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Los exilios: sobre los mayas y su cultura

Por Héctor Lontrato

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UN OSO EN PLENO ENSAYO

Me aventuro hacia el fango de la incertidumbre en un intento por zurcir algunas historias. Inasibles agujas del tiempo, a veces reparadoras. Otras, dañinas ¿Destino? ¿Devenir? Arrojado al abismo, desespero por el control. Y no puedo, prevalece el caos. El tiempo se escurre y todo se hace cuesta arriba. Las palabras se pelean, se raspan, se eliminan. Hojas y pantallas manchadas de frases dispersas, inconexas. Goma de borrar, delete, deshacer, rehacer. Las agujas del tiempo lo manejan todo.

El avión está por despegar y pienso en cuánto me cuesta escribir desde hace meses. Le esquivé el bulto al tema del “cuerpo” y ahora solo queda ensayar una nueva gambeta o entrarle al “exilio”. Me recrimino no haber puesto en palabras todo este reciente baldón de una enfermedad que me marcó en la adolescencia y que se recicla ya en las puertas de la tercera edad. Incluso, en un texto por ahí guardado, traté de describir qué sentía: “El pecho se me cerraba, habitado por un oso en pleno ensayo dispuesto a ver si aguantaba su peso o me moría. Rojo de asma por la falta de aire, la bronca secaba mi garganta y empezaba ese silbido de mierda. Cada respiración era una pulseada. Palabras sin salida. Buscaba un lugar para estar sólo y putear, casi siempre, en la cocina con la tele prendida”.
Bueno, no era momento de hablar de eso. Quizá, cuando nos ocupemos del “aire” o de “la inspiración”… Tal vez ya sea tiempo de retomar terapia.

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COLUMBO MAYA

Volvamos al avión, con destino a México, para mayores precisiones. Una película liviana surfea turbulencias contundentes sobre la Cordillera de los Andes. Con similares altibajos, me había aferrado antes a Alejandra Pizarnik y a sus poemas.
Playa del Carmen no era para mí sólo un destino de sol y mar, sino la celebración del desexilio de una de mis sobrinas, la oportunidad para hablar sin urgencias, más allá de formar parte de un numeroso grupo familiar. Así que allá fuimos, a sacarle provecho al Caribe, a sus arenas blancas con temperaturas de más de 30 grados.

Elegimos no contratar excursiones de antemano y nos sumergimos en el excitante, aunque a veces incómodo y molesto, tobogán del regateo. Así, por azar, conocimos a Alex, nuestro guía en la excursión a Tulum, una de las ruinas de la Riviera maya. Bajito, acorde al promedio de altura de sus ancestros, Alex es el fruto de la unión de una mujer originaria y un inglés. Enamorado de su cultura, encubre a un investigador y a un biólogo debajo de su disfraz de simple agente turístico.

“Les tengo que decir la verdad o lo que más se aproxima a ella”– decía con desafiante humildad – “Los mayas no desaparecieron como cultura sólo por el salvajismo de los españoles, sino por la guerra de castas. Parece que los de más abajo, los campesinos, se cansaron de vivir siempre igual y de llevar el peso de todas las malas situaciones.”

Alex reúne a un grupo de no más de diez personas y habla con tono suave, tal vez, para no alertar a colegas sobre el contraste de su relato con los folletines de las empresas de turismo. Me recuerda a Columbo, el detective de la serie televisiva de fines de los ’60, que hacía un culto de la pausa y usaba el silencio como estrategia para desentrañar crímenes. Con su gabardina vieja y sucia, avanzaba unos pasos y luego retrocedía. Justo en ese momento, soltaba una pregunta o un comentario filoso a su eventual interlocutor.
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TODOS LOS FUEGOS

Sólo vemos pirámides a las que no se puede acceder, toneladas de piedra abrazadas durante siglos por la espesa selva tropical. La serpiente se enseñorea, se desplaza de templo en templo, entre deidades y simples mortales y proyecta su luz y su sombra, fertilidad y sequía.

