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El cuerpo: sobre seguridades, aparatos y un poco de amor.

Por Ramiro Gallardo

Fotografías: Rodrigo Abd

 

Max_HeadroomA finales de los años 80, en pleno auge del videoclip, se estrenaba Max Headroom, una serie futurista de estética cyberpunk. En un contexto donde la información es manipulada por grandes corporaciones y la calle lugar de criminales e indigentes, la gente con cierto poder adquisitivo se refugia en edificios importantes. Los 14 capítulos emitidos mostraban tecnologías de avanzada como el seguimiento por satélite, cámaras activadas por control remoto y redes cibernéticas. El protagonista, una imagen digital con gafas de sol y peinado a la gomina, interactuaba desde la pantalla de una computadora enmarcada por una caja metálica. Canchero, rápido, irreverente, sintetizaba una visión posible de futuro. Cuenta Rocky Morton, el director de la película previa a la serie, que las pruebas con animación 2D, títeres de tela y títeres de goma fueron un fracaso. Así, terminaron por convocar un actor. El resultado final fue alcanzado con sesiones de maquillaje, iluminación y efectos de sonido. Hoy sería mucho más fácil, la tecnología permite hacer casi cualquier cosa. Sin ir más lejos, acá mismo, en la Argentina, hemos inventado el Tótem.

 

PRIMERA SALIDA. TÓTEM.

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Rodrigo Abd hace foco e invade el hall vidriado con su lente enorme. Es temprano. Sale el encargado.

-¿Qué hacés, pibe?
-Hola. Soy fotógrafo. Estoy haciendo un reportaje sobre estas cosas, este… las pantallas…
-¡Ah, el Tótem!

 

SEGUNDA SALIDA. PROXIMIDAD, INCOMODIDAD, SIRENA. FUTURO.

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El primer hallazgo es en un edificio de esos, de los que ya quedan pocos, donde uno puede entrar a un espacio semi-público sin necesidad de trasponer ninguna reja. Del otro lado del vidrio una mujer nos mira, o mejor dicho: la imagen de una mujer nos mira desde una pantalla. Se la nota incómoda. Mi primo Rodrigo, el fotógrafo que me propuso esta salida clase B, se acerca de manera obscena. Cierra un ojo, hace foco, saca una foto, dos, diez. Busca otro ángulo, la luz, un reflejo. Discutimos la toma, ¿mejor más de cerca? Que se vea el escritorio vacío, la mesita, la reproducción del cuadro de Quinquela Martín. Confieso que también me siento raro ejerciendo esta cercanía, me escudo detrás de mi cuaderno  e intento aparentar profesionalismo. La mujer se cansa, o se enoja, o se avergüenza. Coloca su mano frente a la cámara.

Una mano gigante ocupa todo el espacio de la pantalla.

¿Se le habría podido ocurrir a un autor de ciencia ficción futurista, en el pasado, semejante tecnología? ¿Qué muestra este invento del futuro que llegó hace rato?: un guardia de seguridad. Un tipo que está para intimidar a los ladrones logra, de alguna manera, su propósito. Mete miedo. Te quiero ver ahí, llegás medio distraído a tu casa, y te encontrás con semejante jeta. De yapa, está fuera de escala, mínimamente agigantada.

Si este artificio perdura en el tiempo ¿qué tipo de relaciones nuevas aparecerán? ¿Amistades entre tótems y vecinos, acaso? ¿Historias de amor? ¿Cómo competirán las empresas que ofrecen el mismo servicio? Tótem con forma humana, no más toscas pantallas con sirena. Tótem táctil. Tótem en tu teléfono móvil. Tótem que rota sobre su eje, 180 grados, abarca un espectro más amplio, saluda cuando entrás y te despide cuando subís al ascensor. Tótem temático, podés elegir el tipo de guardia, cómo va vestido, corte de pelo, máscara Darth Vader. Perro guardián tótem con forma de perro guardián.

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Rodrigo propone quedarnos unos diez o quince minutos en cada sitio. No hay mucho que registrar, los escenarios son demasiado estáticos. Sin embargo, pasa el tiempo y comenzamos a percibir algunas cosas. La cara en la pantalla conversa con alguien, saluda, sonríe. Una persona camina por detrás de la cara. Una cara es relevada por otra, en el interín se descubren cuerpos que antes no estaban, movimientos inesperados, instantes de vacío y el respaldo de una silla. Auriculares. Miradas de reojo. Manos fuera de escala una y otra vez. Unas cuántas horas de registros y se repiten las caras, la de 11 de Septiembre es la misma que la de Seguí, la mina de Melo estaba en Belgrano, a este tipo con cara de Bull Dog de Recoleta lo vimos cerca de la cancha de Racing. Mis notas son tan insípidas como las fotos.

