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El cuerpo: sobre balas, ensaladas y otros mundos.

Por Martín Pinus, desde Córdoba.

 

CUERPOS FINALES/REBECA

Cuando te lo cruzabas por la calle, en el barrio, te saludaba siempre. Era más bien retraído, algo hosco si querés, pero educado. Buen vecino, ni el mejor ni el peor, tranquilo; bastante desaliñado, un tipo callado, aunque atento. Alguien con quien podías cruzar algunas palabras, una conversación de ocasión, sin peso. Alguien que no se iba a quejar si los chicos del barrio le pegaban un pelotazo en las rejas de su casa jugando en la vereda. Por eso nadie pensó en él cuando se supo de los disparos. Claramente uno podía imaginárselo más como linyera que como asesino. El primer tiro en la nuca fue para su hija menor, la de dieciséis, Rebeca. Después fue hasta la habitación de la mayor, de veintitrés, recién recibida de psicóloga y, al igual que con la otra, le pegó un tiro en la nuca y amortiguó el sonido con la almohada. Apenas clareaba el día. Los vecinos salían a trabajar o a llevar sus hijos a la escuela. Cuando su mujer se levantó por los disparos y comenzó a los gritos, él ya estaba encerrado en otra de las habitaciones. El tercer tiro fue para él. Dicen que quería salvarlas de este mundo, o algo así. Casi siempre vemos solo una parte de las cosas. Casi nunca lo que está del otro lado. Mucho menos, lo de adentro. Para La voz del Interior, fueron tres cuerpos sin vida en la calle Paso de Los Andes, entre Duarte Quirós y Bv. San Juan.

Foto, Fernando Vélez
Foto, Fernando Vélez

 

CUERPOS CONTENEDORES / SACALA, DAVIS

Foto, Martín Pinus
Foto, Martín Pinus

Dos cuchillos y tres tenedores para doce personas. Dos vasos de nacimiento y otros dos por la modificación genética de un par de botellas. Tres tablas para veinticuatro manos. Y dos ensaladeras pop gemelas. El mejor asado no pide protocolo, sino ganas de comerlo.

Dicen que, cuando Davis creó la copa que lleva su nombre, se olvidó de encargar un trofeo y robó una ensaladera de plata de la casa de su abuela para entregárselo al ganador. La ensaladera-bidón le gana por afano a la de plata. Si fuera galería de arte contemporáneo, se lleva la barba hipster de oro.

Hace poco en un cumpleaños participé de una discusión -larga, laxa, a veces picante, a veces babosa y por momentos narcótica- sobre el arte. Si hubiera tenido a mano esta foto. Pero no. El arte de la comida no está en ridículas recetas con bigotes caramelizados de pulpo. Te cachetea más los sentidos un niño bailando solo en la vereda que una instalación de espejos que te miran. Hay mejores historias en las conversaciones de los colectivos que en muchos libros decididos por el mercado. Hay más esencia en una foto robada al asador que terminó en el piso con la copa intacta luego de resbalar con la leña, que en cualquiera de las publicadas en los diarios que hemos sabido conseguir.

Partido de sábado. Asado para festejar el empate. Doce duques del barro y el desgarro fácil. Arte en el tablón bajo un quincho invadido de gritos por los cuatro rincones. A la vida le hacen falta menos pantalones largos. Menos corbatas. Menos contratos. Menos horarios. Menos etiquetas. Menos caretas. Menos cosas que comprar. Menos sonrisitas de ocasión. Menos miradas de costado. Menos platos de sitio. Y más ensaladeras-bidón. En tu cara, sushi.

 

CUERPOS INVISIBLES / MUNDO PRESTADO

Subo al colectivo en Rafael Núñez. Voy pensando en el dos por uno a los genocidas. Torturaron a mujeres embarazadas. Robaron sus hijos. Eso me lleva a recordar a la madre de las bombas que tiró Trump hace rato. Asociación libre. Gente asesinada. Costas de Europa con cuerpos de exiliados, el mar los escupe con el mismo asco de los países que no los dejan entrar. Grupos neonazis que vuelven a florecer, si una flor pudiera oler así de hedionda. Llego a Castro Barros, pero parece que hubiera llegado al fin del mundito este. Voy parado, no hay asientos libres. Bajo la mirada. La nena de algo menos de tres años escucha atenta a la madre, de unos treinta, que va leyéndole un cuento.

A medida que escucha, la nena señala el librito ilustrado y hace preguntas, muy seria. Son de otro mundo, tan chiquito como  hermoso, y prefiero quedarme a vivir de prestado un rato en ese, por lo menos, hasta que me toque bajar. Me transformo en un cuerpo invisible, un secreto oyente más de ese cuento, que pienso llevar dentro de mí por muchos días más que el transcurso de este viaje.

Foto, Fernando Vélez
Foto, Fernando Vélez

 

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