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Los exilios: sobre el abuso infantil.

Por Julieta Strasberg

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El primer exilio fue en verano.

¿Se podrá rezar de día durante el exilio?

-“Papá, si rezo de día, ¿Dios me escucha?-. Le pregunté una mañana en Merlo, San Luis, con la rodilla ensangrentada por la caída al bajar por aquel cerro.

-“Sí, claro”-, me dijo algo sorprendido y, al momento, lanzó un agudo “¿Por qué?” que no encontraría respuesta.

Claro, él no me había visto caer por la ladera y arrancarme la piel para embarrar la carne viva después de esa lluvia. Claro. Él no me vio. En realidad, él no me vio tampoco ese día. Y yo, siempre desesperada porque sus ojos encontraran los míos, ese día no quería. Al llegar, apuré el paso y escondí el dolor bajo la cama. La sábana blanca de aquel hotel pronto me cubría.

“Ya sé, me dije. Cierro los ojos fuerte, fuerte, me duermo y ya está”. El sueño no cura nada, como descubriría luego, en reiterados exilios. Creo que me delaté: le dije a mi papá que no quería la cena. O quizás fue la mancha de sangre que tiñó aquella sábana reveladora. Tenía miedo y no sabía cuál sería la solución. Seguro,

no era buena. Dudaba, como lo haría cualquier niña alejada de su mamá en las primeras vacaciones con el padre.  A veces, el precio del exilio se paga con un cepillo y mucha agua con jabón para limpiar las heridas, y no hay patadas que prevengan de tan cruel determinación. Algunas heridas -parece- pueden curarse con ese tratamiento. Otras llevan toda una vida y nunca se  limpian. Los hombres con bigotes pueden ser crueles.

 

Soledades, pintura sobre óleo
Soledades, pintura sobre óleo

 

El otro exilio fue en primavera.

¿Se podrá creer en Dios después del exilio?

Se sentó al pie de la cama de un salto, brusca y con fuerza, como para hacerse notar. Al afirmar su existencia me miró fijo y me preguntó:

-“¿Creés en Dios?”-. Lo dijo seria, mientras sostenía un alfajor de dulce de leche envuelto en papel brillante metalizado con las dos manos. Uno de esos sencillos pero gustosos, con una fina capa de azúcar impalpable para dejar rastros y no perderse. Se ve que tenía miedo de que no la encontraran. Ella, manos pequeñas y gorditas, nudillos imperceptibles y cachetes demasiado grandes para ver otra cosa, me miraba y desafiaba mis certezas.

-“Antes del exilio, sí.”-, pronta y segura contesté.

-“¿Vos no sos de acá?”- preguntó y se metió un bocado grande, inabarcable, como si hubiera tenido miedo que le quitaran aquel manjar en dos capas.

-“No creo, soy de otro momento, a lo mejor de uno de antes”-, respondí y volví a mi sueño.

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¿Se exiliarán las pesadillas después de la muerte?

 

laura williamsCuando desperté ya no estaba, ni ella ni nadie. Era un vacío absoluto y el lugar, infinito, lleno de escaleras suspendidas de transparentes estructuras y laberínticas disposiciones. El silencio total, tanto que sumergía todo en un frío doloroso. En eso, una imagen: una mujer -quizás mi madre- en silla de ruedas era empujada por un hombre vestido de ambo blanco -quizás un enfermero-. La mujer parecía no estar -tan solo cuerpo- y la ausencia de su presencia me angustiaba. Una congoja enorme me apretó el pecho y arrojó mi voz en el más profundo silencio. Todo blanco, luz inmensa e infinita. Entre llantos y gritos, desperté. Al menos, eso creía. Estaba en mi cuarto -otra vez, como en cada exilio-, lo sabía por las siluetas dibujadas en las cortinas con Blancanieves y los siete enanitos, pero no me sentía a salvo -lo sabía por los recuerdos recortados en el blanco de mi memoria-.

 

¿Se olvidará el dolor con bocados cocidos en culpa?

El gran exilio fue en noviembre, un día de lluvia. Sábado, para más precisión, y de mañana. El timbre de la puerta sonó fuerte y obró la astucia de un despertador. Sobresaltada, sin demasiado tiempo para terminar de vestirme, fui con mis medias blancas, mi bombacha rosa y la polera viejita, arrugada por dormir, a mirar a la puerta.

el intruso-“¿Está tu mamá?”, -preguntó con firmeza y apuró un -“Le traigo lo que compró”. Espiaba por la mirilla desde una curiosidad insuficiente para ver la sorpresa. ¿Sería un regalo de cumpleaños?

-“Son los manteles que me pidió”-, afirmó para mi desilusión.

