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El cuerpo: Sobre Juan Obar Peña.
Por Liliana Franchi

 

HACER SOMBRA

portada lilyEsa tarde fresca, dos rostros me sorprendieron al subir la mirada, estaba por empezar el turno de la noche. Se precipitaban entre charlas, tenían la ansiedad justa para lo que necesitaban. Al joven de tez aceitunada le caían unos rulos sueltos y desordenados entre sus ojos negros. Respetuoso, seductor, su madre lo acompañaba. Quería empezar el primer año en la escuela nocturna, recibirse y poder trabajar para ayudar a su familia. Vivía con su mamá y tres hermanos.

Entonces, una noche tibia de marzo, empezó su primer año. Era un buen alumno, aunque a veces se lo veía un poco cansado, desanimado tal vez, nada que una charla no pudiera remediar. Así pasó su año escolar, listo para el siguiente. Respondía al afecto, cariñoso, sensible y agradecido. Nos separamos hasta el año entrante.

 

EN EL DIARIO HABLABAN DE TI

“En un enfrentamiento con la policía, caen abatidos dos delincuentes, en intento de robo a mano armada”, mencionaba el diario, todo parecía sucederse como una noticia más del montón cotidiano hasta que vi su nombre estampado en ella, Juan Obar Peña.

Recuerdo haberme sentado y releer ese nombre una y otra vez. Las imágenes pasaban por mi cabeza como en una película de los años veinte. Su primer día, las conversaciones, el apodo con que lo llamaban, la sonrisa sutil, mi mano sobre su hombro acompañándolo, su conducta casi ejemplar. Todo era repetición, sorpresa y dolor. Juan era un pibe chorro, el que robaba para comer, porque la vida no le alcanzó a dar otras opciones. Juan robaba y estudiaba, en esa casi contradicción continua, Juan robaba para comer porque lo de su mamá no alcanzaba y sus hermanos tenían hambre. Juan cayó como caen estos pibes abandonados en su suerte misma.

 

SILENCIO DE GORRIONES

imagesEl gorrión no cantaba, gritaba en la mañana, irrumpía en la niebla, a mí me gustaba, me hacía sentir acompañada. Mis pies se hundían en la tira veintitrés, mientras las casillas se negaban a mostrar sus techos mojados, tan húmedos como chatos.

José apenas se movía en la cama, su remera, colgaba en una percha rota, ya hacía sombra a su rostro lánguido.

Juan Obar Peña, apenas un adolescente con su cara pétrea, soportaba el dolor de un cuerpo caído, vencido, atravesado por un tiro certero. Qué poco vale la vida cuando no tenemos nada que perder.

 

ATISBOS

image_content_8784056_20170830214902María, su mamá, me ofreció un mate. Qué ironía, recordé, tan solo hacía un año atrás, le había preparado un té cuando ella vino por su escolaridad. No tienen nada, son la nada misma en un momento de la vida y, no obstante, tiene ese atisbo de sorprendernos con un proyecto. Esa señal que dura un suspiro, una ilusión, juega con un espacio mediato y vence, se desvanece como tu cuerpo ahora. Cuerpo que vivió firme, fuerte y yace triste. Castigado, mutilado, sorprendido en alguna noche, atrapado en su propia trampa.

Tomé su mano, abrió los ojos y me sonrió, fue la última vez que lo vi. Murió la mañana siguiente, sin flores ni cortejo viajó el viaje de los pobres.

 

EPÍLOGO

verimgSufro su ausencia, lo que no pudo ser. Cuerpo que puso el pecho porque la vida a muchos no les vale ni una alegría, cuerpo que quedó sin alma, cuerpo vacío, herido, lastimado.

Juan se levanta y vive entre los otros, entre quienes lo intentan y quieren ser.

Por ellos bien vale la pena seguir. Me sorprenderá con otra sonrisa algún día de estos, sabe hacerlo bien.

El eterno y lastimoso conflicto de los que se adueñan y excluyen. De quienes piensan que los pobres han nacido así y deben morir de la misma manera, sin querer ver que, ellos mismos -los segregadores- son parte activa y perversa de esa opresión permanente. En ese delirio se adueñan de expectativas de crecer o, tal vez, sólo de trabajar dignamente.

Nada más cruel que la insensibilidad de quien no desea que el otro salga del barro y camine por el asfalto tibio en invierno, para que sea menos costoso llegar a destino. Es aquí donde sucumbe la solidaridad, la mano al hermano, y le saca toda ínfima chance.

Los pobres no tienen derecho a eso, solo pueden vivir en la opresión permanente en manos de quienes la ejercen.

Juan se levanta, lucha, pelea, intenta, sigue, se proyecta y cae. Esta vez no lo logró, pero aparecen muchos Juanes que devorarán la vida en lucha y seguirán de pie. Su lucha es mi lucha y la de cada uno que dignifique la inclusión y equidad en este entramado social tan deshilachado en estos días que corren.

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