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Los exilios: Sobre la película “Fragmentos Rebelados”, de David Blaustein (*)
Por Noemí Pomi

“¿Qué, de las esquirlas? /¿qué, de los escombros?/ luz de plata en río,
noche de nunca acabar.” (1)

CRONOLOGÍAS INSTALADAS

Por lo general, se denomina exilio a la separación de una persona de la tierra donde vive. La palabra proviene del latín, exilĭum, y significa ‘desterrado’, por motivos ideológicos, económicos, profesionales y hasta podríamos ocuparnos de autoexilios. Incluso la voz, la actividad, los afectos y las percepciones pueden resultar silenciados, aun en nuestra tierra de origen.

A su vez, se sabe: ninguna tachadura es completa. En ecos, huellas, tiznes, lo expulsado a veces retorna. Convengamos, no hay nadie más presente que los ausentes. Como ejemplo de esto último, podemos remitirnos a la literatura de Daniel Moyano. No hay cuento donde los rasgos biográficos no hagan un salto por sobre su carácter sucesivo y coagulen en un punto fijo del tiempo. No se trata de muerte, ni de estatuismo: son interrupciones de las cronologías que- como fotografía o como película- sin pedir permiso, se instalan. Este es el caso de todos nuestros muertos prematuros: “Nunca vi ninguna casa por aquí, más allá no hay nada”, dice el personaje del cuento “El perro y el tiempo”, Gregorio, quien ha sido despojado de su perro Flecha. Según le han dicho, un viejo se lo llevó más allá de los límites del pueblo. Pero resulta que, más allá de esa frontera, el espacio y el tiempo se suspenden. Desde que su tío entrega a Flecha y hasta cuando Gregorio descubre la ausencia -de casa, de viejo y hasta de mundo-, “transcurre una nada”. Por su parte, en “Un silencio de corchea”, durante un concierto, ocurre una invasión de bichos que avanzan sobre las partituras, los músicos y, en particular, sobre la espalda y la oreja de la pianista. El violinista decide liberarla del monstruo. Para ello, recurre al arco de su violín, en el momento de un silencio de corchea. Entonces: “La muerte de ese bicho significó el fin de mi carrera musical. Los remordimientos me impidieron seguir tocando”. (2)

Antonio Berni,  La  comida, Pigmento al agua sobre tela, 1953
Antonio Berni, “La comida”, Pigmento al agua sobre tela, 1953

Pero esta nota es sobre “Fragmentos rebelados”, de David Blaustein. En el caso de esta película, la rebelión consiste, por una parte, en dejar transcurrir los testimonios y las imágenes para que los puntos fijos refuljan y, por otro, en sacudirlos de su no espacio y de su no tiempo y devolverles, así, nombre y reverberancia de vida. Comprender que quien hasta hace poco estaba dejó de estar lleva unas cuántas vidas. Y, de todos modos, el asunto permanece en el misterio. Se reinstala lo que Heidegger llamaba “el asombro del ser”: por qué existimos en lugar de no existir. (3) A través de ese abismo, entre vivos y muertos, los ausentes se arreglan para regresar como memoria en el cuerpo de los presentes. Y, cada tanto, se hacen película, como en “Fragmentos rebelados”.

Antonio Berni, La manifestación, Temple sobre arpillera 1934
Antonio Berni, La manifestación, Temple sobre arpillera 1934

 

CINCO VOCES DE LA MEMORIA

“Idos los tiempos,/ tinieblas de abrojos en vuelos/ giros de extrañar”.(1)

Enrique José Juárez, militante, cineasta, padre, hermano y tío sale a escena. Quique desaparece momentos después del encuentro con su hermano, Nemesio, el 10 de diciembre de 1976. Es en el relato de ese instante que la película de Coco Blaustein comienza. Es decir, el director invierte el sentido “final” de la muerte en un recomenzar. La estructura de la película se apoya en diferentes voces que, desde sus matices, rodean el nombre de Enrique.

En Nemesio Juárez, toda la ausencia del hermano se despliega en la necesidad de relatar. La voz se esmera en cada anécdota, en cada detalle, en cada palabra, con un énfasis que vuelve tesoro aquello que hubiese quedado como un comentario al pasar, si la tragedia y las celadas de la historia no hubiesen metido la cola.

Enrique Quique Juárez
Enrique “Quique” Juárez

Por su parte, los hijos mayores de Quique Juárez aportan otra voz. Javier, el mayor, lleva la palabra impregnada de epifanía y descubrimiento: “fui a un acto político llevado por familiares y, de repente, vi a mi papá-rodeado de la plana mayor de la dirigencia- hablarle a una multitud en el cierre del evento, como el dirigente más importante”. (…) “Nosotros vivíamos en San Telmo con mi vieja, frente al Hospital Británico y, en julio, llega la policía, se la llevan y nos llevan a todos nosotros. Ella queda a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, sin ningún tipo de causa y va a la Cárcel de Devoto”. Lo que no pudo descubrir Javier es el sentido de la ausencia, que insiste con el paso del tiempo. ¿Por qué sus padres no pudieron estar el día en que Javier se casó? No hay ni respuesta ni alivio en la sentencia “los mataron”, o en el crudo realismo de la aseveración, “murieron”. Por el contrario, son frases deshilachadas que reinstalan la fuerza de lo indecible.