Mina muy incómoda. El auto nunca entró. El guardia más relajado sonríe, nos mira de reojo y habla con alguien, ¿con quién? Saludó a alguien, le sonrió y charló, probablemente a algún vecino de otro edificio. Salen vecinos, Rodrigo les explica, la mujer vovió y se metió rápido en el ascensor. Rodrigo ya la conoce, entra un vecino, charla, mano, el vecino llama por teléfono. Cambio de guardia, el cuerpo se agranda y se achica. Tapa la pantalla con la mano, ¡sirena! ¡Sirena!, pero sólo la luz, de nuevo con sirena. Nos encontramos con Isabel y mi mamá, “tiene una cara de Bull Dog, pobrecito”. ¿Para qué le habrán puesto a Norma una máquina de café? Charla sobre Burman y Lucrecia Martel con Isa y con mamá. Volvemos a Melo. ¿Es la de Melo?, sonríe. ¡Sirena!
Billingurst. Otra empresa. Más cuerpo, más chica la escala. Parlantes que parecen orejas. Encargado. Se esconde. Rodrigo saca a través del espejo y el tipo se ríe, saluda. Vecinos entran y salen. Una chica pregunta: ¿pasa algo?
French. Pasan bicis. El encargado saca la basura. Anécdota de la mudanza: el Tótem llamó a la policía. Un chico juega con una pelotita.
French. Foto de cerca. De espaldas. Rodrigo intenta una foto abstracta. Sale fantasmagórica. Madre e hija suben al ascensor.
Libertador. Foto entre las plantas. Olor a veneno para hormigas. Hace sonar la sirena y con mímica dice fotos no. La mano gigante. El dedito hace “no”.

Caminamos hasta la plaza Vicente López y Planes. Suponemos que dando un rodeo encontraremos de a montones, pero no hay ninguno. Sobre Juncal, un agraciado hall pulcro y transparente, elevado un metro por sobre el nivel de la vereda, nos regala un buen ejemplar. Subimos los cinco escalones de la entrada y observamos de cerca. Discutimos. Que el espejo, que la lámpara, que la situación de living, que mejor darle un carácter más urbano. Del otro lado, la cara nos observa. ¿Estará escuchando? La tenemos a pocos metros y, como es algo más grande que una cabeza normal, da la sensación de estar aún más cerca. Tenemos algo que se asemeja a una intimidad, aunque apenas nos saludamos: ellos no contestan (¡qué maleducados!). Son casi las dos de la madrugada, hace rato que me deshice del pudor inicial. Ya no me intimida pensar en la persona del otro lado de la pantalla. No toma mate, no conversa, no fuma, no mastica chicle, no pestañea.

Totem_05Pienso: no soy el único que se amoldó a esta situación de proximidad extraña. Del otro lado, los tótems nos ven emerger en distintas pantallas. ¿Adivinarán por cuál vamos a asomarnos? Somos Droopy, ¡podemos aparecer por cualquier lado! Control, divisamos otra vez a los masculinos. Asunto: fotógrafo en contratos. Sujeto 1 porta cámara Nikon. Sujeto 2 porta cuadernillo con tapa de “Alicia en el país de las maravillas”. Ambos masculinos portan barba. Barbudos, sí. Procedan con la sirena. ¿Otra vez? Ya hace rato suena en cada edificio que visitamos; a veces gira muda, sólo la luz. Será porque es tarde, no querrán despertar a los vecinos con tanto barullo, digo yo. Rodrigo intenta captar el ambiente teatral (¿o bolichero?) que aporta el farol giratorio. Cuánta tecnología. Es como estar con el Súper Agente 86, o adentro de una película futurista de los años 50. Robot Monster. La luz naranja se multiplica en los espejos, tiñe de color las pantallas de tela de las lámparas, suaviza el terciopelo de los sillones. Quisiera poder escribir sobre una viejita simpática y solitaria mientras charla con el tótem de su edificio, el señor de saco y corbata que lo saluda con la mano izquierda en alto, dos chicos traviesos pegan una nariz de payaso en la pantalla, una pareja se besa y se descubre observada. Logramos unas sirenas, algo es algo. Nos vamos contentos.

Espero ansioso la salida de mañana. Tenemos planeada una entrevista…

 

TERCERA SALIDA. ENTREVISTAS.

