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Reflexiones acerca de la miseria: sobre los sometimientos del laburante actual.
Por Roberto Aguilar

“A la espera que acabe la opresión,/mi cuerpo dijo basta./Se arremolinó/trepó
sobre el muro enredado en fuego./Era una tormenta del trópico./Me
trajo ramas, hojas, frutos,/un pájaro de fuego,/y escapó.”

                           

NADIE ME CHIFLARÁ EL CULO

Un día en la vida de un trabajador obediente a las reglas esclavas de los amos del siglo XXI es un día más de cansancios y largos bostezos. Pero no fue tan así en el caso de una tarde en la vida del operario Pablo Schultz. Esta resultó una tarde de verdad crepuscular, cuando Pablo apuró la noche de sus horas estresantes, bajo el yugo del patrón.

Aquella jornada laboral, Schultz ingresó a su trabajo como electricista en una fábrica de tela, situada en uno de los centros fabriles más populosos del Gran Buenos Aires. Atrás había quedado su piezucha alquilada por dos mangos, dentro de una casa chorizo y de estilo colonial a medio derrumbar. Postergó para la noche su vida en familia, los recuerdos de su ex esposa, sus hijos y su actual novia venida hacía poco del Paraguay.

Era lunes. Ni bien ingresó, desde la portería, lo pararon con un “No se cambie, no fiche. Está suspendido por un día.” Cuando escuchó estas palabras, hizo todo lo contrario, no sin antes recriminar al portero: “Que manden carta documento. A mí no me llegó nada. Esto es ilegal.” Como un rayo, pasó por encima aquella orden, fichó, se fue a cambiar y esperó en el banco su hora de ingreso.

Al llegar el portero de la tarde, Schultz estaba acostado sobre el largo asiento del vestuario y lo saludó. Le guiño un ojo, se paró y le dijo con tono de amargura: “Me quieren suspender. No se los voy a permitir ¡Con qué razón! Ni siquiera me llegó una puta carta documento. Se lo dije al ortiva de tu compañero…” Entonces, el hombre de las mil llaves le sugirió: “Pablo, esta gente se maneja mal. Te lo mandan un fin de semana cuando no hay correo. Hacen lo La única luchaque quieren. De cualquier manera, hablá con el gerente de Recursos Humanos. Quejate, pero escuchá su directiva. La carta, por ahí, te llega más tarde. Total, es un día nomás. Después seguí con tu vida normal. La tormenta pasará.” Schultz le contestó, mientras le rodeaba los hombros con uno de sus brazos: “No te preocupes, compañero. Me sé cuidar solo. Estos hijos de puta no se van a salir con la suya. No es así como se trata al obrero. Si me van a bardear, yo sé qué decirles. Y, si me quieren pisar, gritaré y nadie me chiflará el culo.”

EL NO YA LO TENÉS

La ronda de los presos - Vincent Van Gogh
La ronda de los presos – Vincent Van Gogh

Era Pablo y su rebeldía contra todo tipo de discriminación. Pablo y su continua lucha contra la persecución laboral por “vago pagado por hora” o por amigo de los delincuentes y putas del bar de la esquina. Siempre señalado como peligroso, pese a su trabajo bien hecho y a su amabilidad. Allí, en un gallinero fabricador de huevos de oro, no importaba ser honesto, sólo importaban la imagen, “la buena moral”, las costumbres pulcras y, sobre todo, la disciplina. Esto último le faltaba a Schultz. No se callaba ni se sometía a las reglas doctrinales de sus jefes y compañeros. Finalmente, era su vida privada. Pero, en un gallinero, no prevalece la dignidad del trabajo, sino la moral, el acatamiento a un dios llamado dinero y el látigo sobre la espalda del negro cosechador de granos. Contra el tedio y el látigo, estaban Schultz y sus eternas discusiones. Era Pablo, el rebelde, algunas veces en silencio y otras mientras daba pelea. Hasta que, aquella tarde, estalló contra su pequeño mundo de paredes, pasillos sucios, polvo y pozos de desechos químicos. Ese mundo que se había constituido como una cadena de persecuciones, unos días antes de la persecución, vaya a saber por qué detalle, recibió la gota que desbordó el vaso.