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Enrique “Quique” Juárez

Camilo, el segundo hijo, relata: mi viejo nos venía chamuyando sobre el tema de la pareja. Hasta que nos reúne y dice: quiero hablar con ustedes. El tema de la otra compañera estaba blanqueado. Agregó que teníamos un hermanito”. (…) “Nuestra reacción fue: ah, bueno, qué bien”. (…) “Esa fue la época en que estuvimos más tiempo con él. En el setenta y seis ya estaba clandestino y nosotros también. Sabía que mi padre estaba del lado de los buenos pero, de todos modos, la situación era heavy. Hoy no le puedo recriminar a mi viejo que no se hubiera preservado más para estar con nosotros, eso sería egoísta. Él creía en algo y está bien lo que hizo”.

En cambio, el relato del hijo menor, Pedro, se tiñe de dolor, como si la muerte de su padre sucediera- otra vez- a cada palabra enunciada.

Enrique Juárez con sus hijos Javier, Pedro y Camilo Juárez
Enrique Juárez con sus hijos Javier, Pedro y Camilo Juárez

Y, así, David Blaustein anda en el entretejido de voces que redibujan el cuerpo de Enrique entre el cineasta y el militante.

DESMADRES

“Membranas anfibias. / Granos de lluvia atiborrados. /Cuenta gotas de huecos” (1)

Nemesio cuenta: “Quique, con su compañera, Alicia Pais, tuvo dos hijos, Javier y Camilo. Alicia estuvo presa en la cárcel de Devoto. Era asmática y, por falta de atención médica, murió de un ataque”. (…) Con la segunda compañera, Estela Miguel-“Lala”- tuvo al hijo llamado Pedro. Ella cayó baleada en Rosario y su cuerpo fue identificado recientemente”.
Los tres crecieron entre la carencia del padre y la muerte -en un caso- y la desaparición- en el otro- de sus madres.

DESOCULTADO

“Costura de estrellas/ espinas y escombros/ con cada uno/ la luz vuelve a nacer”. (1)

Los hijos y los dos sobrinos de Quique, de chicos, veían las latas. Sentían- sin abrirlas- que en esos envases oxidados latían fragmentos de Enrique. Entre el miedo a maltratarlos y el hecho de saber que allí dentro estaba “el postre”- los últimos registros de la obra y de la figura de Enrique que podrían ver- se postergó el momento de desocultarlas. En palabras de Ernesto Juárez (sobrino): “la mayoría eran negativos, mucho no se veía y siempre existió esa curiosidad de saber si dentro de ellas había cosas que pudieran complementar la parte cinematográfica de Quique”.

Quique Juárez en filmación
Quique Juárez en filmación

Por fin, se dio el regreso. De entre esas latas oxidadas, surgió también la voz de Enrique, en un reportaje. Así, las películas rescatan del exilio de la quietud a los cuerpos ausentes y a sus voces. La fantasía de verlos en movimiento iguala en alegría a los tres hijos. Dentro de esas latas, hay un padre en acción, hay un cuerpo que es el de antes y es el único. Rescatado de su refugio, el asesinado desafía su propia ausencia y se echa a andar, una y otra vez. La película “Fragmentos rebelados” narra la muerte en una o dos instancias. El énfasis está puesto en el hacer político, cinematográfico y en la falta que hoy haría Enrique Juárez. El eje está en su vida y en su sobrevida en las memorias de quienes le dan, aún, la voz.

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Fotograma de “Ya es tiempo de violencia” largometraje de Enrique Juárez

REVELAR FRAGMENTOS

Inquieto, dinámico, con honestidad se abrazó a una causa que consideró justa. Nacido en 1944, en la localidad de Florida, al norte de la Provincia de Buenos Aires, Enrique José Juárez comenzó a desplegar sus ideales de justicia social, desde muy joven. Tal vez ese fue el motivo de haber aceptado la designación como delegado en la conducción de Luz y Fuerza en SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires). No quedaron allí las cosas, sumó a ello la organización de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) y, posteriormente, fue el jefe de la “columna norte” de Montoneros. También participó del grupo Cine de Liberación. En esta polifonía no solo están los parientes de sangre, sino también los de ruta. Entre ellos: ‘Pino’ Solanas”, “Octavio Getino”, “Dolly Puzzi”, “Carlos Atkins” y “Gerardo Vallejos”. Enrique osciló entre dos apodos, “Quique” y “Cacho”, tal vez como sinónimo de las dos pasiones que dominaron su vida: cine y militancia.

 

PRUEBAS AL CANTO

El documental de Quique, “Ya es tiempo de violencia”, nació en oposición a “Tiempo de violencia”, producido por los medios dominantes, en abierta crítica al peronismo y, a su vez, con la finalidad de justificar hechos antidemocráticos. En contraposición, Quique Juárez, en “Ya es tiempo de violencia” da cuenta del Cordobazo y de la muerte de Augusto Vandor, entre otros acontecimientos de 1969. El film se consideró extraviado por treinta años. Si bien el tiempo generó herrumbre en las latas, su contenido permaneció intacto. Desaparecieron al cineasta, no a su arte.

(*) El Anartista agradece la generosidad de David Blaustein, al facilitarnos el acceso a su película.
(1) Poema de Noemí Pomi.
(2) Daniel Moyano: (1930-1992) Escritor argentino. Cuentos: “El perro y el tiempo” y “Un silencio de corchea”.
(2) Heidegger, Martín: (1889 – 1976). Filósofo alemán.

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