-“Mamá no está y yo no puedo abrirle la puerta a extraños”-, dije segura y bien aleccionada, aunque no lo suficiente para prevenirme de mis ansias de acariciar esas texturas y saber el color de los manteles de regalo. Después de todo, a los 7 años, ya soy una nena grande -me dije- y me puedo cuidar sola, “y con un buen libro nunca te faltará un amigo”, como dijo mi papá al dedicarme esas alas de la mariposa con ansias de independizarme a volar.

-“Yo no soy un extraño”-, insistió, y describió a mi mamá como irrefutable prueba. Después, el gran exilio de mi niñez se jugó entre un segundo y una puerta, en medio de un pasillo oscuro y frío a pleno día.R8szoXADhZ4Y5Q6yP9ak_1082143063

-“Yo te voy a enseñar para cuando tengas novio”- decía y yo no podía dejar de mirar ese bigote oscuro y peludo sin preguntarme en qué momento acabaría el encuentro que ya me arrojaba del mundo al vacío. Pronto, pensaba. Quizás no lo suficiente. ¿Se podrá rezar de día durante el exilio? ¡Cierto que sí! Mi papá me prometió aquel día. Y otra vez caí, aunque esta vez más alto y más lejos, no como en esa montaña.

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-Papá, si rezo de día, ¿Dios me escucha?-. Me había dicho que sí, aquella vez. Esta, no sé. Él, mi papá, no escuchó mis rezos ni el despertador de aquel sábado de noviembre lluvioso y frío. Ya sé: cierro los ojos fuerte, fuerte, me duermo y ya está. El sueño no cura nada, como descubriría, luego, en reiterados exilios. ¿Creo en Dios? Quizás, pero estaba en mi cuarto -otra vez, habitándolo por primera vez en el exilio-, lo sabía por las siluetas dibujadas en las cortinas con Blancanieves y los siete enanitos. No estaba a salvo -lo sabía por los recuerdos de dolor, por el desgarro, por el olor profundo y nauseabundo que dejaría clavado para siempre en el blanco de mi memoria. Nunca más lo estaría. Al menos, eso creía. Pero hasta del más frío invierno se vuelve primavera y no hay exilio eterno salvo el que nos habita, y también ese muere algún día.

 

¿Cómo morir un poco, de repente y porque sí, para seguir viva?

Clavó sus ojos grandes en los míos y no los apartó más que para mirar extasiada ese alfajor excepcional. Extraño, cómo un poco de harina, leche y azúcar se pueden transformar en dos tapitas que, con un poco de dulce de leche en el medio, sirvan para pagar tanta culpa y tanto abandono. Una vez mi papá me miró -y eso que yo quería que me mire- y me preguntó:

Illusion-optique-femme-NB-“¿Sabés como se llama esto?”. Yo no sabía y mi curiosidad siempre dispuesta, ese día lluvioso de noviembre -el del gran exilio-, tampoco quería saber. Seguro que no me iba a gustar. Un rato más tarde, nos fuimos a la comisaría. No estábamos de paseo ni hacíamos nada en especial, hablamos con otro hombre, quien no tenía bigote ni tampoco olor a exilio. Después, a la salida, fuimos al quiosco. Mi papá apretaba fuerte la carterita debajo del brazo y caminaba con los pies abiertos, como un pato. Yo pensaba que si él caminaba así era porque así se caminaba, entonces, trataba de imitarlo. Ese día no quería imitarlo, no quería nada.

-“Agarrate lo que quieras”-, me dijo. Lo miré fuerte y fijamente, sorprendida y asustada. Observé alrededor y aclaré mis oídos para no equivocarme:

-¿Lo que quiera?-, pregunté como quien alarga las palabras para saborearlas. Su respuesta no quitó el sabor en mí de lo amargo, tampoco el olor. Por las dudas, elegí rápido el alfajor más brillante, el de dulce de leche. Entonces lo supe: esa palabra tenía que ser algo terrible y lo que me pasó fue muy grave. Mi papá me dio el alfajor pero no me miró. Creo que no volvió a mirarme en mucho tiempo. No me sentí a salvo, tampoco en mi cuarto y las siluetas recortadas contra las cortinas con Blancanieves y los siete enanitos también faltaban. Estaba en el exilio y este era tan grande como un mundo. Al menos, podía comer todos los alfajores que quisiera.

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Escultura ecológica, Lobo Marino hecho de alfajores Havanna, Marta Minujín

 

¿Se estará a salvo de nuevo después del exilio?