Nos recibe Carlos, en su edificio hay uno de estos aparatos. Así los llama. Una vez una mujer se quedó encerrada en el ascensor, vinieron los bomberos. El aparato no pudo ayudarla. Charlamos un rato y bajamos al hall, Carlos se para frente al Tótem. Te quiero presentar a unos amigos… pero el aparato no tiene ganas de charlar con nosotros. Más aun, reclama una autorización del consorcio. Carlos se enoja, este es su edificio y puede sacar fotos, filmar o rajarse un pedo. No, yo estoy acá, vivo acá, por lo tanto puedo filmar y… es libre esto. Es democrático. Abre un poco las manos, como para que se entienda a qué se refiere con “esto”. El Tótem responde: Tiene que estar autorizado por Prosegur… ¿A que yo hable? interrumpe Carlos, indignado. ¿A que yo hable? repite con énfasis. Me podés contestar o no me podés contestar, pero yo soy libre de hablar en este lugar, es un espacio del edificio donde yo vivo. Bueno, no entremos en polémica, simplemente quería presentarlos.

El aire es libre, falta que diga.

Me he dado cuenta con el tiempo de que ya la gente lo incorporó. Es  un simple aparato que no sé si custodia, está ahí, mira, hay un observador.
El día a día de la gente es el pasar. Lo difícil, lo extraño, es el silencio del fin de semana, a la noche, y encontrarte con una voz en la penumbra. (Risas).
Me gustan más los contactos humanos. Esta relación, con un aparato, no es buena para mí.

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Inesperadamente, a unas cuadras logramos nuestra segunda entrevista. Tomás, sentado en una escalera con su caniche, es vecino. Alguna vez pensó también en una serie de fotos de Tótems. ¿Molesto? ¿Qué es, un retrato? Ah, sí, la pantalla, ¡a lo que hemos llegado! Increíble. Teníamos dos guardias de seguridad, una muy buena relación, de muchos años. De repente, de un día para el otro, nos cayeron con el nuevo sistema de seguridad. Señala al Tótem. Del otro lado, la cara de una mujer mira hacia lo alto. Yo no puedo creer esto, cómo pueden llegar a suplantar al humano por una máquina. Saluda al Tótem inclinando su cuerpo como para entrar en cámara, con ironía. Una vez quise sacarme una selfie y sonó la alarma. Te ponen la mano. Está indignado. En la pantalla, la cara enojadísima. Tomás mira a su mascota. Dale la patita. Risas.

Un encargado saca la basura. Charla con el Tótem. Mira de reojo. Otro se esconde detrás del aparato. Regresamos a Libertador, el Tótem a la izquierda, el encargado sentado en su escritorio mal iluminado. Rodrigo saca fotos entre las plantas, intenta lograr una trama de sombras y de hojas. Una voz nos increpa desde algún parlante. No está permitido sacar fotos. ¡Mierda, creímos que sólo podían hablar y escuchar adentro del hall! Un escalofrío recorre mi columna vertebral, acomodo el cuello de mi remera, me acerco hasta la puerta de entrada. La voz sale del parlante del portero eléctrico, es el encargado: los vi anoche a ustedes, no tiene permiso para sacar fotos. No se preocupe, señor, estamos haciendo un reportaje sobre los sistemas de seguridad.

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Caminamos por la zona de la Biblioteca Nacional, clase pudiente, no hay Tótems. Un gran hall vidriado nos devuelve la escena de una reunión de consorcio. ¿Cómo sería con el Tótem al lado? Días más tarde charlamos en familia, surgen escenas imaginadas, preguntas, digresiones. Es invento argentino, lo chequeamos. El colectivo, la birome, la identificación de personas por sus huellas dactilares. El Tótem. Me quedo con el dulce de leche. ¿Qué nos dice de nosotros mismos, como sociedad? La pregunta queda flotando en el aire. ¿Es un producto local?, ¿latinoamericano? Que sea argentino, ¿indica algo o se trata de puro y simple azar? Es un invento de y para la clase media, abunda por estos pagos. Tía Norma tuvo uno en su edificio, en la calle Peña. Algunos vecinos protestaron y finalmente lo desconectaron.

¿Siente algo cuando lo desenchufan?

La decisión fue tomada tras una reunión entre propietarios, en el hall. Estaban quienes querían conservarlo, resulta más barato que un guardia. Además, si algo sucediera –Dios no lo permita– el vigilante está a resguardo. Es una pantalla, nada puede sucederle. Del otro lado, quienes objetan lo impersonal, la vigilancia desmedida, la excesiva automatización. La aparatización. El Tótem escucha el debate sin tomar parte. No tiene voto. No firma el acta. Xime, mi prima, indignada: Pero cómo, ¿no lo apagaron durante la reunión?

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OJO DE HALCÓN. ALEPH DE TÓTEMS.

Rodrigo está trabajando, yo escribo por amor al arte. ¡Van demasiadas horas por este amor! Un placer las derivas nocturnas, los encargados, las manos gigantescas, las sirenas, los livings con sus sillones y sus cuadros y sus plantas y sus lámparas. Ir hasta la central de Pro-Segur es otra cosa. Además, ya avisaron que no van a dejarnos entrar a la Central de Monitoreo. Andá vos, Lilo, después me contás.

