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La orfandad: Sobre los alebrijes.

Por Alicia Lapidus

 

SERES DE LA NADAAlebrijes2

Vengo de la nada. No tengo tiempo, no tengo esencia, me trasmuto. Me muevo a través de los siglos en ese espacio de ser y no ser. ¿La forma? No importa, cambia en cada aparición, los colores se definen, se detallan, se deciden en cada llegada. Estoy en la tierra, en el cielo y en el universo. No pertenezco a ningún lugar. No nací y jamás moriré. Soy un alebrije.

Todo había comenzado durante una cena en mi casa con unos amigos de Costa Rica. Ella me contó que hacía alebrijes. ¿Qué es eso? Ella extrajo su teléfono de la cartera y me mostró unos seres extraordinarios a medio realizar. Increíbles, mezcla de pájaros y reptiles, perros alados. Raros, encantadores, fascinantes y a la vez terroríficos. Ahí empezó mi interés por esos especímenes nacidos de una mente delirante.

Alebrije de Verònica

 

 

 

 

 

Alebrije de Verónica

PRESENTES, DESDE LA RAÍZ

Méjico, cultura indígena devastada por la “conquista”. Con espejos de colores que no alcanzaban a reflejar la sangre y el fuego próximo a caerles encima. La destrucción fue profunda, muerte física y de sentido. Cultura diezmada por quienes ostentaban las armas y la “fe única”. Los consideraron salvajes. Quedaron restos, trazas escuálidas, enterradas como un símbolo de aquello que fue, de florecido a marchitado por los invasores. Ahora esa población indígena se debate y sufre sumergida en una sociedad de consumo que le es ajena. Dentro de una cultura disciplinada por los blancos europeos, lo nativo quedó preso en museos. No parece haber futuro, pero resiste en raíces. Y ya lo sabemos, no es fácil matar las raíces ni la memoria.

Alebrijes primitivos

Vago por el mundo, soy una criatura que pugna por nacer sin vientre. Me muevo por las civilizaciones y aparezco en cada una. No se confundan, no soy un dios, soy la tierra, la naturaleza que le grita al hombre en cada época, que se desangra en cada chamán, en cada escultura, en cada animal.

 

PORFIAR EL VIENTRE

Los chamanes son hombres con prestigio mítico y mágico, dotados con poderes perceptivos poco habituales. Para ellos, el mundo animal siempre resultó un buen punto de partida. Sea por el modo o por el lazo que nos tienden los animales en la mirada, sea por la falta de palabras, la fauna es el sitio donde el misterio comienza a necesitar formas: en dibujos, poemas e historias. Conocer de cerca el mundo animal propició que los humanos los representaran. De acuerdo con la creencia chamánica, todo lo que existe en este universo tiene su par o su opuesto complementario en un universo paralelo. De ahí, las combinaciones: reptiles alados, jaguares-cocodrilos, serpientes-felinos, aves-mamíferos y un sinnúmero más.

Los conocimientos del chamán lo dotan de un poder para hacer. Ese poder lo obtiene de los espíritus que pueblan el cielo, animales celestiales, adonde los chamanes llegan en vuelo mágico. Muchas veces, en ese mismo vuelo, ellos mismos se transforman en alguno de esos seres míticos.

Cuando siento que me pierdo en la conciencia de la humanidad, grito. Ese lamento sale de mis entrañas. La desesperación no es sólo para los hombres. La impotencia, tampoco. Las bombas y la destrucción sí lo son y las sufro. A veces me convierto en un sueño que pugna por salir, me hago retazos y me reconstruyo en un delirio sólo por la porfía de renacer.

