiempos de serenata / la oscuridad en tus trenzas / brillaba como las lanzas / a flor de la montonera. Mamita del pobrerío, / palomita mensajera, / que entre el gauchaje lucía / lo mismo que una bandera. Macacha Güemes, muchacha, / fibra de miel y azucena, / tus ojos negros mojaron / de amor, la noche salteña” (4).

Mientras su hermano combatía al mando de su ejército en la Guerra Gaucha, Macacha condujo el gobierno provincial, encargándose de desarmar operaciones contra su gestión. Las familias de la élite salteña, tenían desconfianza, pues no aceptaban un liderazgo “gauchesco, y formaron el partido opositor, Patria Nueva. Para contrarrestarlos, junto con José Ignacio de Gorriti, Macacha formó el partido Patria Vieja, sostén del gobierno de Güemes hasta su fallecimiento.                                      

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“Los visibles”, Eduardo Esparza

 

TRAIDORES, SIEMPRE HUBO

En 1821, Güemes se encontraba con Macacha, cuando una partida realista lo emboscó e hirió. Fue en Salta, el 7 de junio. A los pocos días, Martín murió. Ella continuó activa en los sucesos políticos de la provincia, con la audacia que la caracterizaba. Fue muy querida por el pueblo debido a la generosidad con que ayudaba a los necesitados, que no escaseaban en tiempos de lucha.

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“La vela”, Salvador Dalí

 

REVOLUCIONARIAS

Tras la muerte de su hermano, Macacha siguió al frente de la “Patria Vieja”, donde participaban otras mujeres, como su madre, Magdalena Goyechea, y sus sobrinas, Cesárea y Fortunata de la Corte, entre otras. En medio de las disputas por el poder entre miembros de la elite, en septiembre de 1821, Macacha, su madre, su esposo y otros “güemistas” fueron detenidos. Se produjo entonces la “Revolución de las Mujeres”, en las que el “gauchaje” se sublevó y saqueó la ciudad de Salta para poner en libertad a la madre y a la hermana del caudillo, por entonces, ya apodada “Madre del Pobrerío”. No se amedrentó con la detención, más bien se estimuló con la pueblada y siguió su gesta. Salteña brava, con el apoyo militar de Pablo Latorre, derrocó al gobernador Fernández Cornejo y puso en el cargo al General Gorriti. No conforme, en 1824 se rebeló contra el General Juan Antonio Álvarez de Arenales “y nuevamente contra el General José Antonio Fernández Cornejo, once años después, provocando la delegación del mando de este en manos del general Felipe Varela“.

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Macacha Güemes

Macacha Güemes murió en su ciudad natal, el 7 de junio -la misma fecha en que su amado hermano había sido herido- de 1886.

 

CAMPANAS AL VIENTO

En los territorios ocupados, España tendió redes de connacionales que fueron afianzándose en puestos claves de la administración del Virreinato y constituyeron la “elite” de los territorios ocupados. Fuera de sus cálculos, quedó el deseo de ser libres de los pueblos originarios y de sus descendientes. El movimiento libertario del norte debió enfrentarse a la “alta sociedad” salteña, plagada de españoles y funcionarios opuestos al ejército del General Güemes y a sus “Infernales”. El poder de turno no dudó en dar muestras acabadas de miserabilidad, con tal de no perder su posición dominante. En la vereda contraria, se yergue Macacha Güemes una mujer -como algunas otras- que no dudó en ofrendar sus bienes, arriesgar su vida y su familia, en aras de la libertad nacional.

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Martín Miguel de Güemes y Macacha, en monumento salteño

 

(1) General José María Paz. (1791 – 1854) Militar argentino. Campañas de la Independencia.
(2) Pigna Felipe. Argentino. Contemporáneo, Profesor de historia, escritor.
(3) Bernardo Frías. Argentino. (1866 – 1930) Abogado, docente y escritor.
(4) Dávalos Jaime. (1921 – 1981) Poeta y músico argentino.

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