¿Un Tótem vigila en Pro-Segur? Le dicen Tótem, los encargados, sí. Ja. Es el Ojo de Halcón. ¿Hay otra central que vigila centrales? Una cadena borgiana de Tótems y salas y nuevos Tótems y nuevas salas…

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Lo primero: nos tienen fichados. No entendíamos qué hacían esos dos tipos, meta sacar fotos y escribiendo en una libretita. Rodrigo descubre que estamos escrachados, tienen registros nuestros en cada hall que visitamos. También hay historias. Un pibe autista en el hall de un edificio, la puerta está abierta, va a salir a la calle solo. El Tótem lo ve y le da charla, alguna vez oyó que estos chicos sienten cierta atracción por las pantallas. La mamá regresa a tiempo, el pibe está ahí. Para el 24 de diciembre, vecinos lo adornan con motivos navideños. Unos chicos no tan chicos llegan de madrugada, un tanto alegres. Bailan frente al aparato, se abrazan, uno se baja los pantalones y muestra el culo. El escritorio vacío contempla el ridículo acto, ¿al guardia le hubieran brindado ese espectáculo? La cara pudorosa desvía la mirada.

Qué bajón, ¡quiero estar ahí!: Rodrigo entra a la Central de Monitoreo. Comprueba, de entrada, que las caras pertenecen a personas reales. ¡Despejamos así las inquietudes de alguno de nuestros queridos lectores! Efectivamente, se mueven, están vivas. Sonríen. Hablan. Saludan a algún remoto vecino moviendo la mano frente a la cámara. Una mano , otra mano, otra, conversaciones superpuestas en una burbuja de silencio, cientos de vecinos del otro lado, pantallitas chiquitas adentro de otra más grande adentro de la cámara de mi primo. ¿Cómo te fue en el colegio? ¿Llegó bien? Hola. Me alegro. Sí. Hola. Muchas gracias. Hola. ¿Cómo está? Hola. Hola. Sí.

Hay una historia, la que quiero contar, la imaginé para un cuento. Había una vez… Se generan todo tipo de situaciones en el día a día, en el vínculo de nuestro vigilador, u operador, con los clientes. Tenemos que pensar que ellos velan por su seguridad, por su vida. Hay cierto rol de protección también. Y la cotidianeidad ha generado, en algún que otro caso, que un cliente ha invitado a cenar a una de nuestras operadoras, para agradecerle el gesto de cuidarlo. Le ha consultado a qué horario terminaba su turno para invitarla a cenar. Ya está, valieron la pena todas las salidas, las fotos, las notas, las largas horas de caminata nocturna. ¿Puedo hablar con esa chica? pregunta Rodrigo. No, no trabaja más acá. Se impone una imagen ingrata, probablemente injusta: la piba salió con el vecino y la echaron. Quisiera entrevistarla, saber cómo les fue. ¿Se besaron a través de la pantalla?

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UNA HISTORIA DE AMOR.

No tengo la entrevista. Podría intentar rastrear a esa chica. Si lo hago alguna vez, será arena para otro texto. Me conformo con pensar en el cuento que no voy a escribir. La chica en la pantalla, el cambio de caras cada cuarenta minutos, el vecino que intenta descifrar la rutina. Comienza a pasar “casualmente”, siempre que está ella. Una sonrisa. Una señal. Una breve conversación, la excitación, las ganas. ¿A qué hora salís? Te paso a buscar, ¿estás muy lejos de acá? Pero la relación no funciona, la atracción de los cuerpos es otra y esa relación se construyó de una manera diferente. Necesitan la pantalla, el aparato. Que suene la sirena cuando hacen el amor. Pasan los días y él evita los horarios en que ella trabaja. Sabe dónde están instaladas las cámaras, baja por la escalera en medias y espía a escondidas. Ella no puede verlo, pero imagina que él está del otro lado. No se anima a pedirle a sus compañeros que le cuenten si entró o salió, ahí todo es tan serio, tan sin charla. Además, algunas cuchichean. Mirala a esta, tan mosquita muerta, ¡no pierde el tiempo la muy turrita! El ansia crece a uno y otro lado de la pantalla, se transmite por redes invisibles, telepáticas, penetra en los cuerpos, hierve la sangre. Solo en su departamento, triste, no se la puede sacar de la cabeza. Es su horario, ella está ahí abajo, lo espera. Piensa. Y se levanta sobresaltado, excitado. Baja corriendo las escaleras, tiene la solución, esa misma noche pasa a buscarla a la salida del trabajo: la lleva a pasear por Costanera Norte, van a tomar un helado, escuchan música juntos, la invita a su casa. No es fácil, por la movilidad, pero el amor todo lo puede. Las ruedas atornilladas a la base del Tótem ayudan bastante.

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