 

LA ALUCINACIÓN DE PEDRO

Pedro Linares López nació el 29 de Junio del año 1906, en ciudad de México. Extremadamente pobre, aprendió con su padre el oficio con cartón y papel maché. Realizaba máscaras que vendía para sostener, apenas, su existencia. En 1936, Pedro enfermó. El médico le dijo que tenía una úlcera gástrica, aunque él no entendió de qué se trataba, ni tenía los medios para tratarla. Empeoró cada vez más hasta que un día se desató una hemorragia digestiva y se desmayó. Dice su nieto que su abuelo parecía muerto. Por eso se inició el rito del velorio con velas, flores y rezos a su alrededor. Pero Pedro no estaba muerto, sólo inmerso en un sueño. En un delirio que lo regresó a su origen mítico:

Había una campana inmensa lejana, suspendida en el aire. Hacia ella caminaban todos. Era el mundo de los muertos porque, entre la multitud, estaba su hermano, fallecido hacía muchos años. De pronto el hermano de Pedro dijo:

– ¿Y tú qué haces aquí? No perteneces a este lugar. Vete por donde viniste.
– Sí, me voy –contestó-, pero dime por dónde, porque no sé ni cómo llegué acá.

Pedro comenzó a caminar en dirección contraria. Poco a poco, se alejó de la gente hasta quedarse sólo. Llegó a un sitio despoblado, desértico, lúgubre, donde apenas se atrevía la luz. Tuvo miedo. De las sombras, bruscas, surgieron bestias extrañas, horribles, hechas de retazos mezclados de animales. De mirada demoníaca, gritaban algo que le penetró en su mente y él entendió como “alebrijes”. Pedro corrió desesperado. El desmayo resultó tan violento como el despertar. Había resucitado.

AlebrijesIntentó explicar a su familia lo vivido: había visto un burro con alas y lengua de fuego, una serpiente con patas de gallo y pelo en lugar de escamas, un león con cabeza de perro y cola de dragón. Nadie entendía a este hombre que había vuelto de la muerte. Pedro lo explicó del único modo que sabía: en papel maché, creó a esos animales demoníacos y a la vez fascinantes que se habían introducido en su ser. Así vieron la luz los alebrijes: pidieron nacer en un sueño, de un creador sin vientre.

Soy huérfano, vi la luz en los chamanes de la pre-conquista. Enterrado con ellos, nunca me fui. Pugné por renacer sin útero, por salir de la bruma. Hasta que lo encontré a él, a Pedro. Lo preñé con devoción, lo llevé de vuelta a sus raíces, me desperecé en su inconsciente mítico, lo volví chamán y le di la fuerza para reproducirnos a nosotros, los alebrijes.

 

LOS MODERNOS RENACIDOS

Mi amiga de Costa Rica me recomendó con fervor que viera la película “Coco”. Pensaba que se trataba de una producción para niños. Con desgano y sin expectativas, la vi. A medida que transcurría esta animación, yo me adentraba más y más en la historia. Me emocionaba, me alegraba, me entristecía. Hasta que el mundo de los muertos se hizo presente. Y, ahí, con todo esplendor, aparecieron los alebrijes más hermosos, los más temibles y los más tiernos. Un espacio en la nada donde alebrijes y muertos convivían en la mayor armonía y donde el reto para sobrevivir era ser recordado por alguien en la tierra.

Como alebrije nya Pedro, estos seres se me metieron bajo la piel, me inundaron con una nostalgia por algo perdido. Igual que Pedro, me dispuse a no dejarlos morir. Mientras alguien, mientras algunos los recordemos, su presencia estará asegurada. Y, con ellos nuestro mundo se vuelve un poco, sólo un poco, mejor.

 

No puedo dejar que nuestra historia, nuestros orígenes, nuestra naturaleza se pierda en el olvido. No tenemos padres, aunque generamos muchos hijos. Cuando el tiempo transcurre y nos vamos desvaneciendo, nos revolvemos, nos recreamos y aparecemos. Cambian nuestras formas, nuestros colores, pero jamás cambiará nuestra esencia natural en lucha contra ustedes, contra su destrucción, contra los hombres destructores.

Venimos de la nada. No tenemos madre ni padre. Ustedes, los que nos recuerdan son nuestros hijos. Nos movemos a través de los siglos en ese espacio de ser y no ser. Estamos en la tierra, en el cielo y en el universo. No pertenecemos a ningún lugar y estamos en todos. No nacimos, jamás moriremos. Somos alebrijes.

 

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