Se limpió con el puño de la polera un poco del rastro blanco dibujado por aquel tesoro de pecado en forma redonda. La niña tenía el pelo largo y lacio. Su cabeza redonda, perfecta, arrojada sobre el manjar con tanto esmero, provocó en mí un deseo enorme de acariciarla, pero no lo hice. Mi mano se apartó unos centímetros antes del encuentro, por miedo a asustarla. Salvo por el alfajor, todo lo demás parecía ponerla en alerta. Ella me miró: era un animalito abandonado, que apresuró esa masa dulce y lamió sus propias heridas. Después, todo siguió como al principio y siguió preguntándome con la curiosidad que solo un niño o un loco pueden demostrar.

-“¿Cuántos hijos tenés?”-.

-“Ninguno”-, le dije con naturalidad.

-“Sos vieja”-, me dijo con bronca y con algo de pena. Se limpió la boca contra las cortinas dibujadas con Blancanieves y los siete enanitos, estiró la mano como para tocar mi cabeza pero no lo hizo. Intuyó mi miedo y mi soledad lo suficiente para apiadarse y arrojarme lo que pensó sería un consuelo:

-“No importa, yo también soy vieja desde el exilio”-, y volvió a su faena de devorar cada bocado de ese alfajor cocido en la culpa.

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¿Se podrán borrar el olvido y el exilio con muchos recuerdos?

Una mañana lluviosa de noviembre, entre el frío y el vacío de una niñez apretujada para siempre, clavó sus ojos grandes en los míos y los apartó sólo para mirar por la ventana las siluetas de Blancanieves y los 7 enanitos dibujadas en la cortina de su habitación. ¿Se podrá  acaso perder el exilio al arañar los retazos deshilachados de un recuerdo del olor del pasto recién cortado en la quinta del abuelo en José C. Paz? ¿Cuánto verde se necesita para borrar el olor del exilio y el sudor de los hombres en el tren de regreso a la habitación de las cortinas de Blancanieves? ¿Cómo se puede captar la mirada de quien te arroja al exilio por la culpa y la paga con un alfajor? ¿Cuántos bocados son suficientes para volver al mundo y dejar el destierro o para escaparse definitivamente? ¿Bastará para sacarse el exilio con arrancarse a jirones las cortinas dibujadas con Blancanieves y los enanos?

CORTINA BLANCANIEVES

¿Cómo se mide el tiempo que habita un exilio eterno?

el tiempo laura williams

Agarró el canasto de mimbre cuadrado, lo empujó al piso y lo dio vuelta para sacar todos los juguetes. Al oso celeste de lazo rojo lo sentó al pie de la cama, allí donde comenzaban los flecos de la frazada de lana con ese escocés cuadrillé, que tanto le picaba a la noche. A la muñeca de pelo rubio, desnuda, la guardó de nuevo en la caja. Se giró y me miró, como quien justifica aquella acción con vergüenza:

bebote con agujerito

-“Es que Fiorella se resfría si sale desnuda”,- afirmó mientras tanteaba en el fondo de la canasta de mimbre para encontrar un cepillo y peinar a la muñeca de pelo de lana rosa. -“Yo cuando crezca voy a ser actriz y cantante”-, me dijo y siguió con su búsqueda en el depósito de mimbre de los juguetes, esta vez sacó una mamadera mágica que hacía desaparecer la leche. Agarró el bebote y le metió la mamadera en la boca con forma de agujerito. Mientras lo alimentaba, agregó:

-“Ahora no puedo ser, porque espero a mi papá. Pero ya vas a ver todo lo que voy a ser cuando vuelva…”-. Esa mañana me levanté de golpe, empapada en sudor -o quizás en mi propio llanto- y miré el reloj.

De golpe parecía haberse detenido hacía ya muchísimos años. Volví a mirar y era domingo en otoño: no más exilios ni caídas ni inviernos ni pesadillas de interminables y transparentes escaleras. Suspiré con alivio y sonreí. Volví a la cama, a seguir soñando de veras. Después de todo, no estábamos en noviembre ni olía a exilio, y afuera la lluvia había cesado. No creía en Dios, creía en mí y en el tiempo infinito que todo lo aleja.

CULTURA-VISUAL-Y-ARTÍSTICA-EN-LA-TRANSFORMACIÓN-DE-LA-EDUCACIÓN-02-INED21

¿Cómo será el exilio en primavera? Solo conozco de exilios invernales en pleno noviembre en un Buenos Aires antiguo y silencioso. A veces, la vida nos arroja del mapa sin movernos a ningún lugar. El exilio: esa insoportable ausencia de ya no ser con los nuestros en donde pertenecemos. Pero, ¿cómo saber quiénes son los nuestros o a dónde pertenecemos? ¿Cómo estar seguros que nuestro lugar de pertenencia no es exilio? Hay muchas formas de perdernos el presente en la bruma de un pasado. Persistente, el tiempo de lo que fue se aferra cruel en nuestra memoria y se encapricha en aquello que nos gustaría desterrar en un exilio infinito. Conozco una niña testigo de sucesivos exilios.

 

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