“Durante miles de años – cuenta Alex –, los mayas acumularon un conocimiento sobre la astronomía, que situaba a gobernantes y científicos en el lugar de semidioses. Pero los españoles no toleraron esa veneración a la serpiente y quemaron cerca de 3.000 códices.”
Encarnación de Lucifer, para los conquistadores hispánicos, la serpiente debía ser erradicada de entre las adoraciones mayas. Nada debía dar cuenta de ella, que- sigilosa- surcaba el mundo y el inframundo, como dueña de las entrañas del universo. Nunca supo de grises, se le endilgó todo lo negativo, lo perverso, lo siniestro. Ligada a la trampa y a las maquinaciones diabólicas en el imaginario bíblico y popular, hasta se le adjudica haberle quitado a Gilgamesh, el héroe sumerio, el elixir de la juventud eterna.
Serpentarias luces y sombras se esparcieron más allá de la voluntad del conquistador, entre impotentes espadas que cortaban una y otra vez lo que luego volvería a cobrar vida. Y, aun así, las veneradas partes, lejos de desaparecer, se transforman: historias suspendidas, partículas del tiempo. Un repliegue para protegerse de la incomprensión, para dar la clara señal de la eterna presencia del deseo del sol, del agua, del viento y del abrigo de la tierra.

Y, mientras más persecución y más violencia, la serpiente cambia de piel, se acicala en delicados roces. Espera, paciente, con milenarias certezas. Sabe de las urgencias colonizadoras, de su poder de destrucción, pero confía aun más en la fuerza de las presentes ausencias.

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INDOMABLE

Así las cosas y los fuegos, sólo tres libros acompañaron el exilio de la cultura maya en su propio territorio. Todo se cubrió de hispanidad, sin espacio para nada más, como en los manglares. La fe en lo desconocido, en lo indomable, que se impone a fuerza de acero y fuego.

Alex le dedica pocas frases a los españoles. Sus ojos se iluminan con el sol, que pasa por los orificios estratégicamente ubicados en los templos. Los verdaderos ojos de los mayas, anticipadores de ciclos de lluvia, sequías, fertilidad y buenaventura. Una manera de ver el mundo que trataba de entender, no de modificar. Un modo de aceptar lo incontrolable: las limitaciones humanas y la fuerza indetenible del azar y de todas las combinaciones posibles que determinan el universo.

Yo, en cambio, lo quiero controlar todo. Aunque diga que me entrego al devenir ¡Minga! Siempre trato de buscarle un sentido a lo que sucede, de anticiparme sin los conocimientos de los mayas.

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LA PARTE Y EL TODO

La reseña histórica estándar de los mayas tiene al juego de pelota como uno de sus puntales. La credulidad media del turista desafía los límites de la fe ¿Cuán verosímil puede resultar que, sin el uso de manos ni piernas, los jugadores pudieran introducir el esférico – con su hombro, su codo o su cadera- en un angosto aro a gran altura?

Alex duda de esa lectura for export y lo transmite como en secreto mientras, a escasos metros, otro guía recita a viva voz la teoría del juego y hasta detalla cuánto duraban los partidos y el destino de los atletas, a modo de ofrenda a los dioses.

Después de todo, ¿qué es el juego si no un rito, el despliegue serpenteante de lo simbólico, con el fin de entregar lo más preciado a su dios? Para el relato oficial, esa ofrenda era la cabeza. Nuestro guía estaba convencido de que no siempre se trataba de quitarse la vida, también existía la posibilidad de ofrecer partes de su cuerpo: una mano, un brazo, su miembro viril.

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EL AURA

De Playa del Carmen al aeropuerto de Cancún, lo maya se desgrana en la capa asfáltica, se disuelve en manchones de nafta y se encandila con las luces de las marquesinas. Hay que salir de la ruta y entrarle a machete limpio por los manglares.

En la búsqueda de palabras, de jeroglíficos, de glotales sonidos que teletransportan a miles de años atrás, antes de la fe cristiana y de la inquisición, recuerdo la belleza de las artesanías en obsidiana y a aquel chamán que activaba su poder energético a cambio de un aporte voluntario recibido por su asistente, a quien observé – en sus ratos libres- concentrado en la lectura del diario local.

Un exilio profundo sumerge a la cultura maya detrás de las caracterizaciones, de rituales con toques de Holywood, escenarios montados para el turismo que recubren tradiciones con la pintura sintética de la modernidad, como esas puertas de roble tapadas con blanco o gris, para ocultar lo que se percibe antiguo.

Las agujas del tiempo han tejido una espesa telaraña sobre casi todo pero, sin tener presente, el optimista reptar de la serpiente y su capacidad para filtrarse sobre y bajo la tierra. Un alivio, amarga esperanza de un pueblo asfixiado por un sistema que no deja de inyectarle cosméticos, de maquillarla “a lo occidental”. Porque, al igual que a este cronista, a los mayas les falta el aire, recuperar esencias y desechar las leyes del mercado. Entre ellas, la reproductibilidad técnica que, en palabras de Walter Benjamin, tiene un efecto inexorable: la pérdida del aura.

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