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La orfandad: Sobre “Terrenal”, de Mauricio Kartun.

Por Héctor Lontrato

 

COWBOY

De chico quise ser un cowboy como Matt Dillon, “El hombre del rifle” o “Colt 45”. Con mi hermano, no tardamos en convencer a nuestros padres: resultaba imprescindible tener una réplica de revólveres relucientes y cartucheras, sinónimo de portación de hombría. Ocultos tras los árboles, disparábamos para luego protegernos de la balacera. Y así, en interminables horas, se deshacía la siesta.
Una vez, uno de nuestros amigos del barrio nos mostró cómo había hecho arcos y flechas con sus manos. Desde entonces, no hubo nada más divertido que buscar las mejores ramas de los paraísos, probar su elasticidad, pelarlas, hacerles una incisión en cada extremo y ponerles la cuerda. Poco a poco, nos identificábamos con los indios.
Detrás de ese posicionamiento, sólo estaba la simple fascinación por el juego: flechas punzantes contra latas vacías de tomate, sobre la pared medianera. Alguna que otra se metió en casas vecinas y eso determinó que nos quitaran el hilo y el cortaplumas. Aburridas tardes, tan solo de soñar.
Y, en esos viajes oníricos, hacíamos rondas surgidas de los ritos matrimoniales, jugábamos al fútbol que reproduce la lucha de los dioses por el sol o participábamos de los juegos de azar, derivados de prácticas oraculares. El juego como pasaje de lo sagrado a lo profano, según el filósofo italiano Giorgio Agamben, también consiste en la restitución de lo sagrado o religioso al uso y propiedad de los hombres.

LITURGIA ÁCRATA

Con la modernidad, los juegos se perdieron detrás de sucesivas pantallas, aunque el hombre nunca dejó de buscarlos en bailes y fiestas. Tal vez los entretenimientos televisivos sean parte de una nueva liturgia ácrata, como la lúdica mirada que propone Mauricio Kartun en “Terrenal”.
Fue en un lugar perdido de la provincia de Buenos Aires, donde el dramaturgo halló los elementos para escribir una obra de teatro, en la que se pone en juego de manera explícita la lucha de un hijo por el amor del padre. Pero, bajo ese conflicto, subyacen otros. La devoción de Caín por Tatita es tan grande como la que tiene por la producción de morrones y el capitalito. Su apego a las normas no es reconocido por el creador y se presenta entonces como un exégeta de las leyes divinas. Indignado, no ahorra recriminaciones: “Soy lo celeste y elige lo negro/Soy desvelo y elige el sueño. Soy lo hecho y elige a lo echado/Soy prendario y elige lo desprendido. Soy botón y elige el ojal/Soy sombra y elige al asombrado. Soy el juicio y elige al pleito/Soy regla y elige al regular/Soy negocio y elige al ocio. Soy uso y elige abuso/Soy el mundano y elige al inmundo. Soy la derecha y elige la torcida”.
Implora castigo, reprimendas, ser tenido en cuenta por un padre ausente que tajea su historia y le deja jirones de orfandades. El faro de la culpa por la culpa misma guía cada uno de sus actos. No alcanza a comprenderlo: no es algo propio, sino sistémico. Está determinado a sentir de esa manera porque, como decía Walter Benjamin, “el capitalismo es quizá el único caso de un culto no expiatorio, sino culpabilizante (…) Una monstruosa conciencia culpable que no conoce redención se transforma en culto no para expiar en él su culpa, sino para volverla universal (…) y para capturar finalmente al propio Dios en la culpa (…) Dios no ha muerto, sino que se ha incorporado al destino del hombre”.

Balestra, Antonio, 1666-1740; Cain and Abel; Musemus Sheffield

AMARGO MORRÓN

El odio de Caín trasmuta en fratricidio. Saborea la culpa y pide ley, rigor, justicia. Tatita no tiene más remedio que condenarlo al destierro: “Sos tu condena Caín (…) Sos el fruto que plantaste. Sos tu propio Morrón. Enorme, vacío y amargo. Que, cuanto más enorme, adentro más vacío. Hace veinte años que te venís condenando solo… Vas a andar sin detenerte y no te alcanzará la tierra… juntarás capitalito y, por guardarlo, harás muros más altos todavía. Y fundarás bienes raíces, pero vivirás desarraigado, temblando cada día de pensar en perderlo. Y, por ganar más, perderás el sueño…”.
Ya no se siente un personaje secundario de la historia. La condena revive su deseo, cree que las cosas se hicieron como se debía, como la ley manda. Pero aún tiene miedo de ser despojado de lo que ganó con el sudor de su frente en reverencia al creador. Un temor similar al que Gilgamesh, héroe de la leyenda sumeria, desarrolló en su épica gesta: “Cuando muera, ¿no seré como Enkidu (su amigo de aventuras muerto)? El espanto ha entrado en mi vientre. Temeroso de la muerte, recorro sin tino el llano…”.
Gilgamesh fue en pos de la vida eterna y estuvo a punto de alcanzar el objetivo, hasta que una víbora se robó la planta que convertía a los ancianos en jóvenes. Su queja fue profunda: “¿Por quién se gasta la sangre de mi corazón? No obtuve una merced para mí ¡Para el león de tierra obtuve una merced! Y la marea la llevará a veinte leguas de distancia”.
El juego de Caín es otro. No se lamenta por la cruz que debe cargar. Por el contrario, su espíritu se llena, está en su salsa. Se proyecta hacia adelante, quiere poblar la tierra de Caínes. Evita hablar de destino, como le propone su Tatita. Prefiere pensar en el “porvenir”, que es “más proactivo”. Al eliminar a Abel, cree tener el camino libre para ejercer sin restricciones su prédica capitalista, el derrame de la culpa en todos los pliegues de la sociedad. Sueña con un mundo sin vagos como su hermano: despreocupados, sin vocación de acumular, producir y explotar o ser explotado.
Pero Caín no lo sospecha: en el vientre de su futura esposa, se aloja la semilla libertaria de las conciencias dispuestas a profanar cuanto sea posible. Con irreverencias que desafían al destino y nada se guardan.

Gilgamesh, British Museum.
Gilgamesh, British Museum.

RAYUELA

Salto en la rayuela, me cuelo en la soga, me sumo a un picadito de fútbol y me lleno de tierra los nudillos con las bolitas. Caín se indignaría frente a estos actos profanos y me obligaría a tomar su rastrillo para mejorar su producción de morrones. Entra nuevamente en escena el juego con su incertidumbre, sin resultados puestos de antemano, lejos de tasas de ganancia y ecuaciones. Todo en desorden, sin cuentas que rendir: el tiempo a nuestra merced, a disposición de volátiles deseos y pasiones.
Como hijos de dioses que son, Caín y Gilgamesh van de la mano, sin familia ni noticias de su madre. Jamás supieron qué es una suave caricia al despertar, sanadores abrazos o el odioso límite del no. Y así les fue en su deambular por escenarios distintos  en busca  de dignos oponentes que les brindaran a sus vidas, a la vez, reconocimiento y sentido. Con esas carencias y la orfandad, condición básica de lo terrenal, cosieron el hilván de sus propios destinos, conscientes al final de su fragilidad. Cada uno eligió su camino. Uno, el sendero del egoísmo, la violencia y el capitalito. El otro, la vida. Aun a riesgo de entrar en lo profano.

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