EL CERCO

Alertado por el portero de la mañana, el jefe de Personal llamó a todos los encargados de áreas eléctricas y de producción para que le quitasen el trabajo. El paria enfermo estaba adentro del cuerpo capitalista y había que extirparlo definitivamente de la empresa. La consigna era: no a la entrada al taller eléctrico. No al uso de herramientas u otras propiedades de la fábrica. No al diálogo o aproximación corporal con el demonio. En las mentes de sus compañeros y jefes estaba el brazo extendido a la puerta de salida y un cartel que decía: “Andate”. Pero Pablo no se amilanó, caminaba por toda la fábrica, buscaba algo para hacer y, al no encontrarlo, volvía a su taller con las puertas cerradas para él. Después, retomaba su caminata en círculos. Hasta que, debajo de una escalera, encontró las alas de su liberación: una máquina de soldar y una máscara. Tomó el carrito con aquellas herramientas, se dirigió a sus tareas y fuck you, al mundo de los mandatos, fuck you, a la injusticia y fuck you, al no.

fack you

¿QUIÉN ES EL MONSTRUO?

Schultz se encontraba en el medio del campo enemigo. Y su verdadero lugar esperaba en la calle, en los pasajes de la protesta y la rebelión. Pero en ese momento no había nadie. El desierto de las avenidas lo reclamaba y, adentro de la fábrica, ardía el infierno. Estaba más solo que nunca.

Caminó hacia el sector de producción y se encontró con el jefe de personal que lo buscaba.

-¿Sabía usted que está suspendido? Aquí no puede circular. Le recomiendo que se retire- le ordenó el de Recursos humanos.

-Yo le diría que primero me mande la carta documento- le contestó Pablo.

-La carta le va a llegar, pero ahora retírese- volvió a insistir el bulldog. Atrás de él, se acercó el jefe del taller eléctrico, quien repetía como en un eco: “Andate, andate”.

Extracción de la piedra de la locura (detalle) - Jerome Bosch, el Bosco
Extracción de la piedra de la locura (detalle) – Jerome Bosch, el Bosco

Entonces, Pablo se subió a su rebeldía como a un caballo alado y pisó a los perros que le ladraban con varios insultos. Aquellos perros huyeron despavoridos y decididos a traer una jauría. Pero las bestias no aparecieron. Bajo el ruido de la bóveda negra de aquella fábrica, el miedo al rebelde tejía, en cada operario, un silencio aplastante como respuesta a todo mandato vinculado al cartel de expulsión de la patronal. Porque alguien estaba dispuesto a quemar aquella sentencia de siglos de repetición. Schultz, con su proceder, fabricaba otra consigna: “Me quedo y exijo lo que me deben’’. Sin embargo, el mutismo de aquellos autómatas venía cargado de desprecio y odio por el distinto, por el esclavo cortador de cadenas milenarias. Tenían repulsión a su cartel de justicia y libertad. No podía haber alguien así. Sus dueños de la era moderna se los prohibían. Los antiguos patroncitos de estancias devenidos en gerentes eran Frankensteins, creadores de nuevos monstruos buenos y obedientes. De esta manera, horrible lector, cada operario lacayo se escondía detrás de cada rollo de tela, de cada máquina. Y veían pasear al rebelde con su carrito de cuatro ruedas por los pasillos de la fábrica. Y los perros llegaron:

Varios guardias de seguridad, mandados por el portero de la tarde, se escondieron también detrás de las columnas y espiaron a Schultz. Lo vigilaban. La orden era: no asustar al monstruo. No aumentar su violencia anti institucional. Pero el monstruo se espantó, ya dentro de la locura. Él presintió aquellas sombras policíacas. Él supo que aquellos insultos al jefe de personal le habían abierto el camino al barranco y entonces lo empujaban hacia allí. Estaba en el horno del Dr. Frankenstein. En el fondo,  ya se sabía despedido, era su última tarde en aquella fábrica. No había suspensión ni carta documento que lo salvara. Así que, perdido por perdido, pasó por la columna donde se encontraba el tablero eléctrico principal y bajó la palanca de su sentencia al abismo. Las máquinas de todos los sectores productivos se pararon y el monstruo, cubierta su cara con la máscara de soldar, se puso a arreglar, debajo cuerpo enredador en fuegode unos caños del tren planchador de telas, un antiguo trabajo dejado días atrás. Su mente se negaba al despido, se negaba a la falta de empleo. La carta documento no le había llegado y el monstruo tenía la opción de hacer arte. El arte de la rebeldía.

¿LOCO YO?

Sin embargo, ese arte llevado al extremo por el opresor de turno, como un sol único del universo pintado por Van Gogh, hizo caer a Schultz. En esa tensión -entre la de la rebeldía contra aquel sistema y  la sumisión a las cadenas del trabajo-, terminó por ganar el sistema y lo enloqueció. Fue inevitable: por un lado, estaba su libertad individual y por el otro, la libertad de su ex esposa, de sus dos hijos pequeños y de su novia del Paraguay. Ellos dependían de su sueldito y de su cárcel de sucias reglas laborales. Era “libre de elegir” quemar los mandatos de los dueños de su vida o seguir bajo el yugo del empresario para evitar el hambre de su familia. Pero, en verdad, no tuvo ninguna de esas dos opciones. Le hicieron tomar un atajo: el de la locura.

Y entonces era Pablo con su máscara protectora contra los ojos rojos de los demonios de sus jefes y compañeros. Pablo, y un palo de escoba convertido en fusil en la guerra interminable. AbismoPablo, abrazado a un tanque de aceite, como si de su madre se hubiera tratado. Schultz fotografiado por sus compañeros, como una bestia africana detrás de una jaula. Pablo, el loco de la escoba espanta brujos y brujas del aquelarre del gerente de Recursos Humanos. Por momentos, era también el rebelde acuclillado contra una pared, abrazado a sus piernas. Sin querer, el empujón al abismo se convirtió en el primer vuelo de su vida contra el fondo sin fondo del aquel infierno.

AL LECTOR:

Y todo lo demás es relato casi conocido: la ambulancia que llega. Una enfermera que lo convence de sacarse la máscara protectora y deponer su arma contra el enemigo. El calvario hacia la enfermería, con los brazos extendidos sobre los hombros de un guardia de seguridad y de la enfermera. Schultz arrastrado por los pasillos como los ladrones o como Cristo después de su crucifixión. Y, de golpe, ante la vista de los doctores, Pablo fue la cara del ángel caído destruida por sus pensamientos, el antifaz y las horas de aquella tarde interminable que le dejó la piel hinchada, surcos rojos y amarillos en la frente, pómulos y pupilas dilatadas. Finalmente, el loco abrió la boca en un grito sin sonido, con la espuma de un perro rabioso. Así, el cuerpo débil del demonio estaba tirado sobre una camilla del consultorio médico de la fábrica. Se trataba de un cuerpo indefenso como  el de un niño. Su mirada pedía piedad.

Agencia de colocaciones        Tira ilustrada de Quino

¿Qué más le podemos pedir a Pablo, horrible lector? ¿Qué más le podemos pedir a ese cuerpo sanado por completo? ¿Y qué más te deseo, sino que inventés nuevos dioses o le des al dios todopoderoso de tu dinero un nuevo nombre? ¿Para qué? Para que te metas más en la locura de la esclavitud del aire que respiramos cada día. Que te sofoque y mate con desesperación. Te deseo lo peor. Tal vez, al borde del desfiladero, escucharás caer tu obsecuencia ante los poderosos. Y puede que sientas –y los que no, ya están condenados a la locura de la razón-, como Pablo, en algún momento de tu triste vida, que hay una salida donde podrías inventarte algún tipo de ala y un cuchillo redentores de tu prisión. Un ala para caer y un cuchillo para matar al dios opresor.

David y Goliat
David y Goliat – Gustave Doré

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